El bosque y la noche

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Diez años habían pasado desde la noche que asesinaron a su hermana en un bosque muy parecido al que ahora atravesaba, y justo con el mismo hombre que le había robado su dignidad y su vida. Aunque solo tenía siete años, nunca pudo olvidar ese día: la llegada en la patrulla de policía, su mamá deshecha en llanto, el cuerpo de su hermana morado y frío, y su chaqueta roja censurando la sangre que se le había secado sobre incontables heridas.

Luego, dos años de juicios, aplazamientos, apelaciones y el asesino salió libre. Para ella, solo quedó el consuelo de media década de terapia. Para su madre, un arsenal de antidepresivos que nada le hacían. Su padre huyó apenas pudo. Y se mudaron de ciudad una y otra y otra vez, cada vez más lejos de aquel bosque, pero ninguna distancia los separaba de esa tragedia.

Y en esa espiral siguió su vida hasta que un año atrás descubrió al asesino detrás del mostrador  de una ferretería, atendiendo a los clientes con la mirada domesticada del que nunca ha cometido una infracción de tránsito. Pero ella era capaz de ver sus ojos de bestia debajo de toda su investidura. Así que se metió en su mente, lo sedujo, lo atrajo irremediablemente hacia sí, aprovechando que la fiera excitada no podía reconocer, en sus ojos, los ojos de su hermana. Y lo invitó a ese bosque la misma noche que se cumplían los diez años. La memoria de monstruos como esos es su peor enemiga.

Pero aún con su mirada domesticada, todavía en su investidura de cordero, algo cambió en sus ojos, un brillo parecido al miedo, al morbo, a la resignación, quién podría saberlo, cuando ella sacó la chaqueta roja y se la colocó, frente a él, al salir de casa. Fue un desliz brevísimo en su mirada, que luego regresó a su forma domesticada. Pero ella sabía que el lobo ya estaba allí, en la periferia, rodeando a quien creía que sería su presa, con saliva en la boca. Ella sabía que esa noche solo uno de los dos regresaría con vida, pero por lo pronto decidió poner su mejor cara de niña enamorada, de caperuza tonta, y le tomó la mano al lobo mientras seguían internándose cada vez más en el bosque y la noche.

Un cuento

B, C, D y F están sentados en un pasillo de la universidad, cuando llega G con la emoción en la punta de la lengua, e interrumpe su conversación con una frase que llama la atención de todos enseguida.

—Les tengo un cuento que se van a caer de culo.

—Desembucha, pues —se adelanta F a lo que hubiera dicho cualquier otro, menos tal vez D.

—Ayer me cogí a la mamá de H.

—¡Eso no es un cuento! —le reprocha C y niega con la cabeza.

—Pero, cómo que no es un cuento. —G se esfuerza por hablar con más histrionismo y la sonrisa no le cabe en la cara—. Claro que no es un cuento. ¡Es un cuentazo! Si yo les venía diciendo, que para mí que la tipa esa me tenía ganas. Y, fíjense, no me pelé.

—¿Qué tiene que ver el que nos hubieras advertido de nada con que esto sea un cuento? —replica de nuevo C, con cara de ¿en serio te lo tengo que explicar?—. Eso no es un cuento. Es un microcuento. Punto —dice C y, al decirlo, se cruza de brazos, como si ese fuera el pictograma del punto en su expresión corporal.

Minicuento, querrás decir —apunta B y remarca cada fonema de la palabra minicuento como si hablara en otro idioma… y se enorgulleciera de ello.

—Microcuento… minicuento… Es lo mismo.

—No es lo mismo. En la actualidad, el término que usan la mayoría de los que estudian la materia es minicuento.

—¿Ustedes son maricos o qué? —pregunta G sin entender el debate de B y C—. Les digo que me cogí a J, la mamá de H, la MILF más MILF de todas las MILF de este puto mundo, ¿y ustedes se ponen a hablar de eso?

—La verdad es que no hay ningún término que todos acepten —aclara F—. Yo, de hecho, prefiero minirrelato.

—Minirrelato es una de las palabras más estúpidas del mundo —reacciona B, y aprieta el puño en un gesto que nadie entiende ni le cree.

—La verdad es que todos ustedes están equivocados —sentencia D, que hasta el momento no había dicho palabra, como era su costumbre—. Eso no es ni un minicuento, ni un microcuento, ni un minirrelato, ni nada de eso. En un nanocuento, si bien debe haber una anécdota reducida, se deben vislumbrar los demás elementos de la narrativa, ya sea de forma explícita o implícita. Y la historia de G es solo anécdota. Nada más. No tiene ningún revés en lo narrativo. Yo diría que a lo sumo llega a textículo.

—Textículo fue lo que me lamió la mamá de H, cuando me le cuadré en la cocina mientras…

—¿En serio vas a darle más delimitaciones a un género ya de por sí tan difuso como este? —rechaza C y se encorva como si luchara contra un peso en su espalda—. Un microcuento es o no es. Si no es, no hay que ponerle más nombres a eso. Un mamut no es una novela, y nadie trata de distinguirlo de la novela con cualquier otro nombre compuesto… y de paso mal compuesto. Por ejemplo, Dolores Koch, en su artículo…

—Dolores es lo que debe tener la mamá de H en las rodillas, de agacharse a lamerme el textículo en el piso de la cocina, mientras me calentaba una…

—Confundes el carácter proteico del minirrelato con el que cualquier cosa pueda ser un minirrelato —puntualiza F, mientras suda frío y se le inflan los orificios de la nariz—. Es cierto que un minirrelato puede basarse en una lista de supermercado, pero no todas las listas de supermercado son minirrelatos. En Breve manual para reconocer minicuentos, de Violeta Rojo, ella explica que…

—Violeta fue que le dejé las nalgas a la mamá de H, de tanta nalgada que le di, y rojo le quedó…

—No has entendido nada de nada, F —arguye B levantándose y subiendo los hombros, para aumentar su tamaño ante F—. ¿De verdad tú pasaste preescolar o te dieron una beca por retraso mental? Cuando Violeta Rojo dice que el minicuento… mi-ni-cuen-to, ¿oíste? No minirrelato, que pareces una bestia cada vez que lo dices… cuando Violeta explica que el minicuento es desgenerado, se refiere a…

—Degenerada es la mamá de H —comenta al margen G mientras se muerde el labio y sobreactúa una excitación que ya no siente—. La tipa es toda una zángana. Tan santa que se la tira y si vieran todos los juguetitos que guarda en la gaveta de…

—¡Bravo, bravo! —fanfarronea C mientras le aplaude en la cara a B y frunce todo el rostro—. Debería darte una cachetada y mandarte a dormir solo por decir tamaña herejía. ¿El microcuento no será un género nunca y no importa que lo sea porque es autoexplicativo? De verdad tienen que faltarte neuronas para decir una cosa así. Piensa en el cuento por un momento, no en el microcuento, y recuerda el ensayo de Gustavo Luis Carrera, donde…

—Carrera fue la que tuve que pegar yo cuando el papá de H llegó a la casa. Me lancé por la ventana y tuve que correr en bolas hasta mi casa, todavía con el…

—¡Verga, ya! —grita D, después de uno de sus largos silencios en la conversación—. Parecen unos carajitos peleando por quién mea más lejos. Y además unos carajitos mongólicos. Porque no han recordado lo más importante. En el nanocuento el uso de cuadros se necesita para…

—Cuadro alérgico es lo que he tenido yo después de que me cogí a la mamá de H —musita G, porque piensa que ya nadie lo escucha, que es inútil seguir intentando contar su historia—. Toda la mañana me ha picado ese machete y lo tengo hinchado como un plátano morocho. Pero sarna con gusto no pica, ¿no es así? Con tal de que no vaya a ser un VPH o una vaina peor…

—¿VPH? —increpa B y remarca cada fonema de la palabra VPH como si hablara en otro idioma… y no le agradara para nada—. ¿A qué coño te refieres?

—¿Ahora sí quieren que hable, ah, rolos de maricos? Pero cuando quería contarles el cuento de mi vida no me querían escuchar. Pues ahora se…

—Deja de decir estupideces y explícate —explota D, mientras lo toma por la solapa y rompe el récord de cantidad de intervenciones por minuto de su historia.

—¿Qué te pasa, D? ¿Te tragaste un hombre? —escupe G y se saca al otro de la solapa mientras mira a los demás, analiza las miradas que lo escrutan y calcula que es mejor hablar— Bueno, nada. Que amanecí con el pipí blanco y con ronchitas, y que me pica burda. Ya a mí el K me había dicho que no me metiera con la mamá de H, que esa era una puta, que tenía sida, sífilis o una vaina por el estilo, y que por esa paja era que L se había mudado a Yonosedónde a recibir tratamiento. Pero eso debe ser paja. Esa tipa se veía sanita por todos lados. Bien sanita, si entiendes lo que quiero decir… —culminó G con una sonrisa, en busca de una complicidad que no llegó.

—¡Maldita sea! —pronuncia F en poco más que un susurro, mientras B se levanta y enciende un cigarro y C no reacciona en lo absoluto.

D se levanta también, se aparta del grupo y hace una llamada. A lo lejos se ve que bate los brazos como quien pide explicaciones. El cigarro de B se consume y enciende otro con la colilla. Los ojos se le ponen como vidrios. F repite sus maldiciones cada minuto y C todavía no muestra ninguna emoción. G los mira a todos y no entiende sus reacciones. Se rasca la entrepierna, los mira, se la vuelve a rascar y se confirma en que no comprende nada. Ignora que en dos minutos le llegará la revelación sobre el significado de esas reacciones, y que en cuatro días comprenderá que, gracias a ese cierre, gracias a las ronchas, los cigarros, la llamada, las maldiciones y el silencio, efectivamente su historia sí es un cuento. O un minicuento. Da igual.

¿Qué es un estilema y qué relación guarda con el desarrollo de mi propio estilo literario?

Antes de poder definir qué es un estilema, parece razonable entender primero qué es la estilística. Pero, incluso antes de ello, quizás sea más conveniente empezar a hablar sobre lo que es el estilo, para, desde allí, abordar los demás conceptos. Como tal vez resulte evidente, las palabras “estilística” y “estilema” vienen de la palabra “estilo”. Lo que no es tan evidente es el origen de esta segunda palabra. “Estilo” (del griego estylos) era el nombre que recibía “el punzón, agudo por un extremo y plano por el otro, con que los antiguos escribían y borraban en tablillas enceradas” (Alonso, 1978).

Así que el estilo, según la concepción antigua, no era más que un utensilio de la escritura. Pero, según entendemos el concepto en la actualidad, el estilo sigue siendo un utensilio de la escritura, solo que el mismo es ahora intangible. El estilo es, entonces, en palabras sencillas, el carácter individual o diferenciado que le da a un texto literario el escritor, haciendo uso de sus medios expresivos y sus habilidades para utilizarlos. Por ende, la estilística es la disciplina que estudia los estilos literarios.

La estilística es, más concretamente, una rama de la lingüística que se encarga de estudiar el uso estético, con valor artístico, del lenguaje, tanto en la literatura, como en textos no literarios y en el habla común. Ya sea de forma individual (algún escritor en concreto) o colectiva (un grupo de escritores, una generación, un movimiento, un área demográfica, etc.). La estilística está encargada de analizar hasta el más pequeño de los elementos de una obra, literaria o no (o un discurso hablado), lo que incluye pero no limita: el efecto deseado por el escritor (o hablante) al decir lo que dice, los términos usados, los giros del lenguaje, las estructuras complejas del lenguaje (como los recursos literarios o el análisis sintáctico), la efectividad de los recursos, etc. Forman parte de la estilística la crítica literaria y el análisis del discurso.

Así que la estilística estudia a los estilos. Pero ¿cómo se desarrolla un estilo propio? Ahí es donde entran en juego los estilemas. El estilema es, dinámicamente, la forma en la que se transmiten los estilos de una persona a la otra y, por ende, la forma en que estos se crean, transforman o deforman. Así pues, los estilemas son, de forma estructural, pequeños (o grandes) trozos de un estilo concreto que se encuentran en el estilo de otro, formando ello una suerte de estilo común o, cuando menos, una suerte de relación estilística.

Estas relaciones suelen darse entre figuras de autoridad y sus pupilos. Por ejemplo, entre maestro y alumno, padre e hijo o inspirador e inspirado. No es necesario que exista una relación real entre ambos sujetos para que el estilema se configure, aunque suele ser más intenso cuando hay tal relación. Por ejemplo, el estilo propio de un autor contemporáneo podría tener trazas estilemáticas del estilo de uno o varios autores clásicos, que además vivieron en países muy distantes y diferentes a nivel cultural del suyo. Ni la distancia, ni el tiempo, ni algún otro factor impide que un estilema se forme. Pero es más sencillo que se forme cuando la relación entre inspirador e inspirado es más cercana y tangible.

Así pues, el estilema es un conjunto de rasgos estilísticos que se observan en más de una persona (escritor o hablante), aunque existan entre ellos rasgos distintivos que los vuelvan únicos. Así es como observamos que los miembros de una familia suelen tener estilos de habla similares, igual que los miembros de cierta subcultura o comunidad, incluso los miembros de un país. Y en la literatura pasa lo mismo. Los miembros de un taller de poesía pueden escribir similar a su instructor, lo mismo que pueden tener elementos en común los miembros de un movimiento literario, los escritores de un género, de una generación o de un país.

En general, podríamos decir que todos los estilos de la historia de la literatura están conectados a través de estilemas, que se comunican en todas las direcciones. La estilometría sería el estudio de estas redes estilemáticas entre un autor o autores y otro u otros. A través de la estilometría sería posible, al menos teóricamente, establecer la cartografía completa de la estilística de toda la historia de la literatura. Ello, porque no hay nada que haya escrito o dicho el hombre exento de alguna relación estilemática. A menos que, como en la taxonomía de los seres vivos, habláramos de la existencia de un ancestro común, de un texto originario, con el único estilo no inspirado en ningún otro, que generó todos los demás estilos y en donde todas las redes estilemáticas convergen.

Esta interesante vertiente de la lingüística puede servir para resolver un caso de denuncia por plagio, dejando en claro si las trazas estilemáticas son tan altas como para que proceda la denuncia, o si están en el lícito nivel de la inspiración o la parodia. También sirve para analizar el desarrollo escritural de un autor a lo largo de toda su obra, o la comparación entre varios autores de un movimiento, generación, género o país.

Y además podría ser muy útil para comprender el desarrollo estilístico dentro del habla común, no literaria, de una comunidad, subcultura o región, que luego podría ser usada para emularla dentro de la literatura y producir diálogos estilísticamente más realistas. Para la creación de nuevas lenguas, como las que se usan en algunas obras de ficción (véase el caso de la serie “Juego de tronos”), el estudio estilemático de la oralidad puede ayudar a darle mayor realismo y personalidad a estos idiomas y sus hablantes. Lo mismo si se quiere distinguir a ciertos grupos de personajes sobre otros, y a ciertos personajes individuales sobre otros.

Eso nos ayuda a entender cómo el estudio de los estilemas puede ayudar a conseguir que nuestra obra escrita sea más genuina en la reproducción o transcripción de la oralidad. Pero ¿qué relación tiene con el desarrollo de un estilo propio? Pues, que la búsqueda de un estilo propio no puede aislarse de la producción literaria existente. Los estilos de otros escritores alimentan el estilo propio y es sensato dejar que esa influencia se mueva entre nuestras letras. Pero también es cierto que, para mantener el dinamismo del arte escrito, es necesario que haya factores de distinción reales en cada escritor. La diferenciación como escritores, entonces, es una obligación más que una opción.

Así que el objetivo no sería solo permitir la influencia estilística de otros autores en nuestro estilo. Esa actitud pasiva no permite la elaboración de un estilo propio consciente y genuino. Aun cuando es imposible aspirar a comprender con profundidad todas las redes estilemáticas que han convergido en nuestras letras, es nuestro compromiso como escritores tratar de conocerlas y entenderlas lo mejor posible. Y ello implica seguir su pista lo más lejos que podamos. No se trata de limitarse solo a distinguir en algún punto de nuestro estilo el estilo del Autor A, sino hacerle el seguimiento a esa red entera. Por ejemplo, darnos cuenta si esa traza del estilo del Autor A está relacionada a otro autor, a una vanguardia, a un período histórico o a un capítulo regional de la literatura, y entender también qué otras redes de estilo alimentaron a ese o esos autores, en busca tanto de las similitudes como de las diferencias.

Si bien quizás es imposible establecer una cartografía estilométrica de toda la literatura universal, al menos suena mucho más razonable realizar un mapa, o cuando menos el esbozo siempre en desarrollo de nuestra propia visión de la literatura. Así podemos notar cuáles trazas de estilo no nos convienen (ya sea por desgastadas, por anacrónicas o por cualquier otros tipo de incompatibilidad con nuestras letras), cuáles podemos profundizar más y, sobre todo, en dónde podemos distinguirnos de los autores que han influido, con o sin nuestro permiso, en nuestro estilo actual.

Así que, aunque la definición más básica de lo que es el estilo nos diga que es “el carácter individual o diferenciado que le da a un texto literario el escritor, haciendo uso de sus medios expresivos y sus habilidades para utilizarlos”, ahora sabemos que no existe ningún estilo realmente individual o diferenciado, ni que existe algo como medios expresivos propios. El estilo sería, entonces, la suma de todos los medios expresivos prestados a través de redes estilemáticas y puestos al servicio de una individualización virtual del carácter de lo que escribimos, que está en continua transformación y retroalimentación. Y, si hacemos nuestro trabajo bien, en algún momento esa ficción a la que llamamos nuestro “estilo propio” servirá de inspiración para la construcción de otros estilos, con lo cual seguiremos alimentando y poblando este complejo mapa estilístico al que llamamos literatura.

La invitación es, por ende, a analizar con más profundidad lo que hace único a su escritura, y cuánto de ello viene de otras fuentes y otras lecturas. Si se animan, sería genial que usen el espacio de los comentarios para comentar qué han descubierto en ese trayecto.

Yo mato al insecto y lo recojo*

Buenos días, mi pichoncita.

Notarás que hay un DVD de Kurosawa tirado junto a la cocina. No vayas a levantarlo, por favor. Por lo que más quieras, no vayas a levantarlo. Que nada de lo que diga esta carta te haga pensar que de alguna forma busco hacerte sentir culpable como para que termines levantando el DVD de Kurosawa y resolviendo algo que me toca a mí resolver. Es solo que por el momento no he podido levantarlo. La situación me ha superado y he tenido que dejarlo allí en el piso, aplastando la mariposa negra y gigante que con él he matado. Apenas regrese del trabajo, me encargaré de limpiar todo y dejarlo como si nada hubiera pasado. Pero sí ha pasado, sí han pasado muchas cosas y he creído necesario escribirte estas palabras para que sepas por lo que he estado pasado. De nuevo, no quiero que te sientas culpable de nada de lo aquí dicho, pero he llegado a un punto donde necesito decirte algunas cosas que me he guardado en los últimos meses.

Creo que no lo has notado, porque no me has hecho ni el más pequeño comentario al respecto, pero en la gaveta donde guardamos los DVD deben faltar unos veinte de ellos. Vivir, de Kurosawa, no es la primera de nuestras películas que uso para aplastar una mariposa gigante. Igual, cuando menos debes recordar aquella mariposa horrenda que te conté que maté con un disco de Pink Floyd. Parece que ha pasado un siglo desde aquel momento y nuestras vidas no han podido cambiar más en lo externo, lo palpable, pero siento que muchas cosas siguen iguales por dentro.

Cuando lo del disco de Pink Floyd yo estaba a días de irme a vivir a Canadá sin ti, y nuestro absurdo plan indicaba que tú me seguirías a los tres meses y allá tendríamos la vida que este país nos estaba arrebatando. Qué ilusos éramos. Todavía no terminábamos de entender cuánto de cárcel tenían estos metros cuadrados de patria, y cuánto de presos teníamos nosotros. Allá todo fue un desastre, y lo sabes. El supuesto trabajo que me esperaba no se sabía ni siquiera mis iniciales, y el trabajo a destajo no me alcanzaba ni para cubrirme lo más básico, de modo que al mes y medio tuve que regresarme.

Y nunca fui más feliz, e hicimos el amor como si no nos hubiésemos visto en años, como novios adolescentes, por días y semanas enteras, hasta que presentí que había pasado lo inevitable, te hiciste el examen y sí, estabas embarazada. Yo todavía no conseguía empleo aquí y ahora teníamos que pensar en un nuevo miembro en nuestro hogar. Respiramos agitados, sobre bolsas de papel, porque no nos sentíamos preparados, porque no estábamos preparados, ni el país era un lugar seguro para traer a un hijo. Y, aunque me cueste demasiado decirlo, nada de eso ha cambiado.

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