En la bañera

Sabe, se conoce, ya no se oculta detrás de sí mismo. No tiene la fuerza, la paciencia, la debilidad (la coherencia), el beneficio del destiempo. No soporta el hastío, la música de plaza para estimular la inspiración, la estafa de las coartadas. Se ha acostumbrado demasiado a la televisión, a los programas todo usuario de concursos, en los que queda con la certeza, con la secreta victoria, de que puede ser más inteligente que alguien en terrenos probables, que le quedan sesos, que menos mal que se leyó ese par de libritos antes de quedarse ciego de entusiasmo, o si no… o si no quién sabe. No existe un braille para el hartazgo o el aburrimiento.

El hecho es que ha soñado mil veces con su final, el bueno, el malo e incluso el feo, y hoy entiende lo absurdo, lo inconexo, lo retrasado que va en su propia historia. Debe adelantar los pasos restantes del proceso, apurar la salida de emergencia. Debe ser inmune al dolor y al soplo de vanidad que produce resistirse al ego. Mientras tanto, al menos, no parece acrecentarse el arrepentimiento con mayor velocidad que la sensación de despojo.

¿Qué mejor que acabar con todo como en una película vieja y ridícula de Alfred Hitchcock? ¿Qué mejor que el melodrama y el lugar común? Nunca, su narrativa, fue otra cosa. Le invade al fin la excitación y la lujuria de saber que anotará su primer acierto.

Se mete en la bañera. ¿Cuántas veces no vio esa misma imagen, desvelado a las cuatro de la tarde? ¿Cuántas veces ignoró que esa era la salida perfecta? Dispone todos los objetos, brillantes, filosos, relevantes (para su adiós), justo encima de un tocador móvil, para que, llegado el momento, no tuviera que salirse de su solio (ni volver a sumergirse) y que, por mala suerte, un resbalón con el piso mojado y un triste charco de líquido cefaloraquídeo, arruinara la seriedad, como si fuese el final de la vida de Woody Allen lo que estuviese escribiendo. Serían dos o tres horas tediosas observando sus manos, sus muñecas, sus testamentos, sus ideas, y no era pérdida divertirse con chistes que siempre lo hicieron reír en solitario.

Y por supuesto que, antes de la bañera, había sucedido un estudiado ritual. ¿Qué sería de una despedida sin esas irracionales manías, que nos llevan a hacer maletas con peluches de la infancia y colocarles etiquetas de “Frágil. Manéjese con cuidado”? De modo que regalarle a la esposa un paquete para que se fuera de spa por todo el día, dejar a los niños con la abuela, porque no tienes corazón, porque te da vergüenza, pena ajena, hacer lo que tienes que hacer en su presencia. De modo que limpiar cada rincón de la casa con jabón y manguera, lavar la ropa a mano, romperte los dedos arrancando la maleza y la grama crecida, como quien dice “a mano pelada”, como quien dice “a purga”, “a limpia culpas y penas”. De modo que llagarte las manos para poder meterte en la bañera con todo, disponer las herramientas y esperar el desenlace, asombrarte por el clímax, rezar por la secuela.

Y, como en aquella infantil historia de la mano peluda, después de tres horas observando sus manos, introducido en la bañera, se decide, pulcro, por un paño, se seca ambas, toma su brillante instrumento, y cuando los niños están en la cumbre del suspenso, les canta, en una cumbita guaguancochosa… “pa’ echale mantequilla al pan… pa’ echale mantequilla al pan”.

Y el lector, que tenía su alma en un hilo, se desquita con la versión de bolsillo y luego se ríe por habérselo tomado tan en serio. Las parodias de Psicosis, con pastas de dientes en vez de cuchillos, siempre le han parecido el mejor final, pues el de Hitchcock produce bostezos, y ya sabemos de su propagación misteriosa; y no resulta correcto opacar un misterio con otro más apasionante, sobretodo si has pagado por introducirte en el primero, y es este el que te introduce en el segundo, a fuerza de metaficción. De modo que adornar un final, promocionarlo y esconderlo de todos, porque sencillamente ese no es problema sino de quien está en el compromiso de construirlo. Pero el ego del relato lo obliga a la reincidencia y se reinventa, histriónico.

(…)

Anuncios