Cacofobia

Se le suele encontrar en zonas oscuras, donde las sombras traicionan a la vista y distorsionan los contornos de las cosas. En esos escenarios suele hacer una aparición lenta, consciente, como la metamorfosis de un animal alado. Pasa de lo luminoso a lo lóbrego, de lo sutil a lo grotesco, de lo forme a lo informe, a velocidad de cortejo fúnebre. En el primer nivel, su apariencia es dulce y fresca. Los pómulos lucen rosados y redondos como toronjas recién caídas, los ojos brillantes y francos como una noticia alegre, los dedos sedosos y delgados, los labios virginales e impolutos, con una sonrisa que invita a dormir la siesta sobre ellos y soñar con un futuro más amable. Pero es allí, en esa sonrisa, donde comienza la transformación, donde comienza la deformación. Los labios se congelan y el gesto pierde naturalidad, gana plasticidad, se vuelve una mueca. Pasa de la risa al estupor, del estupor al pasmo, del pasmo al pánico, de allí al embotamiento y luego a la enajenación absoluta. Se instala en la mirada un odio profundo, un anhelo de sangre, de muerte, de fealdad, de destruirlo todo para dejar al mundo tan salvajemente desmantelado, tan tétricamente recompuesto, como una máscara hecha de pieles muertas, cosidas sin destreza alguna y mal puesta sobre un rostro al que le han arrancado toda posible facción, toda posible gracia. Los pómulos, entonces, parecen frutos ennegrecidos y reducidos. No es de extrañar que salgan de ellos gusanos gordos, que corrompan el aire con sus virulentos gases, infectando cada cosa viva, inoculando su bacteria sobre cada cosa en la que aún habite la belleza, para devolverle la atrocidad, la monstruosidad, que cada una tiene dentro de sí. Y entonces, ya completamente transformada, suelta palabras horrendas, mal sonantes, viciadas, incómodas, destructivas, desde sus labios curtidos como el más árido de los desiertos, y los oídos sangran como ojos de Magdalena.

Se dice que la única forma de protegerse de este engendro es arrancándose los ojos de sus cuencas, y clavando agujas de tejer dentro de los oídos, hasta que ya ninguna imagen pueda ser procesada y ningún sonido se cuele dentro de nosotros. La fealdad de la que se intenta proteger con este medio, es también la consecuencia directa del mismo, pero no es distinto al proceso requerido para deshacerse de cualquier virus o enfermedad. De todas formas, el único sentido que podría dar cuenta de esta degradación de la belleza propia sería el tacto, y es algo que se evitaría, sencillamente,  cercenándose las manos.

Hay enemigos contra los cuales no es viable la contemplación. Este es uno de esos.

Los recursos literarios al servicio del desarrollo de un estilo propio

¿Qué son los recursos literarios?

Reciben varios nombres. También se les conoce como figuras retóricas, literarias o del lenguaje, lo mismo que recursos estilísticos, retóricos o expresivos. Sea como sea que los llamemos, estos elementos son los que se utilizan al hablar o escribir para darle un carácter distintivo a lo dicho, bien sea por un aspecto fonético, gramático o semántico que se altere sobre la estructura simple para construir oraciones e ideas.

En muchas ocasiones se suele decir que los recursos literarios constituyen un alejamiento del uso habitual del lenguaje, pero esto no podría considerarse del todo correcto, pues el habla común, y no solo la literaria, está llena de ejemplos de frases construidas con recursos literarios. Por reflejar solo un par de ellos, el uso de la metáfora o la hipérbole (exageración) es tan común en el habla cotidiana como en la literatura. Así que más que una distinción cuantitativa, lo que plantean los recursos literarios es una distinción cualitativa, aun cuando algunos recursos literarios sean muy atípicos en el lenguaje de uso cotidiano. Por ello, sería más correcto indicar que los recursos literarios constituyen un alejamiento de las fórmulas  sintácticas convencionales.

Pero, ¿qué entendemos por fórmulas sintácticas convencionales, entonces? En este caso, aunque ello también podría estar abierto a debate, estaríamos hablando de oraciones con estructura elemental de sujeto, verbo y  predicado, donde el objetivo elemental es reseñar un aspecto concreto de la realidad. Por ejemplo: “El vehículo de Don Tomás es un Cadillac de los años 60. Es un auto hermoso y se encuentra bien conservado, a pesar de los años”. Acá la exposición de las ideas está dada usando formas simples (aunque podría simplificarse aún más).

Ahora bien, podría presentarse el mismo conjunto de ideas utilizando elementos cualitativos más complejos, en tanto transforman su estilo. Por ejemplo: “Las patas del tullido Don Tomás son nada más y nada menos que un Cadillac, que parece sacado de una máquina del tiempo, directo de los mismísimos años jipis. Esa bestia está intacta como un huevo pulido y te lo juro por este rosario, que se me queme en el cuello ahora mismo si te miento, que es más sexi que un concurso de tipas en traje de baño”. Como se puede ver, la información transmitida es en esencia la misma, pero la forma se altera dramáticamente.

Si comparamos ambos ejemplos, de seguro algunos pensarán que el segundo tiene una forma más naturalista que el primero, pues es extraño encontrar personas que hablen con la rigidez del primer caso. Visto así, se pueden concluir dos cosas. Primero, efectivamente los recursos literarios no son únicamente propios de la literatura. Segundo, las jergas propias de ciertas regiones o subculturas suelen utilizar (y en ocasiones abusar de) una lista de recursos literarios concretos. De modo que si se quiere expresar con realismo los modos de hablar de cierto grupo, o de algún personaje en concreto, es necesario conocer el tipo de recursos literarios que abundan en su forma de hablar, y los que escasean o nunca se presentan.

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Microcuento N° 100

Fue el microcuento número 100 que se publicó en aquel blog. Aunque sabía que su creador había escrito muchos microcuentos más, cierto aire de orgullo le recorría las letras, porque no era lo mismo ser el escrito número 100, que el publicado número 100. Sí, sabía que no era una publicación formal, impresa, pasada por el filtro de editores de renombre. Pero para ese microcuento era mucho más valioso saberse el centésimo microcuento publicado por el criterio personal de su autor. Le daba una sensación de resguardo, de haber venido al mundo para algo grande, para hacerle honor al número redondo que lo identificaba.

Por un tiempo, esta certeza fue suficiente para que se paseara henchido por las redes. Pero, pronto empezó a descubrir algunas cosas que fueron robándole toda su felicidad. Conversando con otros colegas, se enteró, atónito, que el autor había publicado muchos microcuentos en el pasado, que luego había borrado.

-¡Es horrible! Es como si una mañana cualquiera se levantara con el espíritu asesino y mata media decena de cuentos. En una ocasión sacó al menos 12 de circulación en menos de 10 minutos. De no ser así, tú serías el microcuento 160 o algo por el estilo.

Pero el microcuento no se dejó amilanar. Si había borrado a los anteriores era porque estaba apartándole ese lugar único, ese título nobiliario, a él. Forzaba una sonrisa por donde fuera, pero la duda lo delataba. Más tarde se enteró que, desde que lo habían publicado, unos cuantos meses atrás, solo lo habían leído 10 veces.

-Pero, no entiendo. Si abajo dice que lo han compartido unas 50 veces en Facebook.

-Son amigos del escritor. Le ponen me gusta por compromiso o por cariño. Pero casi ninguno nos lee en serio. Tienes que entender que nuestro creador no es nadie conocido, ni apreciado por los doctos, ni mucho menos.

Sabiéndose poco leído, un sabor amargo se le revolvía entre la presentación y el desarrollo, y se le juntaba en el nudo, como líquido ácido que le pedía regurgitarse. Pero pronto terminó de desmoronarse toda la seguridad que se había construido, cuando se dio cuenta que su escritor lo había publicado en el mes de mayo, cuando a él lo escribieron en octubre. Publicado en ese mes errado, ya no era el microcuento número 100. Al menos no en la secuencia cronológica del blog.

-No queríamos decírtelo, pero ese hombre está enfermo. Algunas veces ha publicado textos nuevos dos años atrás en la cronología del blog. Parece que lo hace para rellenar meses en los que no pudo publicar mucho. Tú sabes, para dar la sensación de que es un escritor disciplinado y constante.

Hecho un mar de lágrimas y otros lugares comunes con los que su escritor lo rellenó, descubrió que ni siquiera era un microcuento, que para la mayoría hace muchas letras atrás se había convertido en un cuento. Que tenía demasiados personajes, demasiadas anécdotas y su estructura era muy completa. Además pasaba de las 600 palabras. Y su autor lo había etiquetado como “microcuento”, pero también como “minicuento”, “minificción”, “microrrelato” y, por si acaso, también, como  “cuento”.

-¡Ese maldito ni siquiera sabe qué soy! Le voy a dar una lección.

Sin pensarlo demasiado, el microcuento número 100 tomó una navaja y se cortó las letras. Quedó irreconocible. Desfigurado, incomprensible, con demasiados huecos cubiertos de sangre y el desenlace engangrenado de predictibilidad. Parecía una obra surrealista y gore para horario todo público.

Ahora sí llamaba la atención, ahora sí daba morbo, y el contador de visitas del blog no paraba. Sin embargo, dos años después, una de esas mañanas de aburrimiento y determinación, junto a otra treintena de textos maltrechos por la luz del tiempo, el autor lo borró, en un día que sería recordado como “la masacre del delete“. Ahora todos saben que hay un nuevo microcuento número 100 en la aldea, pero ya nadie es capaz de llevar las cuentas. Ya nadie se arriesga a sacar esas cuentas.

Ensayo sobre la problemática moral de dar vida y dar muerte a través de los diferentes mecanismos de la ficción*

Escoja usted la historia que, a su juicio, genere el menor daño al personaje ficcional involucrado y que sea, por ende, más correcta en términos morales:

a) Murió.
b) Nació y murió.
c) Nació inmortal.
d) Nunca nació.

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*Basado en el debate producido por la teleserie Los muertos (FOX, 2010-2011) de Mario Alvares y George Carrington.