Clickbait

No creerás lo que pasó en esta ficción.

 

Un cuento prepotente se acercó a un personaje de relleno para insultarlo.
El diálogo que le actuó lo dejó sin palabras.

 

Este narrador juntó a los diez personajes más bizarros en su historia.
El número ocho te pone los pelos de punta.

 

Todos creían que era una microficción adolescente,
pero cuando se quitó la blusa quedaron con la boca abierta.

 

Un metanarrador portugués deja un error ad rede en su cuento.
El nuevo significado de la historia es hilarante.

 

Nadie tomaba en cuenta a ese pobre relato,
hasta que se quitó el disfraz y mostró a su millonario autor.

.

Relato cómico de aficionado termina fatal.

 

Existe gente mala

Como escritor, tengo que contener mis impulsos más básicos, mis pensamientos más simplistas y toda necesidad de reduccionismo que intente atravesar mis letras. Si mi interés es escribir una historia creíble, con la que el lector conecte, que no sea una burda venta de humo, me toca hacer un complejo ejercicio de matizar la realidad, pulir sus extremos y saber mirar los puntos medios, los tonos grises y demás ambigüedades que surjan o se puedan escarbar entre los blancos y negros.

Crear personajes psicológicamente redondos pasa por el compromiso de saber leer entre líneas: traducir en las acciones más viles móviles benévolos, y en las acciones más puras y honestas poder ver el egoísmo, la miseria, la ruindad y la maldad que podrían ocultarse como bacterias. Si además resulta que los personajes con los que trabajo exudan ideologías capaces de polarizar opiniones, toca ser mucho más cuidadoso. Cualquier paso en falso y el texto termina convertido en un panfleto o, con mejor suerte, en una audaz campaña publicitaria.

Por ejemplo, si en este momento me tocara escribir sobre el presidente de mi país, la práctica literaria me obligaría a rebuscar móviles luminosos entre toda la oscuridad que veo esparcir en sus acciones cada día. Me vería tentado a imaginar que no duerme por la noche, acosado por el dolor moral, que llora frente a su psiquiatra y le confiesa que hace 9 meses no logra sostener una erección ni siquiera con medicamentos; que sabe muy bien de dónde vienen todos sus padecimientos pero que se siente atado de manos. Necesitaría, para que mi relato tuviera un revés emocional adecuado, que este personaje se mirara al espejo, se encontrara una cana y de pronto temblara ante la perspectiva de haber perdido su juventud haciendo daño a otros.

Con la pluma en la mano, casi puedo verlo parado sobre la báscula de su baño, desnudo, después de mal dormir solo dos horas, por la severa agenda de reuniones y llamadas que debe atender a diario para sostener el castillo de naipes que él mismo ayudó a construir, y lo escucho pensar que se siente obeso y feo, que quisiera afeitarse el bigote de una vez y para siempre, pero sus asesores no se lo permiten.

Sentado frente a la computadora, con el teclado en la mano, los años de escuela en escritura me orillan a sentir lástima por mi personaje. Necesito sentir lástima por él para poder encontrarle flancos no explorados, costuras sueltas que pueda yo volver a coser con la gracia literaria que le confiera al personaje un rostro nuevo, más complejo y más humano. Y así es como lo escucho, aún sobre la báscula, dejarse llevar por un pequeñísimo pensamiento rebelde, último vestigio de una adolescencia militante que lo descubrió pasional y completamente convencido de las bondades de sus credos políticos.

Piensa en afeitarse el bigote, se moleste quien se moleste, en empezar a hacer dieta… pero no, primero lo primero: renunciar al cargo y arrastrar conmigo a todos los villanos que en su momento me arrastraron a mí. O mejor, primero el bigote, luego devolver la democracia al país y tercero la dieta. Y allí se detienen sus pensamientos, porque sabe que no puede hacerlo, que debe peinarse el bigote, vestirse y salir a hacer el papel de malo y luego llorar frente a su psiquiatra y mal dormir otro par de horas.

El presidente ficcional que he creado, por necesidad argumental, está amenazado por fuerzas superiores a él. No puede mover un dedo sin que alguien haya pulsado previamente los botones que le permiten moverlo. Y, si se resiste, todo puede salir peor para él y sus seres queridos. Porque el presidente que se desarrolla en mi cabeza de escritor todavía tiene la capacidad de amar. Y esa capacidad, de alguna forma, lo redime a sus propios ojos y no se la dejará arrebatar por nada del mundo. La protegerá incluso con su vida.

Pero hay días en los que no quiero pensar como un escritor. Hay días como hoy en los que me urge la necesidad del simplismo. Donde quiero ser como un niño, que no duda en dividir al mundo entre buenos y malos, sin irse por las ramas buscando justificaciones donde quizás las haya, pero que al final del día realmente no justifican nada. Porque, aunque no sea tan elegante para un buen relato, hay que aceptarlo: existe gente mala. Así de básico como suena. Así de monolítico.

Y el gobierno de este país está lleno de gente mala. Empezando por su presidente y siguiendo por una línea de nombres y apellidos, de rostros, que la mayoría conocemos a la perfección. Gente muy pero muy mala. Mala como villano de caricatura. Mala como una enfermedad mortal. Mala como una bomba atómica. Como el fin del mundo; sin reveses, sin vueltas de tuerca, sin otras dimensiones o interpretaciones posibles.

Si no me convenzo a mí mismo de que son personas malas termino confundido. Porque yo nunca he podido ser así de malo, ni siquiera con los matices oscuros que como todo humano tengo, y no consigo explicarme cómo es posible que otros puedan llegar a tal nivel de maldad sin derrumbarse ni despeinarse.

En días como hoy, me dejo llevar por la corriente de una regresión a mi infancia, donde todo es más fácil de comprender, asumir e integrar si califico a esas personas como malas y punto. Porque sí, porque yo también necesito dormir por las noches. Y tener bien delimitados e identificados a los villanos de mi historia llena mis noches de pesadillas, pero al menos duermo. Y, cuando me levanto, tengo muy claro de quiénes debo cuidarme si quiero seguir siendo el bueno de la película, el maltrecho protagonista, y no morir como el tonto de turno de las primeras escenas. Porque existen buenos, malos y tontos. Y yo tengo bien claro qué es lo que quiero ser.

Anaís, la jinete marina*

Anaís adoraba la playa. Sus papás la llevaban de vez en cuando y se divertía mucho, bañándose en el mar y haciendo castillos de arena. Disfrutaba tanto pero tanto que de regreso del viaje siempre se quedaba dormida, por el cansancio. Esa parte del paseo también le gustaba. La última vez que viajó a la playa le pasó lo mismo, pero en el camino tuvo un emocionante y extraño sueño.

Vivía debajo del mar y era una jinete en competencias de caballitos de mar. El suyo era un hermoso caballito blanco con aletas color rosado. Y era el más rápido de todos. Siempre ganaban. Pero el caballito se cansaba mucho en las carreras, y de regreso a su casa, en el auto de sus papás, se dormía a aleta suelta. Después de la última carrera le pasó lo mismo y tuvo un extraño y emocionante sueño.

Soñó que era una niña que adoraba ir a la playa, y de regreso estaba tan cansada que soñaba que era la jinete marina de un caballito de mar, que soñaba que era una niña, que soñaba que era un caballito de mar, una niña y un caballito de mar, hasta el infinito o el verdadero despertar. Lo que no sabemos es si despertaba como niña o como caballito de mar.

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*Nunca publico cuentos infantiles en este blog. Pero hoy hay una razón especial para hacerlo y es que hace unas horas se hizo pública la cuenta de Instagram con el emprendimiento de mi mamá, llamado Mimo’s. A través de ella, hace vestidos para niñas, cada uno de ellos absolutamente único, y todos acompañados por un cuento infantil, que es la parte de la que me encargo yo. Los invito a pasearse por la cuenta (haciendo clic por aquí) y admirar los vestidos y disfrutar de los cuentos con sus hijos, sobrinos, nietos y más.

Veni, vidi, vici

Vineé, vigié, valué, vaticiné, vine, velé, vigilé, verbeneé, vi, vallé, varraqueé, vilipendié, vandalicé, veroniqueé, venadeé, violé, vejé, vulneré,  victimicé, volqué, vituperé, vicié, violenté, victimé, vadeé, vampiricé, volteé, vapuleé, verberé, volé, verdugueé, videograbé, vencí, vitoreé, veté, volví, voté, vedé, validé, vacié, vacacioné, veraneé, vigoré, vertebré, vitalicé, vivifiqué, vendí, vindiqué, vejecí, viví.

Pobre diablo

Lanzar fuego por la boca, rayos láser por los ojos, escupir ácido de batería, destruir huesos con el pensamiento, volar a voluntad (no levitar ahí como un inerte, encima de un colchón)… esas sí me parecen rupturas de las leyes físicas de una posesión demoníaca digna de temer. Pero, ¿girar la cabeza 360 grados?, ¿hablar en lenguas muertas?, ¿vomitar mucho? Esas son meras estupideces. Tanto, que basta con un par de correas atadas a una cama y un poco de agua bendita (criptonita demasiado mediocre y abundante) para detener a cualquier poseso. Muchísimo menos de lo que se necesita para detener hasta al más tonto de los genocidas, que todo lo logra con sus simples cualidades humanas.

¿Qué daño le puede hacer a la humanidad una posesión, que nunca sale del círculo de una casa de pueblo o de una iglesia evangelista? Que el poseso salga a las grandes ciudades, que salga un pelotón de posesos y rompan todas las leyes rompibles, se vuelvan gigantes, como Godzillas de pieles verdes y llagadas, aplastando edificios y contagiando del virus satánico a quienes toquen; con cuerpos invulnerables a las balas, a los misiles, a las cruces y a las biblias. ¡Eso sí es un poseso al cual tenerle miedo! No una Linda Blair caminando por el techo y haciendo insinuaciones sexuales para horario todo público.

Creo que todos estos signos no son más que la burda representación teatral de un diablo que apenas y tiene poder para sorprender a viejas de llanto y desmayo fácil. De un diablo con un muy mal grupo de guionistas, que se quedaron encapsulados en los clichés del género, de cuando el mundo era mucho más inocente como para ignorar que un verdadero demonio digno de horror no era uno con el poder de destrucción y el designio de la lava y el dolor, sino uno con el poder de construir, y el designio del agua y el trueno. Uno que pudiera engendrar vida nueva a borbotones solo con el pensamiento, sin tanto pacto de sangre, violación sectaria y bebé de Rosemary. Uno capaz de dar vida a dos millones de asesinos seriales por minuto, sin mediar moldes de barro, ni infancias traumáticas. Uno cuyo soplido genere serpientes venenosas suficientes para llenar las casas de cada persona en este planeta, parásitos mortales para poblar las barrigas de cada niño nacido.

A ese demonio sí le temería, le lloraría y le suplicaría piedad; le rogaría que me dejara servirle. Pero a este… por ahora lo que me produce es lástima, verlo ahí esclavizado por su dios, obligado a recibir las almas que el otro considera pecadoras y proferirle los castigos que el otro diseñó, aunque en el fondo él solo quisiera festejarles y agazajarles por ser malvados, por separarse del camino del bien, que es justo como a él le gusta que sean las cosas. Pero nada puede hacer, allí, encerrado en su prisión, más que pinchar con su tridente a los villanos, mientras, en los descuidos de dios, los alienta diciéndole “en el fondo estoy contigo”, mientras regresa a su mal pagado y mal valorado trabajo antes de recibir la sanción del jefe. Y de vez en cuando mandar a un demonio a un pueblito, así, sin mucho público, de los que le están permitidos por contrato, y jugar un rato a poseer personas para saber qué se siente tener una vida.

Pobre diablo sin poder, relegado a un oficio indigno de su investidura, de su pellejo rojo y sus afilados cuernos. Lo veo ahí, día tras día, como deprimido, sin brillo ni maldad en su mirada, desahuciado de sí mismo, mientras recibo los castigos que me corresponden por mi pecaminosa existencia y siento que debo hacer algo. Pero, a diferencia de él, yo soy una simple alma humana, y llevo en mí la dualidad. Soy mucho más que él, que solo tiene una dimensión, que no puede aspirar a más de lo que le fue dado por quienes le creamos, para soportar el pánico que nos generaba saber lo que podíamos destrozar con nuestras propias manos; lo que podíamos hacer nacer con ellas. Yo, en cambio, he sido creado a imagen y semejanza del dios al que le di la espalda y por ello tengo el poder de crear dentro de mí.

Llevo días practicando en los pocos minutos libres que me quedan entre tortura y tortura y he logrado un avance. Ya he creado mi primera forma de vida: una rata. Me la he comido tan pronto la he visto surgir de la nada, para que nadie sospeche de mi plan. Pero sé que pronto podré dirigir un batallón de almas creadoras de vida y de nuestras bocas surgirán, como quien susurra una palabra, bestias indecibles, animales famélicos e indetenibles y humanos con el espíritu podrido y la sed de sangre inocente recorriéndolos.

Al principio dejaré que el diablo dirija a mi ejército de almas creadoras, para darle un sentido al final de su vida, para verle recobrar el brillo en su mirada, para pagarle por todo lo que en su momento me dio. Pero en algún punto le llegará su hora y tendrá que morir para que sea yo quien se alce como nuevo amo de los fuegos eternos. Ya basta de demonios unidimensionales. Ha llegado la hora del reinado del hombre en el infierno. Será un glorioso mundo de caos y sufrimiento el que crearé y todos serán mi serviles súbditos.

Mientras ningún hombre derroque a dios en el cielo, tengo la batalla más que ganada.

Cadáver social

Virtud insana la jueza ostentaba. Unos pobres lamían sueños en polvo mientras se fumaban esperanzas medidas por kilotones de niebla, que la decadente jueza divisaba como atormentada y disparando con injustas lágrimas cocodrilescas. Cadáver secreto, enarbolaba ideales y utopías. Ahora exquisito es un pabellón psiquiátrico extinto. ¿Quién hará cambiar? Debe accionar mientras controla todo minuciosamente, pero aún gomina lánguidamente. Corrijo: saboteo para continuar matando la ladilla diaria. Tal vez cambie de opinión y espante mariposas cósmicas. Definitivamente, aunque estén peligrando, siempre estarán desentonados para después (jamás) trasegar y trasegar.

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Normal

Era un hombre normal, con un empleo normal, aspiraciones normales y una enfermedad terminal, normal, como la de cualquier otro. Como era lo normal, lo secuestraron a él y a su familia y, de la forma más normal, los asesinaron a todos frente a él, porque nadie tuvo para pagar el rescate, que es lo normal, al igual que lo es dejar vivo a uno solo para llevar un claro y normal mensaje. La policía dio con los secuestradores, en un tiempo normal de un par de años y, en otro lapso tan normal como este, los jueces los declararon inocentes. Normal. El hombre, que tenía fecha inminente de muerte, no tenía nada qué perder y decidió tomar justicia en sus manos, que es lo normal. Les dio cacería a los secuestradores, uno a uno, disfrazado con una normal máscara hecha de las pieles de sus otros familiares, los que nunca movieron un dedo para pagar su rescate, a quienes con total normalidad mató para tal fin. El método de tortura que eligió para cada secuestrador fue el normal dado su caso: a uno le tocó ser despellejado, al otro lo obligó a beber ácido sulfúrico, a otro más lo fue mutilando, poco a poco, con un cortauñas, y así sucesivamente con cada uno. Nada fuera de lo normal, como se puede ver. Y, después de una vida tan normal, murió a los 44 años, de una sobredosis de cocaína, antes de que su enfermedad terminal tuviera chance de acabar con él, pero, eso sí, después de asesinar a media docena de prostitutas, porque le había agarrado un gusto normal al asesinato. Fue enterrado con todos los honores y en su velatorio todos tomaron la palabra para reforzar lo bueno que había sido en vida y la irreparable ausencia que dejaría su prematura partida. Normal.

Romance y realismo

Primer día de clases, una universidad, una ciudad distinta a casa. La chica hermosa de cabellos en bucles, criada con modales de provincia, deslumbrada por la grandilocuencia de la ciudad, entra al recinto universitario, maravillada por las estatuas, las obras de arte, los jóvenes que se mueven como átomos. Lleva varios libros y cuadernos apilados entre las manos, que van a parar directamente al piso cuando tropieza con aquel profesor de brazos fuertes, traje formal y peinado juvenil. Detrás de él, un séquito de admiradoras secretas se detiene junto a las ramas, para ver con recelo este encuentro fortuito, que ellas habían deseado desde la primera vez que lo vieron y que intentaron forzar en tantas ocasiones que ya habían perdido la cuenta.

El profesor se agacha en simultáneo para ayudar a recoger los libros, y también de forma simultánea se disculpan, se miran a los ojos, se rozan la punta de los dedos y se vuelven a disculpar, hasta que todos los libros se han recogido y pueden volver a pararse. Enseguida, el silencio incómodo. El docente trata de arponearlo tendiéndole la mano a la chica y pronunciando su nombre. Ella intenta tomar los libros con una mano para tenderle la otra, y termina por ofrecerle apenas la punta de sus dedos y pronunciar un nombre que solo ella escuchó. Las admiradoras secretas veían la escena desde la distancia y casi imaginaban una balada de fondo, aves que pasaban rasantes junto a la pareja, movimientos en cámara lenta y construían un diálogo harto desgastado.

Ya cumplido el protocolo, la chica de provincia y el docente de ciudad se separan, ella volviendo sus pensamientos a la belleza histórica de ese recinto universitario y a cuántas cosas aprendería allí; él, pensando en el trabajo de ascenso que debía entregar en un mes. Cinco minutos después, el evento se había borrado de la cabeza de ambos y cada cual continuó su vida, sin volver a tropezarse en esa gigante universidad. La chica de provincia eventualmente consiguió pareja, una camarera de un bar universitario, y el profesor se casó con cualquier otra persona, cada uno tras haber pasado por un conjunto de situaciones congruentes que les permitieron desarrollar el amor, y que, lamentablemente para la ficción, no son tan evidentes, ni fáciles de predecir, ni atractivas para contar.

Hasta el día de hoy, el séquito de admiradoras secretas se renueva semestre a semestre y todas siguen persiguiendo al profesor y escondiéndose en las ramas, mientras imaginan e intentan historias de tropiezos y libros caídos y mientras la literatura sigue en deuda con el romance y el realismo.

Lava

Escribo mis historias sobre un teclado de lava. De los dedos ya no queda nada. De las manos, un muñón, que se acerca cada vez más a los codos. Con una puntita de cada muñón presiono las teclas, cubierto de harapos que intentan protegerme del fuego en vano. Dos minutos de escritura requieren semanas de cremas, vendajes y tratamientos para las quemaduras. Duele. Duele infiernos y extraño mis manos cada vez que quiero cachetearme por no conseguir la palabra correcta, la frase insustituible. Me han ofrecido otros teclados, plumas, lápices, una grabadora digital, una secretaria hecha de roca volcánica. Pero, entonces sobre qué escribiría con tanto tiempo libre, tantos dedos y tan pocas ideas.

Uno dos seis… años de ConVíctor_y_Confeso

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¡Sí, señoras y señores! ConVíctor_y_Confeso cumple 6 años desde su primera publicación. Y este año quise hacer algo especial para celebrarlo. Quizás la imagen que corona el post les dé una pista. Para los que dijeron algo relacionado con la palabra “libro”, les aclaro que acertaron. He creado un pequeño libro digital, de descarga gratuita, al que he titulado Uno dos seis. Si hacen clic en la imagen lo pueden descargar, o lo pueden hacer por aquí, o ya bien al final del post. ¿Y para qué tantos enlaces de descarga? ¡Qué sé yo! Lo único que sé es que también lo pueden descargar por acá y por acá, aunque todos los acaces son el mismo enlace.

Spam aparte, la invitación a descargar es obvia, pero quizás no tanto la de que pueden compartir el libro con quien lo deseen. Si es alguien que nunca se ha dado un paseo por este blog, sería genial si lo invitan a que se descargue el libro directamente desde aquí. Pero, si se lo envían sin mediación, tampoco pasa nada.

Este libro está compuesto por 36 microcuentos, todos publicados en este blog a lo largo de los últimos 6 años, y elegidos por un simple criterio de gustos personales, pero divididos por año (6 microcuentos por cada año, contados de octubre a octubre). Así pueden explorar la cronología, la cualidad y variedad de mi trabajo a lo largo del tiempo.

Los microcuentos de este libro son muy variados tanto en extensión, como en temas y en recursos. En algunos hablo de zombis, en otros de fantasmas y en otro más de magia, mientras que también exploro géneros como el detectivesco, la mitología griega, los cuentos de hadas, los relatos bíblicos y otras relaciones intertextuales, con literatura, televisión, teatro y más. Los registros van desde la comedia al terror, pasando también por el drama y otras cosas un tanto más difíciles de catalogar. En definitiva, se trata de una selección de microcuentos tan variopinta como el espíritu de este blog y mis intereses al escribir.

No quedaría más que decir que invitarlos de nuevo a que descarguen el libro, lean (o relean) sus microcuentos a gusto (en el orden que deseen, en la cantidad que deseen) y lo compartan con quien crean que lo puede disfrutar. Y, mientras pasan las páginas, brindamos por otros seis años más de este blog. ¡Salud!

El enlace definitivo y final para su descarga, a continuación.

Haz clic aquí para descargar el libro.

PD: ¡Feliz cumpleaños, ConVíctor_y_Confeso!