Los 400 golpes

Solo hay una cosa que duele más que una patada en las bolas: dos patadas en las bolas. Después de dos patadas en las bolas, todas las demás duelen igual. Pero al parecer nadie les explicó eso a mis torturadores y se la pasaron toda una noche pateándomelas. Dejé de contarlas cuando pasaron la barrera de las cuatrocientas. Pero con cada una gritaba y lloraba más fuerte para que ellos creyeran que estaban haciendo su trabajo bien, que si insistían un poco más quizás conseguirían lo que buscaban, que mejor no intentar otro medio de tortura porque este parecía bastante eficiente. Pero nunca les decía lo que querían. Así llegaron a la conclusión de que era intorturable y yo terminé preñando una de las botas del militar. Ahora vivimos juntos en un chalet apartado de todo y cuando cae el sol, y nuestro bebé finalmente se duerme, nos pateamos con vigor y lujuria, para recordar la noche en que todo empezó.

Cumpleaños

Nació muerta. Y tardaron un año en darse cuenta. Cuando el día de su cumpleaños, entre los aplausos, las canciones y los regalos, cayó tendida sobre la torta, y las moscas y gusanos que siempre la acompañaban se desparramaron por toda la mesa, tuvieron que aceptar la realidad: quizás no era sensato aspirar a que su pequeña hija llegara a su segundo año, su primer día de clases, su primera comunión.

Quizás tampoco llegaría a ser una gimnasta olímpica, ni aprendería a tocar el piano como su abuela. Dejándose llevar por la impresión del momento, hasta dudaban de que conociera al hermanito que le querían regalar en unos cuantos meses, si los tratamientos de fertilidad terminaban de dar sus frutos.

Pero, fuera como fuera, lo intentarían con todas sus fuerzas. Y alimentados por el espíritu de esa minúscula esperanza, tan minúscula como su hija que nunca creció, la levantaron, limpiaron su carita morada de crema de torta y siguieron cantándole cumpleaños. Ellos sabían que en el fondo su bebita sonreía. Y cómo sonreía.

Preámbulo a las nuevas instrucciones para darle cuerda a un reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño cielo inocuo, uno de esos de paisajes en acuarela y qué triste que no sabías pintar mejor, ni tampoco elegir mejor los regalos, porque ya nadie usa relojes de pulsera porque para eso están los teléfonos inteligentes, y qué inteligente es sacarlos del bolsillo cada vez que necesitamos ver la hora y así de una vez se revisan las notificaciones de las redes sociales, la comparativa del costo de la batata a nivel mundial y la letra de esa canción que se te pegó desde que te levantaste en la mañana. Cuando te regalan, en cambio, un reloj incorporado a un teléfono inteligente, no te regalan solamente ese monolito cromado que suelta chispas y luces de colores para que te lo combines con los pantalones y la ropa interior. Te regalan (no lo saben, lo terrible es que no lo saben, que siguen sin saberlo a pesar de las pistas y los duelos) un apéndice artificial de ti mismo, un exoesqueleto que termina enquistándose en la piel y ya no hay forma de saber quién es quién, cuál es cuál, qué es qué. No hay forma de saber quién pasea y quién es paseado, cuál es el artefacto y cuál el usuario, qué suena de fondo, su risa o su timbre. Te regalan la obsesión de llevar un cargador a todas partes, de pegarte a cualquier enchufe como una rémora a una ballena, para que permanezca encendido, para que no deje de ser un reloj incorporado a un teléfono inteligente; te regalan la obsesión de comparar tu aplicación para presentar la hora con la de tus amigos, la de las celebridades, la de los especialistas en YouTube. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa, de salir de casa sin él, de quedarte sin señal, sin batería, sin conexión a Internet, de que se desconfigure, se moje, se dañe o se te olvide en un baño público. Te regalan su marca, y la seguridad de que es la mejor marca en el ránking de la semana; te regalan la tendencia de comparar tu reloj incrustado en un teléfono inteligente con los demás relojes incrustados en teléfonos inteligentes, y el pánico de que surja algo mejor, algo diferente, algo nuevo; el terror de que se haga obsoleto, como esas viejas instrucciones para darle cuerda a un reloj, de Cortázar, como lo serán dentro de dos días estas nuevas instrucciones. Aunque hay algo en lo que parece que el tiempo no ha avanzado, en lo que parece que alguien olvidó darle cuerda. Y es que cuando te regalan un reloj dentro de un teléfono inteligente, no te regalan un reloj dentro de un teléfono inteligente; tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj, de la calculadora, de la agenda, de la cámara fotográfica, la linterna, el termómetro, el escáner, el procesador de textos, el chat, los archivos del FBI y la CIA. Eres tú la virgen ofrecida en sacrificio para el cumpleaños del teléfono inteligente, si es que tiene la suerte de completar su primer año de vida.

Todo sobre citas textuales, paráfrasis y plagio

Hace un tiempo ya, en este mismo blog, expresé mi opinión sobre lo que suelo llamar el chip del copy/paste. En ese artículo me pronuncio en contra del vicio de usar contenido ajeno sin darle la debida reseña o pedir autorización. Pero se suele decir que quejarse sirve de poco si no se ofrecen alternativas para resolver el problema. Y dado que considero que gran parte de este problema guarda relación con la poca (o nula) instrucción que recibimos en colegios y universidades sobre el valor de citar bien, y la metodología para hacerlo, consideré oportuno crear este artículo, adaptando un material que suelo entregarle a los estudiantes a los que asesoro en sus trabajos de grado.

En este artículo resumo las reglas para elaborar un correcto sistema de citas en solo 10 puntos. Así que podemos verlo como un decálogo del respeto a los derechos de autor. Al menos en lo que refiere a textos académicos, que es sobre lo que está centrado el artículo. Quizás en otra oportunidad hablaré de las implicaciones de este tema en la literatura y otras disciplinas. Así que si estás enfrentándote a la elaboración de un trabajo académico (tesis, monografía, ensayo, informe, etc.) o estás próximo a enfrentarte a este monstruo, continúa la lectura, que no solo conocerás las 10 reglas para un correcto citado, sino que también encontrarás unos ejemplos bien específicos, para que puedas distinguir una cita textual de una paráfrasis, y cualquiera de estas dos de un texto propio o un plagio.

Y si hay algo que dejé por fuera y te sigue generando dudas, puedes usar la sección de los comentarios para preguntarme. Por lo pronto, pasemos a lo que nos interesa.

10 reglas para el correcto citado

1. Lo que se debe citar

Todo lo que haya escrito alguien antes que ustedes (incluso lo que ustedes mismos hayan escrito con anterioridad), y que deseen incorporar a un trabajo académico, de forma textual, debe colocarse como cita. 

2. Exponer claramente los datos del autor citado

Para que una cita se considere como tal, debe quedarle claro al lector cuáles son las palabras exactas que dijo el sujeto citado, además de su nombre, el año en que lo dijo y, si aplica, en qué páginas o secciones del texto citado lo dijo.

Al menos en APA, para citas de 40 palabras o menos encerramos el texto entre comillas. Para citas de más de 40 palabras lo colocamos en un párrafo aparte, con un margen especial y sin comillas. En toda cita de 15 palabras o más debemos agregar la o las páginas en que aparece el texto o, en su defecto, el número de párrafo o la sección a la que pertenece. 

3. Lo que se considera paráfrasis

Una forma alternativa de darle crédito al contenido intelectual de un autor es a través de la paráfrasis. Esta implica que se tome como base el texto de un autor, para reordenarlo o volverlo a redactar, a conveniencia de quien hace la paráfrasis.

Para que se considere una paráfrasis, debe incorporarse, en algún punto de la misma, el apellido del autor y el año en que escribió el texto que sirvió de base para la paráfrasis. Esos serían los datos mínimos.

4. Lo que se considera plagio

Todo lo que no se cite de acuerdo a las reglas anteriores se considera plagio, incluso cuando proviene de un error y no del interés de plagiar. También se considera plagio si se realiza esta acción con un texto propio (se le suele denominar autoplagio).

Sigue leyendo

Mi hija mordió un libro de Coelho

⸺Mi hija mordió un libro de Coelho. ¿Debería preocuparme?
⸺¿Cómo dices?
⸺Coño, que mi hija mordió un libro de Coelho y ahora estoy cagado. No sé si le pueda dar una infección o algo así.
⸺¿Y qué demonios hacía tu hija con un libro de Coelho?
⸺…
⸺¿Dónde lo consiguió?
⸺En nuestra biblioteca.
⸺¿Cómo? ¿Y desde cuándo tú tienes un libro de Coelho en tu biblioteca?
⸺La verdad es que no lo sé. Siempre ha sido un misterio.
⸺¿De qué hablas?
⸺No sé. Simplemente un día apareció y ni yo ni Helena sabemos quién lo pudo haber dejado allí.
⸺…
⸺Creemos que fue una broma de alguien del colectivo de literatura.
⸺Y… ¿por qué no botaste esa mierda apenas la viste?
⸺No sé. Bueno… es un libro. Los libros no se botan.
⸺Eso no es un libro. ¿Acaso tú eres inepto? No parecen cosas tuyas.
⸺Bueno, es que no me nace botar nada que se parezca a un libro. Tú has visto mi biblioteca. Allí tengo hasta unos volúmenes sueltos de una enciclopedia de mi abuela, que están todos marrones, secos y comidos.
⸺Coño, chico, pero eso es otra cosa muy distinta.
⸺Y también tengo una serie de folletines que publicó ya ni me acuerdo qué periódico, y los tengo todos remendados con tirro, de lo mala que era la edición. Ya ni me atrevería a leerlos y aun así no los boto.
⸺Deja de cambiarme el tema. Tú sabes que debiste haber botado ese libro hace mucho tiempo.
⸺Sí. Pero Helena y yo lo dejamos en la biblioteca al principio porque nos tomamos la cosa como un chiste. Queríamos averiguar quién lo había dejado. Era como un juego de detectives. Cuando venían los amigos a la casa, les hacíamos ciertas preguntas camufladas, a ver si alguno se delataba. Y nada. El misterio seguía sin resolverse. Una vez, incluso, en un cumpleaños de Helena, con todo el colectivo reunido por primera vez en más de un año, hicimos un supuesto concurso, que consistía en descubrir cuál era el libro que no calzaba en nuestra biblioteca. Y nadie adivinó. Y eso que el premio eran todos los libros de ensayos de Hanni Ossott. Y allí siguen en la biblioteca los ensayos de Ossot y el libro de Coelho.
⸺¿Ustedes son medio locos? ¿Iban a sacrificar esas joyas solo por averiguar la tontería del libro de Coelho?
⸺Bueno, pero es que de verdad nos intrigaba la cosa. Imagínate que un día te levantas y ves un libro de…
⸺Un libro de nada, chico. Dices que no botas libros y pensabas botar los libros de Ossott de esa manera.
⸺No los íbamos a botar. Era un regalo. Todo el mundo regala libros.
⸺Eso no es regalar un libro. Es botar un libro. ¡Y para proteger una basura empastada!
⸺Bueno, para nosotros era un regalo. Porque siempre sospechamos que había sido Leticia la que lo había dejado allí. Y como ella estaba haciendo su tesis sobre Hanni Ossott, igual se los pensábamos regalar. De hecho, como dos semanas después se los regalamos. Pero ella nada más los aceptó como préstamo y, después de la tesis, nos los devolvió.
⸺Definitivamente no se puede hablar contigo.
⸺Y luego ya simplemente nos acostumbramos a tener ese libro allí. Para ese entonces Helena y yo ni soñábamos con que algún día tendríamos una hija. Creíamos que ya estábamos muy viejos. Y menos que encontraría ese libro y lo mordería.
⸺Mierda, sí… la bebé. ¿Y cómo está ella?
⸺Yo creo que todavía está bien. No le ha dado fiebre ni nada, pero me preocupa la situación.
⸺¿Y ya hablaste con un méd…? ¡Un momento! ¿Tú no tienes como dos meses vendiendo todos tus libros por Instagram?
⸺Sí, ¿por?
⸺¿Has vendido la mitad de tu biblioteca y no te has desecho de esa mierda de Coelho?
⸺Coño, pero es que esa vaina me da pena venderla.
⸺Pues, regálala entonces.
⸺¿Tú eres loco? ¿A quién coño se la voy a regalar?
⸺El mundo está lleno de gente que ya tiene dañado el criterio literario de forma irreparable. Te lo aseguro que candidatos sobran. Pero, coño, tu hija es solo una bebé inocente. Ella no tiene por qué sufrir las consecuencias.
⸺Yo lo sé. ¿Tú crees que no tengo todo el día recriminándome lo mismo? Sé que lo debía haber botado, y mucho más cuando empecé a vender los libros. Porque esa es la razón de que ella lo haya conseguido. Un tipo ahí que tiene una librería de saldos nos compró casi veinte libros de un solo golpe, varios de ellos de los caros, y teníamos el mesón todo desordenado con esos libros y otros más y no sé cómo coño llegó el de Coelho allí. Supongo que estaba cerca de alguno de los que habíamos vendido y se me coló en el mesón. Y, coño, el tipo nos transfirió enseguida, y nos dijo que si todo salía bien nos iba a comprar otro lote grande más. Y tú sabes cómo estamos pariendo Helena y yo con los riales para podernos ir. Es doloroso vender tus libros. Pero más que doloroso es hiperpelúo. Los libros se venden lento y a mal precio. Y este tipo ni regateó. De bolas que estábamos emocionados y, en medio de la vaina de organizar los libros para el envío, de cuadrar una compra de dólares con lo que habíamos ganado, nos descuidamos un ratico, te lo juro que fueron un par de segundos, y la bebé se montó en la sillita y, cuando nos dimos cuenta, tenía el libro de Coelho entre los dientes.
⸺Me perdonaras, mi pana, pero, ¡qué padres tan descuidados son!
⸺¡EH! ¡Eso sí no te lo permito! Helena y yo somos excelentes padres. Nuestra hija no sabía ni llorar, no había ni nacido, cuando nosotros le leíamos los mejores libros infantiles del mundo. Libros que no hemos vendido y que no venderemos nunca, por principios. Antes de irnos de aquí, los repartiremos entre nuestros sobrinos y primos. Mi hija solo ha conocido buena literatura desde que era un embrión.
⸺Bueno, pero el trabajo de toda una vida se puede escoñetar por un descuido así.
⸺¡Lo sé! ¡Lo sé! Nojoda, no me estás ayudando en nada. ¿Crees que no sé todo lo que me dices? Mi pregunta es qué puedo hacer para revertir cualquier posible efecto secundario.
⸺Eso depende. ¿Qué libro era?
⸺¿Ah?
⸺¿Qué libro era? ¿Qué libro mordió?
⸺Ehm… Maktub, sí, Maktub.
⸺¡Coño de su madre!
⸺¿Qué?
⸺¿En serio dejaste que tu hija mordiera Maktub? Si por lo menos hubiera sido alguna de las novelas… pero, ¿Maktub…? ¿Ese pastiche de frasecitas de mierda, que el tipito cagaba en el periódico solo para cobrar sus riales e irse a hacer lo que sea que haga un escritor millonario?
⸺¿Y tú has leído Maktub?
⸺¿Yo? ¿Tú eres loco?
⸺¿Y cómo sabes que trata de eso?
⸺¿Por qué más va a ser, pues? Cultura general. Yo sé un millón de vainas sobre cosas que no sirven para nada y ni siquiera tengo idea de cómo las sé. Tú eres igual. ¿O acaso tú no sabías de qué trataba el libro?
⸺Helena y yo nos prometimos nunca leerlo. Ni siquiera la contraportada. Y al menos yo cumplí con mi promesa. De hecho, para lo único que usaba el libro era para matar los coquitos esos que se meten a la casa en temporada de lluvia. Usaba el libro como una raqueta y los bombeaba contra la pared. Luego los sacaba del apartamento empujándolos con el libro como una palita.
⸺¿En serio?
⸺Ehm… sí.
⸺¿En serio dejaste que tu hija mordiera un libro de Coelho con el que además matabas insectos?
⸺¡Mierda, no lo había pensado hasta este momento!
⸺…
⸺¡Qué basura de padre soy!
⸺¡Exacto!
⸺¡EH! Eso solo me lo puedo decir yo mismo.
⸺Lo que sea. ¿Y qué has hecho hasta ahora para resolver la situación?
⸺Su mamá se quedó leyéndole cuentos en la casa, tratando de que no se duerma. Nos da miedo que se duerma. Y yo fui a hablar con la pediatra, que no contestaba el teléfono, y tampoco la conseguí en el consultorio. Luego vine a hablar contigo, que pensé que podías ayudarme.
⸺¿Y por qué pensaste que yo podía ayudarte? Yo ni siquiera tengo hijos.
⸺Bueno, porque no conozco a nadie que desprecie más la mala literatura que tú. Entonces pensé que quizás sabías de algo que se pudiera hacer.
⸺Yo sé lo que se puede hacer.
⸺…
⸺No morder ni leer nunca un libro de Coelho. Y menos Maktub.
⸺¿Y qué diferencia hubiera habido si mordía El alquimista o cualquier otra mierda por el estilo?
⸺¡Mucha! Esos por lo menos tienen un argumento. Imagino que le habrá tomado al menos una semana escribirlos. Hay un mínimo de honestidad de autor, si se le puede adjudicar eso a Coelho.
⸺Bueno, pero ya no puedo hacer nada para retroceder el tiempo. Ya mordió Maktub. Algo tengo que hacer si quiero que mi hija no enferme. ¿Qué puedo hac…? Ya va… Espérate, que me están llamando (…). ¿Helena? (…). ¿Cómo está la bebé? (…). ¿Cómo? (…). ¿En serio? No te lo puedo creer. ¡Gracias a Dios!
⸺¿Qué te dice, qué te dice?
⸺Que el libro de Coelho solo tenía la portada. Qué adentro tenía La máquina de follar, de Bukowski. ¡Qué alivio tan grande!
⸺¿Cómo?
La máquina de foll… No, amor, no es contigo (…). Con Asdrúbal… Lo vine a visitar para que me asesorara en lo del libro de Coelho, porque la pediat…
⸺¿La máquina de follar? ¡El coño de su madre!
⸺¿Cómo dices? (…). No, amor. No es contigo. Es con Asdrúbal, que me dijo algo.
⸺No, nada. Dile que bote ese libro inmediatamente… ¡que ni se le ocurra leerlo!
⸺¿Y por qué? Solo es Bukowski (…). No, amor, es que Asdrúbal me estaba diciendo algo (…). Una estupidez (…). Que botes el libro inmediatamente, sabrá Dios por qué…
⸺Sí, dile que no lo piense más y lo bote.
⸺Cállate, Asdrúbal, que no escucho a Helena (…). No te entendí nada. Repite (…).
⸺No les conviene tener ese libro en su casa. ¡Dile que lo bote!
⸺¡Coño, que te calles! (…). No, amor, no es contigo. Repíteme, por favor (…). Sí, ya se calló (…). ¿Cómo? (…) ¡Ese coño de su madre! (…). Dale, amor. Hablamos en un ratico. Dale un besito a la beba de mi parte.
⸺Yo te lo puedo explicar.
⸺…
⸺Ya ni me acordaba que había hecho eso.
⸺…
⸺Lo hice como una broma, el día que hicieron la fiesta para celebrar que se habían mudado juntos.
⸺Eso fue hace 12 años. Nosotros tenemos ese libro hace menos de 8 años.
⸺No. Yo lo dejé allí la primera vez que fui. Te lo juro que fue solo un chiste.
⸺¿Estás insinuando que duramos 4 años con ese libro en la casa sin que ninguno de los dos nos diéramos cuenta?
⸺Exacto. En serio fue como un chiste de bienvenida al mundo de los casados. Yo no tengo la culpa de que nunca lo abrieran. Incluso les dejé una nota adentro.
⸺Sí. Helena me la leyó.
⸺…
⸺…
⸺¿Y? ¿Entonces? ¿Me perdonas?
⸺Bueh… no puedo no perdonarte. No te imaginas lo que me alivia que mi hija haya mordido un libro de Bukowski.
⸺A mí también. Y también que no me cayeras a golpes aquí en mi propia casa.
⸺Jejeje. Nunca te golpearía en tu propia casa… Te hubiera arrastrado hasta la calle de en frente.
⸺Qué condescendiente.
⸺¡Así soy yo! Pero… espera un segundo, ¿y cómo llegó a tus manos un libro de Coelho?
⸺¿Ah?
⸺¿Cómo llegó a tus manos Maktub? Para poder hacernos la broma, tuviste que haber tenido el libro completo; no solo la carátula.
⸺…
⸺¿Entonces?
⸺Mierda…
⸺¿Qué?
⸺La verdad es que no lo sé…
⸺¿Cómo dices?
⸺No lo sé. Simplemente un día apareció en mi biblioteca y ni yo ni Mónica sabemos quién lo pudo haber dejado allí.

Esnob

Deberías poner tus ojos sobre él con más frecuencia. Realmente es un sujeto interesante. Aun siendo un esnob, ama, no mira el reloj si no hace falta, no bota comida ni desperdicia dinero, sabe cuándo es momento de dar un cumplido y cuándo de abrazar en silencio, no tiene enemigos, pero tampoco pretende agradar sin mostrarse tal cual es, al tiempo sabe que no lo puede hacer pues va en contra de su naturaleza. Lo que te quiero decir es que es un esnob de pies a cabezas, pero que no por ello es un inepto social. Se manifiesta con desdén de ciertas personas a quienes considera inferiores, más que todo por cumplir con el rol; pero si debe tenderles una mano no se la limpia luego.

Es un hombre educado en una buena universidad y se podría decir que todo lo que tiene lo ha conseguido con tesón e inteligencia. Hasta la fecha no ha tenido que lamer las medias de ninguno de los hombres a los que imita para parecer superior. Digamos que estos hombres son imitados sin saberlo, pues no les contacta hasta no haber alcanzado su estrato. Y una vez alcanzado no se detiene, y empieza a imitar a alguno de un estrato superior. Así ha sido desde casi siempre, y por lo general su método es limpio y sin fisuras.

Sabrás entender mi manía de crear personas con algo de sustancia por debajo de sus rasgos más esquemáticos. A mí es que particularmente el esnobismo me da urticaria y por ello trato de sazonarlo con algo más. Al otro que me encargaron un par de décadas atrás (por suerte no son muchos los que me asignan), al moreno, de cabello negro crespo y ojos azules medio atigrados, a ese lo puse pobre, por aquello de la ironía. Pero pobre, pobre, de esos que no tienen ni tendrán la menor posibilidad de escalar jamás. En todo caso de seguir bajando. Y mira cómo le ha ido. Todo un esnob en medio de la más triste marginalidad. El pobre es un incomprendido y eso debería llevarle a reflexionar, pero le cuesta y se la pasa al borde de la depresión. El otro día intentó suicidarse, pero también le hice torpe y el corte no fue preciso. Dos días en el hospital y le descontaron la paga de esas jornadas en el trabajo.

En cambio, con este tengo esperanzas de que habrá algo diferente. En cierto punto me lo imagino colocando todo su dinero en causas nobles para irse a vivir a alguna comunidad desolada al otro lado del mundo. Un lugar donde nadie le salude ni le pregunte el nombre. Únicamente para volver a sentir el placer de ser un don nadie y empezar a escalar desde cero. Después de todo, es lo único que sabe hacer y es lo único para lo que vive.

De llegar a darse ese momento, tengo planeado ponerle en medio, de nuevo, a la primera mujer que amó y que le amó. La única, cabría decir. Es una mujer tan humana y hermosa, que te lo juro que a veces pienso que no la hice yo. Tú sabes que por lo general a mí no me quedan así de preciosas. De hecho, las otras dos novias que le he puesto son más bien sencillas. Bonitas, pero sencillas. Pero esta mujer es un espectáculo para la vista y el alma. En su momento todo terminó mal, pero nunca dejaron de amarse. Ninguno ha vuelto a saber nada del otro. Ni siquiera pueden saber si el otro sigue vive o murió años atrás.

Lo cierto es que si decide deshacerse de todo su dinero y lanzarse al exilio, ahí mismo le vuelvo a poner a aquella mujer, como un evento casual. Lo que sea. Pon que hago que se la encuentre trabajando de cajera en un supermercado mientras compra las últimas provisiones para su viaje. Justo ahora trabaja en un autolavado, pero dudo que así se la encuentre si también dona sus autos. En fin, me estoy dejando llevar por la imaginación. Pero es que me emociona pensar en todo esto.

Te confieso que no estoy seguro de cuál camino tomará y eso es lo que más me fascina. Con los esnobs básicamente nunca me emociono. Todo es predecible. Pero a este le he agarrado cariño, pues de tanto en tanto me sorprende con algo. Yo solo espero que la decisión que tome lo ponga en un camino donde me siga ofreciendo entretenimiento. Hasta el momento ha sido un viaje genial. Pero, si se llega a poner aburrido, ya veré si le corto una pierna o algo parecido. Lo de siempre, ya sabes. Para que se dé cuenta que hay cosas más importantes en la vida que el dinero y el estatus y bla, bla, bla. Ya veremos qué sucede con el tiempo.

3 nuevas publicaciones en marzo

3 publicaciones

Este marzo, mes número tres del año, ha traído sorpresas por partida triple en forma de antologías y revistas. Es una fortuna increíble para mí poder decir que mi nombre sale en tres nuevas publicaciones. En la imagen superior pueden ver el collage que forman las tres portadas, aunque no en el orden de publicación.

La primera en salir a las estanterías digitales fue Dispara usted o disparo yo, la antología de microrrelatos policiales que organizó la Revista Brevilla, de la mano de Lilian Elphick y la colaboración de una decena de corresponsales de varios países; once para ser precisos y, entre ellos, nuestra Geraudí González, encargada de la compilación y cacería de los autores venezolanos, a quien le debo y le agradezco el gesto de sugerirme para la publicación.

Este 13 de marzo las redes se llenaron de enlaces para descargar este tan esperado libro digital, que compila a más de ciento setenta autores, de dieciséis países y tres idiomas, todos unidos por el lenguaje en común del cuchillo, la celada nocturna, el cadáver y la huella oculta. Casi 300 microcuentos de variadísima extensión: desde el constricto espacio de un tweet hasta el expansivo de poco más de un folio. E incluso cuenta con un microcuento fotográfico que termina de darle variedad al trabajo de compilación, junto con los textos bilingües en inglés y portugués. Toda una joya para cultivar buenas horas de lectura y disfrute.

Es mucho más que un lujo compartir bits junto con escritores cuyo trabajo admiro y es un referente continuo de todo cuanto hago, como Ana María Shua y Guillermo Bustamante Zamudio, además de mis compañeros de letras venezolanos. Confieso que hasta el momento he leído a muy pocos (que todavía no sé combinar la paternidad con la lectura), pero esto es lectura obligada para los próximos días, que ya la curiosidad me mata casi tan impunemente como en buena parte de las historias que se pueden leer aquí.

Si quieres leer esta genial obra, puedes descargarla sin costo por aquí: http://bit.ly/Brevilla

El segundo libro en ver la luz del día fue la antología del ganador y los 4 finalistas del Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia [1° Ed.]. Este 20 de marzo se realizó una bonita presentación y bautizo de la obra en el Rectorado de la UC, a cargo de Joaquín Marta Sosa, quien es parte del consejo editorial de Fundavag Ediciones, la editorial encargada de traer este libro a la vida, lo mismo que de promover el concurso, junto con la Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo (FILUC).

Joaquín habló de forma muy sensible y elocuente tanto sobre la obra y legado de Salvador Garmendia como del trabajo de los autores que forman parte de la obra. Para este momento, cuando ya he logrado leer tanto el cuento ganador como las tres menciones especiales (sin contar la mía que, por supuesto, ya había leído antes… y que volví a leer ahora en papel), puedo decir que es altamente gratificante formar parte de un libro con historias tan bien logradas e ingeniosas. Si esta es solo una muestra de 5 de los 421 participantes del concurso, puedo entender que los jurados realmente lo tuvieron difícil para tomar su decisión. Pero ya hablaré con un poco más de detalle sobre este libro más adelante, en un post dedicado exclusivamente a este.

Por lo pronto, si quieres leerlo debes estar muy atento a las redes sociales, para cazar alguna de las varias presentaciones que se estarán haciendo del libro que, por el momento, son las ocasiones idóneas para comprarlo. Creo que ya será a partir de la FILUC 2017 cuando se conseguirá más fácilmente para la venta, junto con el volumen que compilará al ganador y las posibles menciones de este premio en su segunda edición, que en este mismo momento tiene su convocatoria abierta. Así que, si tienes un cuento que se ajuste a lo indicado en las bases del premio, no dejes de participar.

Y para cerrar, la última obra en ocupar las estanterías digitales viene por partida doble. Se trata de la edición 2017 de la revista peruana de ficción breve Plesiosaurio que, como nos tiene acostumbrados desde su edición número 3, incluye simultáneamente dos volúmenes. El primero de ellos, que es en el que salen dos de mis textos publicados, es el dedicado a la divulgación de estudios sobre la microficción, e incluye ensayos, entrevistas, reseñas y más. Allí aparecen dos de mis microensayos sobre microficción venezolana.

Porque de lo más emocionante que tiene esta edición de Plesiosaurio, al menos para mí y muchos amantes venezolanos de la microficción, es que está por completo dirigida a mostrar el desarrollo de este género en nuestro país. Y, como es bastante lógico, aquí también aparece el nombre de Geraudí González vinculado, en el rol de editora invitada, junto a su editor en jefe y director, Rony Vásquez Guevara. A ambos les agradezco la amabilidad de permitir que dos de mis textos hagan vida en medio de tan valiosa selección de trabajos.

El segundo volumen de este número de Plesiosaurio es el encargado de mostrar la antología de microcuentos, que para esta ocasión hace un repaso por los autores más influyentes y relevantes de nuestra microficción venezolana (más de treinta en total), y lo suma a su habitual selección de escritores jóvenes, con veinte autores más, de seis países distintos. Una selección tan cuidada y variada como esta, que va desde lo académico hasta lo literario, es una de las razones por las cuales Plesiosaurio se ha vuelto un referente entre las revistas dedicadas a esta brevísima forma narrativa.

Si quieres leer el volúmen 1 de la revista Plesiosaurio, puede descargarla sin costo por aquí: http://bit.ly/Plesio9-1

Si quieres leer el volúmen 2 de la revista Plesiosaurio, puede descargarla sin costo por aquí: http://bit.ly/Plesio9-2

Dicho lo dicho, no queda mucho más por agregar salvo lo obvio: se siente genial publicar y hacerlo de tres en tres se siente mucho mejor. Espero que los que descarguen o compren las obras las disfruten tanto como yo me disfruto tener allí mis pequeñas huellas.

El chicle de la noche

Hay noches en que la ciudad te mastica como a un chicle.

Una prostituta grita y llora a través de un teléfono de alquiler. Al otro lado de la línea, algún espectro la escucha, para que a mí me llegue el eco de su letanía. La voz magnética del otro lado es tan fría como la de una máquina contestadora. Dispensa excusas y consejos como si de dispensar chucherías y refrescos se tratara. Desde este lugar donde me encuentro, no puedo dejar de pensar que solo yo la oigo, que el mundo es una tramoya de teatro y que detrás de las cosas que veo solo hay rieles y almacenes, paisajes rotos y utilería, que todo ocurre para mí y que por ello no es necesario recrear el resto del universo. Me pregunto entonces qué tiene que ver esa mujer conmigo, con mis propias y menos públicas letanías, mientras espero mi autobús. La han botado del burdel y no tiene dónde pasar la noche. Todo porque le rompió la cara a la Catira, que le robó su dinero o un cliente. No se entiende el precario mensaje entre sus espasmos y mocos. Todo porque ya no está tan flaca como antes, ni tan joven. Todo porque su cama pasa vacía un tercio de la noche, y a su dueño no le conviene que los resortes del colchón descansen. Noches como estas no tienen camas para putas gordas que solo conozcan el lenguaje del cuchillo, y que ya no dominen el lenguaje de los gemidos. Y el fantasma que la escucha al otro lado de la línea dispensa una nueva excusa, porque no tiene espacio en casa, y un nuevo consejo, porque bien puede pasar la noche como antes, al borde de la carretera y de cama en cama; porque noches como estas no quieren comerte, ni piensan tragarte. Solo te mastican como a un chicle. Juegan contigo entre muela y muela, para matar la abulia y el tedio.

Dos chicos de doce años se suben al autobús y gritan que estamos en un atraco, con voces forzadamente masculinas, debajo de las que se escucha un dejo aún femenino, todavía aniñado, que, por la situación, logra pasar desapercibido. Es un acuerdo tácito que nadie entrega sus pertenencias a quien no ha aprendido la cadencia del malandro, su melodía gangosa, sus discursos y su lírica soez. Por aquello de la brecha social y el miedo ancestral a lo diferente, dicen los especialistas. Por esto, ellos nos han informado del atraco en perfecto malandro, y nosotros les hemos entendido como si nos hablaran en castellano castizo. Y nosotros tampoco hablamos un español castizo; pero es normal sentirse más doctos, más académicos, en medio de un atraco. El miedo se siente en el aire como una cuerda invisible y tensa. Su vibración, tras los pasos de los niños, hace que retumbe el autobús como un diapasón, y quedamos sordos por segundos. Nos escuchamos solo a nosotros mismos; como si nuestra voz interna tomara el centro del cuerpo, y nos hablara desde la boca del estómago, inundándonos en un caldo caliente, que sube por el pecho y se nos tranca en la garganta. Suena una sirena en la calle, a cinco metros de distancia, y los niños saltan del autobús sin un solo celular. Y yo que ya hacía planes para mis siguientes días sin teléfono, para mis días sin dinero, y ahora tengo que volver a ajustarme a la idea de que tengo lo que tengo. Porque hay noches como estas, que no te quitan nada, pero te lo tiran todo al piso y lo patean, como un bebé molesto. Y ellos que estaban preparados para recibir una paliza de los policías, para que sus huesos quedaran con sueños de rehabilitación, y los de azul los dejan ir, porque ya la jornada casi termina, cada uno tiene al menos dos cervezas encima y una entre las piernas, y no quieren tramitar menores a esta hora.

El chofer del autobús sigue esperando a que se llenen todos los asientos y que no quede espacio respirable dentro del vehículo, aprovechando que nada ha pasado. Porque hay noches como estas en que somos el chicle de la ciudad, y ella nos saca el jugo para escupirnos cuando ya le parecemos insípidos, y quedamos junto a la acera, magullados, pero vivos.

Un transformista se sube al autobús entre burlas y silbidos de los que vociferan la ruta y el precio del pasaje, esta noche, como todas, sin ticket estudiantil, porque no hay autobús para Autopista y yo estoy pirateando, y si quieres llegar a casa, tienes que caminar quince minutos por un camino tan negro como el odio que crece en el corazón del transformista, y un poco también en el tuyo, que te has puesto en su lugar, o que te has embotado ya de tanto vaivén, de tanta sensiblería maquinada, de tanto retraso del alba; porque la noche así lo ha querido en su representación. Él o ella se ha sentado junto a una anciana y esta no ha perdido oportunidad para sacar su biblia y leerle unos versículos inocuos, antes de atreverse con el material pesado, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, que le narra con efervescencia de dios colérico, mientras le mira con condescendencia de dios misericorde. Él o ella asiente con educación, para no hacer más largo el camino a casa. Porque hay noches como estas, donde nos mastican y aceptamos con estoicismo nuestra condición, dúctiles y maleables, porque sabemos que al menos podemos vivir para contarla. Aunque la noche se las arregla bastante bien para que no nos queden ganas de contarla, ni siquiera a la rata que nos espera al llegar a casa, masticando los cables que le dejamos de cebo para sentir que tenemos compañía. Masticando cables como la noche nos mastica, pero sin burlarse de nosotros como la noche lo hace.

Porque encima de todo, esta mañana florecieron los jazmines, y ahora la noche está impregnada de su olor agrio y penetrante, que casi no deja respirar ni concentrarse en nada diferente. Hay los que piensan que el jazmín es dulce y por ello la noche los aleja de su aroma. Los que son capaces de ver su verdadero rostro en las estelas podridas de sus efluvios se los encuentran en cada camino y el tufo les persigue una centena de metros a la redonda, y se les queda atrapado en las ropas. Porque los jazmines son el último truco de la noche, su última burla, para decirte que hasta el más dulce y florido de los inviernos guarda un lado agrio y hostil, que nada es perfecto, que no podemos depositar nuestra esperanza en nadie que no sea nosotros mismos y nuestro prometeico aguante.

Porque somos el chicle de la noche, y ahora que se nos cierran los párpados, pesados de rutina y enrojecidos de smog, la noche nos saca de su boca y nos pega bajo la mesa. Porque mañana será otro día y podrá volver a masticarnos, tras el alud del sol.

Clifthanger

⸺¡Corten! ⸺dijo el director, deteniendo la escena en el punto exacto donde el héroe había quedado colgando con una mano lastimada y sangrante de la quebradiza piedra con la que estaba hecho el acantilado. Doscientos metros abajo, el mar se relamía esperando el impacto del cuerpo del héroe en su superficie, para quebrarle todos los huesos a su cuerpo y las esperanzas de un cierre digno a la historia.

La audiencia apaga sus televisores, excitada por la intriga, ansiosa por que se completen las 168 horas que restan antes del capítulo de la próxima semana, y mientras tanto ahoga sus penas con memes y spoilers en las redes sociales. En el estudio de televisión, las luces se han apagado y todo el personal ha abandonado el lugar. Solo queda el héroe, sostenido de la misma piedra quebradiza, amenazado por el mismo mar de concreto. La mano sangrante le tiembla y suda y teme. Nosotros sabemos que nadie puede sostenerse 168 horas de ningún acantilado. El final de esta historia no es una sorpresa para nadie.

“La La Land” y el porno con argumento

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Tenía bastante tiempo sin escribir una reseña de cine y creo que este artículo no va a hacerle ningún favor a esta limitada sección de mi blog, porque dudo que lo que salga de aquí pueda considerarse una reseña. Es más bien un ejercicio de compresión que la multinominada película me ha inspirado y que aprovecho para colar por aquí, ya que es un tema tan en boga ahora. Y advierto una cosa más. No voy a hablar bien de la película. Probablemente tampoco mal. Insisto, no es una reseña. Voy a hablar de cosas que no conozco con el afán catequista del que lo sabe todo con certeza. Hechas las aclaratorias, pasemos, penosamente, a lo que toca:

Nunca me han gustado los musicales. Y quizás esta sea una afirmación extraña para alguien que dice que Across the Universe (2007), de Julie Taymor, es una de sus películas favoritas de todos los tiempos, y South Park: Bigger, Longer and Uncut (1999), de Trey Parker, es de las películas animadas con temática adulta que más ha disfrutado. Seguro habrá quien lea esto y piense: “¿Qué rayos estoy leyendo? ¿Este tipo siquiera sabe algo de cine? ¿South Park y un drama con canciones de The Beatles son su único referente del vastísimo universo de los musicales?”. Pues, sí, esos son mis referentes. Podría agregar un par más, pero estoy seguro de que la lista no mejorará, ni mucho menos la impresión que pueda generar como cinéfilo con ella. Dejémoslo, entonces, en que no me gustan los musicales. No los entiendo, ni los aprecio. Quizás es falta de conocimiento sobre la historia de la música, quizás falta de conocimiento sobre la historia del cine, o las dos cosas juntas. Pero lo cierto es que el género no me pasa.

Y he intentado mucho y trato de poner mi mejor sonrisa de disposición y mi mente abierta para ello. Porque se supone que un cinéfilo (y a veces me da por calificarme como tal) debe apreciar todo lo apreciable de este arte, y se supone que este género no es la excepción. He intentado con algunos clásicos, con los contemporáneos, con la aburrida Dancer in the Dark (2000), de una Björk que no me dejó de gustar por eso, pero de un Lars Von Trier monotemático que sí; y hace pocas semanas lo intenté con Córki dancingu (2015), de Agnieszka Smoczynska, un musical polaco de “terror” sobre un par de sirenas antropófagas, que se supone una adaptación libre del clásico de Andersen. Según entiendo, ese musical kitsch y semierótico, creo que feminista, me debería haber gustado, porque posee todo el espíritu indie del buen cine de bajo presupuesto, toda la estética, todo el… todo lo que yo no vi. Tal como no lo he visto en prácticamente ningún otro musical.

Al respecto, recuerdo una entrevista que le hicieron a Meryl Streep sobre el musical del 2008, Mamma mia!, de Phyllida Lloyd. Allí le preguntaron qué la motivó a hacer el papel de Donna y dijo, parafraseando, que había llegado a una edad donde tenía que empezar a hacer películas que avergonzaran a sus hijos. Y claramente lo dijo en broma, pero no pude estar más de acuerdo, e incluso llegue a pensar: “¿será que en secreto todos piensan igual que yo, pero no se atreven a decirlo más allá del chiste, del acto fallido, no sea que le acusen de incultos, de no entender lo que en realidad nadie entiende?”.

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Porque ver este musical horrible con canciones de ABBA me da una sensación de pena ajena inmediata. Meryl Streep no es mi madre y aún así siento que me pone en vergüenza apenas abre la boca para cantar. Y lo mismo el resto del reparto. Porque mi problema con los musicales es que siempre me he sentido estúpido cuando los veo (como viendo la escena de la imagen superior). Como cuando se ve telebasura y sabes que es telebasura. Y miras al panelista del top show halándole los pelos a un miembro del público porque lo insultó y te sientes atrapado frente a la pantalla como un idiota, y no sabes por qué estás mirando eso, por qué no lo cambias. Alguien podría entrar al cuarto en ese momento. ¿Cómo le explicarías que estás viendo Laura en América? ¿No se supone que eres un intelectual, que lees buena literatura, que sabes algo sobre buena televisión, buen cine, buen teatro? ¿Entonces qué hacen esas gitanas borrachas mal maquilladas casándose en el medio de tu pantalla? ¿Qué hace Honey Boo Boo comiendo sirope y haciendo un berrinche en tu televisor? Pues, justo así me siento viendo un musical. Como mirando un video bochornoso de alguien, que se filtró en YouTube: culpable, con ganas de cerrar los ojos, cerrar la pestaña del navegador, y ahorrarle al pobre incauto y a mí la vergüenza de que una persona más en el mundo lo vea hacer el ridículo.

Pero con la telebasura o los videos virales de Internet la cosa es fácil. El hombre culto sabe que lo que está viendo es basura y se siente con todo el derecho de cerrar la pestaña de Chrome para no quedar con la sensación de que es un idiota. O de ver el video hasta el final y decir con desparpajo: “sigo siendo un docto, así que me deben perdonar ese, mi pequeño placer culposo”. Pero con el cine no es tan fácil. Sobre todo cuando el título viene de un director que ha ganado premios, que guiña toda clase de películas de la llamada era dorada de Hollywood, etc. ¿Qué se supone que debemos hacer allí cuando nos sentimos como el que mira a Wendy Sulca pedir cerveza? ¿Confesarlo y que nos miren con cara de “no sabes nada de cine; vete a ver Los Vengadores“? Después de todo, el arte contemporáneo se ha basado en estafas como estas, ya criticadas por muchos: “este papel arrugado y mojado con mi flujo vaginal es arte y si no lo aprecias es porque eres un ignorante”. Pero al final del día muchos terminan cayendo en la trampa y diciendo: “sí, sí; es una excelente obra; la transgresión del mensaje de la autora se respira y se vive en cada arruga del papel, como un grito al vacío en una alegoría a…”. Supongo que ya entendieron la idea.

Por eso me he sorprendido a mí mismo disfrutando Across the Universe. El montaje general de la obra es tan espectacular, el juego de fusión de lo diegético con lo extradiegético (que todo musical requiere) es tan honesto y limpio, la composición musical está tan bien llevada, que no solo no me siento avergonzado cuando empieza cada número musical, sino que lo espero con ansias. Supongo que eso es lo que sienten los amantes del género con cualquiera de los grandes musicales que yo no tolero. Espero realmente que sientan eso. Necesito creerlo con toda mi fe. De otra forma no podría entender cómo alguien es capaz de valorar positivamente algo que le haga sentir tonto y avergonzado, que se supone no fue diseñado para eso.

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Pero, basta de preámbulos. Qué tiene que ver La La Land (2016), la peli de Damien Chazelle de la que todos hablan y que todos premian, con la pornografía. Después de todo, por algo debo haber titulado así este artículo. En algún momento debería ponerme a hablar de ello. Así que nada mejor que ahora mismo. Como en la película de Chazelle (SPOILER ALERT: sombrea el texto para leer), retrocedamos a un punto cercano al inicio y hagamos de cuenta por unos segundos que no escribí nada de lo anterior (FIN DEL SPOILER ALERT), y así podemos entender los musicales desde una explicación menos básica que la del “me hacen sentir tonto”.

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