La princesa y el guisante

Aquello de príncipe encantador ya le estaba rompiendo las bolas. Él solo era capaz de encantar mujeres imbéciles, muñecas perfectas para una película muda, con la misma cantidad de celulitis en el trasero que de materia gris en el cerebro. Y la culpa era de sus padres: con una educación tan elevada como la que le dieron, hasta las duquesas de gustos, modales, humor e intelecto más refinado, le parecían meros perritos de esos que aprenden trucos, pero que al primer descuido tratan de morderse el propio trasero. Y todo fue así hasta que a su castillo llegó la mujer más hermosa que había visto. Se llamaba Génesis y venía leyendo una novela de Camus, con semblante algo aburrido. Le entregó una Carta Real, donde se le pedía autorización al rey para que ella pasara allí la noche, pues iba a medio camino de un largo viaje. No parecía tener ningún título nobiliario. Era no más que una estudiante de artes liberales, que hacía a pie la ruta a Guernica y Luno, para elaborar su tesis… que no, no versaba sobre el cubismo, el arte postguerra, ni Picasso, y parecía cansada de que todos le preguntaran lo mismo, pero tampoco ofrecía mayor detalle al respecto. Tampoco ofrecía detalle de cómo había logrado tal amistad con el rey, como para que él mismo le ayudara a buscar posada. Sin embargo, el príncipe no le dio importancia a nada de esto, obnubilado como estaba de su seguridad y belleza, y él mismo le dio la autorización de hospedarla y, así mismo, decidió ponerle toda clase de pruebas durante su estadía, para demostrarse que era la mujer perfecta. Su instinto le decía que en ella encontraría a la indicada.

Sigue leyendo

Anuncios