El amor en tiempos de plaza

“El viejo y los pájaros”, por Pierre Belhassen. Perteneciente a su álbum “Retratos”

Las palomas son las ratas del cielo. Representan una plaga para la mayoría de las ciudades modernas. Su excremento es altamente corrosivo, y lo dejan por doquier, sin ningún tipo de consideración. Son cobardes, egoístas y malolientes en solitario, lo mismo que cobardes, egoístas y malolientes en grupo. Son animales voraces, repulsivos  y destructivos que, en muchos lugares se busca exterminar de cientos de maneras, lamentablemente no muy efectivas. ¿Cómo es posible, entonces, que una persona sienta algún tipo de atracción por esta ave? Porque no estamos hablando de esas palomas blancas, que simbolizan la paz, con costumbres igual de burdas, pero un tanto más agradables al ojo. Estamos hablando de esas palomas gordas y toscas, gris pizarra, negro hollín y azul ajado, con plumas llenas de piojos, garrapatas y quién sabe cuántas otras cochinadas; que se adueñan de nuestras plazas y arruinan nuestro patrimonio arquitectónico. Hablamos, en concreto, de las ratas del cielo; ni más, ni menos.

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Esa otra parte

Frustración, por Gabriela Machado

Constantemente el mundo trata de taparnos los ojos. ¿Para qué? Hay cientos de razones y cada una entra en juego en el momento justo. Si la venda es colocada antes o durante un evento delicado, social o personalmente, puede que ello nos impida ver lo que de otra forma nos haría levantarnos en protestas o desacuerdos. Eso resulta conveniente para muchos de los que detentan el poder; ya sea un poder de masas o sobre pequeños grupos; digamos una familia o un trío de amigos. El desconocimiento es un arma poderosa. Un arma dañina y llena de conveniencias políticas. Aunque también se nos puede cegar para protegernos, temporal o indefinidamente, de algo que podría dañarnos, dada ciertas condiciones de vulnerabilidad, reales o supuestas, en quien es vendado.

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