El otro cuento

este era un cuento que no era este, de modo que no es posible contar su historia por medio de esta, que solo trata de sí misma, como ocurre siempre, aun cuando en dicha historia se anuncie otra, o trate directamente sobre otra, como ocurre en esta, pero con la consciencia de que nada más se puede contar la propia historia en sí misma y la otra historia en la otra, de modo que solo queda referir a los lectores al otro cuento para que puedan conocer el desenlace del mismo, pues este apenas puede dar cuenta de su propio desenlace que, lamentablemente, por no tratarse de más que de un enlace intertextual, su incidente incitador y su clímax son, en simultáneo, la presentación del otro relato, y no tiene más vida que la vida del otro relato, muriendo, desvaneciéndose, en definitiva, cada vez que el otro cuento es terminado de leer, y respirando con desesperación y sofoco cuando el lector del otro aspira esas letras ajenas, sin poder controlar cuándo vive, cuándo revive, muere y vuelve a vivir, ni tampoco cuándo empieza o termina porque este era un cuento que no era este, de modo que no es posible contar su historia por medio de esta, que solo trata de sí misma, como ocurre siempre, aun cuando en dicha historia se anuncie otra, o trate directamente sobre otra, como ocurre en esta, pero con la consciencia de que nada más se puede contar la propia historia en sí misma y la otra historia en la otra, de modo que solo queda referir a los lectores al otro cuento para que puedan conocer el desenlace del mismo, pues este apenas puede dar cuenta de su propio desenlace que, lamentablemente, por no tratarse de más que de un enlace intertextual, su incidente incitador y su clímax son, en simultáneo, la presentación del otro relato, y no tiene más vida que la vida del otro relato, muriendo, desvaneciéndose, en definitiva, cada vez que el otro cuento es terminado de leer, y respirando con desesperación y sofoco cuando el lector del otro aspira esas letras ajenas, sin poder controlar cuándo vive, cuándo revive, muere y vuelve a vivir, ni tampoco cuándo empieza o termina porque este era un cuento que no era este, de modo que no es posible contar su historia por medio de esta, que solo trata sobre sí misma, como ocurre siempre, aun cuando en dicha historia se encierre otra, o

Ojos de madre

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Autor: Alexis Perez-Luna. De su serie “Vargas 2000“.

Es un hecho que en una inundación el agua, el barro, la desgracia tapeará todo lo que se encuentre a su paso. Como un arca de Noé que poco a poco regresa a tierra firme, cuando el agua se evapora, el escenario que va surgiendo es muy diferente al que se dejó antes del deslave. Un nuevo ecosistema de casas rotas, autos volcados, columpios arrancados de raíz, escuelas convertidas en charcos de brea. En este nuevo mundo no hay hogar, movilización, lúdica o aprendizaje posible. El único refugio es la fe, una fe hundida a medias y penitente como la de la imagen. Una fe que pide por otros, cuando descubre que ya no hay salvación para sí misma. Una fe de la cintura para arriba, porque ya no hay instinto que se mantenga en pie, ni siquiera el de supervivencia. A esas alturas solo queda la necedad de ver el paisaje con ojos perdidos y nostálgicos, como quien todavía puede ver lo que alguna vez hubo debajo, como quien se aferra a creer que todavía hay algo que retratar. Mirarlo todo, en definitiva, como una virgen, como esa madre arquetipal con corazón de oro y carácter de hierro, que aun así no puede evitar hundirse hasta el pecho en la miseria, que no puede más que resignarse a ver a sus hijos morir en la cruz de sus propios deseos de civilización.