El chicle de la noche

Hay noches en que la ciudad te mastica como a un chicle.

Una prostituta grita y llora a través de un teléfono de alquiler. Al otro lado de la línea, algún espectro la escucha, para que a mí me llegue el eco de su letanía. La voz magnética del otro lado es tan fría como la de una máquina contestadora. Dispensa excusas y consejos como si de dispensar chucherías y refrescos se tratara. Desde este lugar donde me encuentro, no puedo dejar de pensar que solo yo la oigo, que el mundo es una tramoya de teatro y que detrás de las cosas que veo solo hay rieles y almacenes, paisajes rotos y utilería, que todo ocurre para mí y que por ello no es necesario recrear el resto del universo. Me pregunto entonces qué tiene que ver esa mujer conmigo, con mis propias y menos públicas letanías, mientras espero mi autobús. La han botado del burdel y no tiene dónde pasar la noche. Todo porque le rompió la cara a la Catira, que le robó su dinero o un cliente. No se entiende el precario mensaje entre sus espasmos y mocos. Todo porque ya no está tan flaca como antes, ni tan joven. Todo porque su cama pasa vacía un tercio de la noche, y a su dueño no le conviene que los resortes del colchón descansen. Noches como estas no tienen camas para putas gordas que solo conozcan el lenguaje del cuchillo, y que ya no dominen el lenguaje de los gemidos. Y el fantasma que la escucha al otro lado de la línea dispensa una nueva excusa, porque no tiene espacio en casa, y un nuevo consejo, porque bien puede pasar la noche como antes, al borde de la carretera y de cama en cama; porque noches como estas no quieren comerte, ni piensan tragarte. Solo te mastican como a un chicle. Juegan contigo entre muela y muela, para matar la abulia y el tedio.

Dos chicos de doce años se suben al autobús y gritan que estamos en un atraco, con voces forzadamente masculinas, debajo de las que se escucha un dejo aún femenino, todavía aniñado, que, por la situación, logra pasar desapercibido. Es un acuerdo tácito que nadie entrega sus pertenencias a quien no ha aprendido la cadencia del malandro, su melodía gangosa, sus discursos y su lírica soez. Por aquello de la brecha social y el miedo ancestral a lo diferente, dicen los especialistas. Por esto, ellos nos han informado del atraco en perfecto malandro, y nosotros les hemos entendido como si nos hablaran en castellano castizo. Y nosotros tampoco hablamos un español castizo; pero es normal sentirse más doctos, más académicos, en medio de un atraco. El miedo se siente en el aire como una cuerda invisible y tensa. Su vibración, tras los pasos de los niños, hace que retumbe el autobús como un diapasón, y quedamos sordos por segundos. Nos escuchamos solo a nosotros mismos; como si nuestra voz interna tomara el centro del cuerpo, y nos hablara desde la boca del estómago, inundándonos en un caldo caliente, que sube por el pecho y se nos tranca en la garganta. Suena una sirena en la calle, a cinco metros de distancia, y los niños saltan del autobús sin un solo celular. Y yo que ya hacía planes para mis siguientes días sin teléfono, para mis días sin dinero, y ahora tengo que volver a ajustarme a la idea de que tengo lo que tengo. Porque hay noches como estas, que no te quitan nada, pero te lo tiran todo al piso y lo patean, como un bebé molesto. Y ellos que estaban preparados para recibir una paliza de los policías, para que sus huesos quedaran con sueños de rehabilitación, y los de azul los dejan ir, porque ya la jornada casi termina, cada uno tiene al menos dos cervezas encima y una entre las piernas, y no quieren tramitar menores a esta hora.

El chofer del autobús sigue esperando a que se llenen todos los asientos y que no quede espacio respirable dentro del vehículo, aprovechando que nada ha pasado. Porque hay noches como estas en que somos el chicle de la ciudad, y ella nos saca el jugo para escupirnos cuando ya le parecemos insípidos, y quedamos junto a la acera, magullados, pero vivos.

Un transformista se sube al autobús entre burlas y silbidos de los que vociferan la ruta y el precio del pasaje, esta noche, como todas, sin ticket estudiantil, porque no hay autobús para Autopista y yo estoy pirateando, y si quieres llegar a casa, tienes que caminar quince minutos por un camino tan negro como el odio que crece en el corazón del transformista, y un poco también en el tuyo, que te has puesto en su lugar, o que te has embotado ya de tanto vaivén, de tanta sensiblería maquinada, de tanto retraso del alba; porque la noche así lo ha querido en su representación. Él o ella se ha sentado junto a una anciana y esta no ha perdido oportunidad para sacar su biblia y leerle unos versículos inocuos, antes de atreverse con el material pesado, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, que le narra con efervescencia de dios colérico, mientras le mira con condescendencia de dios misericorde. Él o ella asiente con educación, para no hacer más largo el camino a casa. Porque hay noches como estas, donde nos mastican y aceptamos con estoicismo nuestra condición, dúctiles y maleables, porque sabemos que al menos podemos vivir para contarla. Aunque la noche se las arregla bastante bien para que no nos queden ganas de contarla, ni siquiera a la rata que nos espera al llegar a casa, masticando los cables que le dejamos de cebo para sentir que tenemos compañía. Masticando cables como la noche nos mastica, pero sin burlarse de nosotros como la noche lo hace.

Porque encima de todo, esta mañana florecieron los jazmines, y ahora la noche está impregnada de su olor agrio y penetrante, que casi no deja respirar ni concentrarse en nada diferente. Hay los que piensan que el jazmín es dulce y por ello la noche los aleja de su aroma. Los que son capaces de ver su verdadero rostro en las estelas podridas de sus efluvios se los encuentran en cada camino y el tufo les persigue una centena de metros a la redonda, y se les queda atrapado en las ropas. Porque los jazmines son el último truco de la noche, su última burla, para decirte que hasta el más dulce y florido de los inviernos guarda un lado agrio y hostil, que nada es perfecto, que no podemos depositar nuestra esperanza en nadie que no sea nosotros mismos y nuestro prometeico aguante.

Porque somos el chicle de la noche, y ahora que se nos cierran los párpados, pesados de rutina y enrojecidos de smog, la noche nos saca de su boca y nos pega bajo la mesa. Porque mañana será otro día y podrá volver a masticarnos, tras el alud del sol.

Clifthanger

⸺¡Corten! ⸺dijo el director, deteniendo la escena en el punto exacto donde el héroe había quedado colgando con una mano lastimada y sangrante de la quebradiza piedra con la que estaba hecho el acantilado. Doscientos metros abajo, el mar se relamía esperando el impacto del cuerpo del héroe en su superficie, para quebrarle todos los huesos a su cuerpo y las esperanzas de un cierre digno a la historia.

La audiencia apaga sus televisores, excitada por la intriga, ansiosa por que se completen las 168 horas que restan antes del capítulo de la próxima semana, y mientras tanto ahoga sus penas con memes y spoilers en las redes sociales. En el estudio de televisión, las luces se han apagado y todo el personal ha abandonado el lugar. Solo queda el héroe, sostenido de la misma piedra quebradiza, amenazado por el mismo mar de concreto. La mano sangrante le tiembla y suda y teme. Nosotros sabemos que nadie puede sostenerse 168 horas de ningún acantilado. El final de esta historia no es una sorpresa para nadie.

“La La Land” y el porno con argumento

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Tenía bastante tiempo sin escribir una reseña de cine y creo que este artículo no va a hacerle ningún favor a esta limitada sección de mi blog, porque dudo que lo que salga de aquí pueda considerarse una reseña. Es más bien un ejercicio de compresión que la multinominada película me ha inspirado y que aprovecho para colar por aquí, ya que es un tema tan en boga ahora. Y advierto una cosa más. No voy a hablar bien de la película. Probablemente tampoco mal. Insisto, no es una reseña. Voy a hablar de cosas que no conozco con el afán catequista del que lo sabe todo con certeza. Hechas las aclaratorias, pasemos, penosamente, a lo que toca:

Nunca me han gustado los musicales. Y quizás esta sea una afirmación extraña para alguien que dice que Across the Universe (2007), de Julie Taymor, es una de sus películas favoritas de todos los tiempos, y South Park: Bigger, Longer and Uncut (1999), de Trey Parker, es de las películas animadas con temática adulta que más ha disfrutado. Seguro habrá quien lea esto y piense: “¿Qué rayos estoy leyendo? ¿Este tipo siquiera sabe algo de cine? ¿South Park y un drama con canciones de The Beatles son su único referente del vastísimo universo de los musicales?”. Pues, sí, esos son mis referentes. Podría agregar un par más, pero estoy seguro de que la lista no mejorará, ni mucho menos la impresión que pueda generar como cinéfilo con ella. Dejémoslo, entonces, en que no me gustan los musicales. No los entiendo, ni los aprecio. Quizás es falta de conocimiento sobre la historia de la música, quizás falta de conocimiento sobre la historia del cine, o las dos cosas juntas. Pero lo cierto es que el género no me pasa.

Y he intentado mucho y trato de poner mi mejor sonrisa de disposición y mi mente abierta para ello. Porque se supone que un cinéfilo (y a veces me da por calificarme como tal) debe apreciar todo lo apreciable de este arte, y se supone que este género no es la excepción. He intentado con algunos clásicos, con los contemporáneos, con la aburrida Dancer in the Dark (2000), de una Björk que no me dejó de gustar por eso, pero de un Lars Von Trier monotemático que sí; y hace pocas semanas lo intenté con Córki dancingu (2015), de Agnieszka Smoczynska, un musical polaco de “terror” sobre un par de sirenas antropófagas, que se supone una adaptación libre del clásico de Andersen. Según entiendo, ese musical kitsch y semierótico, creo que feminista, me debería haber gustado, porque posee todo el espíritu indie del buen cine de bajo presupuesto, toda la estética, todo el… todo lo que yo no vi. Tal como no lo he visto en prácticamente ningún otro musical.

Al respecto, recuerdo una entrevista que le hicieron a Meryl Streep sobre el musical del 2008, Mamma mia!, de Phyllida Lloyd. Allí le preguntaron qué la motivó a hacer el papel de Donna y dijo, parafraseando, que había llegado a una edad donde tenía que empezar a hacer películas que avergonzaran a sus hijos. Y claramente lo dijo en broma, pero no pude estar más de acuerdo, e incluso llegue a pensar: “¿será que en secreto todos piensan igual que yo, pero no se atreven a decirlo más allá del chiste, del acto fallido, no sea que le acusen de incultos, de no entender lo que en realidad nadie entiende?”.

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Porque ver este musical horrible con canciones de ABBA me da una sensación de pena ajena inmediata. Meryl Streep no es mi madre y aún así siento que me pone en vergüenza apenas abre la boca para cantar. Y lo mismo el resto del reparto. Porque mi problema con los musicales es que siempre me he sentido estúpido cuando los veo (como viendo la escena de la imagen superior). Como cuando se ve telebasura y sabes que es telebasura. Y miras al panelista del top show halándole los pelos a un miembro del público porque lo insultó y te sientes atrapado frente a la pantalla como un idiota, y no sabes por qué estás mirando eso, por qué no lo cambias. Alguien podría entrar al cuarto en ese momento. ¿Cómo le explicarías que estás viendo Laura en América? ¿No se supone que eres un intelectual, que lees buena literatura, que sabes algo sobre buena televisión, buen cine, buen teatro? ¿Entonces qué hacen esas gitanas borrachas mal maquilladas casándose en el medio de tu pantalla? ¿Qué hace Honey Boo Boo comiendo sirope y haciendo un berrinche en tu televisor? Pues, justo así me siento viendo un musical. Como mirando un video bochornoso de alguien, que se filtró en YouTube: culpable, con ganas de cerrar los ojos, cerrar la pestaña del navegador, y ahorrarle al pobre incauto y a mí la vergüenza de que una persona más en el mundo lo vea hacer el ridículo.

Pero con la telebasura o los videos virales de Internet la cosa es fácil. El hombre culto sabe que lo que está viendo es basura y se siente con todo el derecho de cerrar la pestaña de Chrome para no quedar con la sensación de que es un idiota. O de ver el video hasta el final y decir con desparpajo: “sigo siendo un docto, así que me deben perdonar ese, mi pequeño placer culposo”. Pero con el cine no es tan fácil. Sobre todo cuando el título viene de un director que ha ganado premios, que guiña toda clase de películas de la llamada era dorada de Hollywood, etc. ¿Qué se supone que debemos hacer allí cuando nos sentimos como el que mira a Wendy Sulca pedir cerveza? ¿Confesarlo y que nos miren con cara de “no sabes nada de cine; vete a ver Los Vengadores“? Después de todo, el arte contemporáneo se ha basado en estafas como estas, ya criticadas por muchos: “este papel arrugado y mojado con mi flujo vaginal es arte y si no lo aprecias es porque eres un ignorante”. Pero al final del día muchos terminan cayendo en la trampa y diciendo: “sí, sí; es una excelente obra; la transgresión del mensaje de la autora se respira y se vive en cada arruga del papel, como un grito al vacío en una alegoría a…”. Supongo que ya entendieron la idea.

Por eso me he sorprendido a mí mismo disfrutando Across the Universe. El montaje general de la obra es tan espectacular, el juego de fusión de lo diegético con lo extradiegético (que todo musical requiere) es tan honesto y limpio, la composición musical está tan bien llevada, que no solo no me siento avergonzado cuando empieza cada número musical, sino que lo espero con ansias. Supongo que eso es lo que sienten los amantes del género con cualquiera de los grandes musicales que yo no tolero. Espero realmente que sientan eso. Necesito creerlo con toda mi fe. De otra forma no podría entender cómo alguien es capaz de valorar positivamente algo que le haga sentir tonto y avergonzado, que se supone no fue diseñado para eso.

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Pero, basta de preámbulos. Qué tiene que ver La La Land (2016), la peli de Damien Chazelle de la que todos hablan y que todos premian, con la pornografía. Después de todo, por algo debo haber titulado así este artículo. En algún momento debería ponerme a hablar de ello. Así que nada mejor que ahora mismo. Como en la película de Chazelle (SPOILER ALERT: sombrea el texto para leer), retrocedamos a un punto cercano al inicio y hagamos de cuenta por unos segundos que no escribí nada de lo anterior (FIN DEL SPOILER ALERT), y así podemos entender los musicales desde una explicación menos básica que la del “me hacen sentir tonto”.

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Clickbait

No creerás lo que pasó en esta ficción.

 

Un cuento prepotente se acercó a un personaje de relleno para insultarlo.
El diálogo que le actuó lo dejó sin palabras.

 

Este narrador juntó a los diez personajes más bizarros en su historia.
El número ocho te pone los pelos de punta.

 

Todos creían que era una microficción adolescente,
pero cuando se quitó la blusa quedaron con la boca abierta.

 

Un metanarrador portugués deja un error ad rede en su cuento.
El nuevo significado de la historia es hilarante.

 

Nadie tomaba en cuenta a ese pobre relato,
hasta que se quitó el disfraz y mostró a su millonario autor.

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Relato cómico de aficionado termina fatal.

 

Existe gente mala

Como escritor, tengo que contener mis impulsos más básicos, mis pensamientos más simplistas y toda necesidad de reduccionismo que intente atravesar mis letras. Si mi interés es escribir una historia creíble, con la que el lector conecte, que no sea una burda venta de humo, me toca hacer un complejo ejercicio de matizar la realidad, pulir sus extremos y saber mirar los puntos medios, los tonos grises y demás ambigüedades que surjan o se puedan escarbar entre los blancos y negros.

Crear personajes psicológicamente redondos pasa por el compromiso de saber leer entre líneas: traducir en las acciones más viles móviles benévolos, y en las acciones más puras y honestas poder ver el egoísmo, la miseria, la ruindad y la maldad que podrían ocultarse como bacterias. Si además resulta que los personajes con los que trabajo exudan ideologías capaces de polarizar opiniones, toca ser mucho más cuidadoso. Cualquier paso en falso y el texto termina convertido en un panfleto o, con mejor suerte, en una audaz campaña publicitaria.

Por ejemplo, si en este momento me tocara escribir sobre el presidente de mi país, la práctica literaria me obligaría a rebuscar móviles luminosos entre toda la oscuridad que veo esparcir en sus acciones cada día. Me vería tentado a imaginar que no duerme por la noche, acosado por el dolor moral, que llora frente a su psiquiatra y le confiesa que hace 9 meses no logra sostener una erección ni siquiera con medicamentos; que sabe muy bien de dónde vienen todos sus padecimientos pero que se siente atado de manos. Necesitaría, para que mi relato tuviera un revés emocional adecuado, que este personaje se mirara al espejo, se encontrara una cana y de pronto temblara ante la perspectiva de haber perdido su juventud haciendo daño a otros.

Con la pluma en la mano, casi puedo verlo parado sobre la báscula de su baño, desnudo, después de mal dormir solo dos horas, por la severa agenda de reuniones y llamadas que debe atender a diario para sostener el castillo de naipes que él mismo ayudó a construir, y lo escucho pensar que se siente obeso y feo, que quisiera afeitarse el bigote de una vez y para siempre, pero sus asesores no se lo permiten.

Sentado frente a la computadora, con el teclado en la mano, los años de escuela en escritura me orillan a sentir lástima por mi personaje. Necesito sentir lástima por él para poder encontrarle flancos no explorados, costuras sueltas que pueda yo volver a coser con la gracia literaria que le confiera al personaje un rostro nuevo, más complejo y más humano. Y así es como lo escucho, aún sobre la báscula, dejarse llevar por un pequeñísimo pensamiento rebelde, último vestigio de una adolescencia militante que lo descubrió pasional y completamente convencido de las bondades de sus credos políticos.

Piensa en afeitarse el bigote, se moleste quien se moleste, en empezar a hacer dieta… pero no, primero lo primero: renunciar al cargo y arrastrar conmigo a todos los villanos que en su momento me arrastraron a mí. O mejor, primero el bigote, luego devolver la democracia al país y tercero la dieta. Y allí se detienen sus pensamientos, porque sabe que no puede hacerlo, que debe peinarse el bigote, vestirse y salir a hacer el papel de malo y luego llorar frente a su psiquiatra y mal dormir otro par de horas.

El presidente ficcional que he creado, por necesidad argumental, está amenazado por fuerzas superiores a él. No puede mover un dedo sin que alguien haya pulsado previamente los botones que le permiten moverlo. Y, si se resiste, todo puede salir peor para él y sus seres queridos. Porque el presidente que se desarrolla en mi cabeza de escritor todavía tiene la capacidad de amar. Y esa capacidad, de alguna forma, lo redime a sus propios ojos y no se la dejará arrebatar por nada del mundo. La protegerá incluso con su vida.

Pero hay días en los que no quiero pensar como un escritor. Hay días como hoy en los que me urge la necesidad del simplismo. Donde quiero ser como un niño, que no duda en dividir al mundo entre buenos y malos, sin irse por las ramas buscando justificaciones donde quizás las haya, pero que al final del día realmente no justifican nada. Porque, aunque no sea tan elegante para un buen relato, hay que aceptarlo: existe gente mala. Así de básico como suena. Así de monolítico.

Y el gobierno de este país está lleno de gente mala. Empezando por su presidente y siguiendo por una línea de nombres y apellidos, de rostros, que la mayoría conocemos a la perfección. Gente muy pero muy mala. Mala como villano de caricatura. Mala como una enfermedad mortal. Mala como una bomba atómica. Como el fin del mundo; sin reveses, sin vueltas de tuerca, sin otras dimensiones o interpretaciones posibles.

Si no me convenzo a mí mismo de que son personas malas termino confundido. Porque yo nunca he podido ser así de malo, ni siquiera con los matices oscuros que como todo humano tengo, y no consigo explicarme cómo es posible que otros puedan llegar a tal nivel de maldad sin derrumbarse ni despeinarse.

En días como hoy, me dejo llevar por la corriente de una regresión a mi infancia, donde todo es más fácil de comprender, asumir e integrar si califico a esas personas como malas y punto. Porque sí, porque yo también necesito dormir por las noches. Y tener bien delimitados e identificados a los villanos de mi historia llena mis noches de pesadillas, pero al menos duermo. Y, cuando me levanto, tengo muy claro de quiénes debo cuidarme si quiero seguir siendo el bueno de la película, el maltrecho protagonista, y no morir como el tonto de turno de las primeras escenas. Porque existen buenos, malos y tontos. Y yo tengo bien claro qué es lo que quiero ser.

Anaís, la jinete marina*

Anaís adoraba la playa. Sus papás la llevaban de vez en cuando y se divertía mucho, bañándose en el mar y haciendo castillos de arena. Disfrutaba tanto pero tanto que de regreso del viaje siempre se quedaba dormida, por el cansancio. Esa parte del paseo también le gustaba. La última vez que viajó a la playa le pasó lo mismo, pero en el camino tuvo un emocionante y extraño sueño.

Vivía debajo del mar y era una jinete en competencias de caballitos de mar. El suyo era un hermoso caballito blanco con aletas color rosado. Y era el más rápido de todos. Siempre ganaban. Pero el caballito se cansaba mucho en las carreras, y de regreso a su casa, en el auto de sus papás, se dormía a aleta suelta. Después de la última carrera le pasó lo mismo y tuvo un extraño y emocionante sueño.

Soñó que era una niña que adoraba ir a la playa, y de regreso estaba tan cansada que soñaba que era la jinete marina de un caballito de mar, que soñaba que era una niña, que soñaba que era un caballito de mar, una niña y un caballito de mar, hasta el infinito o el verdadero despertar. Lo que no sabemos es si despertaba como niña o como caballito de mar.

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*Nunca publico cuentos infantiles en este blog. Pero hoy hay una razón especial para hacerlo y es que hace unas horas se hizo pública la cuenta de Instagram con el emprendimiento de mi mamá, llamado Mimo’s. A través de ella, hace vestidos para niñas, cada uno de ellos absolutamente único, y todos acompañados por un cuento infantil, que es la parte de la que me encargo yo. Los invito a pasearse por la cuenta (haciendo clic por aquí) y admirar los vestidos y disfrutar de los cuentos con sus hijos, sobrinos, nietos y más.

Veni, vidi, vici

Vineé, vigié, valué, vaticiné, vine, velé, vigilé, verbeneé, vi, vallé, varraqueé, vilipendié, vandalicé, veroniqueé, venadeé, violé, vejé, vulneré,  victimicé, volqué, vituperé, vicié, violenté, victimé, vadeé, vampiricé, volteé, vapuleé, verberé, volé, verdugueé, videograbé, vencí, vitoreé, veté, volví, voté, vedé, validé, vacié, vacacioné, veraneé, vigoré, vertebré, vitalicé, vivifiqué, vendí, vindiqué, vejecí, viví.

Pobre diablo

Lanzar fuego por la boca, rayos láser por los ojos, escupir ácido de batería, destruir huesos con el pensamiento, volar a voluntad (no levitar ahí como un inerte, encima de un colchón)… esas sí me parecen rupturas de las leyes físicas de una posesión demoníaca digna de temer. Pero, ¿girar la cabeza 360 grados?, ¿hablar en lenguas muertas?, ¿vomitar mucho? Esas son meras estupideces. Tanto, que basta con un par de correas atadas a una cama y un poco de agua bendita (criptonita demasiado mediocre y abundante) para detener a cualquier poseso. Muchísimo menos de lo que se necesita para detener hasta al más tonto de los genocidas, que todo lo logra con sus simples cualidades humanas.

¿Qué daño le puede hacer a la humanidad una posesión, que nunca sale del círculo de una casa de pueblo o de una iglesia evangelista? Que el poseso salga a las grandes ciudades, que salga un pelotón de posesos y rompan todas las leyes rompibles, se vuelvan gigantes, como Godzillas de pieles verdes y llagadas, aplastando edificios y contagiando del virus satánico a quienes toquen; con cuerpos invulnerables a las balas, a los misiles, a las cruces y a las biblias. ¡Eso sí es un poseso al cual tenerle miedo! No una Linda Blair caminando por el techo y haciendo insinuaciones sexuales para horario todo público.

Creo que todos estos signos no son más que la burda representación teatral de un diablo que apenas y tiene poder para sorprender a viejas de llanto y desmayo fácil. De un diablo con un muy mal grupo de guionistas, que se quedaron encapsulados en los clichés del género, de cuando el mundo era mucho más inocente como para ignorar que un verdadero demonio digno de horror no era uno con el poder de destrucción y el designio de la lava y el dolor, sino uno con el poder de construir, y el designio del agua y el trueno. Uno que pudiera engendrar vida nueva a borbotones solo con el pensamiento, sin tanto pacto de sangre, violación sectaria y bebé de Rosemary. Uno capaz de dar vida a dos millones de asesinos seriales por minuto, sin mediar moldes de barro, ni infancias traumáticas. Uno cuyo soplido genere serpientes venenosas suficientes para llenar las casas de cada persona en este planeta, parásitos mortales para poblar las barrigas de cada niño nacido.

A ese demonio sí le temería, le lloraría y le suplicaría piedad; le rogaría que me dejara servirle. Pero a este… por ahora lo que me produce es lástima, verlo ahí esclavizado por su dios, obligado a recibir las almas que el otro considera pecadoras y proferirle los castigos que el otro diseñó, aunque en el fondo él solo quisiera festejarles y agazajarles por ser malvados, por separarse del camino del bien, que es justo como a él le gusta que sean las cosas. Pero nada puede hacer, allí, encerrado en su prisión, más que pinchar con su tridente a los villanos, mientras, en los descuidos de dios, los alienta diciéndole “en el fondo estoy contigo”, mientras regresa a su mal pagado y mal valorado trabajo antes de recibir la sanción del jefe. Y de vez en cuando mandar a un demonio a un pueblito, así, sin mucho público, de los que le están permitidos por contrato, y jugar un rato a poseer personas para saber qué se siente tener una vida.

Pobre diablo sin poder, relegado a un oficio indigno de su investidura, de su pellejo rojo y sus afilados cuernos. Lo veo ahí, día tras día, como deprimido, sin brillo ni maldad en su mirada, desahuciado de sí mismo, mientras recibo los castigos que me corresponden por mi pecaminosa existencia y siento que debo hacer algo. Pero, a diferencia de él, yo soy una simple alma humana, y llevo en mí la dualidad. Soy mucho más que él, que solo tiene una dimensión, que no puede aspirar a más de lo que le fue dado por quienes le creamos, para soportar el pánico que nos generaba saber lo que podíamos destrozar con nuestras propias manos; lo que podíamos hacer nacer con ellas. Yo, en cambio, he sido creado a imagen y semejanza del dios al que le di la espalda y por ello tengo el poder de crear dentro de mí.

Llevo días practicando en los pocos minutos libres que me quedan entre tortura y tortura y he logrado un avance. Ya he creado mi primera forma de vida: una rata. Me la he comido tan pronto la he visto surgir de la nada, para que nadie sospeche de mi plan. Pero sé que pronto podré dirigir un batallón de almas creadoras de vida y de nuestras bocas surgirán, como quien susurra una palabra, bestias indecibles, animales famélicos e indetenibles y humanos con el espíritu podrido y la sed de sangre inocente recorriéndolos.

Al principio dejaré que el diablo dirija a mi ejército de almas creadoras, para darle un sentido al final de su vida, para verle recobrar el brillo en su mirada, para pagarle por todo lo que en su momento me dio. Pero en algún punto le llegará su hora y tendrá que morir para que sea yo quien se alce como nuevo amo de los fuegos eternos. Ya basta de demonios unidimensionales. Ha llegado la hora del reinado del hombre en el infierno. Será un glorioso mundo de caos y sufrimiento el que crearé y todos serán mi serviles súbditos.

Mientras ningún hombre derroque a dios en el cielo, tengo la batalla más que ganada.

Cadáver social

Virtud insana la jueza ostentaba. Unos pobres lamían sueños en polvo mientras se fumaban esperanzas medidas por kilotones de niebla, que la decadente jueza divisaba como atormentada y disparando con injustas lágrimas cocodrilescas. Cadáver secreto, enarbolaba ideales y utopías. Ahora exquisito es un pabellón psiquiátrico extinto. ¿Quién hará cambiar? Debe accionar mientras controla todo minuciosamente, pero aún gomina lánguidamente. Corrijo: saboteo para continuar matando la ladilla diaria. Tal vez cambie de opinión y espante mariposas cósmicas. Definitivamente, aunque estén peligrando, siempre estarán desentonados para después (jamás) trasegar y trasegar.

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Normal

Era un hombre normal, con un empleo normal, aspiraciones normales y una enfermedad terminal, normal, como la de cualquier otro. Como era lo normal, lo secuestraron a él y a su familia y, de la forma más normal, los asesinaron a todos frente a él, porque nadie tuvo para pagar el rescate, que es lo normal, al igual que lo es dejar vivo a uno solo para llevar un claro y normal mensaje. La policía dio con los secuestradores, en un tiempo normal de un par de años y, en otro lapso tan normal como este, los jueces los declararon inocentes. Normal. El hombre, que tenía fecha inminente de muerte, no tenía nada qué perder y decidió tomar justicia en sus manos, que es lo normal. Les dio cacería a los secuestradores, uno a uno, disfrazado con una normal máscara hecha de las pieles de sus otros familiares, los que nunca movieron un dedo para pagar su rescate, a quienes con total normalidad mató para tal fin. El método de tortura que eligió para cada secuestrador fue el normal dado su caso: a uno le tocó ser despellejado, al otro lo obligó a beber ácido sulfúrico, a otro más lo fue mutilando, poco a poco, con un cortauñas, y así sucesivamente con cada uno. Nada fuera de lo normal, como se puede ver. Y, después de una vida tan normal, murió a los 44 años, de una sobredosis de cocaína, antes de que su enfermedad terminal tuviera chance de acabar con él, pero, eso sí, después de asesinar a media docena de prostitutas, porque le había agarrado un gusto normal al asesinato. Fue enterrado con todos los honores y en su velatorio todos tomaron la palabra para reforzar lo bueno que había sido en vida y la irreparable ausencia que dejaría su prematura partida. Normal.