Moneda de cambio

Lectura dramatizada del cuento “Moneda de cambio”, perteneciente al libro “Manual de patologías” de Víctor Mosqueda Allegri, durante la presentación del mismo en la Feria Internacional del Libro UC (FILUC, 2015).

Actores: Juan Sebastián Ramos (Señor A), Eleazar “Kike” Márquez (Míster B).

* El video tiene fallas en la sincronización con el audio.

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La oreja*

El toro embiste, cráneo y cachos al frente, como colapso de trenes, convexo y deforme ante la perspectiva del vértigo, como visión de mosca. El matador esquiva por tres hilos de aire, que se calientan del roce, volviéndose tres hilos de fuego. La pluma en medio, la mano que la sostiene, la hoja en que se soportan, atravesadas, corneadas. La oreja del escritor. Las rosas.

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* Este texto pertenece a mi libro Manual de patologías, y aprovecho de compartirlo como recordatorio de la presentación que se le hará este sábado, a las 10 am, en la Librería del Sur de Valencia (más información aquí).

La paradoja del minotauro

Como era costumbre, cada año soltaban a 14 vírgenes en los laberintos del minotauro, y ese año los primeros 5 habían estado deliciosos. O era solo el hambre, retrasada por todo un año. El minotauro seguía creciendo en tamaño, agilidad y agresividad, por lo que cada vez necesitaba más y los tragaba con más salvajismo. Después de haber devorado a los 13 primeros, solo quedaba uno por atrapar. Un joven escurridizo, que se había escapado ya en 3 ocasiones, mientras todavía el minotauro tenía otros jóvenes con los que entretenerse entre sus pasadizos. Pero, ahora solo quedaba él, y el minotauro le había arrinconado, en un pasillo donde las gardenias mareaban con su tufo. Así que el joven, en un intento por salvar su pellejo del destino inminente, habló al minotauro antes de que este le devorase:

–         He escuchado que este año también han introducido un unicornio en tus predios.

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La ciudad del futuro

Creímos que por fin conoceríamos la ciudad del futuro y empezamos a construirle un disfraz futurista a la nuestra, como ceremonia de recibimiento. Pasaron los años, los lustros, las décadas, medio siglo, un siglo, y la ciudad del futuro nos seguía evitando. Nos llenamos de amargura y empezamos a verle las costuras a nuestro disfraz. Nos sentimos como el niño ingenuo que, tras la fiesta, no quiere abandonar el traje de superhéroe, para no renunciar a la fantasía de que en algún momento le lleguen los superpoderes, y pueda dejar de ser, de sentirse, un tonto niño con un disfraz. Empezamos a sentirnos idiotas; unos payasos mal maquillados de evolución y progreso, mal vestidos de ingenuidad. Entonces, como ceremonia de rechazo, empezamos a destruir nuestra ciudad y, sin saberlo, descubrimos la ciudad del futuro. Hasta ese momento no habíamos sido capaces de notar que el futuro era la destrucción. Cuando se hizo evidente, albergamos a ese futuro, a esa destrucción, como un mantra, y por fin fuimos felices.

Descafeinada irlandesa

Untitled, por Noel Feans (2012)

 

Fue una de las peores tardes de mi vida. La consciencia no dejaba de empujarme a límites dolorosos que no había experimentado y no era capaz de comprender. Mi estómago me ardía, como en una suerte de premonición, o quizás en una sensación de estar delatándome a mí mismo un secreto que ni yo terminaba de escuchar, y que vine a escuchar por primera vez, hace una semana, un año exacto después de esa tarde en que la conocí a ella, y no la volví a ver jamás. La conocí en el Café Pärde, que habitualmente estaba vacío, y en esa tarde solo estuvimos ella y yo. Ella leía París era una fiesta de Hemingway. De eso me enteré después cuando logré sentarme en su mesa. También me enteré que tomaba descafeinado irlandés, lo cual me parecía una combinación absurda, y hasta el día de hoy es mi mayor referente de lo que ella representa como ser humano. Una chica descafeínada, desabrida, sin chispa, que guardaba dentro de sí una melancolía de bar, aunque frecuentara cafés. Quizás Hemingway le permitía completar aquel arquetipo a través de sus historias. Luego me comentó que también leía a Pedro Juan Gutiérrez, lo que vino a ser una forma más de completar ese perfil de descafeinada irlandesa, que se le salía por los poros del suéter tejido en esa tarde de sol.

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Dos de la mañana

Eran ya pasadas las dos de la mañana. Reptó en silencio, como una salamandra ciega, por las escaleras de incendio, hasta el último piso. Conforme subía más alto, se alejaba de la última fuente de luz —la coctelera encendida y muda de una ambulancia estacionada en la esquina— y ya solo le guiaba su instinto. Ya había pasado el cuarto piso y no se preocupaba demasiado por guardar silencio absoluto. Desde el tercer piso hasta el séptimo, todos los apartamentos habían sido abandonados por sus propietarios: orden de desalojo dictada por el departamento de bomberos. Seguro querían prevenir una futura tragedia, pero eran demasiado imbéciles o insensibles para preocuparse de los inquilinos de los dos primeros pisos. A él le daba igual. Entraría en ese apartamento para morir.

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Drosera Mongoloe

Planta carnívora proveniente del sur de Mongolia y el Norte de China, adaptación invasiva de la Drosera Capensis, propia de Suráfrica. Como la capensis, las hojas de la mongoloe, a modo de tentáculos, están recubiertas de vellos con mucílago, cuya función es mantener adheridos los insectos, mientras la hoja le envuelve y las enzimas le digieren. Es la drosera de acción más rápida, pues puede envolver a un insecto en un promedio de 2 a 5 minutos, y la primera fase del proceso de digestión (de tres en total) se completa en 10 minutos más. Es por ello, también, la más prolija. Puede atrapar hasta media docena de insectos por día, procesándolos por completo, por cada tentáculo, y suele tener hasta 40 de ellos, aunque el promedio sea de 30.

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Juanita Reverón

Cuando Reverón fue enviado al manicomio por última vez y para siempre, Juanita rápidamente murió de tristeza, dicen los cronistas. Murió ahogada por la espuma blanca, prístina y cegadora, de un oleaje de recuerdos; murió aplastada por la oscuridad de El Castillete, donde la luz había decidido partir junto con Reverón para no volver; murió de silencio y melancolía. Murió de cordura y abandono; porque incluso el último de los Panchos decidió marcharse, sin ánimos de mirar atrás. Tomó una maletita de cuero, y metió allí algunos de sus cachivaches y medio racimo de cambures. Se marchó a la selva que rodea las playas de Macuto, para alfabetizar a los monos que se encontrara en su camino, y enseñarles a usar, también, tenedores, corbatines y sombreros. Con el último Pancho y la luz, también se fueron las visitas. Juanita se quedó sola en un rancho laberíntico lleno de muñecas; en un harem de concubinas enamoradas, sin su señor. Pero también las muñecas empezaron a marcharse poco a poco. Cada noche, Juanita contaba a sus compañeras y a la mañana siguiente una hacía falta. Algunas aparentemente lograban escapar ilesas. Pero a otras las encontró a medio camino de huida. Una despeñada por el desfiladero delante del rancho, siendo devorada por los cangrejos de la playa. Otra, destazada en los bordes de la selva, quizás por un cunaguaro o algún felino mayor. Una última destripada por zamuros daltónicos, que no hacían diferencia entre trapo sucio y carne humana.

Pero todo acabó cuando se terminaron de marchar los pájaros. En la malla del patio, no quedaban ni los piojos de algún pajarito de papel. Sólo entonces, la luz terminó de abandonar cada espacio respirable, y las tinieblas inundaron El Castillete. Juanita tuvo que aprender a caminar a tientas, a vivir a tientas, como un ciego, como un lúcido, incluso a plena luz del abrasador sol de la costa. No era posible ver un solo color en kilómetros de paisaje; ni amarillo, ni verde, ni naranja, ni azul… ni mucho menos blanco.

Juanita entonces abrió el baúl de Armando y sacó sus ropas. Cosió y descosió a ciegas y los arremendó a su medida. Se puso la ropa raída encima y se subió a un cocotero. Despeinó docenas de cocos y con sus pelos se hizo una barba poblada, con la que adornó la mitad de su cara y se hizo también un vello corto y rizado que rellenó buena parte de su pecho y abdomen. Cambió el color de su piel con los patuques blancos de Armando. Buscó los pinceles, las telas, el atril, se sacó la camisa, se ató un mecate fuertemente a la cintura, tan fuerte que cortaba la respiración y las ideas, y comenzó a pintar. Poco a poco Juanita se fue diluyendo de El Castillete, y la luz comenzó su lento regreso. Con Armando Reverón una vez más en su rancho trabajando todo el día, un nuevo Pancho se presentó para el oficio de portero, las muñecas regresaron del más allá, por medio de ritos espeluznantes que la misma noche realizó, los pájaros volvieron, esta vez con esposas e hijos, y las visitas comenzaron a tocar a la puerta esperanzadas de ver al maestro.

Mientras tanto, en la celda de un psiquiátrico, moría rápidamente Juanita Mota, de tristeza, de soledad, de oscuridad y de cordura. Armando, en su rancho, la dibujaba día y noche, con el recuerdo fijo en una obsesión, tratando de traerla de regreso, y con ella, al resto de la luz.

¿Quién le teme al lobo feroz?

El malo de la película, el lobo de los cuentos de hadas, el país enemigo en los cuadernos de historia regionales, cada uno de estos parias ha cumplido siempre y con humildad su difícil trabajo, su palabra empeñada. Muchos argumentan que es más fácil destruir que construir, que la maldad, si bien deja escombros en la consciencia, es un gatillo más ligero que el de las acciones correctas. Asesinar requiere menos esfuerzos que dar vida. Y vaya que sí. Un revólver con una sola bala, puesta a girar en ruleta rusa, tiene dos veces más oportunidades de cumplir su cometido, que un hombre y una mujer practicando lo que alguna vez los eufemistas llegaron a llamar “la danza de la vida”. Yo mismo he acabado con más existencias de las que un solo revólver podría contar con su parca memoria de plomo, y las mujeres que han pasado ante mí, con sus inocentes cuerpos, han usado toda su naturaleza instintiva y han escupido mi semilla, para no traer mi descendencia, enferma de perdición y deseo de muerte. Las otras, mis lindas caperucitas, han muerto antes de poder escupir o siquiera antes de contar con la química para concebir. Quizás ésa es mi única forma de trascender más allá de mi propia vida.

Rompecabezas con piezas mecánicas giratorias

Ni parado sobre una silla, ni subido a una mesa o guindando de una de las lámparas del techo, lograría besarte la barbilla como alguna vez me dijiste que adorabas. Hoy tu barbilla amaneció a tres metros y medio del piso, justo al lado de tu talón derecho, aunque ayer estaba debajo de los hombros y a menos de ocho dedos de donde yo pongo los pies cuando camino. Mañana quizás amaneces de un metro y caminas con las pestañas el recorrido desde mi cama hasta tu baño matutino. Como un cubo de Rúbik en manos de un inexperto, sigo intentando regresar mis movimientos a esa afortunada combinación en la que tu cabeza era la cereza que coronaba un dulce cuerpo con sentido completo; esa afortunada combinación en la que el contenido de esa cabeza cereza y los temblores que se desprendían de ese cuerpo caramelo me eran diáfanos y comprensibles. Definitivamente, este rompecabezas no es para niños.