La ciudad del futuro

Creímos que por fin conoceríamos la ciudad del futuro y empezamos a construirle un disfraz futurista a la nuestra, como ceremonia de recibimiento. Pasaron los años, los lustros, las décadas, medio siglo, un siglo, y la ciudad del futuro nos seguía evitando. Nos llenamos de amargura y empezamos a verle las costuras a nuestro disfraz. Nos sentimos como el niño ingenuo que, tras la fiesta, no quiere abandonar el traje de superhéroe, para no renunciar a la fantasía de que en algún momento le lleguen los superpoderes, y pueda dejar de ser, de sentirse, un tonto niño con un disfraz. Empezamos a sentirnos idiotas; unos payasos mal maquillados de evolución y progreso, mal vestidos de ingenuidad. Entonces, como ceremonia de rechazo, empezamos a destruir nuestra ciudad y, sin saberlo, descubrimos la ciudad del futuro. Hasta ese momento no habíamos sido capaces de notar que el futuro era la destrucción. Cuando se hizo evidente, albergamos a ese futuro, a esa destrucción, como un mantra, y por fin fuimos felices.