Bibliofobia

Musa muerta por causa desconocida, revivida en laboratorio por la perversión del hombre, por su afán deífico, con pedazos de páginas manuscritas y mecanografiadas en sustitución de su piel, engomadas como pancartas políticas, una sobre la otra, sobre la otra y sobre la otra, hasta formar una costra dura de papel maché, donde convergen siglos de letras y conocimientos, que la protegen de las balas. Se yergue con lomos de cuero mal engrapados sobre los huesos rotos y pulverizados de su columna vertebral y de sus piernas, mientras los brazos cuelgan inertes, vacíos como los de una muñeca desinflada. Alrededor de ella, un enjambre de polillas, ácaros y polvo anuncia su presencia mientras devoran su cuerpo poco a poco, que como el de un Prometeo, se regenera cada día.

A su paso deja enfermedad y muerte, en cualquiera que se acerque lo suficiente para distinguir alguna de sus letras, para respirar su vejez. Leerla, por dentro y por fuera, en cada una de sus capas, es peor. Como un Necronomicón, leerla mal —y es una quimera leerla bien— produce una obsesión de falsa lucidez que deja al lector fuera del contacto con la realidad.

De pasado musa, esta bestia todavía cuenta con sus viejas armas de seducción, y separarse de ella se hace cada vez más difícil, y la víctima se consume como una vela de esperma débil, escribiendo nuevas páginas para dejarlas pegadas en su cuerpo, en su sexo, y sentir que puede ser parte de ella. Pero la víctima nunca puede elegir qué trajes viste la bestia, y sus rechazos, sus huidas, empiezan a hacerse cada vez más continuas, aunque el polvo persiste en la nariz, como una alergia perpetua que llena a la víctima de pesadillas de olvido, de abandono, y ahora cualquier letra recuerda el fracaso, la ruptura, el duelo, y no se puede volver a leer, a pensar en leer.

No es posible acercarse a este monstruo sin sufrir, y la felicidad que es posible alcanzar a su lado es plástica y efímera; de esas que se agrian tan pronto que parecen nunca haber existido. Sin embargo, lo más peligroso, lo más cruel de esta bestia es que la enfermedad que produce raramente enferma, la locura que genera difícilmente enloquece, y la muerte que habita en su nombre a muy pocos afortunados mata.

Carrera espacial

Neil Armstrong fue el primer actor en poner los pies sobre la Luna. Stanley Kubrick dirigió todas las escenas, George Méliès fue el encargado de elaborar los decorados y Julio Verne el asesor externo que realizó los cálculos que darían realismo a la puesta en escena.

En la sala de edición, agregan ruido mecánico a la frase que pronuncia Neil, y la imagen, meses después, atraviesa todas las pantallas. La película es nominada a un solo Premio Primetime Emmy —el de mejor actor— en la ceremonia de 1970. El gesto es considerado una grosería para los que esperaban que ese año, precisamente en función de la obra de Kubrick, se creara la categoría de mejor película para televisión, o cuando menos para mejor director.

Neil Armstrong asiste a la ceremonia acompañado por Kubrick , pero pierde a manos de Peter Ustinov, un actor de ascendencia rusa. El détente de la Guerra Fría casi se quiebra por este hecho, y Richard Nixon casi cancela sus negociaciones con Rusia y China.

En la película —A Summer in Storm— Peter Ustinov hace el papel de un hombre que lo perdió todo en la Segunda Guerra Mundial y ahora vive maldiciendo e irrespetando a todos; en especial a su sobrino Stanley. Todos estos elementos panfletarios tan finamente colocados, sin embargo, no pasaron desapercibidos para el pueblo americano, que exigía represalias que restituyeran la moral de su nación. En la Academia de Artes y Ciencias de la Televisión empezó una cacería de brujas, que acabó con la carrera de muchos de sus sillas y ejecutivos.

A los pocos meses de esto, la ofensa empezó a olvidarse y el détente continuó hasta el final de la década. Sin embargo, todos los afectados buscaban un culpable. Stanley Kubrick les sirvió de cabeza de turco. Nunca más volvió a ganar un premio importante y después del 72 nadie volvió a ir a la Luna.

Cadena de favores

Un hombre secuestrado es torturado por seis meses. Lo liberan. Escoge una persona al azar, la tortura por seis meses y la libera. Luego se suicida. La persona recién liberada toma a un niño al azar, lo tortura por seis meses y lo libera. Luego se suicida. El niño repite el patrón con un anciano. Este continúa la cadena y le siguen tres docenas de víctimas. Le precede media centena. Una mujer es liberada tras seis meses de tortura y secuestra a un tipo de setenta y tantos. Ya en la habitación de tortura, al hombre le brillan los ojos de orgullo. Seis meses después, ocurren dos suicidios.