El patito feo

Ocho punto cinco millones de dólares les había ofrecido la revista People y diez millones la revista Hello! por la sesión de fotos en primicia de sus gemelos, apenas cumplieran los seis meses tras su nacimiento. La primera revista pagaría los derechos de explotación en Estados Unidos y la segunda, los internacionales. La pareja de actores de Hollywood se decidió por esta opción, ignorando la propuesta de la dupla de revistas Forbes y Ok!, que ascendía a los veintidós millones de dólares, para no dejar la impresión de que buscaban sacarle rentabilidad a su embarazo. Detrás de la People y la Hello! quedaron decenas de ofertas de otras revistas, que no superaron los diez millones. A esas ni las consideraron una milésima de segundo. El primer trabajo de sus hijos les traería mayores dividendos que las primeras diez películas de sus padres juntas. Eso, si lograban mantenerse alejados de los paparazis durante los primeros meses de vida de los bebés. Esperaban que la villa comprada en una pradera casi inhabitada de Escocia sirviera para ocultarse de esos lentes indeseados.

Después de haber adoptado a cuatro niños de diferentes partes del mundo, la pareja decidió tener hijo propio y, al poner manos a la obra, el resultado fue un embarazo gemelar, que muchos aseguran fue conseguido por medio de intervención genética. Algunos más osados afirman que la intervención también tuvo como objetivo manipular los genes de la belleza y la salud. Como si la pareja más atlética y sexy de Hollywood requiriese de tales artilugios para crear vida hermosa y sana. Sería como afirmar que manipularon sus genes para garantizar su futura filantropía. Con padres tan comprometidos con el trabajo social, tan generosos y empáticos con la realidad del mundo era imposible que crecieran para actuar de otra manera.

El día del nacimiento, sin embargo, todo el emporio que empezaron a construirles en plena vida intrauterina se derrumbó. Ni la carta astral de la que se valieron para programar la cesárea les habría permitido predecir lo que pasó. El primer gemelo nació llorando fuerte, y tras secarle la sangre lo que se vio fue un varón robusto y hermoso, como pocos niños en su primer día de vida llegan a ser. El segundo niño, en cambio, tenía los latidos al mínimo y no lloró, pues estaba anémico, contrariando todas las evaluaciones prenatales, que no predijeron ninguna de estas complicaciones. Cuando fue limpiado, pudo verse a un niño horrendo, de piel oscura y con pelos en casi todo el cuerpo. De inmediato, y durante tres días, fue puesto en incubadora, mientras recibía decenas de medicamentos para compensar las fallas de su cuerpo, que parecía resistirse a vivir.

La pareja estaba devastada. Incluso el hijo adoptado de África era mil veces más hermoso que ese engendro. Por supuesto que ellos se habían asegurado de tomar al más guapo de todo el centro de refugiados, pero incluso así era sorprendente la fealdad de aquel niño, y mucho más puesta en contraste con la gracia de su hermano. De esa forma no podían ofrecer una sesión de fotos. Serían el hazmerreír del mundo del espectáculo.

Una vez que el niño atravesó por primera vez el umbral de su casa, sus padres empezaron a comunicarse con médicos de todas partes del mundo para resolver su problema. Apenas les preguntaban por la posibilidad de cirugías estéticas, depilaciones láser y aclaramiento químico de la piel, los médicos se ofendían dramáticamente. Tuvieron que pagar más de medio millón de dólares en chantajes a doctores que pedían una recompensa por olvidar que les habían consultado para tales horrores. Pero el mismo dinero que les ayudó a callar falsas dignidades lastimadas les ayudó a conseguir aliados en su batalla. Al mes de nacido, el gemelo feo estaba recibiendo la primera operación estética: una cirugía de nariz. Antes de que pasara el tiempo suficiente para verificar que el chico reaccionaba a la intervención según lo esperado, se le realizó cirugía de orejas, de quijada, corrección maxilofacial, tratamiento químico cutáneo y depilación láser. La inhalación de los vapores del blanqueamiento químico le produjo neumonía, que fue tratada con muy poco cuidado pues no había tiempo para realizar todas las operaciones que hacían falta y atender a su salud al mismo tiempo. La sesión de fotos sería en mes y medio y no podrían postergarla de ninguna manera.

Faltando un mes para la sesión de fotos, el gemelo feo reaccionó de forma negativa a uno de sus tres implantes siliconados y tuvo una intoxicación producto de las inyecciones de bótox; y, lo que antes empezaba a verse como un niño relativamente agradable al ojo, se convirtió en un adefesio cien veces más insoportable de mirar de lo que era el día de su nacimiento. Los padres perdían toda la esperanza y se culpaban entre sí por cada pequeño defecto físico del vástago.

A solo diez días de la sesión de fotos, sin haberse recuperado del todo de sus anteriores afecciones, convulsionó mientras tomaba una siesta en la cama de sus padres, sin protección, y cayó al piso, con lo cual se fracturó la nariz y la quijada operadas. Ya no había nada qué hacer. Incluso si se tratara de un bebé hermoso, no podían ponerlo ante las cámaras con la mitad del rostro vendado.

Ese día tomaron una determinación. Matarían a su hijo, fingirían una muerte inesperada por enfermedad, pedirían un retraso de seis meses para la sesión de fotos, por duelo, y fotografiarían al único hijo que valía la pena fotografiar. Lo ahogaron en su propia bañera y lo velaron a urna cerrada.

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