Crónica de un copy/paste

Corría el año 2000, estaba en quinto año de bachillerato, eran quizás las cuatro de la tarde y estaba reunido con dos amigas en mi casa, realizando lo que por aquellos días llamábamos “tesis”, sin saber cuán grande le quedaba aquel calificativo. Se supone que teníamos que hacer un proyecto de “ciencias” y nosotros decidimos hacer un complejísimo estudio sobre los efectos de la penicilina en los dientes humanos; para lo cual compramos un ratón de laboratorio, una linda jaula, tomamos unas fotos acercándole una aguja al ratón, otras abriéndole la boca para verle los dientes, y lo demás fue un lindo y pulcro copiar/pegar.

Para entonces, nadie nos había enseñado la importancia de citar, cuando no es que en realidad nos alentaban a fusilarnos el trabajo ajeno, para comodidad de todos, revisores y ejecutores. Unos meses después, armamos un stand con mucho anime y escarcha morada (problemas de ser el único hombre del equipo), presentamos nuestro proyecto a la sociedad, nos tomaron y tomamos muchas fotos con cara de orgullo por el gran trabajo realizado y nos sacamos un 18. A diferencia de las fábulas que tanto nos gustan, nosotros no aprendimos ninguna moraleja.

Esta crónica, entonces, va sobre eso: sobre cómo hemos construido una pujante nación a punta de copy/paste, como le decimos ahora que nos estamos más cómodos con las denominaciones en inglés. Quédense si están dispuestos a salir salpicados.

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Fábula de un animal invisible

El hecho –particular y sin importancia– de que no lo veas, no significa que Wilfredo Machado no exista, o que no esté aquí, detrás de esta y cualquier historia de un animal imposible: de unos leones con habilidad para retardar la recompensa, de lobos capuletos drogados de amor voraz por corderos montescos, de monstruos de circos internacionales engendrados por bestias humanas, sirenas de voces vergonzosamente desgastadas por el tiempo, narvales buscando vindicta, palomas psicopómpicas, un camello saltador de ojos de aguja, un leopardo homosexual.

Muy bien, el leopardo homosexual es de Barrera Tyszka, pero precisamente esa es la grandeza de este animal invisible. Que está detrás de todo y todos los animales imposibles: las bestias de Arreola y Borges, los hermosos y frágiles animales de Denevi –los que nunca lograron bajar del arca–, el machete de Gálvez Romero, los zorros de Pu Sung-Ling, los monos pacíficos y conformistas de Halley Mora –los que fueron expulsados de los árboles–, el dinosaurio de despertares o el burro melómano de Monterroso, las mariposas oníricas de Chuang Tzu y las instantáneas de Elizondo, e incluso los cronopios de Cortázar o los animales parlantes de Esopo y La Fontaine.

No importa qué fue primero, si el huevo o la gallina, si Machado o cualquier otro animal invisible, como lo supo el Noé de Bustamante Zamudio, cuando elegía las aves de corral que entrarían al arca, y terminó encontrándose frente a frente con la protogallina y no sabemos si con una respuesta a este dilema. También lo supo Genette y, antes que él, Darwin. Todo animal sobre la tierra, factible o imposible, tangible o invisible, es un palimpsesto del primer organismo unicelular, pero también del último organismo multicelular. Porque los palimpsestos no tienen cronología. Viajan por autopistas transdiegéticas. Y en medio de esas autopistas, de esas páginas mecanografiadas, detrás de ellas, a un lado, de frente, siempre está el animal invisible mayor, Wilfredo Machado, mimetizado, confundiéndose con la tipografía, trabajando en equipo con tu miopía, para impedirte ver lo obvio: Fábula de un animal invisible es el ancestro común, el eslabón perdido, el hipotexto mayor.

El que no lo veas, no significa que Machado no esté allí, acechando desde algún lugar de la página en blanco, preparado y ansioso por saltar sobre tu animal, devorarlo y dejarte desnudo, sin letras, sin cuento, mientras él se regresa a su rincón, henchido o hinchado como la serpiente–sombrero de Saint-Exupéry, rizado o liso como las serpientes de Elphick, de frente o de retroceso como la culebra ciega de Brigue.

Infancia

En la urbanización solo quedan tres niños que montan bicicletas. Los otros quince han ido muriendo, uno a uno, a manos del asesino del hacha. Me pregunto cuál de los tres será el último en quedar en pie. Yo apuesto por el niño de la bicicleta verde. Algo en su cara me dice que será un buen sustituto del asesino del hacha, que logrará aterrorizar a los próximos dieciocho, cuando le toque el turno, en la siguiente temporada. Cruzo mis dedos.

Todos los días alguien descubre Google

Todos los días alguien descubre Google, alguien usa internet por primera vez, envía un primer mensaje de texto, realiza una primera llamada telefónica; todos los días alguien descubre la penicilina y se da el primer baño de su vida con agua tibia. Cada día que pasa alguien estrena, como si fuera el primero en hacerlo sobre la faz de la Tierra, las palabras “¿Y si lo que yo veo como rojo en realidad es azul?”. Todos los días alguien descubre, empíricamente, la teoría de la generación espontánea, la revelación de que venimos del mono, la epifanía de que antes de todo lo conocido hubo algo más, quizás una explosión primigenia, quizás Dios. En este mismo momento hay alguien viendo El Día de la Marmota por primera vez, y preguntándose a cuál mujer, a cuál hombre de su trabajo besaría si cada día fuera el mismo día. Cada vez que tú estornudas, alguien descubre el sistema de poleas y usa una escalera mecánica, un ascensor, se monta en un avión, en una moto, todo ello por primera vez. Todos los días alguien descubre que la Tierra no es el centro del universo, que el sol no gira alrededor nuestro, que las estrellas también son soles y alguien pronuncia, en su propio idioma, e pour si muove. Cada mañana hay alguien que prueba el café por primera vez, cada tarde, el primer té, cada noche, el primer trago de alcohol. Desde hace siglos no pasa un día sin que alguien dispare un arma por primera vez, sin que vea fuegos artificiales por primera vez, sin que use una letrina por primera vez, o se arranque los grilletes del tobillo. Todos los días alguien aprende a leer, a jugar ajedrez, a cantar esa canción que tú te sabes desde hace una década. Todos los días alguien lee por primera vez ese libro que tú has leído cien veces, ve por primera vez esa obra de teatro que tú ya olvidaste, viaja por primera vez a ese destino que ya es casi tu segundo hogar. Cada día de tu vida es el primer día de alguien, y siempre hay alguien que desborda la bañera y por primera vez grita Eureka, que le cae una manzana en la cabeza y deduce la existencia de una fuerza gravitacional, a la que tal vez le coloca otro nombre; su propio nombre.

Todos los días alguien descubre Google y tú descubres algo que yo descubrí hace veinte años, y yo descubro algo que él descubrió hace cincuenta, y ella descubre algo que nadie había descubierto, pero que cada día, por el resto de la vida sobre la Tierra, alguien descubrirá, creyendo ser el primero. Todos los días alguien descubre Google y se baña con agua tibia por primera vez.