Muy pronto

… por este, su espacio de siempre, un microcuento tan putamente soez, tan fruvicondishmente delirante, tan transparente, que ni notará que lo ha leído y apenas sentirá algo como su intelecto insultado, algo como su cordura brevemente rasguñada, y ya podrá pasar a otra cosa, igual de pequeña y fruvicondish.

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El deseo de Andrea*

Era el segundo cumpleaños de Andrea. Esa noche, frente a la torta con las velas, cerraría su arduo entrenamiento de meses para apagarlas de un solo soplido cuando la canción acabase. Sus padres le habían asegurado que el pensamiento que tuviera mientras soplara se haría realidad. Se trataba de una especie peculiar de pensamiento que los adultos llamaban deseo. Se supone que era mágico o algo así. Pero a ella le habían enseñado a cantar y a soplar las velas, pero nunca le habían enseñado a desear.

“¿Cómo se piensa un deseo?”, se preguntaba algo preocupada por no hacerlo bien. “¿Será parecido a cuando quiero algo y se lo pido a mis papis?”, continuaba reflexionando. “¿Es necesario decir una palabra mágica, como cuando me recuerdan que diga por favor?”.

En la noche, por fin, cuando terminaron de cantar la canción, pasó algo rarísimo. Al soplar las velas, el tiempo se congeló y Andrea tuvo chance de ver, una a una, todas las caras de alegría y amor de sus familiares y amigos. Y justo allí supo que tenía todo lo que podía desear en la vida y que no hacía falta que pensara otro deseo.

Pero, ya que estaba allí, y podía pensar en lo que quisiera, aprovechó para divertirse un poco. Cerró los ojos muy fuerte, se concentró en unas palabras secretas que pasaban por su mente, y cuando los volvió a abrir no pudo aguantar la risa. El tiempo se había descongelado y todos en la fiesta, hasta su abuelita y un amigo bebé, tenían dibujado, con marcador negro y debajo de la nariz, un gracioso bigote. Definitivamente, eso de pedir un deseo se convertiría, de ahora en adelante, en una de sus cosas favoritas de cumplir año.

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* Salvo una vez hace un tiempo, nunca publico cuentos infantiles en mi blog. Pero esta vez, como aquella, hay una buena razón para hacerlo, y es que mi hija está cumpliendo dos años. Esta pequeña historia es para celebrar su día y cuánto la quiero. ¡Feliz cumpleaños, preciosa!

Salvando al personaje: ejercicio de escritura creativa

Hoy les dejaré un post muy diferente de lo que suelo agregar aquí, y, en cierto sentido, experimental. Es decir, lo usaré como experimento para ver si alguien se interesa en una publicación como esta (cosa rara en este blog, al que se le puede poner muchos calificativos, menos interactivo; igual cruzo los dedos) y, de ser así, hacer más cosas por el estilo. Se trata, sencillamente, de uno de los ejercicios de escritura creativa que suelo usar en mis talleres de narrativa. Fue, de hecho, el primero completamente original que ideé, hace ya bastantes años, y por eso le tengo bastante cariño. Y, además, me parece que es bastante original, y saca a los participantes de su zona de confort. Así que espero que alguien se anime y, luego de hacer el ejercicio, comparta el resultado por comentarios (o ya bien por la sección de contacto del blog si les da mucho miedo escénico).

El ejercicio consiste en que cada uno elija la premisa de una historia (hay 6 en total), donde uno o más personajes se encuentran en una suerte de callejón sin salida, en el cual la consecuencia inminente y lógica es su muerte. Su labor es darle un final a esa historia donde el o los personajes en peligros se salven (esto es, que no muera/n), pero deben hacerlo de la forma más creíble posible, sin involucrar salvamentos mágicos, deus ex machina o trampas argumentales.

El objetivo del ejercicio es reflexionar sobre cuáles son los elementos que vuelven realista a una historia, si estos son necesarios en todos los casos, y cuáles son las estrategias para controlar el destino de los personajes que creamos sin necesidad de que se noten los hilos con que los movemos. Verán que hay historias con muy diferentes atmósferas (desde lo caricaturesco hasta lo más serio), de modo que conseguir una solución realista quiere decir que se sienta realista dentro de los códigos específicos y la atmósfera de la historia. Si se trata, por ejemplo, de una historia caricaturesca, como la número 1, debe ser creíble dentro de los códigos caricaturescos, no los del drama novelesco, por decir cualquier cosa.

Las premisas que les ofrezco deben mantenerse intactas como párrafo inicial del cuento. El relato total no debería sobrepasar las 750 palabras, pero idealmente debería tener un tope de 500. Al terminarlo, le pueden colocar el título que más les guste. Si alguno lo desea, puede trabajar en más de una premisa.

Premisa 1

Esta vez el Coyote lo había logrado. El cemento fresco se había secado sobre los pies del Correcaminos y este intentaba sin éxito escapar de su destino. Doscientos metros atrás había activado un resorte que empujó a una bola de bowling sobre un canal, que caería en una balanza y levantaría una vela, quemando una polea, que sostenía una sierra mecánica encendida que cercenaría la cabeza del correcaminos. Si esto fallaba, en menos de una hora haría efecto el veneno que había puesto en la comida gratis, que había utilizado de cebo y ya el Correcaminos había comido. Y si fallaba el veneno, una hora y media después el sol apuntaría sobre la lupa gigante puesta sobre la cabeza del Correcaminos, que lo cocinaría en menos de quince minutos. Nada podía fallar. No había un solo producto marca ACME y el Coyote lo veía todo desde un búnker blindado a treinta kilómetros de distancia mientras se comunicaba por una pantalla. Al lado de la pantalla había una bomba casera de 250 gramos de C4, con seis docenas de clavos incrustados, que el Coyote activaría de forma remota si observaba algún fallo. El Correcaminos lloraba y suplicaba desesperado, pidiéndole perdón y ofreciéndole su respeto al Coyote, que se reía vencedor y le decía, en tono de burla, “bip bip”.

Premisa 2

El Doctor Mendoza se acerca a Graciela y, de solo ver su rostro intentando emular compasión, ella lo entiende todo, y le repugna y lo odia más que nunca. Mendoza le pregunta: “¿Crees que tengas la fuerza para decírselo tú o lo hago yo?”. Graciela sabía que el Doctor Mendoza tenía meses matando a su esposo de a poco, con dosis más altas de adrenalina. Ese maldito le hacía lo mismo a todos los pacientes con metástasis. Se creía un Dios y nadie parecía poder detenerlo. De cualquier forma, el cáncer de Julio estaba demasiado avanzado. En una semana le llegaría al 80% de su cuerpo y moriría de un colapso simultáneo en sus órganos vitales. Sin embargo, Graciela decidió no decirle una sola palabra a Julio. De pronto tenía un plan. Ver la cara del Doctor Mendoza despertó su ingenio dormido. A su esposo no le quedaba una semana de vida. Ella lo salvaría.

Premisa 3

Si los nombres se colocaran de acuerdo a las actitudes, el suyo sería Imprudencia. Parecía tener el superpoder de estar siempre en el lugar incorrecto y en el peor momento, con el agravante de que sus acciones para tratar de remediarlo solían convertir algo malo en otra cosa realmente peor. ¿Quién le había dicho a él, por ejemplo, que era prudente caminar hasta ese callejón por escuchar gritos de una mujer? ¿Acaso era policía? ¿O un héroe de historietas? Ahora los cuatro hombres que acosaban a la chica lo han visto y se le acercan con armas y rostros enfermizos. Pero de nada sirve correr. A sus lados solo hay edificios. Al fondo, un basurero, y detrás, un auto que cierra la vía. Desde ese auto han salido tres psicópatas más, todos con ganas de silenciar al caballero andante. La chica, al fondo del callejón, con sus ropas desgarradas, lo mira esperanzada, y de repente el señor Imprudencia siente que no puede defraudarla. Se salvará a sí mismo y la salvará a ella.

Premisa 4

Marlene y su hija, la pequeña Sofía, estaban desmayadas desde hacía más de dos horas. Y ya el nivel del agua estaba próximo a llegar al techo de ese preciso búnker construido por Benancio. “A Benancio nadie lo engaña… A Benancio nadie lo engaña”, se repetía a sí mismo fuera del cuarto en el que había encerrado a su infiel esposa y al despojo de esa infidelidad, la mocosa Sofía, para vengar su hombría burlada. Hace dos horas el nivel del agua había llegado hasta las tomas eléctricas, donde había dejado un tostador y una plancha encendida. La energía liberada no las había matado, porque el volumen de agua permitió que la corriente se dispersara. Pero aún no despertaban del choque eléctrico, y flotaban amarradas a unas tripas de caucho, que a su vez estaban amarradas al centro del cuarto. Todas las paredes y la puerta habían sido cuidadosamente selladas y no se escapaba ni una gota de agua. En menos de treinta minutos el agua las tapará y Marlene le fallará a Sofía en su promesa de sacarlas a ambas con vida directo a una heladería.

Premisa 5

Se encontraban en la penúltima fase del rito. Doscientos hombres, mujeres y niños cantaban sus alabanzas, pidiendo purificar sus almas. Después de esto solo restaría tomar el cianuro y esperar la gloriosa ascensión hacia la Casa de las 7 Estrellas, donde los esperaría un coro de 12 vírgenes, encabezado por la siempre pura Doncella de la luz, que les haría saber con el sonido de su lira si habían obrado bien en vida y merecían la transfiguración en estrellas o si habían titubeado en su fe y merecían el destierro hacia el último agujero negro, donde habitaba el Anciano de las Tinieblas y donde escucharían para siempre el eco de su duda. Leticia se sentía ya en la Casa de las 7 Estrellas, pero le acorralaba la duda al mismo tiempo que el deseo de transfiguración. Los cinco años después de su conversión habían sido los mejores de su vida. Su pequeña hija, su señor amante y sus cuatro hermanas concubinas eran su familia. Temblaba de pensar que alguno de ellos dudara y el destino los separase. No quería beber el cianuro hasta estar segura, pero en un minuto pasaría el celador por su fila y no se iría hasta verlos muertos. Tampoco podía hablar con sus hermanas concubinas o su señor amante porque interrumpir el acto solo la condenaría a las Tinieblas. Algo debía de hacer antes de que la canción terminase. Algo debía hacer antes de que el cianuro los separase para siempre.

Premisa 6

Ahora esos cien mil dólares no le parecían tan buen negocio. No debió haberse ofrecido como conejillo de indias. Era un experimento idiota. Cómo pensó que podía sobrevivir a doce meses absolutamente solo en una estepa congelada sin volverse loco. Faltaba una semana para finalizar y se vislumbraba como un siglo. Aunque dormía casi veinte horas al día, las cuatro que duraba despierto parecían meses. Ya ni siquiera estaba seguro de que los científicos siguieran interesados en él. De seguro las cámaras se habían congelado y ellos lo daban por muerto. Y de cualquier forma, la base de observación estaba a 45 kilómetros de allí. Si algo le pasara, con ese clima, tardarían cinco horas en encontrarle. Y si tener doble personalidad era un indicio de locura, pues entonces el experimento había sido un éxito. Y si su otro yo estaba obsesionado con matarle mientras dormía, pues mejor aún. Esta mañana encontró una nota que le dejó su otro yo, explicándole el plan con el que le mataría al dormirse. Era infalible y horrendo. Acabaría con él después de una hora de sufrimiento. Si quería sobrevivir, debía pasar una semana sin pestañear. De solo pensarlo le atacaba el sueño.

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Nuevas noticias sobre “Un libro que nunca existió”

Nadia Blanco, seudónimo ad hoc para esta obra de Elena Dubois, nos dejó a inicios de 2016 Un libro que nunca existió, ejercicio literario y crítico que ha dividido a los lectores entre quienes lo consideran una estafa de la peor calaña y los que ven en este el cierre definitivo del ciclo del arte contemporáneo, al menos en su capítulo literario.

Autora y editorial (Aeter Librae), un sello creado también ad hoc para esta obra, como una división de Seix Barral, aseguran que el libro está compuesto por el borrador inconcluso de una novela transgenérica, donde confluye también la poesía y el ensayo histórico, en esta caso abordando la historia del arte contemporáneo con paralelismos a la historia de Jesucristo y Elvis Presley.

Nadia confiesa que planificar todo el proyecto le tomó cinco años, pero que el borrador lo escribió en dos noches, sobre la base de una “investigación mediocre” (según sus palabras) hecha en Wikipedia y portales para robar tareas escolares, en un par de fines de semanas.

El libro original fue impreso en edición de lujo de 420 páginas, estando las últimas 100 en blanco, como espacio para el resto del borrador. Una vez impreso, todo el material del libro se destruyó y se recicló antes de siquiera distribuirse a librerías, con lo cual se elaboró un libro en tapa rústica y edición de bolsillo de 320 páginas, y con el excedente se produjeron lotes de 100 hojas tamaño A4. Las 320 páginas del libro están en blanco, al igual que las otras 100, y el destino del papel se asignó al azar. Tanto en cada página del libro como en las hojas sueltas existe la misma posibilidad de haber tenido parte del borrador de la novela reciclado.

Los lotes de 100 hojas se donaron, bajo acuerdo de confidencialidad, a cientos de instituciones diferentes. Y para los libros se publicó una edición limitada y numerada de 50.000 copias, a 328 dólares cada una. Todas vienen firmadas por Nadia (a bolígrafo), junto con una declaración jurada de honestidad en los procesos descritos y un documento de originalidad.

A cuatro semanas de su salida oficial al mercado, después de un cuarto de año de marketing de intriga, se habían agotado las 50.000 copias. Hoy, dos años después, o cuando menos antes de ayer, cada copia se subasta (o subastaba) en un promedio de 1500 dólares. Puede que el precio esté ahora mismo en ascenso.

Y ya cuando los medios empezaban a aburrirse de este fenómeno, al que parecía imposible sacarle más tela para cortar, ha ocurrido lo impensable. Aeter Librae ha hecho un doble anuncio ayer. En dos meses saldrá al mercado la segunda parte del libro y en seis meses, bajo la nueva división de la empresa, Aeter Filmae, estrenarán la adaptación a cine de Un libro que nunca existió, con título todavía sin develar. Será una edición limitada a dos millones de espectadores, en solo 200 salas de cine en Estados Unidos, y 200 más distribuidas en el resto del mundo.

Las entradas ya pueden comprarse en su página web a 451 dólares cada una. Al momento de publicar este artículo ya se han vendido más de 30.000 entradas y el número crece cada hora.

El trailer está compuesto por una pantalla negra durante un minuto y cuarto, seguido de un letrero donde se lee: “Si esto es lo que esperabas de una adaptación fílmica de Un libro que nunca existió, entonces no tienes ni la menor idea”. Y lo terrible es que es verdad. No tenemos ni la menor idea pero estamos deseosos por saber, por entender y experimentar. Si a esto es a lo que le llaman arte contemporáneo, entonces por favor deme dos, y me los envuelve para llevar.

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Evangelio apócrifo del rock: We Will Rock You

Casi inmediatamente después de su lanzamiento, We Will Rock You, de Queen, escrita por Brian May, se volvió un himno, no solo del rock, sino un símbolo de la victoria. Antes de que su coro se escuchara a palmas y patadas en los partidos deportivos, se le llegó a escuchar en algunas protestas, donde los manifestantes se infectaban de sensación de poder sobre sus opresores y se llenaban de energía y voluntad para resistir el gas pimienta y los rolos quebrando los huesos de sus piernas. Aquel niño con lodo en la cara, esa gran desgracia que se volvió un anciano también lleno de mierda en el rostro, y que aun así no perdía la esperanza de hacer temblar a sus enemigos, de hacerlos rockear, tenía el poder de movilizar a las masas hasta el delirio colectivo.

Un año antes de su lanzamiento, Freddy Mercury y Brian May visitaban una fábrica de algodón en China, que esclavizaba a niños, mujeres, hombres y ancianos desnutridos, que trabajaban por migajas casi hasta su muerte. El sonido de fondo de aquella fábrica lo hemos escuchado todos más de una vez con los vellos erizados y la garganta incendiada por la fiebre de cantar. Es el mismo sonido que más tarde Mercury y May recrearían con patadas y palmas. El mismo sonido que nos ha inyectado vitalidad y furor en tantas ocasiones era el que derrumbaba la voluntad de vida de aquellos trabajadores.

Pero la visita de los astros del rock a esa fábrica no era azarosa. Sus dueños, poderosos hombres del comunismo chino, habían pagado cifras astronómicas para que Brian y Freddy se dieran un paseo, bajo estricto pacto de confidencialidad, por sus galpones hacinados de esclavos moribundos. Su misión: escribir una canción que sonara por el sistema de megafonía y que llenara de energía a sus trabajadores, para ahorrarse algo de los elevados costes por muerte y aumentar la productividad general.

Esa noche, en el hotel, la canción surgió sola con el eco del sonido de aquella fábrica retumbando en sus sienes. Un mes después, We Will Rock You era escuchada por primera vez por los oídos de los esclavos del algodón, que nada entendían de la letra, pero que aun así sentían su cuerpo arder de ganas de vivir. A los seis meses, la productividad había mejorado en un 20% y la mortandad había bajado casi un 40%.

Los magnates rojos nada pudieron hacer para evitar que la canción se colara en la producción de News of the World, un título que intentaba hablar, en clave, al igual que Frank, el robot de la portada del álbum, de lo que habían visto en China. Pero Mercury no tuvo el valor de firmar como autor y le dejó a May todo el mérito. Y tampoco pudieron hacer nada, los gigantes asiáticos, para evitar que se convirtiera en lo que se convirtió.

Dos años después, la canción dejaría de escucharse para siempre en los megáfonos de la fábrica y, tan solo un mes después, una revuelta sangrienta de los esclavos redujo toda la fábrica a cenizas. Murieron cientos en el proceso, y al menos un par de comunistas de élite. No hay forma de saber qué relación tuvo We Will Rock You con la revuelta obrera, pero resulta tentador adjudicarle ese poder a la obra, como forma de compensar este terrible capítulo de la historia del rock y así poder seguir dando patadas y palmas, sin complejo ni culpa, cada vez que nuestro equipo se prepare para salir al campo o el balón cruce la marca de gol.

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Palabra y carne

Él le escribió un relato sucio, obsceno, para encenderla, para enseñarle todo lo que era capaz de provocarle solo con las palabras. Y ella se encendió. Como nunca. Quería más, lo quería todo. Así que él le ofreció otro relato, más sucio, más salvaje, pero ella ya había tenido suficiente de sus palabras y lo quería a él. Deseaba, sin saberlo, todo lo que él no podía darle. Necesitaba introducirse muy hondo dentro de ella algo de lo que él carecía, algo sin lo que había nacido. A otros le habían asignado la máquina para penetrar carnes. A él solo le habían asignado la palabra. La palabra y el deseo.

Y él la deseaba sin control. Como nunca. Y quería más, mucho más, la quería toda. Pero deseaba justo lo que ella no podía darle. Necesitaba introducirse muy hondo dentro de él algo de lo que ella carecía, algo sin lo que había nacido. A otras le habían asignado la máquina para penetrar almas. A ella solo le habían asignado la carne. La carne y el deseo.

Así que lo desnudó, resignada, lúbrica; lamió las frisadas, vacías paredes de su hombría. Y él narró en voz alta, conformista, lascivo; la penetró con el aire cargado de sonidos. Invocó tótems y falos, cavernas y sombras, mientras ella desgarró y chupó, arañó y bailó. Por solo un segundo él logró ungir por completo las frisadas, vacías paredes del alma de ella, y ella le dibujó con palabras una carga seminal que le hinchó al punto de la explosión.

Y estallaron. Estallaron con el ímpetu de una deuda ancestral, él con el cuerpo, ella con el alma. El aire se calentó a límites radiactivos y las palabras se fundieron al sudor, a la carne, formando un caldo espeso, ácido, que ensució las sábanas y en el que se revolcaron, exhaustos. Sin darse cuenta, sus ojos se fueron cerrando y quedaron dormidos, llenos de sueños inquietos e indescifrables.

Despertaron con ardor en el pecho, ella, y en la garganta, él, se dedicaron una mirada esquiva, asustada y empezaron a vestirse, de espaldas, mientras el ardor se disipaba. Abandonaron la habitación como se abandona el cadáver de un bebé, de un hijo que de súbito ha muerto. Él pronto pudo reponerse lo mínimo para volver a las palabras, y ella, lo mínimo para volver a la carne. Pero ahora solo podía escribir relatos mortuorios y ella solo podía desinflamarse con hojillas las heridas y memoria del cuerpo.

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El buen nigeriano

Hola. Sé que no nos conocemos. He seleccionado su correo electrónico a través de un software pirateado que prueba múltiples direcciones por minuto, para detectar cuál son reales y activos. Soy consciente de que esos primeros datos te puede generar un gran alto nivel de desconfianza; pero así es como estoy de comprometido con la verdad. Lo segundo que puedo decirle para que veas que mi interés es ser 100% sincero es que soy nigeriano. Sí, lo sé. Después del pirata software, decir que soy nigeriano hace que las cosas no se vean del todo bien. Pero, ¿qué culpa tuve que haber nacido en un país que hoy en día se ha convertido en sinónimo de fraude? ¿Qué puede hacer un buen nigeriano como yo para ganarse la confianza de las buenas almas que aún permanecen en el mundo, a pesar de que sus esperanzas ya han sido destruidas por el engaño? Solo yo puedo saber quién soy y cuánto vale mi palabra. Tú no tienes ningún compromiso para creerme y lo sé, y lo defiendo además. Los buenos nigerianos, que hay y en cantidad, defendemos las dudas razonables como en otros países que luchan por la libertad y otros por la comida. Pero si ha llegado hasta acá, incluso si tiene el problema a merced de soportar el mal que resulta de la traducción mediocre que he hecho con los servicios de web automáticos, es porque tienes dudas, es porque, como todos los hombres y mujeres buenos de el mundo, Usted ha decidido tener fe de sostener el inminente colapso de la moral mundial. Esa moral que buenos hombres, nigerianos, alemanes, canadienses, o cualquiera que sea tu país (insisto, no sé cuál es su país o identidad, porque he elegido al azar), nos comprometemos con la reforma. Y si esta carta ha llegado a usted no es por coincidencia. Al menos no creo que existan coincidencias, que estoy seguro que no crees tú ni ningún hijo bueno de Dios. Todo es parte de un plan más grande. Un plan en el que han convocado a pocos, seleccionados para reforzar la moralidad, la fe, la fraternidad entre los países del mundo, y acabar con el hambre, la miseria y todo lo que nos socava, por dentro y fuera. Pero renovar la fe del mundo cuesta dinero. Y sí, ya sé, soy un nigeriano que pide dinero a anónimos en Internet a través del software pirateado; pero nunca pedí que crea en mí, ni tampoco le dado credenciales para alentar una imagen más creíble. Soy consciente de lo que produzco, de los miedos que mueve mi esencia, como el polvo seco sobre el desierto. Yo, de hecho, no quiero que me creas. Solo quiero un dinero de Usted, de su buen dinero, para este buen nigeriano, con ideas buenas para que el mundo se cambie, que no las puede contar todavía porque no está dado el tiempo para que esto sea contado. Si das el salto de la fe, ¿qué vas a recibir en cambio? No seré el que te diga lo que tú recibirás. Será usted el que lo disponga. Porque el que tiene un corazón de oro no puede recibir cortezas de pan con moho. Sea como fuere, el temor, la sospecha, la ligereza del prejuicio es perdonable, como es digno de elogio elevarse por encima de él, como un fénix, renovado con el deseo de creer en el otro. Así que no insisto más, ni me justifico más. Espero que este buen nigeriano haya despertado al buen hombre o mujer que seas y que tus bolsillos estén llenos tanto como lo que decidas dejar ir. En los adjuntos le dejo datos de mi cuenta bancaria y espero seguir conociéndote.

Con amor y deseos de cambios,

El buen nigeriano.

El otro cuento

este era un cuento que no era este, de modo que no es posible contar su historia por medio de esta, que solo trata de sí misma, como ocurre siempre, aun cuando en dicha historia se anuncie otra, o trate directamente sobre otra, como ocurre en esta, pero con la consciencia de que nada más se puede contar la propia historia en sí misma y la otra historia en la otra, de modo que solo queda referir a los lectores al otro cuento para que puedan conocer el desenlace del mismo, pues este apenas puede dar cuenta de su propio desenlace que, lamentablemente, por no tratarse de más que de un enlace intertextual, su incidente incitador y su clímax son, en simultáneo, la presentación del otro relato, y no tiene más vida que la vida del otro relato, muriendo, desvaneciéndose, en definitiva, cada vez que el otro cuento es terminado de leer, y respirando con desesperación y sofoco cuando el lector del otro aspira esas letras ajenas, sin poder controlar cuándo vive, cuándo revive, muere y vuelve a vivir, ni tampoco cuándo empieza o termina porque este era un cuento que no era este, de modo que no es posible contar su historia por medio de esta, que solo trata de sí misma, como ocurre siempre, aun cuando en dicha historia se anuncie otra, o trate directamente sobre otra, como ocurre en esta, pero con la consciencia de que nada más se puede contar la propia historia en sí misma y la otra historia en la otra, de modo que solo queda referir a los lectores al otro cuento para que puedan conocer el desenlace del mismo, pues este apenas puede dar cuenta de su propio desenlace que, lamentablemente, por no tratarse de más que de un enlace intertextual, su incidente incitador y su clímax son, en simultáneo, la presentación del otro relato, y no tiene más vida que la vida del otro relato, muriendo, desvaneciéndose, en definitiva, cada vez que el otro cuento es terminado de leer, y respirando con desesperación y sofoco cuando el lector del otro aspira esas letras ajenas, sin poder controlar cuándo vive, cuándo revive, muere y vuelve a vivir, ni tampoco cuándo empieza o termina porque este era un cuento que no era este, de modo que no es posible contar su historia por medio de esta, que solo trata sobre sí misma, como ocurre siempre, aun cuando en dicha historia se encierre otra, o

Toy Story 6. El hijo de Andy

El hijo de Andy sale de su cuarto, caminando y bien vestido, pues su padre le ha anunciado que es hora de comer. Una vez la habitación se queda sola, todos los juguetes de Andy Jr. siguen inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida: el set completo de ramas de árboles, la colección de piedras, las formas geométricas de madera balsa, la plastilina de receta casera y la caja con retazos de telas y cintas de colores.

Desde que Andy y Jenny, su esposa, realizaron aquel curso prenatal, decidieron que probarían el método Montessori, que educarían a su hijo en casa lejos del alienante sistema educativo público, y que su hijo solo tendría juguetes inestructurados. Cuando se reunían con sus viejos amigos, Andy y Jenny miraban con vergüenza ajena aquellas cestas de juguetes estructurados y mediatizados, desordenados en medio de la sala y las habitaciones. A todo el que tuviera un par de oídos para aguantar sus peroratas, le intentaban convencer de los riesgos de los juguetes antropomórficos para el desarrollo de una psique íntegra y saludable, y del riesgo aún mayor de tener una cantidad indiscriminada de juguetes, filtrada únicamente por las demandas de la industria del juego, que contaminaba la mente de los niños con publicidad invasiva y caricaturas soeces y promotoras de antivalores, que tarde o temprano terminarían acabando con la decendia cuidadana como alguna vez fue conocida.

Mientras tanto, Andy Jr. tomaba su cena sin chistar: dos rodajas de pan libre de gluten con un poco de mantequilla vegetal sin calorías, media toronja fresca y agua saborizada con hierbabuena recién cortada del huerto familiar. El chico hacía gala de unos modales de lujo, y sus padres no podían evitar mirarle con orgullo. Luego de la cena, vendría la sesión de juegos ligeros antes de dormir. Era miércoles, así que tocaba estimulación táctil con el set de texturas, estimulación intelectual con el ábaco hecho con pasta corta y estimulación musical y cultural con algunas canciones de cuna y poemas rítmicos africanos.

Ese día, Andy Jr. se atrevió a decir que le gustaría permanecer despierto diez minutos más si no resultaba muy molesto o inoportuno de acuerdo al juicio de sus padres, para quizás, con algo de suerte, poder escuchar, de boca de su madre, aquella canción de cuna francesa que era su favorita, y mucho mejor si le dejaban a él intentar tocar el bandoneón, aunque todavía no avanzara lo suficiente en el dominio del instrumento como para tener tal honor. Andy y Jenny le explicaron con voz suave y calma que ya había terminado la hora de juegos tranquilos, de modo que debía acostarse a dormir, pero aceptaron hacerle unas ligeras cosquillas en los pies para compensarle. Uno primero y la otra después abrazaron y besaron al niño, lo arroparon y abandonaron el cuarto mientras su hijo todavía permanecía con los ojos abiertos, muy abiertos. Una vez la habitación se quedó sola, Andy Jr. y todos sus juguetes permanecieron inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida.

Crimen predecible

Había sido el mayordomo. Otra vez. Tanto dudar del inversionista con ese fraudulento proyecto de empresa multinivel, de las gemelas de quince años que en realidad tenían veintitrés, del amante latino, profesor de salsa casino y homosexual a conveniencia, del abogado que había leído el testamento, incluso del gato y el mismo muerto, para que de nuevo fuera el mayordomo. Con una música clásica tan repetida como su argumento, inician los créditos de la película.

―¡Qué historia tan aburrida y predecible! Definitivamente, el género detectivesco ha muerto. Nos toman por idiotas conformistas, por imbéciles sin criterio ni pasión.

Pulsando el botón de apagado del control remoto, el Coronel Mostaza se levanta de su sillón. Todo queda oscuro a su alrededor, pero se mueve sin ningún problema dentro de la mansión. Se dirige a la cocina. Las manchas del candelabro que había dejado remojando en lejía han desaparecido. Lo limpia con un trapo, lo coloca sobre la gran mesa y sube a su habitación. Arropado y en pijama sobre su cama, cierra los ojos y sueña con dados, patrones en cuadrículas y pastiches sherlockianos publicados en mal papel.