Oz y el progreso

En las lejanas tierras de Oz, el progreso ha llegado. El camino de adoquines amarillos ha sido sustituido por una superautopista de asfalto de 8 canales, que es circulada por medio millón de vehículos al día. Desde entonces no hay más embotellamientos en las horas pico de Oz, pero en las calles no queda nadie con valentía, cerebro o corazón.

La sirenita de Hollywood

La primera vez que me masturbé lo hice pensando en una fotografía de Marilyn Monroe en la que estaba recostada, desnuda, sobre una cama de diamantes. Lo único que cubría su desnudez era uno de esos diamantes por cada pezón y un puñado más sobre su sexo, que parecían acariciarla justo de la forma en que yo lo deseaba, con roces hechos de ángulos y frío, con la soberbia de intentar vestirla con el tacto, de adornarla con torpeza, de vendar con unos dedos que no sabrían dónde posarse un cuerpo que nació para la contemplación, una piel que es más escultura y marfil, más pulso y electricidad, más túnel y caverna que determinación de vida. Una blancura y unas pecas que son más burla de dioses que permiso para la herejía de creer que te pertenece por solo mirarla.

Todavía ahora, décadas después de aquel rito de iniciación lleno de humo y clarividencia, no logro olvidar a esa mujer, aunque ya no recuerde ni a la mitad de las amantes que compartieron cama conmigo, ni pueda evocar siquiera las curvas y las rectas, los fantasmas y las poleas en el cuerpo de mi primera esposa. No he logrado olvidar a Marilyn, ni a aquella experiencia sexual con ella, con la imagen de ella y el brillo de sus diamantes. Pasarían todavía décadas antes de que compartiera el lecho con la mujer real, la de carne y huesos, la de escamas y espinas. Imágenes de las que tampoco me he podido ni me pretendo olvidar.

Se podría decir que era demasiado joven como para entender a qué se debía el poder que ejercía, la hipnosis que articulaba esa mujer sobre mí y sobre cada uno de los hombres que la miraban. Yo había visto otras imágenes de mujeres desnudas, algunas de ellas tan hermosas como Marilyn, y quizás más. Pero no despertaban un interés que superase al de la curiosidad por lo desconocido. Apenas tenía ocho años. Tal vez era algo de la edad. Sin embargo, al ver su imagen en ese póster en una tienda de discos mi cuerpo no solo despertó, sino que comprendió, sin mediar explicaciones, todo lo que un hombre puede hacerle a una mujer, lo mismo que todo el daño que puede generar la adicción a su cuerpo, todas las batallas que se gestan por colonizar aquella tierra de nadie. Esa tarde, mientras me bañaba, me estrené en un acto que no sabía cómo nombrar, pero que entendía con tal transparencia, como si ella misma me lo hubiera procurado con sus manos mientras me recitaba las causas de mis sensaciones. Había sido un náufrago hasta ese día, cuando se hizo frente a mí el horizonte de una isla llena de promesas de bonanza y amenazas de muerte. Había llegado a casa.

Pero hoy, después de haber vivido mi propia aventura con Marilyn tantos años atrás, después de madurar lo que pasó allí, lo tengo todo claro. Tres décadas de esa certeza y hasta ahora es que me atrevo a decirlo: Marilyn Monroe fue una sirena.

Sigue leyendo

Ricitos de Oro y los tres osos

Ricitos de Oro entró a la casa de los osos sabiendo que podría ser culpada de allanamiento de morada. Cuando notó que la familia de animales vivía mejor que ella, una humana, que tenían abundante comida, buenos lechos y paredes seguras, decidió quedarse a vivir allí todo el tiempo que pudiera, defendiendo su hogar contra quien quisiera arrebatárselo, a capa y espada. Puso el seguro a todas las ventanas y puertas, atravesó pesados muebles en los lugares de acceso, cerró las cortinas, apagó las luces, se comió las tres sopas y se acostó a dormir. Cuando dos horas más tarde llegaron los osos escoltados por la policía, y uno de ellos tomó un megáfono, advirtiéndole que saliera por las buenas, Ricitos de Oro tomó la escopeta de papá oso, dos cajas de balas y se sentó en la base de las escaleras, mirando directamente a la puerta principal, esperando para iniciar la batalla. De seguro moriría en el enfrentamiento, pero se llevaría consigo al menos a un par de malditos policías y, si tenía suerte, a algún oso. Nadie la sacaría de allí con vida. Colocó un bala dentro de la recámara, quitó el seguro y apuntó al umbral

El traje nuevo del emperador

A veces la política parece sucia. Pero hay cosas que un hombre decente debe hacer para mantener su poder. Después de todo el poder es lo único que nos permite separarnos del resto de los individuos de una sociedad, con la posibilidad de hacer un bien o no hacer ninguno. Es claro que con poder se puede hacer mucho mal, pero sin poder el alcance de cualquier bien será demasiado limitado como para tomarlo en cuenta.

Y la cuestión es que vivimos en tiempos convulsos. Yo mismo confieso no entender las necesidades del pueblo que lidero. No entiendo qué pasa por sus retorcidas cabezas como para que ciertas acciones aberradas, como nuestros viajes televisados de safari cazando animales en peligro de extinción, nos aumenten en la escala de popularidad. Yo confieso que odio la caza. Me parece una actividad cruenta e inhumana. Pero mis asesores me dicen que las monarquías necesitan regresar a los tabloides si no queremos perder el último hálito de influencia que nos queda. Allí volvemos al asunto del poder y cómo mantenerlo.

Sigue leyendo

La bestia y la Bestia

Título: Beauty and the beast Autor: Walter Crane

Título: Beauty and the beast Autor: Walter Crane

Para leer la primera parte de esta historia, haz clic aquí.

Para leer la segunda parte de esta historia, haz clic aquí.

——————–

Habían pasado 10 años desde que la Bestia había recibido su primer beso de amor de parte de la Bella, y se había transformado en un apuesto y elegante príncipe azul, ahora nombrado Gran Duque, lo mismo que Bella nombrada Gran Duquesa, por sus valientes hazañas durante la guerra entre los reyes y las hadas. Atrás había quedado el dolor de la muerte de su primogénito, y una suerte de rutina calma les había arropado su vida, en un enmascaramiento bastante parecido a esa felicidad perpetua que todo cuento de hadas promete en su final, como una forma de modelar las expectativas de sus lectores. El problema es que el duque había sido una bestia durante ya demasiado tiempo, incluso después de volver a su forma de príncipe, y la frustración, la rabia, el asco por sí mismo se le habían quedado pegados de los huesos y el alma. Para Bella fue mucho más fácil regresar a una vida grácil, llena de placeres vagos, fácilmente confundibles con la alegría, pues justo así había sido la mayor parte de su vida, y en concreto toda la que había vivido antes de llegar a ese castillo. El humor de la bestia, en cambio, nunca volvió a ser el mismo de antes de ser maldecido. El beso de la Bella solo logró cambiar su apariencia exterior. Pero por dentro seguía siendo la misma bestia que en noches muy oscuras quería escapar al bosque y devorar cervatillos crudos, cazados con las propias manos, que en los días más soleados y alegres quería cerrar todas las cortinas del castillo, para que ningún rayo de felicidad entrara en la casa, que en las tardes más aburridas deseaba fervientemente que se desatara una nueva guerra para que su sadismo encontrara apología y salvoconducto. Al borde de la locura de no reconocerse, de sentir nostalgia por su antiguo cuerpo, de sentir repudio por Bella por haberlo rescatado a la vez que condenado, descargaba su furia contra sus empleados, vejándolos, golpeándolos y realizando con ellos actos lascivos, con la agresividad que hubiese deseado propinarle a Bella, pero que no podía hacer, encapsulado como estaba en la idea de darle su final feliz.

Sigue leyendo

La bestial guerra de la bella

Título: I Want Adventure in the Great Wide Somewhere. Autor: Brent Hollowell

Título: I Want Adventure in the Great Wide Somewhere. Autor: Brent Hollowell

Para leer la primera parte de esta historia, haz clic aquí.

——————–

La guerra entre los reyes y las hadas se postergó durante 5 años más. Pero no pasaron siquiera 2 meses antes de que el príncipe sintiera de nuevo el impulso que alguna vez le llevara a volverse una bestia, un mercenario en favor del bando de los reyes, y fue entonces cuando Bella lo soltó de su prisión. Conectados de nuevo como pareja, por el vínculo que los unió, lograron atrapar a los miembros más importantes del bando de los seres mágicos, usándolos como rehenes para obtener beneficios bélicos tan valiosos, que resultaron en la rendición progresiva de los seres mágicos. El acuerdo de paz llegó una tarde de otoño, cuando las partes se reunieron y firmaron las cláusulas de la rendición de los seres mágicos. La guerra había acabado y los reyes seguían en sus tronos. Por su valentía, al príncipe se le entregó todo un ducado y se le nombró Gran Duque, y Bella fue nombrada Gran Duquesa.

Sigue leyendo

El síndrome de la Bella

20130705175447-3ef4d6f6

Título: Reassurance. Autor: Julie Dillon

Cuando la Bella conoció a la Bestia, el mundo estaba sumido en una cruenta guerra entre los reyes y las hadas. Las hadas, magos y brujas reclamaban el poder que creían les pertenecía, por encima del de los reyes, por ser criaturas fantásticas que realmente podían hacer del mundo un lugar mejor, mientras que los reyes hacían como podían para sostener su poder y sus riquezas. Muchos campesinos eran llamados a pelear del lado de los reyes, junto a sus milicias. Pero eran también muchos los militares y campesinos que desertaban su labor, seducidos por las promesas de los seres mágicos, y empezaban a pelear del lado de estos. El padre de Bella, un mercader, antes rico, ahora venido en menos, ansiaba en creer que con el ascenso al poder de las hadas, el mundo sería más justo y él recobraría su antiguo estatus, con el que podría darle de nuevo una vida digna a sus 3 hijas, pero en especial a Bella, que era su favorita de las 3. Por ello, comenzó a batallar del lado de los seres mágicos, y Bella todas las noches le rogaba que abandonara la batalla, mientras sus hermanas le aupaban, esperanzadas también en que la victoria de las hadas les permitiría a sus cuellos volver a lucir las lujosas prendas que antaño tuvieran, y que la crisis les obligó a empeñar. La Bestia, desde su castillo, peleaba del lado de los reyes, príncipe como había sido alguna vez y maldecido por un hada, como estaba desde hace mucho tiempo. Su odio por los seres mágicos, sumado a su astucia y fuerza animal lo convirtieron pronto en un bastión de gran importancia de la guerra. Su castillo se había vuelto campo de tortura y prisión de toda clase de seres, humanos o mágicos, que peleaban en el bando contrario. En una de esas celdas fue a parar el padre de Bella. Y cuando el caballo de su padre llegó a la casa sin él, ella supo que algo malo le había pasado, y se lanzó en su búsqueda. No tardó en encontrar el castillo de la Bestia y, viendo a su padre, disminuido terriblemente por las torturas que había recibido, le suplicó que le dejase libre, y que la apresase a ella en su lugar. La Bestia, al ver la frágil belleza de aquella mujer, aceptó con la condición de que ella fuera su compañera sexual. El padre fue botado del castillo entre súplicas de piedad por su hija, que no fueron escuchadas. La condena de Bella apenas empezaba.

Sigue leyendo

Soplaré y escupiré

Los tres cerdos habían sobrevivido a los embates del lobo feroz durante años, hasta que este decidió empezar a cazar gallinas no antropomorfas, que son más fáciles de atrapar. Se diría que el lobo había aprendido la moraleja, pero las moralejas tienen una fecha de caducidad ligada directamente a la emoción del momento. En lo que desaparece esa emoción, el aprendizaje moral se borra. Por ello tampoco es de extrañar que los 3 cerditos volvieran a sus antiguas rutinas. Solo que ahora habían probado las comodidades de vivir en una casa bien construida, y decidieron quedarse allí, sin pedir autorización del cerdo trabajador. El más holgazán de ellos ocupaba su tiempo en ver televisión, mientras que el intermedio le había pedido a su hermano que le construyera un estudio de arte en un anexo de la casa, para explorar su vena creativa. Pero, igual nunca terminaba un solo cuadro o una sola novela. El estudio estaba lleno de obras a medio arrancar, pero él siempre estaba ocupado empezando alguna nueva. Mientras tanto, el cerdo mayor estudió ingeniería civil, armó su empresa de construcciones, y recibió un proyecto estadal para la construcción de una represa. Todos los días llegaba casi a medianoche a casa, únicamente para darse cuenta que debía recoger los destrozos de sus hermanos. La paciencia se le agotaba. A la mañana, salía de nuevo a la represa, dejando las viandas con las comidas de sus hermanos, y dejándole alguna nota cariñosa en la nevera, en un esfuerzo por limar asperezas, pero que él mismo sabía que nunca leían. Ya en la represa, pensaba en el poder arrasador de  los elementos. Una buena corriente de aire podía acabar con una casa de paja o de madera. Pero, el aire podía no ser suficiente para los bloques, las cabillas y el concreto armado. Toda el agua contenida en una represa, en cambio, podría volver papillas incluso a una casa hecha de puro kevlar y titanio. Eran las once y media de la mañana. Sus hermanos de seguro seguían durmiendo. Mira el plano y piensa que aquel número 10 debería cambiarse por un 5. Entrega el plano al jefe de obra: un imbécil descerebrado. Seguramente no se daría cuenta jamás del error. Regresa a su oficina, y empieza a dibujar los planos de la que, llegado el momento, sería su nueva casa. Un brillo de lobo ilumina su ojo derecho y un hilo de saliva se le escurre por la boca. Por el momento tocaba esperar, pero ahora la espera parecía más promisoria.

La princesa y el guisante

Aquello de príncipe encantador ya le estaba rompiendo las bolas. Él solo era capaz de encantar mujeres imbéciles, muñecas perfectas para una película muda, con la misma cantidad de celulitis en el trasero que de materia gris en el cerebro. Y la culpa era de sus padres: con una educación tan elevada como la que le dieron, hasta las duquesas de gustos, modales, humor e intelecto más refinado, le parecían meros perritos de esos que aprenden trucos, pero que al primer descuido tratan de morderse el propio trasero. Y todo fue así hasta que a su castillo llegó la mujer más hermosa que había visto. Se llamaba Génesis y venía leyendo una novela de Camus, con semblante algo aburrido. Le entregó una Carta Real, donde se le pedía autorización al rey para que ella pasara allí la noche, pues iba a medio camino de un largo viaje. No parecía tener ningún título nobiliario. Era no más que una estudiante de artes liberales, que hacía a pie la ruta a Guernica y Luno, para elaborar su tesis… que no, no versaba sobre el cubismo, el arte postguerra, ni Picasso, y parecía cansada de que todos le preguntaran lo mismo, pero tampoco ofrecía mayor detalle al respecto. Tampoco ofrecía detalle de cómo había logrado tal amistad con el rey, como para que él mismo le ayudara a buscar posada. Sin embargo, el príncipe no le dio importancia a nada de esto, obnubilado como estaba de su seguridad y belleza, y él mismo le dio la autorización de hospedarla y, así mismo, decidió ponerle toda clase de pruebas durante su estadía, para demostrarse que era la mujer perfecta. Su instinto le decía que en ella encontraría a la indicada.

Sigue leyendo