Un giro esperado

—Es que esta relación se ha vuelto rutinaria. Y tú… pues, te has vuelto un hombre predecible. Nada de ti me estimula.

Al escuchar estas palabras, el hombre salta y baila como un arlequín, suelta gritos ininteligibles, se saca un moco y se lo come, vacía una jarra de agua y la lame del suelo como un perro. Saca un arma y dispara directo a la frente de su esposa.

—A mí nadie me llama predecible.

La mujer, con la cabeza en un charco de sangre, y con lo último que le quedaba de energía, llama con el dedo a su esposo y este se acerca, reptando como una culebra y haciendo beat box.

—Sabía que dirías eso —susurró la mujer y murió.

Yo mato al insecto y tú lo recoges

Buenos días, mi pichoncita.

Notarás que tus utensilios de belleza están en el tendedero. Bueno, eso es porque anoche, poco después de que nos acostamos, ocurrió un incidente desagradable. Aunque no me siento demasiado cómodo haciéndolo, con el fin de que lo entiendas mejor, quizás de entenderme mejor yo mismo, te cuento.

Sabes que llevo días ansioso por mi partida a Canadá. Pero quizás no te he expresado cuánto. Pasar estos tres meses sin ti será espantoso. Mil fantasmas se me cruzan en la cabeza y trato de despejarme de tantas expectativas de catástrofe, pero no puedo. Y las noches son peores. No te lo había dicho para no preocuparte, pero llevo tres noches sin dormir. Sin contar la de anoche, que fue algo distinto. Si acaso he pegado el ojo un par de horas ha sido mucho. Te confieso que me da pánico todo: renunciar a la empresa acá y luego no poder regresar ni con el rabo entre las piernas; que las cosas allá no resulten bien y deba regresarme, o que tú no consigas pasaje o se te haga imposible irte y yo me quede allá en esa encrucijada, sin saber si continuar allí, trabajando por nuestro futuro económico, o regresar y seguir en esta crisis, pero juntos. Me da miedo, también, que otra persona aparezca en tu vida. Tres meses se sienten como un agujero negro, que pueden tragarse todos los buenos recuerdos y todo el afecto que hemos construido por años, y quién sabe qué es lo que encontraremos del otro lado.

En fin, sé que son trampas que me juega la mente, pero por las noches estoy indefenso ante ellas. Es cuestión de cerrar los ojos y empezar a rumiar de la forma más pesimista posible. Supongo que a medida que se acerca el día del vuelo todo empeora. Ya solo faltan seis días y hoy, de paso, es mi última jornada en la empresa. Me aterra la perspectiva de que los muchachos me vayan a hacer una despedida y me ataque la nostalgia anticipada frente a todos ellos. Ya lo he visto en las otras tres despedidas que hemos tenido que hacer en lo que va de año. Quisiera que hubiera una forma de estirar los días que me quedan aquí, pero sin tantas horas muertas como estas. Quisiera que hubiera una forma de que, cada uno de los segundos que me restan en el país, los pueda pasar contigo, qué se yo, en la cama, haciéndonos cariño o conversando sobre tonterías. Pero te hablaba de tus utensilios de belleza.

La cosa es que allí estaba yo, acostado en la cama junto a ti, pero con los ojos abiertos como una herida, y la mente revoloteando en medio de toda clase de estupideces. Y me dieron ganas de ir al baño. O esa fue la excusa que encontré para pararme de la cama. Pero sabes que tengo la manía de tomar agua antes de ir al baño, así que primero hice una parada en la cocina. Después de cerrar la nevera, volteé hacia la sala y, en la persiana de la ventana grande, vi una gigantesca y asquerosa mariposa marrón. No de esas de las que tienen las alas grandes, sino de las que son gigantescas pero que tienen las alas como recortadas. De entre las dos, sabes que a estas últimas son a las que odio más. No sé cómo hacen para meterse en el apartamento.

Y me dio terror que se viera atraída por la luz de la impresora en el cuarto, que la habíamos dejado prendida, y me decidí a matarla, aún con todo el miedo que me dan. Revisé en la gaveta de los DVD y saqué el primero que se me puso en frente: el the Pink Floyd, The Wall. Igual teníamos años sin verlo, y creo que jamás lo hubiéramos vuelto a ver. Te lo digo porque lo tuve que botar.

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