Sexo sucio a lo Walking Dead

Si en vez de Rick Grimes hubiera sido yo, mi yo de dieciocho o diecinueve años, máximo veinte, el que hubiera despertado en un hospital un mes y medio después del apocalipsis zombi, de seguro no hubiera sobrevivido las siguientes veinticuatro horas. Ni que decir que jamás habría llegado a Atlanta, a la prisión, a Terminus. Ni siquiera a la tienda de la esquina. Y no por lo obvio: no soy policía, ni tengo conocimientos en defensa personal o uso de armamento. También he sido un sujeto bastante apegado a la realidad, y amanecer en un mundo sucumbido por una epidemia zombi, el zombi de Hollywood, que no el haitiano, amanecer en medio de lo que parecería una fantasía gore me hubiera descolocado de tal forma, que la sensación de desrealización me hubiera devorado el cerebro más rápido que una horda de caminantes hambrientos (dejemos de llamarles zombis para respetar el canon). Todo eso sería, en definitiva, lo de menos.

En Trilogía sucia de la Habana, Pedro Juan le dice a una prostituta, de seguro Luisa, no lo recuerdo, que el sexo no es para personas escrupulosas, para personas higiénicas o demasiado prudentes. Y mientras le dice esto le mete tres dedos por el culo, llenándose de su mierda. Tampoco recuerdo si eso es lo que pasa, pero bien podría haber pasado. Y la mujer se corre y él se queda en el mueble, con la mano llena de heces, sin apremio por limpiarse, mientras espera que le den alguna lamida a su pene, lo más probable es que con mal aliento; con el aliento mezclado de otra docena de felaciones en sus dientes, sus encías, su lengua sin cepillar, sumadas a un almuerzo carnívoro y etílico, que espera con paciencia el tiempo de la descomposición natural.

La cosa es que yo nunca podría hacer algo siquiera parecido. Por eso jamás he logrado tener ninguna variante del sexo anal, a pesar de que la figura, en sus fórmulas más depuradas, despierta cierto morbo en mí, que viene a mezclarse sin demoras con la culpa y el recato. Por ello no solo no he tenido ninguna forma de sexo anal, sino que cualquier insinuación de que puede darse la posibilidad ha terminado por arrancarme la erección que había alcanzado, resultando bastante cuesta arriba volver a conseguirla, para completar al menos una transacción burda, similar al acto sexual, que no me deje tan mal parado.

Porque, si somos sinceros, y para llegar al punto, aceptaremos que sobrevivir a una invasión de caminantes es bastante parecido a sobrevivir al sexo sucio, al más sucio de los sexos sucios. Se necesita ser lo menos higiénico y pudoroso posible, perder todo impulso de limpieza, para tener al menos un poco de éxito: tomar el cuchillo y enterrárselo en el cráneo semideshecho al caminante, con tus manos ahora llenas de sangre coagulada, carne rancia, pedazos de hueso débil y, con suerte, algunos gusanos. Todo ello con la seguridad de que no tienes un baño cerca, jabón, gel antibacterial, lejía; y con la seguridad de que si lo tuvieras no se puede desperdiciar el tiempo en minucias, porque alguien ha soltado un disparo y es cuestión de tiempo antes de que el sonido atraiga a más caminantes, y todo el grupo se encuentre en un callejón sin salida. Entonces toca retrasar la satisfacción de la limpieza para mantener la de la supervivencia. Toca dejarse la mano embarrada de mierda mientras se espera recibir la felación.

Por ello, al levantarme en el hospital tras días enteros sin bañarme, en un escenario lleno de cuanta inmundicia pueda caber en un plano televisivo, la única voluntad que podría juntar para moverme sería la de buscar una regadera y regresar toda esa suciedad a su lugar, conseguir algo de ropa limpia y quedarme refugiado en algún lugar donde no lleguen los olores a muerte. Porque nadie habla de los olores de los caminantes. Ni de sus propios olores. O no lo hacen lo suficiente. Pero yo siento que puedo olerlos, cada segundo, incluso cuando pongo todo mi empeño en no hacerlo.

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