Deus ex machina

En medio de la tierra sin nada, yacen entre vivos y muertos más de dos docenas de hombres, mujeres y niños, compuestos en su mayoría de huesos, que estiran como pueden una delgada piel color chocolate y una que otra color ciruela pasa. Los han dejado ahí, en lo que dos días atrás había sido una central de apoyo para los damnificados de la crecida de río que había acabado con su población, a poco más de 50 kilómetros de ahí, donde los zamuros se rifaban una carroña ya bastante abombada por los días y el agua. Los otros zamuros, los empresariales, se habían marchado con las provisiones, las medicinas, los alimentos, el teletón y el dinero. Los habían desahuciado. El más fuerte de los que estaban allí apenas tenía fuerzas para andar sobre sus rodillas. A algunos ya se le metían las moscas en los ojos y ponían sus larvas para criar una nueva generación de supervivientes, sobre la carne muerta, aún fresca.

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Esa jetica

–       Esa jetica que tú ves ahí -le dice el hombre mientras señala la pequeña boca roja con mordiscos nerviosos-, esa jetica roja y mordisqueada fue mía toda una noche… y parte de la mañana siguiente.

–       …

–       Ciertamente los caballeros no deberíamos tener memoria -continúa el hombre-, pero dime tú, con una jetota como ésa y un culito y una cuquita tan redonditas, ¿cómo hace uno para no irse de bruces y contárselo a todos? Dime, ¿tú acaso habías visto una jetita como ésa en tu vida, ah… o un culito tan paradito?

–       No -contesta el interlocutor un poco incómodo, evitando mirar-.

–       Pues, déjame decirte algo más. Ese culito y esa cuquita pasaron por la dura ley de éste aquella noche -dice el hombre mientras se toca con dramatismo el bulto bajo el cierre del pantalón-. Y sucedió en este orden: primero la jetica -dice mientras se roza el labio con añoranza enferma-, luego la jetica otra vez, si me entiendes lo que quiero decir -y se toca de nuevo el paquete bajo el pantalón-, luego mi lengua en esa cuquita demoníaca… no te imaginas qué sabor tenía… no puedes ni imaginarlo. Y por último les pasé la triple ley: primero cuquita, luego culito y terminé depositándole toda mi hombría en ese par de teticas duras como tenazas. Es que lo recuerdo y la bestia se me pone alerta como brújula. ¿No es para menos, no?

–       Sí, sí, claro -dijo el interlocutor para tratar de dar por finalizado el tema. Pero la verdad no lograba entender cómo alguien podía hacerle el amor a todas esas piezas anatómicas sueltas, como pollo desmembrado, que caminaban o rodaban juntas por la calle, hasta que en la esquina se despidieron de beso (o algo parecido) y tomaron rumbos alternativos-.

Microdecálogo del Microcuentista

1. No leas decálogos del cuento largo. Tendrías más éxito, incluso, con un decálogo del maestro de spinning.

2. Aprende a contar una historia con 10.000 palabras, luego con 1.000, más tarde con 100, luego con 10. Nunca al revés.

3. Grábate esto: Un cuento tiene inicio, desarrollo, nudo y final; tiene personajes, escenarios y anécdotas. Ahora olvídalo.

4. Relee todos tus grandes proyectos de cuento y novela desertados. Seguro pueden hacer el amor y concebir un microcuento.

5. Relee todos los cuentos y novelas que has escrito y amas. Borra aquí y allá hasta que sólo te queden 3 palabras. Sólo 3.

6. Cuenta hasta 10. ¿Lo notaste? Así es el microcuento. Es algo que se cuenta, pero no es cuento. Deja las comparaciones.

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¿Vale la pena simplificar nuestra ortografía? -Extractos-

Andrés Bello, en su ensayo Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América, nos da, aunque con una intención bastante reprochable (y esto es notorio desde el mismo título), todo un grueso de casos en los que la ortografía se complica sin necesidad, proponiendo para ello posibles soluciones, muchas de las cuales son normas inamovibles hoy en día (en América y España). Aún así, un gran número de sus propuestas más razonables han sido descartadas una y otra vez en cada edición de la Real Academia.

Más contemporáneo a nuestros días, Ángel Rosenblat ha opinado, con una visión menos absolutista y quizás por ello más realista, que el objetivo de la lengua escrita es acercarse lo más posible a la pronunciación. Él antepone (o en todo caso coloca en paralelo) un principio estético al que debe suprimirse la lengua escrita. Pero, ¿acaso la estética no se forja con la costumbre? Analicemos, pues, como primer punto de convergencia a la fonética. Ya el principio estético tendrá su momento de aparecer.Andrés Bello basa su simplificación en el principio sentado por Antonio de Nebrija sobre los sonidos de las letras. Según este último, cada letra debería tener un sonido característico y perfectamente distinguible, y cada uno de los sonidos del habla debería estar representado por una sola letra.

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