Existe gente mala

Como escritor, tengo que contener mis impulsos más básicos, mis pensamientos más simplistas y toda necesidad de reduccionismo que intente atravesar mis letras. Si mi interés es escribir una historia creíble, con la que el lector conecte, que no sea una burda venta de humo, me toca hacer un complejo ejercicio de matizar la realidad, pulir sus extremos y saber mirar los puntos medios, los tonos grises y demás ambigüedades que surjan o se puedan escarbar entre los blancos y negros.

Crear personajes psicológicamente redondos pasa por el compromiso de saber leer entre líneas: traducir en las acciones más viles móviles benévolos, y en las acciones más puras y honestas poder ver el egoísmo, la miseria, la ruindad y la maldad que podrían ocultarse como bacterias. Si además resulta que los personajes con los que trabajo exudan ideologías capaces de polarizar opiniones, toca ser mucho más cuidadoso. Cualquier paso en falso y el texto termina convertido en un panfleto o, con mejor suerte, en una audaz campaña publicitaria.

Por ejemplo, si en este momento me tocara escribir sobre el presidente de mi país, la práctica literaria me obligaría a rebuscar móviles luminosos entre toda la oscuridad que veo esparcir en sus acciones cada día. Me vería tentado a imaginar que no duerme por la noche, acosado por el dolor moral, que llora frente a su psiquiatra y le confiesa que hace 9 meses no logra sostener una erección ni siquiera con medicamentos; que sabe muy bien de dónde vienen todos sus padecimientos pero que se siente atado de manos. Necesitaría, para que mi relato tuviera un revés emocional adecuado, que este personaje se mirara al espejo, se encontrara una cana y de pronto temblara ante la perspectiva de haber perdido su juventud haciendo daño a otros.

Con la pluma en la mano, casi puedo verlo parado sobre la báscula de su baño, desnudo, después de mal dormir solo dos horas, por la severa agenda de reuniones y llamadas que debe atender a diario para sostener el castillo de naipes que él mismo ayudó a construir, y lo escucho pensar que se siente obeso y feo, que quisiera afeitarse el bigote de una vez y para siempre, pero sus asesores no se lo permiten.

Sentado frente a la computadora, con el teclado en la mano, los años de escuela en escritura me orillan a sentir lástima por mi personaje. Necesito sentir lástima por él para poder encontrarle flancos no explorados, costuras sueltas que pueda yo volver a coser con la gracia literaria que le confiera al personaje un rostro nuevo, más complejo y más humano. Y así es como lo escucho, aún sobre la báscula, dejarse llevar por un pequeñísimo pensamiento rebelde, último vestigio de una adolescencia militante que lo descubrió pasional y completamente convencido de las bondades de sus credos políticos.

Piensa en afeitarse el bigote, se moleste quien se moleste, en empezar a hacer dieta… pero no, primero lo primero: renunciar al cargo y arrastrar conmigo a todos los villanos que en su momento me arrastraron a mí. O mejor, primero el bigote, luego devolver la democracia al país y tercero la dieta. Y allí se detienen sus pensamientos, porque sabe que no puede hacerlo, que debe peinarse el bigote, vestirse y salir a hacer el papel de malo y luego llorar frente a su psiquiatra y mal dormir otro par de horas.

El presidente ficcional que he creado, por necesidad argumental, está amenazado por fuerzas superiores a él. No puede mover un dedo sin que alguien haya pulsado previamente los botones que le permiten moverlo. Y, si se resiste, todo puede salir peor para él y sus seres queridos. Porque el presidente que se desarrolla en mi cabeza de escritor todavía tiene la capacidad de amar. Y esa capacidad, de alguna forma, lo redime a sus propios ojos y no se la dejará arrebatar por nada del mundo. La protegerá incluso con su vida.

Pero hay días en los que no quiero pensar como un escritor. Hay días como hoy en los que me urge la necesidad del simplismo. Donde quiero ser como un niño, que no duda en dividir al mundo entre buenos y malos, sin irse por las ramas buscando justificaciones donde quizás las haya, pero que al final del día realmente no justifican nada. Porque, aunque no sea tan elegante para un buen relato, hay que aceptarlo: existe gente mala. Así de básico como suena. Así de monolítico.

Y el gobierno de este país está lleno de gente mala. Empezando por su presidente y siguiendo por una línea de nombres y apellidos, de rostros, que la mayoría conocemos a la perfección. Gente muy pero muy mala. Mala como villano de caricatura. Mala como una enfermedad mortal. Mala como una bomba atómica. Como el fin del mundo; sin reveses, sin vueltas de tuerca, sin otras dimensiones o interpretaciones posibles.

Si no me convenzo a mí mismo de que son personas malas termino confundido. Porque yo nunca he podido ser así de malo, ni siquiera con los matices oscuros que como todo humano tengo, y no consigo explicarme cómo es posible que otros puedan llegar a tal nivel de maldad sin derrumbarse ni despeinarse.

En días como hoy, me dejo llevar por la corriente de una regresión a mi infancia, donde todo es más fácil de comprender, asumir e integrar si califico a esas personas como malas y punto. Porque sí, porque yo también necesito dormir por las noches. Y tener bien delimitados e identificados a los villanos de mi historia llena mis noches de pesadillas, pero al menos duermo. Y, cuando me levanto, tengo muy claro de quiénes debo cuidarme si quiero seguir siendo el bueno de la película, el maltrecho protagonista, y no morir como el tonto de turno de las primeras escenas. Porque existen buenos, malos y tontos. Y yo tengo bien claro qué es lo que quiero ser.

Anuncios

Crónica de un copy/paste

Corría el año 2000, estaba en quinto año de bachillerato, eran quizás las cuatro de la tarde y estaba reunido con dos amigas en mi casa, realizando lo que por aquellos días llamábamos “tesis”, sin saber cuán grande le quedaba aquel calificativo. Se supone que teníamos que hacer un proyecto de “ciencias” y nosotros decidimos hacer un complejísimo estudio sobre los efectos de la penicilina en los dientes humanos; para lo cual compramos un ratón de laboratorio, una linda jaula, tomamos unas fotos acercándole una aguja al ratón, otras abriéndole la boca para verle los dientes, y lo demás fue un lindo y pulcro copiar/pegar.

Para entonces, nadie nos había enseñado la importancia de citar, cuando no es que en realidad nos alentaban a fusilarnos el trabajo ajeno, para comodidad de todos, revisores y ejecutores. Unos meses después, armamos un stand con mucho anime y escarcha morada (problemas de ser el único hombre del equipo), presentamos nuestro proyecto a la sociedad, nos tomaron y tomamos muchas fotos con cara de orgullo por el gran trabajo realizado y nos sacamos un 18. A diferencia de las fábulas que tanto nos gustan, nosotros no aprendimos ninguna moraleja.

Esta crónica, entonces, va sobre eso: sobre cómo hemos construido una pujante nación a punta de copy/paste, como le decimos ahora que nos estamos más cómodos con las denominaciones en inglés. Quédense si están dispuestos a salir salpicados.

Sigue leyendo

Yo soy Sia, pero sobre todo Maddie Ziegler

Este 7 de enero, en Francia, 12 personas murieron en lo que los medios definen como un ataque terrorista de extremistas musulmanes, dirigido a objetivos claves dentro del semanario de humor Charlie Hebdo, entre ellos su editor en jefe, como consolidación de viejas amenazas sobre represalias por la publicación de una serie de caricaturas donde ridiculizaban la fe musulmana, pero sobre todo donde presentaban de forma gráfica a Mahoma, lo que es tabú dentro de esta religión y está prohibido por la ley del Corán. Desde entonces cientos de países, medios y profesionales de la comunicación, personalidades relevantes y ciudadanos del mundo han ofrecido su apoyo a los sobrevivientes del ataque, lo mismo que manifestado su pesar por los muertos y heridos, bajo la frase “Yo soy Charlie” o “Je Suis Charlie”, que viene a indicar que se es empático o se comulga con las premisas de defensa de la libertad de expresión que llevaron al semanario francés a continuar publicando sus caricaturas, incluso después de las primeras amenazas, y aun después del atentado ya recibido en el 2011, que culminó con el incendio de la sede del medio. Por supuesto que también hay los que no aprueban el tipo de trabajo realizado por el semanario, pero son la minoría. Del otro lado de la realidad, y exactamente el mismo día, la cantante Sia hizo público su nuevo video promocional, Elastic Heart, por medio de las redes sociales, y el rechazo junto a la polémica se alzaron de inmediato, censurando el video por calificarlo de promotor de la pedofilia, debido a la ambigüedad sexual que representa el baile entre Shia LaBuf, actor de 28 años, y Maddie Ziegler, bailarina de 12. En medio de temas tan similares, con respuestas sociales tan diferentes, me gustaría explicar por qué es que yo NO soy Charlie Hebdo y sí soy (parcialmente) Sia, pero sobre todo (y sin reservas) Maddie Ziegler.

Sigue leyendo

El país del pa’ los frescos

A los 18 años, después de una primera experiencia sin importancia, conseguí el que sería mi primer trabajo formal: recolector en un peaje. Corría el paro petrolero y no había casi autos en la calle. Supondrán bien que fue un trabajo cómodo. Sin embargo, había un punto de presión importante: el de cerrar caja sin excedentes ni faltantes. Esto podía controlarse en la mayoría de los casos, pero cada tanto se incurría en fallos que no había cómo reparar, aunque no eran muy importantes si ocurrían en un canal liviano. Pero, de ocurrir en un canal de camiones, el faltante podría ser una porción o más de tu pago diario, que, por supuesto, sería descontado de tu sueldo.

La primera vez que tuve un fallo en el canal de camiones, lo supe al mismo momento, y desde ese instante hasta mi llegada a tesorería no se me escapaba que al cuadrar caja quedaría con números rojos. Así se lo advertí a la tesorera, que contabilizó mi dinero, vio que los números rojos coincidían con mi cálculo previo y no hubo mayor problema. Afuera de tesorería, un compañero de trabajo me preguntó, extrañado, cómo es que si yo tenía claro que me faltaría ese dinero no se lo pedí a los mismos camioneros. Pensando que se trataba de un chiste, le pregunté que cómo se hacía eso, y me dijo, con naturalidad: “Bueno, fácil, le dices que si te pueden dejar alguito del vuelto pa’ los frescos”. “¿Y funciona?”. “Claro que sí. Además, aquí todos lo hacemos”.

Y efectivamente todos lo hacían. Se podría decir, por dar un ejemplo simple, que la máquina de refrescos que teníamos fuera de las oficinas del peaje, estaba alimentada por completo con dinero de los usuarios, que gustosamente habían donado de su bolsillo a los trabajadores, para que ellos literalmente se compraran unos frescos. Ocurría lo mismo con la máquina de café, de chucherías, la gasolina de los empleados con carro y uno que otro lujo adicional. Dentro de las instalaciones de ese peaje, y hablo de ese con afán generalizador, corría muchísimo dinero de la mano de los usuarios a manos de trabajadores, fiscales, policías y militares, que jamás tocaba las arcas de la tesorería, pues formaba parte de otro sistema económico, independiente a todo ello. Es el mismo sistema que funciona en gestorías, aceras públicas, autobuses y muchísimos sitios más, en un país que bien podríamos llamar, sin resultar reduccionistas, el país del pa’ los frescos. Un país donde nos mojamos las manos los unos a los otros, y viceversa, en tantas direcciones, que ya no es posible hacer un diagrama fidedigno. Todos parecen participar, y en todos los rubros parece presente. Hoy, a propósito del anuncio de la reactivación de los peajes al país, no he podido dejar de pensar en esta historia del peaje, y su relación con Venezuela y su idiosincracia.

Sigue leyendo

Del imaginario testicular venezolano

“Al pueblo venezolano lo que le sobra es bolas”. “¿Acaso no tienes bolas que te quedas en tu casa sin marchar?”. “¿Crees que tienes más bolas que yo y no guarimbeas?”. “Yo sí tengo las bolas bien puestas para defender a mi país”. “¿Guardia Nacional Bolivariana? Deberían llamarla Guardia Nacional SinBolivariana”.

¿Cuántas veces has escuchado las frases anteriores (o similares) en los últimos días a la luz de todos los conflictos que vive el país? Muy bien, probablemente la última frase no la hayas escuchado jamás, porque es un juego de palabras pésimo para ajustar la crítica habitual a la GNB al mismo imaginario testicular, si así se le pudiera llamar. Por lo general, habrás escuchado cosas como “Maldito militar maricón” o “Estos militares no tienen pantalones”. Pero ya que el imaginario testicular está profundamente ligado al machismo, la misoginia, la homofobia y el falocentrismo, has de imaginar que hablar de “maricón”, es similar a indicar que “no usas las bolas para lo que fueron diseñadas” y hablar de “no tener pantalones” es similar a decir “tienes falda”, y como Venezuela no es Escocia, no hay aquí afectos a la idea de exponer el gran testiculario del que nos proveyó la divinidad a través del uso de faldas. Por ende, todo se reduce, de nuevo, al “tener bolas”. Pero, ¿te has preguntado alguna vez de dónde viene ese imaginario testicular? O más importante aún, ¿te has preguntado cuáles son las consecuencias del mismo? En este artículo se intentarán responder esas preguntas.

Sigue leyendo

Breve Manual de Distorsiones Cognitivas Políticas [Vzla – Feb 2014]

Introducción (sin hablar de política todavía)

Una distorsión cognitiva es una forma de pensamiento erróneo que, por lo general, desencadena en conductas dañinas para la salud mental del individuo. Pensar que un auto esmeralda es aguamarina no dañará nuestra salud mental, de modo que no es el tipo de pensamientos errados que nos interesan.

Los que nos interesan son los que generan una respuesta nociva para nosotros o los demás a una acción o estímulo del entorno. Imaginemos que alguien nos pisa en el metro (acción) y que nosotros le insultamos (respuesta) como consecuencia de este pensamiento: “nadie tiene derecho a pisarnos jamás”. Como este pensamiento es erróneo y nos lleva a una conducta dañina, se le considera distorsionado.

Sigue leyendo

Síndrome del Informador Precoz (DSM-5)

Criterios Diagnósticos:

A. Uno o más de los siguientes síntomas que aparecen al menos una vez en el transcurso de 48 horas o en una de cada dos jornadas individuales de conexión a Internet si el sujeto en cuestión no se conectara a diario.

1. Mirar una fotografía del rostro de alguien, acompañada de un texto que simula ser informativo, sin ninguna fuente, y creer inmediatamente en ella sin más razonamientos.
2. Mirar la captura de pantalla de un tweet, mensaje de facebook o símil de alguna persona real, y creer inmediatamente que es cierto sin haber corroborado que realmente fue escrito, que la cuenta desde la que fue escrito existe y que es la persona real implicada quien escribió ese mensaje a través de esta.

Sigue leyendo