Moneda de cambio

Lectura dramatizada del cuento “Moneda de cambio”, perteneciente al libro “Manual de patologías” de Víctor Mosqueda Allegri, durante la presentación del mismo en la Feria Internacional del Libro UC (FILUC, 2015).

Actores: Juan Sebastián Ramos (Señor A), Eleazar “Kike” Márquez (Míster B).

* El video tiene fallas en la sincronización con el audio.

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La sirenita de Hollywood

La primera vez que me masturbé lo hice pensando en una fotografía de Marilyn Monroe en la que estaba recostada, desnuda, sobre una cama de diamantes. Lo único que cubría su desnudez era uno de esos diamantes por cada pezón y un puñado más sobre su sexo, que parecían acariciarla justo de la forma en que yo lo deseaba, con roces hechos de ángulos y frío, con la soberbia de intentar vestirla con el tacto, de adornarla con torpeza, de vendar con unos dedos que no sabrían dónde posarse un cuerpo que nació para la contemplación, una piel que es más escultura y marfil, más pulso y electricidad, más túnel y caverna que determinación de vida. Una blancura y unas pecas que son más burla de dioses que permiso para la herejía de creer que te pertenece por solo mirarla.

Todavía ahora, décadas después de aquel rito de iniciación lleno de humo y clarividencia, no logro olvidar a esa mujer, aunque ya no recuerde ni a la mitad de las amantes que compartieron cama conmigo, ni pueda evocar siquiera las curvas y las rectas, los fantasmas y las poleas en el cuerpo de mi primera esposa. No he logrado olvidar a Marilyn, ni a aquella experiencia sexual con ella, con la imagen de ella y el brillo de sus diamantes. Pasarían todavía décadas antes de que compartiera el lecho con la mujer real, la de carne y huesos, la de escamas y espinas. Imágenes de las que tampoco me he podido ni me pretendo olvidar.

Se podría decir que era demasiado joven como para entender a qué se debía el poder que ejercía, la hipnosis que articulaba esa mujer sobre mí y sobre cada uno de los hombres que la miraban. Yo había visto otras imágenes de mujeres desnudas, algunas de ellas tan hermosas como Marilyn, y quizás más. Pero no despertaban un interés que superase al de la curiosidad por lo desconocido. Apenas tenía ocho años. Tal vez era algo de la edad. Sin embargo, al ver su imagen en ese póster en una tienda de discos mi cuerpo no solo despertó, sino que comprendió, sin mediar explicaciones, todo lo que un hombre puede hacerle a una mujer, lo mismo que todo el daño que puede generar la adicción a su cuerpo, todas las batallas que se gestan por colonizar aquella tierra de nadie. Esa tarde, mientras me bañaba, me estrené en un acto que no sabía cómo nombrar, pero que entendía con tal transparencia, como si ella misma me lo hubiera procurado con sus manos mientras me recitaba las causas de mis sensaciones. Había sido un náufrago hasta ese día, cuando se hizo frente a mí el horizonte de una isla llena de promesas de bonanza y amenazas de muerte. Había llegado a casa.

Pero hoy, después de haber vivido mi propia aventura con Marilyn tantos años atrás, después de madurar lo que pasó allí, lo tengo todo claro. Tres décadas de esa certeza y hasta ahora es que me atrevo a decirlo: Marilyn Monroe fue una sirena.

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La culta dama (antología 1495 – 2295)

1495

Le pregunté a la culta dama si sabía de los descubrimientos de Colón sobre la redondez de la Tierra.
-Ah, es fascinante -me respondió- al menos para los que no estamos del lado pegado al piso.

1659

Le pregunté a la culta dama si conocía la obra de Diego Velázquez donde retrata a la infanta con sus meninas.
-Ah, es una genialidad -me respondió- sueño con conocer el rostro de su autor.

1715

Le pregunté a la culta dama si sabía del Tratado de paz de Utrecht y Rastatt.
-Ah, es reconfortante -me respondió- esos dos ya tenían mucho tiempo sin hablarse.

1959

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
-Ah, es una delicia -me respondió- ya estoy leyéndolo.

2015

Le pregunté a la culta dama si sabía del Asperger de Lionel Messi.
-Ah, es emocionante -me respondió- nadie más que él merecía un premio de ese nivel.

2295

Le pregunté a la culta dama si sabía de la sextape del Presidente de la Galaxia.
-Ah, es una gozada -me respondió- sobre todo cuando introduce su tercer pene en el apéndice móvil del tergomonita.

Y esta vez sí tenía razón.