Un año tras las rejas -El Veredicto-

Hace apenas minutos que terminó el plazo para aceptar los microcuentos participantes en el juego/concurso que propuse para el aniversario de mi blog, que fue hace ya una semana. Y no puedo estar más emocionado y agradecido por los resultados. Cuando propuse esta actividad, hace dos semanas, no tenía demasiadas esperanzas de conseguir que las personas se motivaran a escribir. Mi sorpresa fue ver que 11 personas se atrevieron al reto, y en total se produjeron 17 microcuentos. Por ello, y por la calidad de los textos enviados, debo caer en el cliché (no sin cierta vergüenza) de todo jurado, y decir que realmente se me hizo difícil tomar mi decisión final. Porque no era sólo escoger los 5 que consideraba mejores, sino que además debía colocarlos en sus respectivas posiciones. La verdad es que incluso en un concurso como éste, al que yo mismo le he dado el calificativo de juego, quizás para quitarle un poco de la seriedad auto-investida que suelen tener los concursos, la presión de elegir es fuerte, aunque el placer que queda del acto, bien lo valga. Así pues, no me voy a extender de más con este asunto, y simplemente paso a los dos puntos que realmente importan: quiénes ganaron, y qué ganaron. Y aunque sé que les interesa más lo primero (o quizás por ello mismo), voy a empezar por lo segundo.

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Sincretismo

Muchos fueron los escépticos sobre la labor de Noé. Y era esa incredulidad generalizada la que aumentaba su fe, a la espera del diluvio que callaría todas las burlas. Pero ocurrió que al séptimo día la lluvia esperada no llegó.

Noé le imploró a Yavé que abriera los cielos y no lo expusiera al ridículo con los condenados, pero éste dormía a pierna suelta y no escuchaba sus ruegos. La ira de aquel día en que le hablara a Noé se había disipado y, en cambio, le había sobrevenido el sueño que se sucede con la resignación. Noé, entonces, tuvo que tomar el asunto en sus manos.

Desempolvó los viejos bailes tribales para agradar al dios de la lluvia, y éste le respondió regalándole un tardío aguacero. Pero, una vez dejó de bailar, el cielo también lo dejó de complacer. Fue así como Noé pasó 40 días y 40 noches bailando al dios de la lluvia, sacrificando animales para el dios del trueno, encendiendo velas para el dios del viento, elevando cánticos para el dios de los mares, hasta que el mundo entero quedó cubierto de agua.

Al bajar de la embarcación, sin embargo, Noé volvió a sentir el mismo temor de dios que le hizo quedar como el elegido de Yavé, y lloró lágrimas de arrepentimiento, que por fin hicieron que el dios dormido despertara de su letargo. Al ver el escenario postdiluviano, Yavé temió del poder de Noé, asumiendo que el viejo pastor había gestado la destrucción de su pueblo. Nunca sospechó de aquel acto de sincretismo, porque lo consideraba incapaz de tal herejía y, en cambio, se arrepintió de haber creado al hombre a su imagen y semejanza.

Ahora sabía de lo que eran capaces las manos de un simple obrero. Por ello, de su boca salieron las palabras que sellarían la alianza eterna con el hombre. Ya tendría oportunidad de que el olvido llegara y el ser humano se sintiera de nuevo impotente ante la supremacía de dios.

Doble Vida

Para complacer a los Grimm, Blancanieves se fue a vivir con los enanos, porque, además, así lo indicaba el contrato, y no tenía ella muchos ingresos con esto de trabajar de princesa en cuentos maravillosos, como para arriesgarlo en demandas. Pero es claro que a Blancanieves le tentaba más la cabaña contigua a la que habitaba, donde unos varoniles gigantes pasaban el día entero sin más que hacer que levantar pesas y rascarse la entrepierna. Eventualmente, Blancanieves aprovechó las horas de trabajo de los enanos para fugarse de casa e ir a espiar a los gigantes por largas horas y embelesarse con sus músculos tensándose y distendiéndose, en un ejercicio infinito de perfección corporal. Algún día logró capturar en el patio trasero una sudadera descartada seguramente por sus olores, y la llevó hasta un rincón oculto de su habitación, del cual la sacaba por las noches, para arroparse con ella, en febril fantasía. No pasó demasiado tiempo antes de que empezara a vivir una doble vida: los enanos entraban a sus minas y ella entraba a la habitación de cada gigante. Al final del día, corría despeinada y con el faldón arrugado, y se internaba en casa para limpiar, cocinar y dejar todo a punto para el regreso de los enanos, de modo que no sospecharan nada, ni ellos ni los Grimm. Pero los enanos veían su sonrisa de satisfacción y la picardía que habían tomado sus movimientos, y sabían que se debía a que uno de ellos había logrado conquistar sus afectos, aunque no podían descubrir el quién. Blancanieves también ignoraba, lo mismo que los Grimm, que semanas atrás los enanos llevaban una doble vida: ella los despedía en la puerta con las loncheras para el almuerzo en las minas, y ellos corrían al gimnasio, en febril determinación, para estar preparados para la noche en que ella al fin entrara a sus camas y les permitiera amarla.

Ómnico

El ladrido del ómnico ha perturbado el sueño de los támitlos durante generaciones. Los más aguzados cazadores de la población, famosos por domar y asesinar a las bestias más huidizas, inteligentes y agresivas, como el silverio o la dolomita, no han podido aún dar caza o siquiera avistamiento del primer ómnico. Y es que, de este animal, sólo se conoce su confuso ladrido, que tiene la propiedad de ser ubicuo y atemporal. Nunca se puede saber si se escucha el ladrido, si se le recuerda o se le presiente. Tampoco es posible saber si el sonido llega de oriente o poniente, de las profundidades de la tierra o del ancho espacio estelar, si te rodea o brota del pulmón de un támitlo o del hígado de un detelenio que pasaba por el pueblo en búsqueda de hilos dorados para su telar. De allí también que sostengan una guerra ancestral con los detelenios, aunque se trate de una guerra sin enfrentamiento u objetivo militar.

Dado el fracaso de los cazadores, los fonoaudiólogos támitlos han tenido que sustituirles en estas labores, utilizando sus estudios fonoeolográficos y espectrofonéticos de alto nivel, para determinar detalles cruciales que permitirán la captura del primer espécimen, y con ella las sucesivas, hasta acabar con la mortificación de la que es víctima el pueblo támitlo, y que le consume los nervios hasta el punto de que ya los recién nacidos llegan al mundo temblando lo mismo que un anciano o un fletinivta. Los fonoaudiólogos, por generaciones condenados a la pobreza de vivir en una población que renegaba del estudio de los sonidos, han pasado a gozar ahora de la holgura económica que antaño les pertenecía a los cazadores, muy reputados como ha de saberse, en una sociedad como ésta, rodeada de toda clase de bestias horrendas. Los cazadores resentidos aseguran que el ómnico no es más que una elucubrada falsificación creada por los fonoaudiólogos támitlos para robarles el trabajo. Pero irremediablemente, cada vez que sonaba el ladrido ubicuo de un ómnico, o se recordaba, o se presentía, los cazadores respiraban agitados, desorbitando sus ojos en todas direcciones, profundamente aterrorizados.

La desverosimilización de Guillermo Bustamante Zamudio

Los días 28 y 29 de octubre, el escritor colombiano Guillermo Bustamante Zamudio estuvo de visita en Venezuela, con una agenda microficcional: dictaría el Taller de Microficción, y participaría como Ponente en el I Encuentro de Microficción, ambos eventos realizados dentro del marco de la FILUC 2011. Yo estuve en ambas actividades y lo que sigue es mi impresión de ellas.

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El laboratorio de Ángela Hernández Núñez

A poco más de una semana de finalizado el taller de elaboración de cuentos dictado por Ángela Hernández Núñez en la FILUC 2011, todavía me queda el agradable sabor de boca de haber compartido una experiencia de creación narrativa con una escritora tan remarcable, y además una persona tan espectacular.  Ella tituló su taller “El Cuento: Laboratorio de Exploración y Libertad Creativa”. Y fíjense que ya aquí, desde el mismo punto de partida, tenemos una hermosa dualidad. Y es que todo esto de laboratorio nos remite a algo frío, calculado, rígido, un lugar donde se hace ciencia y técnica, donde se crean cosas pero de forma metódica y regulada. La otra parte de esta moneda está en el asunto de la exploración y la libertad creativa. Este otro conjunto nos lleva a escenarios diferentes, más cálidos, espontáneos, deslastrados, quizás más pasionales, lugares donde se hace arte y musa, donde la creación no tiene límites.

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