Las rutas salvajes de Jon Krakauer y Sean Penn

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Pocas veces el cine me ha golpeado tan duro como lo hizo con Into the Wild (Hacia rutas salvajes), de Sean Penn. Esta película, que narra la historia real de Chris McCandless, que narra su aventura recorriendo a pie, a kayak, a dedo, a pulso, la mitad de los Estados Unidos, para culminar con su travesía por la Senda de la Estampida en Alaska, es sencillamente una prueba de fuego para las emociones, para dejar expuesta nuestra vulnerabilidad por medio de la proyección y la empatía. A simple vista podría parecer una road movie más, pero aquí pesan más los interludios estáticos que el movimiento, pesan más la conversación, la lectura y el diálogo interno que la acción.

Así que sí, en efecto es una road movie, pero también es una cosa muy distinta, más profunda, más salvaje y más simple. Para terminar de descubrir qué es eso que distingue a esta historia de otras del género, es necesario adentrarse en el libro, el reportaje novelado de Jon Krakauer, que se encarga de pasar la lupa a cada pequeño detalle, permitiéndonos contestar todas las respuestas que deja abierta la película, o que pudo haber dejado la historia real.

Aquí trataré de hacer un pequeño análisis de ambas producciones, y convencerlos de que se acerquen a las dos si aún no lo han hecho. Por ello, trataré de mantener el asunto de los spoilers al mínimo.

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Bucle Temporal Moebius de Tres Fases

“Puede que caminemos sobre la cinta de Moebius.
Puede que estemos dando vueltas en círculos.
Puede que el destino sea caprichoso y nos haya vuelto a poner
en el mismo compartimiento de este tren”.

María Viajel, en Todo puede ser.

 

UNIVERSO A-B

Un hombre, al que llamaremos Hombre 1, si gustan de orientarse en la más pedagógica de las formas, o Adrian Smith, si prefieren las nomenclaturas más humanas, viaja al pasado para matar a su suegra, a la que da igual, pedagógica y/o humanamente, cómo llamemos, y con ella a su esposa, que bien podemos llamar Mujer 1 o Linda Arends. Demasiado daño le han hecho ambas con sus prejuicios, sus críticas y su profunda desconfianza, como si él fuera un criminal, como si no hubiera hecho todo cuanto estaba a su alcance para hacerse de una figura fiable, incluso a pesar de su pequeño secreto, su dato oculto, que justo entonces, en medio de sus reclamos, no venía a cuento, de modo que era momento de acabarlo, de liberarse de ambas de un solo tiro.

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Gusano de arroz

Del tamaño de un grano de arroz, comparten también su sabor, su textura y, cuando abandonan su vida larval, su rigidez, producto de un estado criogénico que se provocan a sí mismos para poder llegar al entorno adecuado para su reproducción y vida ulterior: el estómago humano. Dentro de las bolsas de arroz, estáticos, sin moverse, pasan por un grano más, de calidad premiun, incluso a ojos expertos, hasta el punto de quedar sueltecitos cuando se los cocina y saber muy bien con cúrcuma y curry. Los que crecen en cultivos de arroz arbóreo sirven para hacer un excelente risotto, y los que crecen junto a la variedad de arroz japónica completan el sabor característico del sushi. Los de más alto linaje suelen desarrollarse en variedades más gourmet, como el arroz basmati o arroz salvaje. Sea cual sea el entorno que les vea crecer, desarrollarán una mímesis perfecta con el grano que allí se cultive.

Una vez en el estómago humano, los jugos de la digestión rompen la cadena criogénica, y en medio de un furor hormonal, en medio del circo de descomposición, se entregan a una orgía descomunal que dura poco más de una hora, seguida de un período de gestación similar, que termina con la puesta de las larvas, en cantidades que rozan el millón por milímetro cúbico, y se criogenizan junto al endurecimiento de las heces, para iniciar con ellas el viaje iniciático, del recto humano a la poceta, de allí a los caños, y luego al torrente de aguas negras de cada ciudad, que termina, tarde o temprano, en el mar. La larva de gusano de arroz puede sobrevivir hasta doscientos años en letargo a la espera de que las corrientes, y luego la condensación, la lleven a alguna nube, de allí a una gota de lluvia y finalmente a un cultivo de arroz. Se presume que cada gota de lluvia puede llevar consigo desde una centena hasta decenas de miles de larvas, teniendo la suerte solo una minoría de posarse en el entorno correcto, pero siendo suficientes estas cifras para la supervivencia de la especie. Allí, en su nuevo hogar, las enzimas de crecimiento del arroz rompen su cadena criogénica, y la larva empieza a crecer, poco a poco, hasta convertirse en un hermoso, jugoso y falso grano de arroz.

Biólogos expertos en esta interesante especie aseguran que uno de cada cuatro granos de arroz que comemos es, en realidad, uno de estos gusanos.