Instrucciones para leer La continuidad de los parques

Ha de estar usted parado de manos, por lo cual es de entenderse que ha de inscribirse en clases de yoga al menos dos meses antes de la lectura del cuento. Una vez dominada la técnica y controlados los mareos producidos por la prolongación de la postura encima de un minuto, usted tendrá que colocarse en esa posición en un lugar al aire libre. Piense en algún parque municipal (que no tenga robles, por favor) al que asistan no demasiadas personas, pero tampoco lo contrario. Es importante que la cantidad de personas le permita a usted mantener la capacidad de respuesta en no más de dos segundos. Para ello debe haber tomado usted clases de aikido al menos durante los seis meses previos. Es necesario que pueda usted defenderse ante un imprevisto, y que tenga la posibilidad de desarmar a un eventual adversario, todo ello sin que medien más de un par de segundos. Elegido el parque y asumida la postura (suponiendo como es obvio que lo ha hecho usted durante la mañana; nunca en la tarde, aunque aceptable en la noche) puede usted empezar a leer. Al no ser conveniente los retardos en la lectura, debe usted haber superado al menos el cuarto nivel en el curso de lectura rápida más cercano de su localidad. Asumimos también que usted se ha entregado al celibato en los últimos cinco años y se ha encargado en este tiempo de cerrar cualquier posible trama pasional que quedase abierta para antes de tal cambio, y ha pedido perdón y recibido las disculpas de cuanta persona haya mantenido alguna rencilla con usted por menor que fuera, sobre todo en materia de exparejas sentimentales o sexuales. Si todo ha salido bien, usted podrá tener una lectura fresca y rápida, que le librará del compromiso intelectual de no haber leído tal texto, pero le librará, también, de los riesgos de muerte implícitos en leerlo o, cuando menos, de la paranoia persecutora.

Ahora bien, si durante su lectura acelerada, parado de manos en medio de un parque público no demasiado concurrido durante las horas de la mañana, nota usted que en la narración un asesino se acerca a un hombre que lee aceleradamente una historia, parado de manos en medio de un parque público no demasiado concurrido durante las horas de la mañana, no caiga en la trampa. Detenga la lectura, rompa el libro y no vuelva a leer una sola palabra en su vida. Es usted el protagonista de esta historia y no hay mucho más que pueda hacer para librarse de su destino.

Anuncios

The Knick: Reseña de la primera temporada

knick

El inicio

Un ruido sordo de fondo, el emblema de Cinemax y luego un largo negro. El sonido de fondo empieza a hacerse más inteligible. Parece tratarse de mujeres que hablan en algún idioma asiático. El cuadro negro cambia rápidamente y vemos unos zapatos blancos en primer plano, y desenfocado, en segundo plano, una mujer sentada con las piernas cruzadas y vestida con lo que parece una bata de seda. El escenario luce casi subterráneo, con paredes y columnas hechas con ladrillos artesanales, y una luz amarilla pálida, que en realidad solo logra enrojecer el ambiente, que carece de ventanas o contacto con el exterior, y que también cuenta con otros elementos rojos, como el sillón donde reposan los zapatos blancos, un par de bombillos, la pantalla de una lámpara, una sábana y el respaldar de una silla. Una fotografía en lento movimiento, que enseguida es firmada por las marcas de tiempo y espacio: “New York City. 1900”. La letra es grande, redondeada y parece no tener nada que ver estéticamente con el resto del panorama. Si no supiéramos que se trata de una obra de Steven Soderbergh, no nos costaría demasiado imaginarlo. El hombre que no comulga con los llamados “créditos posesorios”, sin embargo, sabe cómo dejar su rúbrica desde la primera imagen que llega a nuestros ojos, aunque en este caso se trate de una obra que entra primero por los oídos. Así empieza el primer capítulo de The Knick, la joya audiovisual de 10 capítulos que Soderbergh nos regaló, después de hacernos creer que se retiraría del sillón de director para siempre. Agradecemos que no haya cumplido su promesa y, mucho más, que la haya profanado por al menos una temporada más. Aquí se hablará de la primera temporada y de lo que ella nos dejó. Y no se preocupen que, a pesar de las descripciones aparentemente detalladas de escenas, nada acá podría considerarse spoiler.

Sigue leyendo

Agua*

Ella era agua fluida, cristalina, que me bañaba, que ponía en remojo mis pecados, cada vez mayores, a la espera de ablandarlos y poder arrancármelos. Era cuestión de tiempo antes de que pasara lo inevitable. Mis pecados la permearon. Entraron en ella haciéndola hervir, vaporizándola, para enseguida congelarle el alma y dejarla allí, inerte, como un hielo seco. Yo quise besarla, despedirme, liberarla de mí, pero no lo entendía. Mis labios quedaron fundidos a ella y nuestra casa se volvió un témpano.

_____________________

* Este microcuento fue creado para participar en el proyecto de escritura colectiva de una apreciada amiga escritora, Leticia de Juan Palomino, que realizó con motivo del primer aniversario de su blog. El proyecto se llamó Préstame tus palabras, y consistía en crear para ella un cuento de aproximadamente 80 palabras de tema libre, que ella luego se encargaría de fusionar con los cuentos de los otros participantes, sin poder cambiar ninguna palabra de esos textos. El resultado ha sido genial y el proceso de la creación del cuento final es delirante. Los invito a echarle un vistazo al genial blog que lleva Leticia y a conocer este proyecto tan divertido, que nos recuerda que la literatura siempre es mucho más que la suma de sus componentes.

Tabú

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

—¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

—¿Zangolotino? —pregunta Fabián azorado.

Y muere.

El ángel le corta una oreja y la guarda en una bolsa hermética. Saca un pañuelo de su bolsillo, limpia sus huellas en el cuerpo y la habitación y se larga volando.

Llega a casa de Samanta.

—¡Cuidado, Samanta! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra pipiolo.