Murió Game of Thrones. Larga vida a Game of Thrones

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Desde que inició esta serie, o más concretamente desde que la empecé a ver, por allí cuando iba por su temporada 3, he querido escribir sobre ella en este blog. Pero siempre me he paralizado ante el vértigo de notar que ya todo estaba dicho, y además muy bien dicho, sobre cualquier punto de la serie: guion, actuación, producción, banda sonora, narratología, fenómeno cultural e incluso comparativas con otros productos televisivos y cinematográficos. Si algo ha caracterizado a Game of Thrones desde sus inicios es su capacidad para generar conversación social, desde la más humilde recomendación boca a boca, hasta los más elocuentes ensayos, pasando por los memes y la cultura spoiler más intensa de la televisión. Todos parecían querer tener algo que decir sobre la serie y, cuando no, algo que repetir o convalidar.

Cuando Ned Stark muere, ese a quien creíamos protagonista y protegido por el plot armor que ya conocíamos de toda la industria del cine y la televisión, los despistados que no habíamos leído el libro quedamos en shock y supimos que estábamos ante una serie completamente diferente. Antes de eso, nuestras pistas eran solo los diálogos inteligentes, el logro de convertir a un enano en uno de los mejores personajes, la crudeza, la política, el sexo, el incesto. Pero de eso ya teníamos un poco en productos televisivos previos. Salvo el enano y el incesto, ya todo eso lo habían ofrecido The Sopranos y The Wire antes, y además con puntos extras a favor que Game of Thrones jamás tendría por ubicarse en el contexto temporal y el estilo de ficción en que lo hacía. No en vano, David Benioff y Dan Weiss vendieron la serie a HBO como un The Sopranos en el medioevo.

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Luego, llegó la infame Boda Roja a trastocar todo lo que creíamos saber sobre ficción, sobre escritura de guion, y Game of Thrones terminó de convertirse en lo que estaba destinado a ser. Después de eso, cada vez era más difícil para la serie superarse, pero al menos en el territorio de las batallas lo lograban. Cada nueva batalla era más compleja, más épica, mejor producida y más larga. La subtrama de los White Walkers, floja al inicio, fue tomando cada vez más fuerza junto con el resto del componente fantástico de la serie. Las “esperadas” muertes “inesperadas”, en su mayoría, hacían justicia al legado, aunque no podían superar a la muerte de Rob y Catelyn Stark. Eso hasta que llegó el que yo considero el mejor capítulo de la serie: The Door.

La muerte de Hodor, al menos para mí, es la máxima muerte de toda la serie y de la historia de la televisión, no solo por el factor inesperado, que ya todos esperábamos de la serie, sino porque constituye la más rápida creación de empatía y conexión emocional que se ha gestado jamás y configura la profecía autocumplida más madura, inteligente y mejor plantada probablemente de toda la ficción (exageración que espero se me permita, a sabiendas de que no he consumido, ni de cerca, toda la ficción del mundo). Hodor siempre fue un personaje entrañable, pero no se trataba de un personaje ecoico en términos de empatía. Nunca sentimos dolor por su discapacidad, nunca esperamos conocer sus orígenes, nunca nos generaron demasiadas risas sus burlas ni nos pareció indispensable su permanencia como personaje. Si Hodor hubiera desaparecido antes de que Bran iniciara su viaje ni siquiera nos hubiera parecido extraño. Y si hubiese muerto en circunstancias más mundanas, le habría dolido solo a un puñado de personas.

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Sobre la base de eso, y con una secuencia que no supera los 5 minutos, consiguieron humanizar a un personaje, convertir su gesta en admirable, su dolor en ecoico, su valentía y fidelidad en ejemplo, todo ello mientras cerraban un relato circular que Borges hubiera querido escribir con la misma grandeza. Todos nos sorprendimos llorando (he visto centenas de reacciones en Internet y todas desembocan en llanto) y nos sorprendimos amando a Hodor y maravillándonos de una serie que pensábamos que no nos volvería a sorprender en ese nivel. Y, justo después de ese capítulo (descontando la batalla de los bastardos), no lo volvió a hacer jamás. Porque allí empezó su declive.

Sin nada más que mostrar, la serie empezó a repetirse. Y sin demasiados personajes restantes o tiempo para crear nuevos, los antiguos empezaron a ostentar el plot armor que creíamos que no se calzaría nadie en la serie. Ya no parecía tan fácil que los buenos murieran y los malos morían a cuentagotas para no quedarnos sin enemigos antes de tiempo. Los diálogos se tornaron sonsos y malas copias de sus días dorados, porque todo lo que se extiende lo suficiente en el tiempo es propenso a delatar sus fórmulas. Y es entonces cuando las inconsistencias de la serie empiezan a notarse. Inconsistencias que existieron desde el inicio, como la velocidad de los traslados espaciales a conveniencia del guion, pero que ahora se sentían más obvias porque no había una trama suprema haciendo que nos olvidáramos del resto. Y algunos de los viajes narrativos de personajes empezaron a dar giros porque sí y no porque tuviera sentido.

Muchos dicen que esto se debe a que los creadores de la serie se quedaron sin el contenido original de George R. R. Martin, pero yo soy menos optimista al respecto. O más cínico. Creo que finalizar una obra de esta envergadura haciendo justicia a las expectativas que ella misma ha creado es casi imposible. La decepción, en estos casos, es la norma. Cuando no se escalona el nivel de sorpresa, cuando no se administra correctamente el clímax y los ritmos de tensión y distensión, porque constantemente generas nuevos picos nunca antes experimentados, sin duda y con toda justicia, la gente esperará mucho más de lo que estás capacitado para dar. Y piénsenlo: ¿era razonable esperar que el final fuera otra boda roja, después de todo lo que la misma serie nos enseñó a esperar de ella misma? ¿Era posible la misma sorpresa, la misma conmoción?

Y en la misma línea podríamos preguntarnos: ¿era posible que los últimos diálogos políticos nos resultaran tan inteligentes como los mejores de cada etapa o personaje de la serie?, ¿era posible que no termináramos detectando el patrón con el que estaban construidos y no nos aburriéramos más de que no quebraran nuestras expectativas?

Desde este punto de vista, el error de los creadores (de serie y libros) fue darnos todo y quedarse sin nada tanto tiempo antes de poner el punto final. Con tanta antelación como para que nos preguntáramos “cuándo llegará Daenerys a Westeros”, “cuándo sabremos realmente qué son los White Walkers”, “cuándo dejarán de jugar este juego de tronos”. Y así, mientras el final se extendía y veíamos patrones en donde antes todo era sorpresa, y la narrativa se hacía obligatoriamente más plana porque había gastado sus mejores recursos ni bien empezando, comenzaron a sucederse los errores imperdonables, que sí podemos jugar a fantasear que George R. R. Martin no los hubiera cometido.

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La transgresión del viaje psicológico de los personajes como sustituto de la posibilidad de sorprender con algo más, los deus ex machina de primer semestre de escritura de guion porque el planting ya no es una opción cuando has quemado a tus personajes y los has acorralado en coreografías de las que ni tú sabes cómo sacarlos, el corte abrupto de una de las dos tramas centrales de la historia, sin explicar nada más… La lista de errores imperdonables es grande y la tentación de que no vengan de la pluma del creador original es mayor. Porque sino, ¿con qué nos quedaremos al final? Pero, de nuevo, yo soy más cínico, pues no olvido que buena parte de los admirados episodios de la sexta temporada también fueron susurrados, sin un libro de respaldo, y no son muchos los que se quejan de ellos. No se trata de que David y Dan no supieran tomar el dictado; sino de que el dictado no contaba con la calidad y el asentamiento que tiene una obra ya escrita.

Salvo que George haya hecho muy bien la tarea, y haya leído los cientos de foros de análisis de las últimas temporadas, y que se haga de un grupo de asesores de trama tan grande como el que se usa para escribir una serie, pero sumamente atípico para la escritura de libros, considero poco probable que el final canónico sea demasiado superior. O al menos que supere los mejores momentos de la serie. Porque el primer error lo cometió George al matar a Ned tan temprano, al estremecernos con una boda roja tan prematura, al gastar clímax como quien lanza billetes con una pistola, porque cree que no hay un mañana, porque confía demasiado en que la fuente de la que emanan es infinita. No en balde ha tardado tanto en terminar de escribir los libros. Si a eso no le podemos llamar bloqueo creativo, incluso pánico a crear, no sé entonces a qué le podemos poner tal calificativo.

¿Que George no será tan idiota para repetir los errores que ya cometieron David y Dan? Seguro. Pero eso es más suerte de George que culpa de David y Dan. De igual forma, a George le toca una tarea incluso más compleja que la original: cerrar la serie y con ello cerrar la herida que dejó en los que no consideran permisible un final menos que perfecto para la historia que cambió su forma de ver la ficción. Yo, en cambio, espero mucho menos. Me basta con un final que sea honesto y consecuente con el desarrollo de los personajes y que dé cierre a las dos tramas centrales. Si hay grandeza narrativa en ello, sería un agregado. Un agregado que no espero, pues en ese terreno ya ofreció mucho.

Pero volvamos al inicio de todo esto. Durante la mayor parte del desarrollo de la serie, parecía que ya todo estaba dicho sobre esta y desde todos los puntos de vista. Pero, de pronto, en la temporada anterior, y con más intensidad en esta, surgió un tema inédito para los analistas: el análisis del error. Una serie caracterizada por su madurez e inteligencia narrativa había dejado muy poco espacio para la cultura hater, para los recolectores de inconsistencias e incluso para los cazadores de vasos de Starbucks. Así que había una parte importantísima del debate que nos estábamos perdiendo, obnubilados por la grandeza del producto: ¿qué tanto hemos aprendido de narratología hasta la fecha como para aspirar a algo superior a lo que sea que nos ofrezca Game of Thrones? ¿Qué tan capacitados estamos para analizar lo brillante y lo opaco de esta serie en función de lo que ha logrado esta tercera edad de oro de la televisión y lo que todavía le falta por alcanzar?

Antes de que la serie comenzara su declive final, la pregunta que más escuchaba y leía era: ¿Cuál serie es mejor entre Game of Thrones y Braking Bad? Aunque desde el inicio hubo bandos definidos hacia una u otra serie, parecía que la respuesta final solo se podría obtener cuando terminara Game of Thrones. Y ahora, lo que se lee en el panorama es que Braking Bad quedó en el peldaño superior, por ser una serie impoluta de principio a fin, una que no defraudó expectativas y sorprendió gratamente hasta el capítulo final. Yo, personalmente, considero a Mad Men superior, pero ese es otro cuento.

Lo que sí es cierto es que, haya ganado o no Braking Bad esta batalla imaginaria y en cierto punto desequilibrada de comparar la calidad de dos estilos y géneros tan distintos, hay un mérito que solo tendrá Game of Thrones, al menos entre estos dos gigantes: el de subir la conversación colectiva, la crítica serial y cinematográfica al siguiente nivel. Porque la única razón por la que Braking Bad ganó esta carrera es porque Game of Thrones se partió la pierna en la recta final. De no haber sido así, de haberse cumplido la promesa, de haberse cerrado el presagio, Game of Thrones no solo hubiera terminado como la mejor serie hecha hasta la fecha sino que, al igual que Braking Bad, Mad Men y todas las obras maestras de la serialidad contemporánea, nos habrían dejado tan anonadados, tan mudos, con una sensación de inferioridad y vulnerabilidad tal, que no hubiéramos podido comprender cuánto hemos aprendido sobre cómo debe contarse una historia en los últimos años.

El debate y el diálogo reflexivo hubiera sido mínimo o inexistente, y de esa forma el próximo Game of Thrones se hubiese postergado demasiado; el siguiente juego por ver quién se queda con el trono de la mejor serie de televisión hubiera tardado muchísimo en encontrar otro rival de peso. En cambio, la semilla que dejó esta frustración colectiva de no ver satisfecha la necesidad de un producto serial del nivel prometido, crecerá rápidamente en la forma de nuevos aspirantes al trono televisivo, que se pelearán en una guerra más cruda y despiadada de lo que George, David y Dan jamás soñaron, y los espectadores tendremos mucho para admirar y, eventualmente, olvidar, para que la rueda de la ficción siga girando. Porque no todo está dicho y no todo está escrito.

Ha muerto el rey. ¡Qué viva el Rey!

 

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Todas las imágenes son propiedad de HBO, y aquí solo se utilizan con fin ilustrativo.

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Black Mirror: Bandersnatch. Una reseña / crítica interactiva

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Sí. La reseña también es interactiva. No solo la peli

Lo que sigue a continuación es producto de un mes de ociosidad y necesidad atrasada de escribir. Hace exactamente 30 días vi la película interactiva del universo de Black Mirror, “Bandersnatch”, estrenada el 28 de diciembre (una eternidad en los tiempos agitados que corre la televisión y la programación por streaming), y luego de varias horas de jugar a ser un minidiós de las decisiones dicotómicas, me introduce en un pequeño vórtice de Wikipedia y YouTube y descubrí que el programa que habían usado para escribir el guion de la serie se llamaba Twine y era de código abierto. Así que me lo descargué, empecé a jugar y, cuando me vine a dar cuenta, estaba escribiendo una reseña (o una crítica, nunca me terminé de decidir) interactiva sobre la película interactiva de la que todos están hablando.

Honestamente, hubiera querido publicar esto mucho antes, que ya sé que en este mes el tema ya se ha estado agotando (ya dije que la televisión vive tiempos agitados), pero es que no podía resistirme a dejar que nacieran más y más opciones en este juego interactivo que, en algún lugar, tiene algo de reseña, algo de crítica y algo de “Black Mirror: Bandersnatch”, pero sobre todo tiene muchos easter eggs, muchas trampas de osos, juegos y experimentos narrativos y un compilado de cultura pop serial y cinematográfica.

Quiero leer la reseña (o la crítica)

Entonces, si te animas y tienes ganas de leer algo diferente, lo único que tienes que hacer es clicar sobre el enlace a continuación. Sobra decir que te encontrarás con un mar de spoilers, pero doy por sentado que si continúas es porque ya viste la peli o no te interesan los spoilers. Y si, al final del recorrido (o donde decidas parar), sientes que te pasaste un buen rato, compártelo con tus amigos, déjame algún comentario o dale un “me gusta”, para ver si esto lo leen al menos tres personas. Así que, sin más preámbulos, los dejo con el enlace:

¡Vamos a la reseña interactiva!

 

“La La Land” y el porno con argumento

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Tenía bastante tiempo sin escribir una reseña de cine y creo que este artículo no va a hacerle ningún favor a esta limitada sección de mi blog, porque dudo que lo que salga de aquí pueda considerarse una reseña. Es más bien un ejercicio de compresión que la multinominada película me ha inspirado y que aprovecho para colar por aquí, ya que es un tema tan en boga ahora. Y advierto una cosa más. No voy a hablar bien de la película. Probablemente tampoco mal. Insisto, no es una reseña. Voy a hablar de cosas que no conozco con el afán catequista del que lo sabe todo con certeza. Hechas las aclaratorias, pasemos, penosamente, a lo que toca:

Nunca me han gustado los musicales. Y quizás esta sea una afirmación extraña para alguien que dice que Across the Universe (2007), de Julie Taymor, es una de sus películas favoritas de todos los tiempos, y South Park: Bigger, Longer and Uncut (1999), de Trey Parker, es de las películas animadas con temática adulta que más ha disfrutado. Seguro habrá quien lea esto y piense: “¿Qué rayos estoy leyendo? ¿Este tipo siquiera sabe algo de cine? ¿South Park y un drama con canciones de The Beatles son su único referente del vastísimo universo de los musicales?”. Pues, sí, esos son mis referentes. Podría agregar un par más, pero estoy seguro de que la lista no mejorará, ni mucho menos la impresión que pueda generar como cinéfilo con ella. Dejémoslo, entonces, en que no me gustan los musicales. No los entiendo, ni los aprecio. Quizás es falta de conocimiento sobre la historia de la música, quizás falta de conocimiento sobre la historia del cine, o las dos cosas juntas. Pero lo cierto es que el género no me pasa.

Y he intentado mucho y trato de poner mi mejor sonrisa de disposición y mi mente abierta para ello. Porque se supone que un cinéfilo (y a veces me da por calificarme como tal) debe apreciar todo lo apreciable de este arte, y se supone que este género no es la excepción. He intentado con algunos clásicos, con los contemporáneos, con la aburrida Dancer in the Dark (2000), de una Björk que no me dejó de gustar por eso, pero de un Lars Von Trier monotemático que sí; y hace pocas semanas lo intenté con Córki dancingu (2015), de Agnieszka Smoczynska, un musical polaco de “terror” sobre un par de sirenas antropófagas, que se supone una adaptación libre del clásico de Andersen. Según entiendo, ese musical kitsch y semierótico, creo que feminista, me debería haber gustado, porque posee todo el espíritu indie del buen cine de bajo presupuesto, toda la estética, todo el… todo lo que yo no vi. Tal como no lo he visto en prácticamente ningún otro musical.

Al respecto, recuerdo una entrevista que le hicieron a Meryl Streep sobre el musical del 2008, Mamma mia!, de Phyllida Lloyd. Allí le preguntaron qué la motivó a hacer el papel de Donna y dijo, parafraseando, que había llegado a una edad donde tenía que empezar a hacer películas que avergonzaran a sus hijos. Y claramente lo dijo en broma, pero no pude estar más de acuerdo, e incluso llegue a pensar: “¿será que en secreto todos piensan igual que yo, pero no se atreven a decirlo más allá del chiste, del acto fallido, no sea que le acusen de incultos, de no entender lo que en realidad nadie entiende?”.

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Porque ver este musical horrible con canciones de ABBA me da una sensación de pena ajena inmediata. Meryl Streep no es mi madre y aún así siento que me pone en vergüenza apenas abre la boca para cantar. Y lo mismo el resto del reparto. Porque mi problema con los musicales es que siempre me he sentido estúpido cuando los veo (como viendo la escena de la imagen superior). Como cuando se ve telebasura y sabes que es telebasura. Y miras al panelista del top show halándole los pelos a un miembro del público porque lo insultó y te sientes atrapado frente a la pantalla como un idiota, y no sabes por qué estás mirando eso, por qué no lo cambias. Alguien podría entrar al cuarto en ese momento. ¿Cómo le explicarías que estás viendo Laura en América? ¿No se supone que eres un intelectual, que lees buena literatura, que sabes algo sobre buena televisión, buen cine, buen teatro? ¿Entonces qué hacen esas gitanas borrachas mal maquilladas casándose en el medio de tu pantalla? ¿Qué hace Honey Boo Boo comiendo sirope y haciendo un berrinche en tu televisor? Pues, justo así me siento viendo un musical. Como mirando un video bochornoso de alguien, que se filtró en YouTube: culpable, con ganas de cerrar los ojos, cerrar la pestaña del navegador, y ahorrarle al pobre incauto y a mí la vergüenza de que una persona más en el mundo lo vea hacer el ridículo.

Pero con la telebasura o los videos virales de Internet la cosa es fácil. El hombre culto sabe que lo que está viendo es basura y se siente con todo el derecho de cerrar la pestaña de Chrome para no quedar con la sensación de que es un idiota. O de ver el video hasta el final y decir con desparpajo: “sigo siendo un docto, así que me deben perdonar ese, mi pequeño placer culposo”. Pero con el cine no es tan fácil. Sobre todo cuando el título viene de un director que ha ganado premios, que guiña toda clase de películas de la llamada era dorada de Hollywood, etc. ¿Qué se supone que debemos hacer allí cuando nos sentimos como el que mira a Wendy Sulca pedir cerveza? ¿Confesarlo y que nos miren con cara de “no sabes nada de cine; vete a ver Los Vengadores“? Después de todo, el arte contemporáneo se ha basado en estafas como estas, ya criticadas por muchos: “este papel arrugado y mojado con mi flujo vaginal es arte y si no lo aprecias es porque eres un ignorante”. Pero al final del día muchos terminan cayendo en la trampa y diciendo: “sí, sí; es una excelente obra; la transgresión del mensaje de la autora se respira y se vive en cada arruga del papel, como un grito al vacío en una alegoría a…”. Supongo que ya entendieron la idea.

Por eso me he sorprendido a mí mismo disfrutando Across the Universe. El montaje general de la obra es tan espectacular, el juego de fusión de lo diegético con lo extradiegético (que todo musical requiere) es tan honesto y limpio, la composición musical está tan bien llevada, que no solo no me siento avergonzado cuando empieza cada número musical, sino que lo espero con ansias. Supongo que eso es lo que sienten los amantes del género con cualquiera de los grandes musicales que yo no tolero. Espero realmente que sientan eso. Necesito creerlo con toda mi fe. De otra forma no podría entender cómo alguien es capaz de valorar positivamente algo que le haga sentir tonto y avergonzado, que se supone no fue diseñado para eso.

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Pero, basta de preámbulos. Qué tiene que ver La La Land (2016), la peli de Damien Chazelle de la que todos hablan y que todos premian, con la pornografía. Después de todo, por algo debo haber titulado así este artículo. En algún momento debería ponerme a hablar de ello. Así que nada mejor que ahora mismo. Como en la película de Chazelle (SPOILER ALERT: sombrea el texto para leer), retrocedamos a un punto cercano al inicio y hagamos de cuenta por unos segundos que no escribí nada de lo anterior (FIN DEL SPOILER ALERT), y así podemos entender los musicales desde una explicación menos básica que la del “me hacen sentir tonto”.

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El Oeste sensible de “Slow West”

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Slow West es el primer largometraje de John Maclean, quien asume el rol tanto de director como de guionista. Estrictamente hablando es un western en todo el sentido del género, y estrictamente no lo es. En cualquiera de los casos, el hermoso nombre de la obra ya nos da una pista de lo que encontraremos. Un oeste lento, medio melancólico, más limpio y depurado que el promedio, pero no por ello menos cruel que el oeste americano que nos ha mostrado el cine y la misma historia de este período.

La obra tiene como protagonista a Jay Cavendish (Kodi Smit-McPhee), un escocés de 17 años que viaja al Oeste de los Estados Unidos con el propósito de encontrar a Rose Ross (Caren Pistorius), la mujer que ama, una coterránea que tuvo que abandonar su país junto con su padre por problemas con la ley. Pero Jay no es el personaje habitual de un western. Se trata de un niño más bien ingenuo y frágil, con intereses artísticos y una sensibilidad humana impropia y peligrosa para la época.

Aunque la historia nos es contada por su compañero de viaje, el forajido Silas Selleck (Michael Fassbender), un representante bastante claro de lo que el Oeste americano es (silencioso, frío, letal, traicionero), los ojos a través de los que vemos la historia son los de Jay. Y ello se hace evidente desde la misma dirección de arte y fotografía. Con una selección de los planos cada cual más elocuente y elegante, los ojos de Jay nos permiten ver un oeste americano distinto: más iluminado, más florido, más paisajístico y lleno de pequeñas estelas de esperanzas.

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Las rutas salvajes de Jon Krakauer y Sean Penn

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Pocas veces el cine me ha golpeado tan duro como lo hizo con Into the Wild (Hacia rutas salvajes), de Sean Penn. Esta película, que narra la historia real de Chris McCandless, que narra su aventura recorriendo a pie, a kayak, a dedo, a pulso, la mitad de los Estados Unidos, para culminar con su travesía por la Senda de la Estampida en Alaska, es sencillamente una prueba de fuego para las emociones, para dejar expuesta nuestra vulnerabilidad por medio de la proyección y la empatía. A simple vista podría parecer una road movie más, pero aquí pesan más los interludios estáticos que el movimiento, pesan más la conversación, la lectura y el diálogo interno que la acción.

Así que sí, en efecto es una road movie, pero también es una cosa muy distinta, más profunda, más salvaje y más simple. Para terminar de descubrir qué es eso que distingue a esta historia de otras del género, es necesario adentrarse en el libro, el reportaje novelado de Jon Krakauer, que se encarga de pasar la lupa a cada pequeño detalle, permitiéndonos contestar todas las respuestas que deja abierta la película, o que pudo haber dejado la historia real.

Aquí trataré de hacer un pequeño análisis de ambas producciones, y convencerlos de que se acerquen a las dos si aún no lo han hecho. Por ello, trataré de mantener el asunto de los spoilers al mínimo.

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The Knick: Reseña de la primera temporada

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El inicio

Un ruido sordo de fondo, el emblema de Cinemax y luego un largo negro. El sonido de fondo empieza a hacerse más inteligible. Parece tratarse de mujeres que hablan en algún idioma asiático. El cuadro negro cambia rápidamente y vemos unos zapatos blancos en primer plano, y desenfocado, en segundo plano, una mujer sentada con las piernas cruzadas y vestida con lo que parece una bata de seda. El escenario luce casi subterráneo, con paredes y columnas hechas con ladrillos artesanales, y una luz amarilla pálida, que en realidad solo logra enrojecer el ambiente, que carece de ventanas o contacto con el exterior, y que también cuenta con otros elementos rojos, como el sillón donde reposan los zapatos blancos, un par de bombillos, la pantalla de una lámpara, una sábana y el respaldar de una silla. Una fotografía en lento movimiento, que enseguida es firmada por las marcas de tiempo y espacio: “New York City. 1900”. La letra es grande, redondeada y parece no tener nada que ver estéticamente con el resto del panorama. Si no supiéramos que se trata de una obra de Steven Soderbergh, no nos costaría demasiado imaginarlo. El hombre que no comulga con los llamados “créditos posesorios”, sin embargo, sabe cómo dejar su rúbrica desde la primera imagen que llega a nuestros ojos, aunque en este caso se trate de una obra que entra primero por los oídos. Así empieza el primer capítulo de The Knick, la joya audiovisual de 10 capítulos que Soderbergh nos regaló, después de hacernos creer que se retiraría del sillón de director para siempre. Agradecemos que no haya cumplido su promesa y, mucho más, que la haya profanado por al menos una temporada más. Aquí se hablará de la primera temporada y de lo que ella nos dejó. Y no se preocupen que, a pesar de las descripciones aparentemente detalladas de escenas, nada acá podría considerarse spoiler.

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La 3ª edad de oro de la televisión: Season Finale

No Copyright Infridment Intended. Copyright Disclaimer Under Section 107 of the Copyright Act 1976, allowance is made for “fair use” for purposes such as criticism, comment, news reporting, teaching, scholarship, and research.

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Esta semana ha llegado a su fin el MOOC “La 3ª edad de oro de la televisión”, organizado por la Universitat Pompeu Fabra y ofrecido a través de la plataforma Miriada X. Han sido 8 semanas de lujo, que nos han transmitido a sus participantes una experiencia no demasiado diferente a la de una buena serie de televisión de las de esta era dorada que vivimos desde unos 15 años atrás. Y tanto por sus similitudes con una buena serie, como por el simple placer de embarcarme en el juego interpretativo, haré una revisión de este curso como si de una serie se tratara, y así repasaremos sus elementos estructurales y de fondo, lo mismo que me permito practicar lo aprendido.

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Elizabeth Bishop y Lota: Unas flores cinematográficas raras

Flores Raras (o Reaching for the Moon, por su nombre en inglés) es la primera película de Bruno Barreto que veo, y también mi primer acercamiento a la poeta norteamericana Elizabeth Bishop, bastante oculta dentro de las traducciones oficiales al español, a pesar de ser un punto de inflexión entre la poesía moderna y el minimalismo. El film es una adaptación del libro Flores Raras e Banalíssimas de Carmen Lucía de Oliveira. En resumidísimas palabras podríamos decir que es una biopic de la poeta, pero con el ojo puesto sobre su relación de 16 años con la arquitecto Lota de Macedo Soares, como único punto de vista necesario para entender a ambas personas.

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Dexter: Revisión del Final y de la Serie Completa

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Muy bien, Dexter terminó. A diferencia de otros fanáticos de la serie, yo he estado esperando este momento desde hace un buen tiempo. Una de las cosas que más admiro en el negocio del entretenimiento es el que alguien sepa cuándo es el momento oportuno de retirarse y que lo haga con gracia. La tentación de sostener un producto solo porque resulta rentable, incluso cuando su calidad ha decaído, siempre es muy fuerte para los sujetos que toman las grandes decisiones en las cadenas de televisión. Por ello vemos tantas series que se caen a pedazos, pero el hecho de que sigan reventando los ratings las hace continuar sobre su propia miseria. Y ojo que no he dicho que este sea el caso de Dexter. Tampoco he dicho lo contrario. Por el momento estoy hablando generalidades. Pero empecemos a hablar de Dexter entonces.

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Super 8 -O la maldición de equivocarse de género-

Advertencia: Esta reseña de Super 8 puede ofrecer detalles de la trama, que quizás no quieras conocer si aún no ves la película.

En principio es teóricamente una película sobre alienígenas, pero está llevada de forma más similar a una película de monstruos. Y en términos concretos no es demasiado incorrecto. ¿Cómo definiríamos un libro de Lovecraft? ¿Cómo literatura sobre alienígenas? Técnicamente vienen de otros planetas, pero su comportamiento nada tiene que ver con el concepto de una peli de alienígenas, y en cambio sí con el de monstruos.

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