Mi hija mordió un libro de Coelho

⸺Mi hija mordió un libro de Coelho. ¿Debería preocuparme?
⸺¿Cómo dices?
⸺Coño, que mi hija mordió un libro de Coelho y ahora estoy cagado. No sé si le pueda dar una infección o algo así.
⸺¿Y qué demonios hacía tu hija con un libro de Coelho?
⸺…
⸺¿Dónde lo consiguió?
⸺En nuestra biblioteca.
⸺¿Cómo? ¿Y desde cuándo tú tienes un libro de Coelho en tu biblioteca?
⸺La verdad es que no lo sé. Siempre ha sido un misterio.
⸺¿De qué hablas?
⸺No sé. Simplemente un día apareció y ni yo ni Helena sabemos quién lo pudo haber dejado allí.
⸺…
⸺Creemos que fue una broma de alguien del colectivo de literatura.
⸺Y… ¿por qué no botaste esa mierda apenas la viste?
⸺No sé. Bueno… es un libro. Los libros no se botan.
⸺Eso no es un libro. ¿Acaso tú eres inepto? No parecen cosas tuyas.
⸺Bueno, es que no me nace botar nada que se parezca a un libro. Tú has visto mi biblioteca. Allí tengo hasta unos volúmenes sueltos de una enciclopedia de mi abuela, que están todos marrones, secos y comidos.
⸺Coño, chico, pero eso es otra cosa muy distinta.
⸺Y también tengo una serie de folletines que publicó ya ni me acuerdo qué periódico, y los tengo todos remendados con tirro, de lo mala que era la edición. Ya ni me atrevería a leerlos y aun así no los boto.
⸺Deja de cambiarme el tema. Tú sabes que debiste haber botado ese libro hace mucho tiempo.
⸺Sí. Pero Helena y yo lo dejamos en la biblioteca al principio porque nos tomamos la cosa como un chiste. Queríamos averiguar quién lo había dejado. Era como un juego de detectives. Cuando venían los amigos a la casa, les hacíamos ciertas preguntas camufladas, a ver si alguno se delataba. Y nada. El misterio seguía sin resolverse. Una vez, incluso, en un cumpleaños de Helena, con todo el colectivo reunido por primera vez en más de un año, hicimos un supuesto concurso, que consistía en descubrir cuál era el libro que no calzaba en nuestra biblioteca. Y nadie adivinó. Y eso que el premio eran todos los libros de ensayos de Hanni Ossott. Y allí siguen en la biblioteca los ensayos de Ossot y el libro de Coelho.
⸺¿Ustedes son medio locos? ¿Iban a sacrificar esas joyas solo por averiguar la tontería del libro de Coelho?
⸺Bueno, pero es que de verdad nos intrigaba la cosa. Imagínate que un día te levantas y ves un libro de…
⸺Un libro de nada, chico. Dices que no botas libros y pensabas botar los libros de Ossott de esa manera.
⸺No los íbamos a botar. Era un regalo. Todo el mundo regala libros.
⸺Eso no es regalar un libro. Es botar un libro. ¡Y para proteger una basura empastada!
⸺Bueno, para nosotros era un regalo. Porque siempre sospechamos que había sido Leticia la que lo había dejado allí. Y como ella estaba haciendo su tesis sobre Hanni Ossott, igual se los pensábamos regalar. De hecho, como dos semanas después se los regalamos. Pero ella nada más los aceptó como préstamo y, después de la tesis, nos los devolvió.
⸺Definitivamente no se puede hablar contigo.
⸺Y luego ya simplemente nos acostumbramos a tener ese libro allí. Para ese entonces Helena y yo ni soñábamos con que algún día tendríamos una hija. Creíamos que ya estábamos muy viejos. Y menos que encontraría ese libro y lo mordería.
⸺Mierda, sí… la bebé. ¿Y cómo está ella?
⸺Yo creo que todavía está bien. No le ha dado fiebre ni nada, pero me preocupa la situación.
⸺¿Y ya hablaste con un méd…? ¡Un momento! ¿Tú no tienes como dos meses vendiendo todos tus libros por Instagram?
⸺Sí, ¿por?
⸺¿Has vendido la mitad de tu biblioteca y no te has desecho de esa mierda de Coelho?
⸺Coño, pero es que esa vaina me da pena venderla.
⸺Pues, regálala entonces.
⸺¿Tú eres loco? ¿A quién coño se la voy a regalar?
⸺El mundo está lleno de gente que ya tiene dañado el criterio literario de forma irreparable. Te lo aseguro que candidatos sobran. Pero, coño, tu hija es solo una bebé inocente. Ella no tiene por qué sufrir las consecuencias.
⸺Yo lo sé. ¿Tú crees que no tengo todo el día recriminándome lo mismo? Sé que lo debía haber botado, y mucho más cuando empecé a vender los libros. Porque esa es la razón de que ella lo haya conseguido. Un tipo ahí que tiene una librería de saldos nos compró casi veinte libros de un solo golpe, varios de ellos de los caros, y teníamos el mesón todo desordenado con esos libros y otros más y no sé cómo coño llegó el de Coelho allí. Supongo que estaba cerca de alguno de los que habíamos vendido y se me coló en el mesón. Y, coño, el tipo nos transfirió enseguida, y nos dijo que si todo salía bien nos iba a comprar otro lote grande más. Y tú sabes cómo estamos pariendo Helena y yo con los riales para podernos ir. Es doloroso vender tus libros. Pero más que doloroso es hiperpelúo. Los libros se venden lento y a mal precio. Y este tipo ni regateó. De bolas que estábamos emocionados y, en medio de la vaina de organizar los libros para el envío, de cuadrar una compra de dólares con lo que habíamos ganado, nos descuidamos un ratico, te lo juro que fueron un par de segundos, y la bebé se montó en la sillita y, cuando nos dimos cuenta, tenía el libro de Coelho entre los dientes.
⸺Me perdonaras, mi pana, pero, ¡qué padres tan descuidados son!
⸺¡EH! ¡Eso sí no te lo permito! Helena y yo somos excelentes padres. Nuestra hija no sabía ni llorar, no había ni nacido, cuando nosotros le leíamos los mejores libros infantiles del mundo. Libros que no hemos vendido y que no venderemos nunca, por principios. Antes de irnos de aquí, los repartiremos entre nuestros sobrinos y primos. Mi hija solo ha conocido buena literatura desde que era un embrión.
⸺Bueno, pero el trabajo de toda una vida se puede escoñetar por un descuido así.
⸺¡Lo sé! ¡Lo sé! Nojoda, no me estás ayudando en nada. ¿Crees que no sé todo lo que me dices? Mi pregunta es qué puedo hacer para revertir cualquier posible efecto secundario.
⸺Eso depende. ¿Qué libro era?
⸺¿Ah?
⸺¿Qué libro era? ¿Qué libro mordió?
⸺Ehm… Maktub, sí, Maktub.
⸺¡Coño de su madre!
⸺¿Qué?
⸺¿En serio dejaste que tu hija mordiera Maktub? Si por lo menos hubiera sido alguna de las novelas… pero, ¿Maktub…? ¿Ese pastiche de frasecitas de mierda, que el tipito cagaba en el periódico solo para cobrar sus riales e irse a hacer lo que sea que haga un escritor millonario?
⸺¿Y tú has leído Maktub?
⸺¿Yo? ¿Tú eres loco?
⸺¿Y cómo sabes que trata de eso?
⸺¿Por qué más va a ser, pues? Cultura general. Yo sé un millón de vainas sobre cosas que no sirven para nada y ni siquiera tengo idea de cómo las sé. Tú eres igual. ¿O acaso tú no sabías de qué trataba el libro?
⸺Helena y yo nos prometimos nunca leerlo. Ni siquiera la contraportada. Y al menos yo cumplí con mi promesa. De hecho, para lo único que usaba el libro era para matar los coquitos esos que se meten a la casa en temporada de lluvia. Usaba el libro como una raqueta y los bombeaba contra la pared. Luego los sacaba del apartamento empujándolos con el libro como una palita.
⸺¿En serio?
⸺Ehm… sí.
⸺¿En serio dejaste que tu hija mordiera un libro de Coelho con el que además matabas insectos?
⸺¡Mierda, no lo había pensado hasta este momento!
⸺…
⸺¡Qué basura de padre soy!
⸺¡Exacto!
⸺¡EH! Eso solo me lo puedo decir yo mismo.
⸺Lo que sea. ¿Y qué has hecho hasta ahora para resolver la situación?
⸺Su mamá se quedó leyéndole cuentos en la casa, tratando de que no se duerma. Nos da miedo que se duerma. Y yo fui a hablar con la pediatra, que no contestaba el teléfono, y tampoco la conseguí en el consultorio. Luego vine a hablar contigo, que pensé que podías ayudarme.
⸺¿Y por qué pensaste que yo podía ayudarte? Yo ni siquiera tengo hijos.
⸺Bueno, porque no conozco a nadie que desprecie más la mala literatura que tú. Entonces pensé que quizás sabías de algo que se pudiera hacer.
⸺Yo sé lo que se puede hacer.
⸺…
⸺No morder ni leer nunca un libro de Coelho. Y menos Maktub.
⸺¿Y qué diferencia hubiera habido si mordía El alquimista o cualquier otra mierda por el estilo?
⸺¡Mucha! Esos por lo menos tienen un argumento. Imagino que le habrá tomado al menos una semana escribirlos. Hay un mínimo de honestidad de autor, si se le puede adjudicar eso a Coelho.
⸺Bueno, pero ya no puedo hacer nada para retroceder el tiempo. Ya mordió Maktub. Algo tengo que hacer si quiero que mi hija no enferme. ¿Qué puedo hac…? Ya va… Espérate, que me están llamando (…). ¿Helena? (…). ¿Cómo está la bebé? (…). ¿Cómo? (…). ¿En serio? No te lo puedo creer. ¡Gracias a Dios!
⸺¿Qué te dice, qué te dice?
⸺Que el libro de Coelho solo tenía la portada. Qué adentro tenía La máquina de follar, de Bukowski. ¡Qué alivio tan grande!
⸺¿Cómo?
La máquina de foll… No, amor, no es contigo (…). Con Asdrúbal… Lo vine a visitar para que me asesorara en lo del libro de Coelho, porque la pediat…
⸺¿La máquina de follar? ¡El coño de su madre!
⸺¿Cómo dices? (…). No, amor. No es contigo. Es con Asdrúbal, que me dijo algo.
⸺No, nada. Dile que bote ese libro inmediatamente… ¡que ni se le ocurra leerlo!
⸺¿Y por qué? Solo es Bukowski (…). No, amor, es que Asdrúbal me estaba diciendo algo (…). Una estupidez (…). Que botes el libro inmediatamente, sabrá Dios por qué…
⸺Sí, dile que no lo piense más y lo bote.
⸺Cállate, Asdrúbal, que no escucho a Helena (…). No te entendí nada. Repite (…).
⸺No les conviene tener ese libro en su casa. ¡Dile que lo bote!
⸺¡Coño, que te calles! (…). No, amor, no es contigo. Repíteme, por favor (…). Sí, ya se calló (…). ¿Cómo? (…) ¡Ese coño de su madre! (…). Dale, amor. Hablamos en un ratico. Dale un besito a la beba de mi parte.
⸺Yo te lo puedo explicar.
⸺…
⸺Ya ni me acordaba que había hecho eso.
⸺…
⸺Lo hice como una broma, el día que hicieron la fiesta para celebrar que se habían mudado juntos.
⸺Eso fue hace 12 años. Nosotros tenemos ese libro hace menos de 8 años.
⸺No. Yo lo dejé allí la primera vez que fui. Te lo juro que fue solo un chiste.
⸺¿Estás insinuando que duramos 4 años con ese libro en la casa sin que ninguno de los dos nos diéramos cuenta?
⸺Exacto. En serio fue como un chiste de bienvenida al mundo de los casados. Yo no tengo la culpa de que nunca lo abrieran. Incluso les dejé una nota adentro.
⸺Sí. Helena me la leyó.
⸺…
⸺…
⸺¿Y? ¿Entonces? ¿Me perdonas?
⸺Bueh… no puedo no perdonarte. No te imaginas lo que me alivia que mi hija haya mordido un libro de Bukowski.
⸺A mí también. Y también que no me cayeras a golpes aquí en mi propia casa.
⸺Jejeje. Nunca te golpearía en tu propia casa… Te hubiera arrastrado hasta la calle de en frente.
⸺Qué condescendiente.
⸺¡Así soy yo! Pero… espera un segundo, ¿y cómo llegó a tus manos un libro de Coelho?
⸺¿Ah?
⸺¿Cómo llegó a tus manos Maktub? Para poder hacernos la broma, tuviste que haber tenido el libro completo; no solo la carátula.
⸺…
⸺¿Entonces?
⸺Mierda…
⸺¿Qué?
⸺La verdad es que no lo sé…
⸺¿Cómo dices?
⸺No lo sé. Simplemente un día apareció en mi biblioteca y ni yo ni Mónica sabemos quién lo pudo haber dejado allí.

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Esnob

Deberías poner tus ojos sobre él con más frecuencia. Realmente es un sujeto interesante. Aun siendo un esnob, ama, no mira el reloj si no hace falta, no bota comida ni desperdicia dinero, sabe cuándo es momento de dar un cumplido y cuándo de abrazar en silencio, no tiene enemigos, pero tampoco pretende agradar sin mostrarse tal cual es, al tiempo sabe que no lo puede hacer pues va en contra de su naturaleza. Lo que te quiero decir es que es un esnob de pies a cabezas, pero que no por ello es un inepto social. Se manifiesta con desdén de ciertas personas a quienes considera inferiores, más que todo por cumplir con el rol; pero si debe tenderles una mano no se la limpia luego.

Es un hombre educado en una buena universidad y se podría decir que todo lo que tiene lo ha conseguido con tesón e inteligencia. Hasta la fecha no ha tenido que lamer las medias de ninguno de los hombres a los que imita para parecer superior. Digamos que estos hombres son imitados sin saberlo, pues no les contacta hasta no haber alcanzado su estrato. Y una vez alcanzado no se detiene, y empieza a imitar a alguno de un estrato superior. Así ha sido desde casi siempre, y por lo general su método es limpio y sin fisuras.

Sabrás entender mi manía de crear personas con algo de sustancia por debajo de sus rasgos más esquemáticos. A mí es que particularmente el esnobismo me da urticaria y por ello trato de sazonarlo con algo más. Al otro que me encargaron un par de décadas atrás (por suerte no son muchos los que me asignan), al moreno, de cabello negro crespo y ojos azules medio atigrados, a ese lo puse pobre, por aquello de la ironía. Pero pobre, pobre, de esos que no tienen ni tendrán la menor posibilidad de escalar jamás. En todo caso de seguir bajando. Y mira cómo le ha ido. Todo un esnob en medio de la más triste marginalidad. El pobre es un incomprendido y eso debería llevarle a reflexionar, pero le cuesta y se la pasa al borde de la depresión. El otro día intentó suicidarse, pero también le hice torpe y el corte no fue preciso. Dos días en el hospital y le descontaron la paga de esas jornadas en el trabajo.

En cambio, con este tengo esperanzas de que habrá algo diferente. En cierto punto me lo imagino colocando todo su dinero en causas nobles para irse a vivir a alguna comunidad desolada al otro lado del mundo. Un lugar donde nadie le salude ni le pregunte el nombre. Únicamente para volver a sentir el placer de ser un don nadie y empezar a escalar desde cero. Después de todo, es lo único que sabe hacer y es lo único para lo que vive.

De llegar a darse ese momento, tengo planeado ponerle en medio, de nuevo, a la primera mujer que amó y que le amó. La única, cabría decir. Es una mujer tan humana y hermosa, que te lo juro que a veces pienso que no la hice yo. Tú sabes que por lo general a mí no me quedan así de preciosas. De hecho, las otras dos novias que le he puesto son más bien sencillas. Bonitas, pero sencillas. Pero esta mujer es un espectáculo para la vista y el alma. En su momento todo terminó mal, pero nunca dejaron de amarse. Ninguno ha vuelto a saber nada del otro. Ni siquiera pueden saber si el otro sigue vive o murió años atrás.

Lo cierto es que si decide deshacerse de todo su dinero y lanzarse al exilio, ahí mismo le vuelvo a poner a aquella mujer, como un evento casual. Lo que sea. Pon que hago que se la encuentre trabajando de cajera en un supermercado mientras compra las últimas provisiones para su viaje. Justo ahora trabaja en un autolavado, pero dudo que así se la encuentre si también dona sus autos. En fin, me estoy dejando llevar por la imaginación. Pero es que me emociona pensar en todo esto.

Te confieso que no estoy seguro de cuál camino tomará y eso es lo que más me fascina. Con los esnobs básicamente nunca me emociono. Todo es predecible. Pero a este le he agarrado cariño, pues de tanto en tanto me sorprende con algo. Yo solo espero que la decisión que tome lo ponga en un camino donde me siga ofreciendo entretenimiento. Hasta el momento ha sido un viaje genial. Pero, si se llega a poner aburrido, ya veré si le corto una pierna o algo parecido. Lo de siempre, ya sabes. Para que se dé cuenta que hay cosas más importantes en la vida que el dinero y el estatus y bla, bla, bla. Ya veremos qué sucede con el tiempo.

El chicle de la noche

Hay noches en que la ciudad te mastica como a un chicle.

Una prostituta grita y llora a través de un teléfono de alquiler. Al otro lado de la línea, algún espectro la escucha, para que a mí me llegue el eco de su letanía. La voz magnética del otro lado es tan fría como la de una máquina contestadora. Dispensa excusas y consejos como si de dispensar chucherías y refrescos se tratara. Desde este lugar donde me encuentro, no puedo dejar de pensar que solo yo la oigo, que el mundo es una tramoya de teatro y que detrás de las cosas que veo solo hay rieles y almacenes, paisajes rotos y utilería, que todo ocurre para mí y que por ello no es necesario recrear el resto del universo. Me pregunto entonces qué tiene que ver esa mujer conmigo, con mis propias y menos públicas letanías, mientras espero mi autobús. La han botado del burdel y no tiene dónde pasar la noche. Todo porque le rompió la cara a la Catira, que le robó su dinero o un cliente. No se entiende el precario mensaje entre sus espasmos y mocos. Todo porque ya no está tan flaca como antes, ni tan joven. Todo porque su cama pasa vacía un tercio de la noche, y a su dueño no le conviene que los resortes del colchón descansen. Noches como estas no tienen camas para putas gordas que solo conozcan el lenguaje del cuchillo, y que ya no dominen el lenguaje de los gemidos. Y el fantasma que la escucha al otro lado de la línea dispensa una nueva excusa, porque no tiene espacio en casa, y un nuevo consejo, porque bien puede pasar la noche como antes, al borde de la carretera y de cama en cama; porque noches como estas no quieren comerte, ni piensan tragarte. Solo te mastican como a un chicle. Juegan contigo entre muela y muela, para matar la abulia y el tedio.

Dos chicos de doce años se suben al autobús y gritan que estamos en un atraco, con voces forzadamente masculinas, debajo de las que se escucha un dejo aún femenino, todavía aniñado, que, por la situación, logra pasar desapercibido. Es un acuerdo tácito que nadie entrega sus pertenencias a quien no ha aprendido la cadencia del malandro, su melodía gangosa, sus discursos y su lírica soez. Por aquello de la brecha social y el miedo ancestral a lo diferente, dicen los especialistas. Por esto, ellos nos han informado del atraco en perfecto malandro, y nosotros les hemos entendido como si nos hablaran en castellano castizo. Y nosotros tampoco hablamos un español castizo; pero es normal sentirse más doctos, más académicos, en medio de un atraco. El miedo se siente en el aire como una cuerda invisible y tensa. Su vibración, tras los pasos de los niños, hace que retumbe el autobús como un diapasón, y quedamos sordos por segundos. Nos escuchamos solo a nosotros mismos; como si nuestra voz interna tomara el centro del cuerpo, y nos hablara desde la boca del estómago, inundándonos en un caldo caliente, que sube por el pecho y se nos tranca en la garganta. Suena una sirena en la calle, a cinco metros de distancia, y los niños saltan del autobús sin un solo celular. Y yo que ya hacía planes para mis siguientes días sin teléfono, para mis días sin dinero, y ahora tengo que volver a ajustarme a la idea de que tengo lo que tengo. Porque hay noches como estas, que no te quitan nada, pero te lo tiran todo al piso y lo patean, como un bebé molesto. Y ellos que estaban preparados para recibir una paliza de los policías, para que sus huesos quedaran con sueños de rehabilitación, y los de azul los dejan ir, porque ya la jornada casi termina, cada uno tiene al menos dos cervezas encima y una entre las piernas, y no quieren tramitar menores a esta hora.

El chofer del autobús sigue esperando a que se llenen todos los asientos y que no quede espacio respirable dentro del vehículo, aprovechando que nada ha pasado. Porque hay noches como estas en que somos el chicle de la ciudad, y ella nos saca el jugo para escupirnos cuando ya le parecemos insípidos, y quedamos junto a la acera, magullados, pero vivos.

Un transformista se sube al autobús entre burlas y silbidos de los que vociferan la ruta y el precio del pasaje, esta noche, como todas, sin ticket estudiantil, porque no hay autobús para Autopista y yo estoy pirateando, y si quieres llegar a casa, tienes que caminar quince minutos por un camino tan negro como el odio que crece en el corazón del transformista, y un poco también en el tuyo, que te has puesto en su lugar, o que te has embotado ya de tanto vaivén, de tanta sensiblería maquinada, de tanto retraso del alba; porque la noche así lo ha querido en su representación. Él o ella se ha sentado junto a una anciana y esta no ha perdido oportunidad para sacar su biblia y leerle unos versículos inocuos, antes de atreverse con el material pesado, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, que le narra con efervescencia de dios colérico, mientras le mira con condescendencia de dios misericorde. Él o ella asiente con educación, para no hacer más largo el camino a casa. Porque hay noches como estas, donde nos mastican y aceptamos con estoicismo nuestra condición, dúctiles y maleables, porque sabemos que al menos podemos vivir para contarla. Aunque la noche se las arregla bastante bien para que no nos queden ganas de contarla, ni siquiera a la rata que nos espera al llegar a casa, masticando los cables que le dejamos de cebo para sentir que tenemos compañía. Masticando cables como la noche nos mastica, pero sin burlarse de nosotros como la noche lo hace.

Porque encima de todo, esta mañana florecieron los jazmines, y ahora la noche está impregnada de su olor agrio y penetrante, que casi no deja respirar ni concentrarse en nada diferente. Hay los que piensan que el jazmín es dulce y por ello la noche los aleja de su aroma. Los que son capaces de ver su verdadero rostro en las estelas podridas de sus efluvios se los encuentran en cada camino y el tufo les persigue una centena de metros a la redonda, y se les queda atrapado en las ropas. Porque los jazmines son el último truco de la noche, su última burla, para decirte que hasta el más dulce y florido de los inviernos guarda un lado agrio y hostil, que nada es perfecto, que no podemos depositar nuestra esperanza en nadie que no sea nosotros mismos y nuestro prometeico aguante.

Porque somos el chicle de la noche, y ahora que se nos cierran los párpados, pesados de rutina y enrojecidos de smog, la noche nos saca de su boca y nos pega bajo la mesa. Porque mañana será otro día y podrá volver a masticarnos, tras el alud del sol.

Pobre diablo

Lanzar fuego por la boca, rayos láser por los ojos, escupir ácido de batería, destruir huesos con el pensamiento, volar a voluntad (no levitar ahí como un inerte, encima de un colchón)… esas sí me parecen rupturas de las leyes físicas de una posesión demoníaca digna de temer. Pero, ¿girar la cabeza 360 grados?, ¿hablar en lenguas muertas?, ¿vomitar mucho? Esas son meras estupideces. Tanto, que basta con un par de correas atadas a una cama y un poco de agua bendita (criptonita demasiado mediocre y abundante) para detener a cualquier poseso. Muchísimo menos de lo que se necesita para detener hasta al más tonto de los genocidas, que todo lo logra con sus simples cualidades humanas.

¿Qué daño le puede hacer a la humanidad una posesión, que nunca sale del círculo de una casa de pueblo o de una iglesia evangelista? Que el poseso salga a las grandes ciudades, que salga un pelotón de posesos y rompan todas las leyes rompibles, se vuelvan gigantes, como Godzillas de pieles verdes y llagadas, aplastando edificios y contagiando del virus satánico a quienes toquen; con cuerpos invulnerables a las balas, a los misiles, a las cruces y a las biblias. ¡Eso sí es un poseso al cual tenerle miedo! No una Linda Blair caminando por el techo y haciendo insinuaciones sexuales para horario todo público.

Creo que todos estos signos no son más que la burda representación teatral de un diablo que apenas y tiene poder para sorprender a viejas de llanto y desmayo fácil. De un diablo con un muy mal grupo de guionistas, que se quedaron encapsulados en los clichés del género, de cuando el mundo era mucho más inocente como para ignorar que un verdadero demonio digno de horror no era uno con el poder de destrucción y el designio de la lava y el dolor, sino uno con el poder de construir, y el designio del agua y el trueno. Uno que pudiera engendrar vida nueva a borbotones solo con el pensamiento, sin tanto pacto de sangre, violación sectaria y bebé de Rosemary. Uno capaz de dar vida a dos millones de asesinos seriales por minuto, sin mediar moldes de barro, ni infancias traumáticas. Uno cuyo soplido genere serpientes venenosas suficientes para llenar las casas de cada persona en este planeta, parásitos mortales para poblar las barrigas de cada niño nacido.

A ese demonio sí le temería, le lloraría y le suplicaría piedad; le rogaría que me dejara servirle. Pero a este… por ahora lo que me produce es lástima, verlo ahí esclavizado por su dios, obligado a recibir las almas que el otro considera pecadoras y proferirle los castigos que el otro diseñó, aunque en el fondo él solo quisiera festejarles y agazajarles por ser malvados, por separarse del camino del bien, que es justo como a él le gusta que sean las cosas. Pero nada puede hacer, allí, encerrado en su prisión, más que pinchar con su tridente a los villanos, mientras, en los descuidos de dios, los alienta diciéndole “en el fondo estoy contigo”, mientras regresa a su mal pagado y mal valorado trabajo antes de recibir la sanción del jefe. Y de vez en cuando mandar a un demonio a un pueblito, así, sin mucho público, de los que le están permitidos por contrato, y jugar un rato a poseer personas para saber qué se siente tener una vida.

Pobre diablo sin poder, relegado a un oficio indigno de su investidura, de su pellejo rojo y sus afilados cuernos. Lo veo ahí, día tras día, como deprimido, sin brillo ni maldad en su mirada, desahuciado de sí mismo, mientras recibo los castigos que me corresponden por mi pecaminosa existencia y siento que debo hacer algo. Pero, a diferencia de él, yo soy una simple alma humana, y llevo en mí la dualidad. Soy mucho más que él, que solo tiene una dimensión, que no puede aspirar a más de lo que le fue dado por quienes le creamos, para soportar el pánico que nos generaba saber lo que podíamos destrozar con nuestras propias manos; lo que podíamos hacer nacer con ellas. Yo, en cambio, he sido creado a imagen y semejanza del dios al que le di la espalda y por ello tengo el poder de crear dentro de mí.

Llevo días practicando en los pocos minutos libres que me quedan entre tortura y tortura y he logrado un avance. Ya he creado mi primera forma de vida: una rata. Me la he comido tan pronto la he visto surgir de la nada, para que nadie sospeche de mi plan. Pero sé que pronto podré dirigir un batallón de almas creadoras de vida y de nuestras bocas surgirán, como quien susurra una palabra, bestias indecibles, animales famélicos e indetenibles y humanos con el espíritu podrido y la sed de sangre inocente recorriéndolos.

Al principio dejaré que el diablo dirija a mi ejército de almas creadoras, para darle un sentido al final de su vida, para verle recobrar el brillo en su mirada, para pagarle por todo lo que en su momento me dio. Pero en algún punto le llegará su hora y tendrá que morir para que sea yo quien se alce como nuevo amo de los fuegos eternos. Ya basta de demonios unidimensionales. Ha llegado la hora del reinado del hombre en el infierno. Será un glorioso mundo de caos y sufrimiento el que crearé y todos serán mi serviles súbditos.

Mientras ningún hombre derroque a dios en el cielo, tengo la batalla más que ganada.

Dismembered Mannequins

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Esa mañana, los cadáveres de trescientos maniquíes amanecieron desmembrados y desperdigados por toda la ciudad de New York. Las primeras horas, solo silencio. Ya con el día en alza, era tendencia en las redes sociales, y cientos se fotografiaban junto a las víctimas. Para la tarde, la teoría de los medios de comunicación era que se trataba de la intervención urbana artística de algún nuevo colectivo. Pero nadie asumía la autoría de la obra. Para la noche, las fuerzas policiales empezaron a atar cabos. Trescientas denuncias de desapariciones ese mismo día. No podía ser la obra de un solo hombre. Las teorías emergentes hablaban ahora de un colectivo de asesinos seriales, de una secta, de un holocausto simbólico de la contemporaneidad, incluso de transmigraciones del alma humana a objetos inanimados.

A un año del evento, los desaparecidos continuaban como tal y parte de la sociedad se acomodaba sin prestarle mayor atención. Pero un movimiento social adolescente iba tomando cada vez más fuerza. Se hacían llamar “Dismann”, por Dismembered Mannequins o Maniquíes Desmembrados. Eran jóvenes que decían identificarse con aquellos maniquíes despedazados sobre la calle, anónimos y fríos, sin ninguna relevancia por sí mismos, hasta que se convertían en la representación de otras pérdidas, de otras derrotas humanas, aparentemente más reales para la sociedad. La mayoría solía maquillarse de colores pálidos todo el cuerpo visible, evitando vestir prendas llamativas o usar componentes que los distinguieran de otros dismanns. La premisa era difuminarse entre el colectivo como un solo sujeto anónimo e invisible. Como maniquíes. En Internet se conseguían manifiestos que indicaban desde la forma de caminar con monotonía mecánica hasta la forma de manejar la menor cantidad de expresiones faciales, pasando por el tono de voz que debía usar un verdadero maniquí desmembrado.

Algunos eventos de protesta colectiva empezaron a organizarse en distintas partes del mundo, a medida que el movimiento se fue haciendo global. Los dismanns se reunían y paraban el tráfico para quedarse inmóviles por horas. Algunos asumían posturas en el asfalto que rememoraban a los primeros maniquíes desmembrados. Por aquella época empezó a desarrollarse una movida musical propia de los dismembered mannequins. Curiosamente tuvo su inicio en la Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, y no en New York, que era la que arropaba a la mayor cantidad de dismanns. Era un rock oscuro y lento, sin adornos, y las letras estaban compuestas en su mayoría de musitaciones y letanías de gemidos leves, donde apenas se pronunciaban un par de palabras inteligibles. Cuando se volvió un fenómeno masivo, la industria musical intentó fichar a varias de las bandas líderes, pero estas no se vendieron, de modo que tuvieron que crear sus propios proyectos musicales y mercadearlos desde cero.

Los primeros estudios sociológicos llegaron unos tres años después del incidente en New York, cuando se hizo latente que se estaban resignificando algunos de los roles generativos más arraigados, pues la mayoría de los maniquíes desmembrados asumían una posición sobre su sexualidad que muchos asumieron al inicio de forma incorrecta como bisexual, pero que, cuando el movimiento empezó a hacerse más autoconsciente, definían como asexualidad integrativa. Y el rol andrógino que en un principio se les asignó por defecto fue definido por ellos mismos como arrol integrativo. Un maniquí no tenía sexo ni rol hasta que fuera vestido por otro. Mientras permaneciera en su zona gris no era nada, pero siempre era susceptible de ser sexualizado, de modo que en cada uno habitaban todos los sexos y ninguno, todos los géneros y ninguno. También decían en sus manifiestos que en ellos habitaban todas las maldades y defectos, las bondades y virtudes, las perfecciones y desperfectos, las culturas y lagunas de conocimientos, los arquetipos y estereotipos. En ellos estaba todo y nada en cada segundo. Pero su regla principal era permanecer en estado “nada” la mayor parte del tiempo, para ser contenedores del todo; ya que al asumir un “algo”, dejaban de ser nada y ser todo al mismo tiempo.

Los suicidios fueron parte del movimiento desde el inicio y siempre intentaban recrear el dramatismo de la escena originaria: miembros mutilados, exposición en medio de la vía pública. Pero se volvieron un problema de salud pública a unos diez años de iniciado el movimiento. Para entonces, los medios masivos se había adueñado del imaginario dismann y se había vuelto un cliché de la cultura pop. El rock dismann era una industria multimillonaria, sus estrellas ganaban premios de alto nivel, y cada vez más adeptos se sumaban al movimiento. Cuando sucedió el suicidio en masa más grande de la historia en una escuela norteamericana, con sesenta adolescentes que se encerraron en una cafetería para cortarse los unos a los otros, la sociedad dejó de verlos como el chiste que parecían.

Se trazaron planes de sensibilización colectiva, de información e incluso adoctrinamiento a adolescentes, uno más y otros menos realistas, se crearon cátedras en las universidades y los psicólogos tuvieron que especializarse. Pero era poco lo que desde afuera se podía hacer para que los maniquíes desmembrados dejaran de desmembrarse. Mucho más, después de la mañana que amaneció desmembrado el ícono más grande y la figura más poderosa del rock dismann. Antes de cumplidas las veinticuatro horas de su muerte, al menos un millar de suicidios más se generaron en el resto del mundo. Y otro millar más antes de cumplida la primera semana.

A los treinta años del evento que dio inicio a los dismembered mannequins, cuando la subcultura era ya un recuerdo amargo de una década atrás y solo unos pocos seguían intentando rescatar la filosofía de un movimiento que creían nunca debía morir, en una hacienda abandonada de Albany, New York, un poco de tierra se estremece debajo de un brote de maleza seca y muerta. Un golpeteo sordo se repite un par de veces, dos y tres veces más, hasta que una puerta trampa al fin se abre, encandilando a trescientos hombres y mujeres, que salían a la superficie por primera vez en tres décadas, convencidos de que eran los únicos sujetos vivos sobre la faz de la Tierra, los Santos Elegidos para repoblarla, tras un Apocalipsis que tuvieron la decencia de anunciar al mundo, a los Infieles Condenados, antes de su reclusión regeneradora, a través de la obvia y autoexplicativa puesta en escena, en calle, de trecientos maniquíes, rotos como quedarían ellos antes de su renacimiento desde la oscuridad como seres dignos de rehacer al mundo, de gobernar las almas y las naciones emergentes.

En esa mañana, mientras los Trescientos Santos Elegidos ajustaban sus pupilas al exceso de luz, el último dismann que moriría, un chico de doce años, se cortaba una pierna y un brazo con una segueta. Y mientras lo hacía no gemía, no gritaba, no lagrimaba. No emitía un solo gesto, pero por dentro, conteniendo todo el dolor que es posible soportar, se sentía al fin liberado.

Un cuento

B, C, D y F están sentados en un pasillo de la universidad, cuando llega G con la emoción en la punta de la lengua, e interrumpe su conversación con una frase que llama la atención de todos enseguida.

—Les tengo un cuento que se van a caer de culo.

—Desembucha, pues —se adelanta F a lo que hubiera dicho cualquier otro, menos tal vez D.

—Ayer me cogí a la mamá de H.

—¡Eso no es un cuento! —le reprocha C y niega con la cabeza.

—Pero, cómo que no es un cuento. —G se esfuerza por hablar con más histrionismo y la sonrisa no le cabe en la cara—. Claro que no es un cuento. ¡Es un cuentazo! Si yo les venía diciendo, que para mí que la tipa esa me tenía ganas. Y, fíjense, no me pelé.

—¿Qué tiene que ver el que nos hubieras advertido de nada con que esto sea un cuento? —replica de nuevo C, con cara de ¿en serio te lo tengo que explicar?—. Eso no es un cuento. Es un microcuento. Punto —dice C y, al decirlo, se cruza de brazos, como si ese fuera el pictograma del punto en su expresión corporal.

Minicuento, querrás decir —apunta B y remarca cada fonema de la palabra minicuento como si hablara en otro idioma… y se enorgulleciera de ello.

—Microcuento… minicuento… Es lo mismo.

—No es lo mismo. En la actualidad, el término que usan la mayoría de los que estudian la materia es minicuento.

—¿Ustedes son maricos o qué? —pregunta G sin entender el debate de B y C—. Les digo que me cogí a J, la mamá de H, la MILF más MILF de todas las MILF de este puto mundo, ¿y ustedes se ponen a hablar de eso?

—La verdad es que no hay ningún término que todos acepten —aclara F—. Yo, de hecho, prefiero minirrelato.

—Minirrelato es una de las palabras más estúpidas del mundo —reacciona B, y aprieta el puño en un gesto que nadie entiende ni le cree.

—La verdad es que todos ustedes están equivocados —sentencia D, que hasta el momento no había dicho palabra, como era su costumbre—. Eso no es ni un minicuento, ni un microcuento, ni un minirrelato, ni nada de eso. En un nanocuento, si bien debe haber una anécdota reducida, se deben vislumbrar los demás elementos de la narrativa, ya sea de forma explícita o implícita. Y la historia de G es solo anécdota. Nada más. No tiene ningún revés en lo narrativo. Yo diría que a lo sumo llega a textículo.

—Textículo fue lo que me lamió la mamá de H, cuando me le cuadré en la cocina mientras…

—¿En serio vas a darle más delimitaciones a un género ya de por sí tan difuso como este? —rechaza C y se encorva como si luchara contra un peso en su espalda—. Un microcuento es o no es. Si no es, no hay que ponerle más nombres a eso. Un mamut no es una novela, y nadie trata de distinguirlo de la novela con cualquier otro nombre compuesto… y de paso mal compuesto. Por ejemplo, Dolores Koch, en su artículo…

—Dolores es lo que debe tener la mamá de H en las rodillas, de agacharse a lamerme el textículo en el piso de la cocina, mientras me calentaba una…

—Confundes el carácter proteico del minirrelato con el que cualquier cosa pueda ser un minirrelato —puntualiza F, mientras suda frío y se le inflan los orificios de la nariz—. Es cierto que un minirrelato puede basarse en una lista de supermercado, pero no todas las listas de supermercado son minirrelatos. En Breve manual para reconocer minicuentos, de Violeta Rojo, ella explica que…

—Violeta fue que le dejé las nalgas a la mamá de H, de tanta nalgada que le di, y rojo le quedó…

—No has entendido nada de nada, F —arguye B levantándose y subiendo los hombros, para aumentar su tamaño ante F—. ¿De verdad tú pasaste preescolar o te dieron una beca por retraso mental? Cuando Violeta Rojo dice que el minicuento… mi-ni-cuen-to, ¿oíste? No minirrelato, que pareces una bestia cada vez que lo dices… cuando Violeta explica que el minicuento es desgenerado, se refiere a…

—Degenerada es la mamá de H —comenta al margen G mientras se muerde el labio y sobreactúa una excitación que ya no siente—. La tipa es toda una zángana. Tan santa que se la tira y si vieran todos los juguetitos que guarda en la gaveta de…

—¡Bravo, bravo! —fanfarronea C mientras le aplaude en la cara a B y frunce todo el rostro—. Debería darte una cachetada y mandarte a dormir solo por decir tamaña herejía. ¿El microcuento no será un género nunca y no importa que lo sea porque es autoexplicativo? De verdad tienen que faltarte neuronas para decir una cosa así. Piensa en el cuento por un momento, no en el microcuento, y recuerda el ensayo de Gustavo Luis Carrera, donde…

—Carrera fue la que tuve que pegar yo cuando el papá de H llegó a la casa. Me lancé por la ventana y tuve que correr en bolas hasta mi casa, todavía con el…

—¡Verga, ya! —grita D, después de uno de sus largos silencios en la conversación—. Parecen unos carajitos peleando por quién mea más lejos. Y además unos carajitos mongólicos. Porque no han recordado lo más importante. En el nanocuento el uso de cuadros se necesita para…

—Cuadro alérgico es lo que he tenido yo después de que me cogí a la mamá de H —musita G, porque piensa que ya nadie lo escucha, que es inútil seguir intentando contar su historia—. Toda la mañana me ha picado ese machete y lo tengo hinchado como un plátano morocho. Pero sarna con gusto no pica, ¿no es así? Con tal de que no vaya a ser un VPH o una vaina peor…

—¿VPH? —increpa B y remarca cada fonema de la palabra VPH como si hablara en otro idioma… y no le agradara para nada—. ¿A qué coño te refieres?

—¿Ahora sí quieren que hable, ah, rolos de maricos? Pero cuando quería contarles el cuento de mi vida no me querían escuchar. Pues ahora se…

—Deja de decir estupideces y explícate —explota D, mientras lo toma por la solapa y rompe el récord de cantidad de intervenciones por minuto de su historia.

—¿Qué te pasa, D? ¿Te tragaste un hombre? —escupe G y se saca al otro de la solapa mientras mira a los demás, analiza las miradas que lo escrutan y calcula que es mejor hablar— Bueno, nada. Que amanecí con el pipí blanco y con ronchitas, y que me pica burda. Ya a mí el K me había dicho que no me metiera con la mamá de H, que esa era una puta, que tenía sida, sífilis o una vaina por el estilo, y que por esa paja era que L se había mudado a Yonosedónde a recibir tratamiento. Pero eso debe ser paja. Esa tipa se veía sanita por todos lados. Bien sanita, si entiendes lo que quiero decir… —culminó G con una sonrisa, en busca de una complicidad que no llegó.

—¡Maldita sea! —pronuncia F en poco más que un susurro, mientras B se levanta y enciende un cigarro y C no reacciona en lo absoluto.

D se levanta también, se aparta del grupo y hace una llamada. A lo lejos se ve que bate los brazos como quien pide explicaciones. El cigarro de B se consume y enciende otro con la colilla. Los ojos se le ponen como vidrios. F repite sus maldiciones cada minuto y C todavía no muestra ninguna emoción. G los mira a todos y no entiende sus reacciones. Se rasca la entrepierna, los mira, se la vuelve a rascar y se confirma en que no comprende nada. Ignora que en dos minutos le llegará la revelación sobre el significado de esas reacciones, y que en cuatro días comprenderá que, gracias a ese cierre, gracias a las ronchas, los cigarros, la llamada, las maldiciones y el silencio, efectivamente su historia sí es un cuento. O un minicuento. Da igual.

Yo mato al insecto y lo recojo*

Buenos días, mi pichoncita.

Notarás que hay un DVD de Kurosawa tirado junto a la cocina. No vayas a levantarlo, por favor. Por lo que más quieras, no vayas a levantarlo. Que nada de lo que diga esta carta te haga pensar que de alguna forma busco hacerte sentir culpable como para que termines levantando el DVD de Kurosawa y resolviendo algo que me toca a mí resolver. Es solo que por el momento no he podido levantarlo. La situación me ha superado y he tenido que dejarlo allí en el piso, aplastando la mariposa negra y gigante que con él he matado. Apenas regrese del trabajo, me encargaré de limpiar todo y dejarlo como si nada hubiera pasado. Pero sí ha pasado, sí han pasado muchas cosas y he creído necesario escribirte estas palabras para que sepas por lo que he estado pasado. De nuevo, no quiero que te sientas culpable de nada de lo aquí dicho, pero he llegado a un punto donde necesito decirte algunas cosas que me he guardado en los últimos meses.

Creo que no lo has notado, porque no me has hecho ni el más pequeño comentario al respecto, pero en la gaveta donde guardamos los DVD deben faltar unos veinte de ellos. Vivir, de Kurosawa, no es la primera de nuestras películas que uso para aplastar una mariposa gigante. Igual, cuando menos debes recordar aquella mariposa horrenda que te conté que maté con un disco de Pink Floyd. Parece que ha pasado un siglo desde aquel momento y nuestras vidas no han podido cambiar más en lo externo, lo palpable, pero siento que muchas cosas siguen iguales por dentro.

Cuando lo del disco de Pink Floyd yo estaba a días de irme a vivir a Canadá sin ti, y nuestro absurdo plan indicaba que tú me seguirías a los tres meses y allá tendríamos la vida que este país nos estaba arrebatando. Qué ilusos éramos. Todavía no terminábamos de entender cuánto de cárcel tenían estos metros cuadrados de patria, y cuánto de presos teníamos nosotros. Allá todo fue un desastre, y lo sabes. El supuesto trabajo que me esperaba no se sabía ni siquiera mis iniciales, y el trabajo a destajo no me alcanzaba ni para cubrirme lo más básico, de modo que al mes y medio tuve que regresarme.

Y nunca fui más feliz, e hicimos el amor como si no nos hubiésemos visto en años, como novios adolescentes, por días y semanas enteras, hasta que presentí que había pasado lo inevitable, te hiciste el examen y sí, estabas embarazada. Yo todavía no conseguía empleo aquí y ahora teníamos que pensar en un nuevo miembro en nuestro hogar. Respiramos agitados, sobre bolsas de papel, porque no nos sentíamos preparados, porque no estábamos preparados, ni el país era un lugar seguro para traer a un hijo. Y, aunque me cueste demasiado decirlo, nada de eso ha cambiado.

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Microcuento N° 100

Fue el microcuento número 100 que se publicó en aquel blog. Aunque sabía que su creador había escrito muchos microcuentos más, cierto aire de orgullo le recorría las letras, porque no era lo mismo ser el escrito número 100, que el publicado número 100. Sí, sabía que no era una publicación formal, impresa, pasada por el filtro de editores de renombre. Pero para ese microcuento era mucho más valioso saberse el centésimo microcuento publicado por el criterio personal de su autor. Le daba una sensación de resguardo, de haber venido al mundo para algo grande, para hacerle honor al número redondo que lo identificaba.

Por un tiempo, esta certeza fue suficiente para que se paseara henchido por las redes. Pero, pronto empezó a descubrir algunas cosas que fueron robándole toda su felicidad. Conversando con otros colegas, se enteró, atónito, que el autor había publicado muchos microcuentos en el pasado, que luego había borrado.

-¡Es horrible! Es como si una mañana cualquiera se levantara con el espíritu asesino y mata media decena de cuentos. En una ocasión sacó al menos 12 de circulación en menos de 10 minutos. De no ser así, tú serías el microcuento 160 o algo por el estilo.

Pero el microcuento no se dejó amilanar. Si había borrado a los anteriores era porque estaba apartándole ese lugar único, ese título nobiliario, a él. Forzaba una sonrisa por donde fuera, pero la duda lo delataba. Más tarde se enteró que, desde que lo habían publicado, unos cuantos meses atrás, solo lo habían leído 10 veces.

-Pero, no entiendo. Si abajo dice que lo han compartido unas 50 veces en Facebook.

-Son amigos del escritor. Le ponen me gusta por compromiso o por cariño. Pero casi ninguno nos lee en serio. Tienes que entender que nuestro creador no es nadie conocido, ni apreciado por los doctos, ni mucho menos.

Sabiéndose poco leído, un sabor amargo se le revolvía entre la presentación y el desarrollo, y se le juntaba en el nudo, como líquido ácido que le pedía regurgitarse. Pero pronto terminó de desmoronarse toda la seguridad que se había construido, cuando se dio cuenta que su escritor lo había publicado en el mes de mayo, cuando a él lo escribieron en octubre. Publicado en ese mes errado, ya no era el microcuento número 100. Al menos no en la secuencia cronológica del blog.

-No queríamos decírtelo, pero ese hombre está enfermo. Algunas veces ha publicado textos nuevos dos años atrás en la cronología del blog. Parece que lo hace para rellenar meses en los que no pudo publicar mucho. Tú sabes, para dar la sensación de que es un escritor disciplinado y constante.

Hecho un mar de lágrimas y otros lugares comunes con los que su escritor lo rellenó, descubrió que ni siquiera era un microcuento, que para la mayoría hace muchas letras atrás se había convertido en un cuento. Que tenía demasiados personajes, demasiadas anécdotas y su estructura era muy completa. Además pasaba de las 600 palabras. Y su autor lo había etiquetado como “microcuento”, pero también como “minicuento”, “minificción”, “microrrelato” y, por si acaso, también, como  “cuento”.

-¡Ese maldito ni siquiera sabe qué soy! Le voy a dar una lección.

Sin pensarlo demasiado, el microcuento número 100 tomó una navaja y se cortó las letras. Quedó irreconocible. Desfigurado, incomprensible, con demasiados huecos cubiertos de sangre y el desenlace engangrenado de predictibilidad. Parecía una obra surrealista y gore para horario todo público.

Ahora sí llamaba la atención, ahora sí daba morbo, y el contador de visitas del blog no paraba. Sin embargo, dos años después, una de esas mañanas de aburrimiento y determinación, junto a otra treintena de textos maltrechos por la luz del tiempo, el autor lo borró, en un día que sería recordado como “la masacre del delete“. Ahora todos saben que hay un nuevo microcuento número 100 en la aldea, pero ya nadie es capaz de llevar las cuentas. Ya nadie se arriesga a sacar esas cuentas.

Cuando llegue a casa

Yo conducía un monopatín eléctrico junto a mi esposa, cuando nos encontramos a mi primo, el hombre al que más odio en el mundo, y nos pide que lo llevemos. Lo dejamos montar en lo que de pronto se convierte en un carro pequeño y le permitimos conducir. Él arranca a toda velocidad y se niega a disminuirla según mi exigencia. Comienzo un forcejeo para que se detenga. Yo estaba en la parte de atrás del auto y mi esposa hacía las veces de copiloto, pero apenas y respiraba, por la tensión del momento.

Mi primo y yo seguimos peleando, de modo que saco mi celular para llamar a la policía, pero él lo lanza por la ventana y enseguida lanza el suyo también, con un gesto desquiciado. Así que me siento a su lado, acciono el freno de mano y, al detenerse el carro, saco a mi primo a patadas de allí.

Mientras está a medias inconsciente en el piso, busco mi celular y el suyo, ambos destrozados, los guardo en mi bolsillo y regreso a mi casa, que en realidad es la antigua casa de mi abuela, donde le celebran el cumpleaños a mi papá. Allí está toda la familia de su nueva esposa y la de su exesposa, mi mamá. También la de la pareja de mi mamá, la familia de mi esposa, algunos amigos del colegio, y gente que parecía pertenecer a una extraña iglesia.

Me piden que esté atento porque a las diez de la noche comienza la gente a irse y debo vigilar que nadie corra el riesgo de ser secuestrado o asaltado. La semana pasada se esparció el rumor de que habían secuestrado a mi tío, el papá del hombre al que más odio en el mundo. Y, aunque resultó no ser cierto, todos quedaron paranoicos.

Al terminar de salir las personas de la fiesta, solo quedamos mi mamá, mi esposa y yo, a la espera de que llegara mi padre de llevar a su casa a los invitados que no tenían carro. Mientras esperamos, mi esposa y yo nos acostamos juntos en la parte de abajo de una litera, cuando llega mi primo, dispuesto a dormir en la parte de arriba. Luce hostil. En realidad, violento.

Yo aún no le había comentado a nadie sobre el percance que tuvimos horas antes, y ni siquiera le había contado a mi esposa que tenía ambos celulares en mi bolsillo. Tampoco había tenido tiempo de verificar si mi celular funcionaba, aunque por los destrozos parecía imposible. Mi primo dice que sabe que tengo los celulares conmigo y asume una conducta amenazadora, tratando de asustarme para que se los devuelva.

De algún modo, mi primo se levanta y decide poner en marcha su carro para salir de la ciudad esa misma noche. Por alguna estúpida razón le pido que nos lleve a mi esposa y a mí. No ha pasado mucho tiempo cuando mi primo comienza a contestar con suspicacia hasta la más pequeña de mis intervenciones, buscando que se propiciara una nueva pelea. Allí entiendo que su intención es abandonarnos en la mitad de la carretera a esa hora de la noche.

En algún punto, ya llevamos bastante camino recorrido y la oscuridad se ha ido disipando para darle paso a las horas más claras de la madrugada. Mi primo sigue excediendo los límites de velocidad y conduciendo de forma imprudente, esperando que le reclame, pero yo continúo estoico, hasta que nos aproximamos a un peaje. Allí, a nuestra derecha, entre unos matorrales, veo un animal extrañísimo, de piel transparente y babosa, cuerpo similar al de un dinosaurio mezclado con el de un avestruz, y más o menos con la misma altura de este último, con la cabeza achatada como un plato. A pesar de su apariencia, lucía inofensivo, pero eso sí, no parecía nada de este planeta.

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Código Bechdel

Una ciudad vertical crece sobre una isla hecha por el hombre (y nada más que por el hombre). Una de las últimas cincuenta del mundo. Edificaciones de al menos trescientos pisos, con autopistas, hospitales, parques, monumentos conmemorativos… todo lo necesario para vivir adentro. Cada una de ellas, marcadas a neón con el fálico símbolo del Patriarca, que también decora postes, árboles, embarcaciones, armamento, pantallas y el domo de neteriones que mantiene a cada isla protegida de la contaminación externa, y de la invasión de las rebeldes que quedaron en los extintos continentes.

En las calles, que casi ningún hombre transita y que las mujeres apenas tienen autorización de recorrer en estrictos horarios y con sus respectivos salvoconductos, cientos de afiches medio roídos recuerdan a los ciudadanos las hazañas de la Última Guerra y el Credo del Patriarca, Salvador de la Humanidad. En una esquina altamente vigilada por las cámaras, un póster recuerda que “La mujer no intentará involucrarse nunca más en asuntos de hombres (so pena de muerte o destierro) y deberá replegarse, sin reclamos, al Código Bechdel, que indica lo que puede y no decir y hacer”. Un enlace de descarga permite acceder al manual completo, que de igual forma ocupa un sitial de honor en cada espacio habitable de las cincuenta islas.

Una rata se esconde tras unas rejillas de ventilación cuando siente los pasos de dos personas que se acercan. Son dos mujeres, que visten y caminan con la gracia y parsimonia que indica el código, luciendo, además, en las solapas de sus blusas, un salvoconducto firmado por sus esposos y responsables de urbanismo. Al encontrarse, se saludan con una leve reverencia y la primera, en un tono y volumen agradable al oído del hombre, habla:

—Salve el Patriarca que es un hermoso tarde, hermana.

—Salve el Patriarca que lo es, hermana. Pero se acerca el toque de queda y debemos regresar a nuestros hogares.

Los engranes mecánicos del zoom de una de las cámaras se activan y, detrás de una multipantalla, un hombre mira a medias a las dos mujeres, distraído, intentando hojear un libro fotográfico de las famosas más sexies en los campos de concentración de mujeres durante la Última Guerra. Mientras tanto, el software de vigilancia analiza las palabras pronunciadas.

—Eso es cierto. Y yo debo preparar el alimento para mi esposo, que está pronto a llegar de un día agotador de trabajo.

—¡Cuán afortunado nuestro destino! Desde que salí del protección de mi padre, mi esposo ha sabido llenar mi espacio vital con nutrición y afecto.

—Lo mismo el mío. Pero a veces pienso que su apetito sexual es demasiado voraz…

Un círculo rojo empieza a titilar sobre el recuadro que cubre la conversación de las dos mujeres en la multipantalla, y el hombre tras de ella suelta el libro y amplía la pantalla para escuchar con atención.

—Jejejeje. Mentira. Nunca me canso del viril encanto de su hombría.

El círculo rojo deja de parpadear, y el vigilante vuelve a su rutina de ensueño.

—Imagino que te ha de tener en sus lazos, como mi hombre a mí.

—Totalmente, hermana.

—Pues, con tanto palabreo lujurioso, me han dado más ganas de llegar pronto a mi hogar.

—Te entiendo completamente. Yo siento húmedo todo mi cuerpo y me muerdo los labios de imaginar lo que me espera.

—Con hombres tan llenos de brío masculino, es casi un pecado entregarles nuestro pasión una mujer a la vez. Por más fuerte que sea nuestro ardor por ellos, se merecen tener más de lo que les gusta.

—Exacto. Si todas nos uniéramos podríamos satisfacerlos de verdad.

—Imagínate si nos entregáramos las dos a nuestros hombres. Todo lo que nos harían.

—¡Uhm, cállate, que me enciendo aquí mismo como veinte toneladas de napalm!

—¡Y yo como cincuenta kilotones de dinamita!

El software de análisis semántico sigue de largo en medio de estas palabras, pero un software secundario, instalado de forma ilegal, sobre la fuente, detecta de forma tardía el tono sexual de la conversación, que se abre a pantalla completa, y un hacker adolescente se anima sobre su silla, buscando una caja de toallas de mano y algo de lubricación.

—Sabes que siempre he deseado regalarle un encuentro lésbico a mi hombre.

—Lo mismo yo.

—Hay mujeres que se resisten a que es lo más natural dado el lugar que nos tocó ocupar en el tiempo.

—Ya se convencerán con el evidencio cuando más mujeres nos unamos para satisfacer a nuestros hombres.

—Yo también creo lo mismo, hermana.

—Así que podríamos dar el ejemplo, uniéndonos las dos, que somos de seguro las más hermosas y calenturientas mujeres de este islote.

—Pues tocará pedirles el debido autorización a nuestros hombres y esperar el ansiado día.

—Eso haré hoy mismo después de darle de comer. Y calculo que en no más de dos semanas estaremos juntas sobre el colchón.

—Yo también. Pero por ahora debo irme. Se hace tarde.

—Ciertamente. Salve el Patriarca que tengas un buen noche.

—Salve el Patriarca que tú también.

Con estas últimas palabras, y una posterior reverencia de despedida, cada mujer continúa su camino, y la rata sale de su escondite, mientras la cámara sigue sus movimientos y el vigilante duerme, y el adolescente trata de pescar una mejor conversación, y el Patriarca recibe su masaje de final de tarde, de manos y pies de cuatro mujeres voluptuosas desnudas, que se miran y asienten brevemente, sabiendo que segundos atrás debió haberse sellado el mayor acuerdo desde la derrota de las mujeres en la Última Guerra, y que pronto llegará el día de arder como veinte toneladas de napalm, como cincuenta kilotones de dinamita.

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Este cuento no pasa el Test de Bechdel.