Problemas con el alcohol

El hipódromo estaba a reventar. Los arqueros apuntaban sus flechas envenenadas contra los centauros para evitar cualquier huida. Un hombre en la tribuna mira su vaso de whisky, mira a los centauros, mira su vaso, y finalmente lo aparta de sí, con repudio. Teme haber perdido la cabeza. Se promete no beber más. Ni una gota. El alcohol todo lo distorsiona. Había escogido al centauro más flaco.

Marcas en la piel

I

La batalla ancestral de los náhuatl y los purépechas de Querétaro es una batalla de la lengua. Todos saben que la lengua náhuatl es la del don creador, y la purépecha la del don de persistencia. Creadores como son, los náhuatl no tienen consciencia del tiempo y la permanencia de las cosas. La lengua náhuatl, que todo lo sostiene, no es capaz de sostener lo que crea una vez lo ha creado. Es por ello que los mismos náhuatl han creado a los purépechas, para que su palabra sostenga la creación que sus monemas aglutinados hacen emerger. Pero, una vez más, ya creados los purépechas, la lengua náhuatl nada puede hacer para controlar la única creación autosostenible. Mientras los náhuatl desean el fin de la vida como la conocemos, pues su instinto los empuja a la creación continua, y para ello es necesaria la finitud de las cosas, los purépechas se han acostumbrado a la vida, y saben que si su palabra deja de sostener el universo un solo instante, ellos morirán y nada garantiza que vuelvan a ser creados.

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Dos de la mañana

Eran ya pasadas las dos de la mañana. Reptó en silencio, como una salamandra ciega, por las escaleras de incendio, hasta el último piso. Conforme subía más alto, se alejaba de la última fuente de luz —la coctelera encendida y muda de una ambulancia estacionada en la esquina— y ya solo le guiaba su instinto. Ya había pasado el cuarto piso y no se preocupaba demasiado por guardar silencio absoluto. Desde el tercer piso hasta el séptimo, todos los apartamentos habían sido abandonados por sus propietarios: orden de desalojo dictada por el departamento de bomberos. Seguro querían prevenir una futura tragedia, pero eran demasiado imbéciles o insensibles para preocuparse de los inquilinos de los dos primeros pisos. A él le daba igual. Entraría en ese apartamento para morir.

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Drosera Mongoloe

Planta carnívora proveniente del sur de Mongolia y el Norte de China, adaptación invasiva de la Drosera Capensis, propia de Suráfrica. Como la capensis, las hojas de la mongoloe, a modo de tentáculos, están recubiertas de vellos con mucílago, cuya función es mantener adheridos los insectos, mientras la hoja le envuelve y las enzimas le digieren. Es la drosera de acción más rápida, pues puede envolver a un insecto en un promedio de 2 a 5 minutos, y la primera fase del proceso de digestión (de tres en total) se completa en 10 minutos más. Es por ello, también, la más prolija. Puede atrapar hasta media docena de insectos por día, procesándolos por completo, por cada tentáculo, y suele tener hasta 40 de ellos, aunque el promedio sea de 30.

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Juanita Reverón

Cuando Reverón fue enviado al manicomio por última vez y para siempre, Juanita rápidamente murió de tristeza, dicen los cronistas. Murió ahogada por la espuma blanca, prístina y cegadora, de un oleaje de recuerdos; murió aplastada por la oscuridad de El Castillete, donde la luz había decidido partir junto con Reverón para no volver; murió de silencio y melancolía. Murió de cordura y abandono; porque incluso el último de los Panchos decidió marcharse, sin ánimos de mirar atrás. Tomó una maletita de cuero, y metió allí algunos de sus cachivaches y medio racimo de cambures. Se marchó a la selva que rodea las playas de Macuto, para alfabetizar a los monos que se encontrara en su camino, y enseñarles a usar, también, tenedores, corbatines y sombreros. Con el último Pancho y la luz, también se fueron las visitas. Juanita se quedó sola en un rancho laberíntico lleno de muñecas; en un harem de concubinas enamoradas, sin su señor. Pero también las muñecas empezaron a marcharse poco a poco. Cada noche, Juanita contaba a sus compañeras y a la mañana siguiente una hacía falta. Algunas aparentemente lograban escapar ilesas. Pero a otras las encontró a medio camino de huida. Una despeñada por el desfiladero delante del rancho, siendo devorada por los cangrejos de la playa. Otra, destazada en los bordes de la selva, quizás por un cunaguaro o algún felino mayor. Una última destripada por zamuros daltónicos, que no hacían diferencia entre trapo sucio y carne humana.

Pero todo acabó cuando se terminaron de marchar los pájaros. En la malla del patio, no quedaban ni los piojos de algún pajarito de papel. Sólo entonces, la luz terminó de abandonar cada espacio respirable, y las tinieblas inundaron El Castillete. Juanita tuvo que aprender a caminar a tientas, a vivir a tientas, como un ciego, como un lúcido, incluso a plena luz del abrasador sol de la costa. No era posible ver un solo color en kilómetros de paisaje; ni amarillo, ni verde, ni naranja, ni azul… ni mucho menos blanco.

Juanita entonces abrió el baúl de Armando y sacó sus ropas. Cosió y descosió a ciegas y los arremendó a su medida. Se puso la ropa raída encima y se subió a un cocotero. Despeinó docenas de cocos y con sus pelos se hizo una barba poblada, con la que adornó la mitad de su cara y se hizo también un vello corto y rizado que rellenó buena parte de su pecho y abdomen. Cambió el color de su piel con los patuques blancos de Armando. Buscó los pinceles, las telas, el atril, se sacó la camisa, se ató un mecate fuertemente a la cintura, tan fuerte que cortaba la respiración y las ideas, y comenzó a pintar. Poco a poco Juanita se fue diluyendo de El Castillete, y la luz comenzó su lento regreso. Con Armando Reverón una vez más en su rancho trabajando todo el día, un nuevo Pancho se presentó para el oficio de portero, las muñecas regresaron del más allá, por medio de ritos espeluznantes que la misma noche realizó, los pájaros volvieron, esta vez con esposas e hijos, y las visitas comenzaron a tocar a la puerta esperanzadas de ver al maestro.

Mientras tanto, en la celda de un psiquiátrico, moría rápidamente Juanita Mota, de tristeza, de soledad, de oscuridad y de cordura. Armando, en su rancho, la dibujaba día y noche, con el recuerdo fijo en una obsesión, tratando de traerla de regreso, y con ella, al resto de la luz.