Ricitos de Oro y los tres osos

Ricitos de Oro entró a la casa de los osos sabiendo que podría ser culpada de allanamiento de morada. Cuando notó que la familia de animales vivía mejor que ella, una humana, que tenían abundante comida, buenos lechos y paredes seguras, decidió quedarse a vivir allí todo el tiempo que pudiera, defendiendo su hogar contra quien quisiera arrebatárselo, a capa y espada. Puso el seguro a todas las ventanas y puertas, atravesó pesados muebles en los lugares de acceso, cerró las cortinas, apagó las luces, se comió las tres sopas y se acostó a dormir. Cuando dos horas más tarde llegaron los osos escoltados por la policía, y uno de ellos tomó un megáfono, advirtiéndole que saliera por las buenas, Ricitos de Oro tomó la escopeta de papá oso, dos cajas de balas y se sentó en la base de las escaleras, mirando directamente a la puerta principal, esperando para iniciar la batalla. De seguro moriría en el enfrentamiento, pero se llevaría consigo al menos a un par de malditos policías y, si tenía suerte, a algún oso. Nadie la sacaría de allí con vida. Colocó un bala dentro de la recámara, quitó el seguro y apuntó al umbral

Atados

El capitán del navío estaba agotado de las pérdidas humanas en su embarcación. Cada vez que atracaba en un puerto o asaltaban un barco enemigo, o encontraban algún tesoro escondido, las celebraciones les llevaban a quedar más borrachos que una cuba, y luego con el barco en movimiento, los grumetes ebrios resbalaban de cubierta y caían al mar. El capitán no podía hacer nada para remediarlo, pues detener el barco en la oscuridad para iniciar la búsqueda casi nunca traía resultados positivos. Así que no había otra opción que dejarlos a la deriva, a merced de los monstruos marinos y su propia fuerza limitada.

Conseguir nuevos grumetes nunca fue un inconveniente, a decir verdad. En cada puerto eran decenas de hombres ansiosos de mar y de sangre los que le ofrecían sus servicios. Pero ese cambio constante en la ficha de empleados empezaba a colmar los nervios del capitán. Así que decidió amarrarlos a todos del pie derecho con una driza de unos ciento cincuenta metros, que les permitía cumplir sus funciones dentro del barco y ser rescatados inmediatamente de una eventual caída. Al principio los marineros rechazaron la orden, pues les hacía sentirse esclavos en vez de piratas de salitre curtida. Pero cuando, tras la primera semana de prueba, notaron que 8 grumetes se habían salvado de caídas al mar, empezaron a verlo como una ventaja personal y aceptaron de buen grado estar atados.

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Los brazos de Kalym

Los brazos de Kalym ciertamente son algo extraños. Y no solo porque pueda quitarse el izquierdo con el derecho, luego de haberse arrancado el derecho, ni porque luego de arrancarse ambos pueda abrazar a su mujer para consolarla y consolarse del vacío que le urde, tan profundo como el abismo en que cayeron sus brazos. Lo extraño de los brazos de Kalym es lo proclives al desprendimiento que resultan. Porque, salvo que Kalym sea una suerte de muñeco, tras la separación de cada brazo del enclave de piel, músculos, arterias, venas y huesos que lo sostienen, lo que debería quedar es un muñón abierto, sangrante, crudo como un volcán en erupción visto desde arriba. Y se nos hace imposible pensar en los brazos de Kalym diseccionados de forma tan burda. Así como podemos seguir viendo sus brazos con la certeza de que no están, pero también de que nos pueden abrazar, sabemos, vemos, entendemos que sus muñones han quedado quirúrgicamente sellados, como los brazos de un muñeco mutilado. Y quizás solo siendo un muñeco tiene sentido un desprendimiento de esta magnitud. Aunque ello no hace que dejen de ser extraños los brazos de Kalym. Porque es natural pensar que a cualquiera, incluso un niño (o sobre todo un niño), se le haga sencillo arrancarle los brazos a Kalym, el muñeco. Pero, siendo muñeco, la fuerza será proporcional y costará tanto zafarse un brazo del hombro, como a ti o a mí nos costaría hacerlo. Es así entonces que pienso que Kalym no es el personaje de un cuento, donde estas extrañezas son admisibles e incluso bienvenidas. De modo que tomo un Ken de mi hermana y le arranco el brazo izquierdo con el derecho y el derecho con el izquierdo, y recreo el diálogo que Jiménez Emán transcribe, y sé que justo así ocurrió la primera vez: un niño juega, sin ser visto, con un muñeco y una muñeca, le arranca los brazos, los lanza bajo la cama, que es el más simbólico de los abismos de su cuarto, y se va a casa a tratar de convencer a la muñeca de que se olvide de todo con un abrazo, quizás procurado con el cuello, como lo hacen las jirafas, que también saben lo frío que se siente tener la mente separada de las extremidades tantas galaxias de distancia. Y no deja de preocuparme, tras este descubrimiento, la aterradora certeza de que en algún lugar del mundo haya un niño con una soledad y un abismo personal tan hondos como para arrancarse los brazos, así, sin poder hacerlo, a través del muñeco y el artilugio del juego, y resignarse al contacto frío, simulado, de quien le acompaña al terminar la jornada. Me aterra pensar que en algún lugar del mundo hay un niño con el espíritu tan anciano y desgastado. Hurgo en el abismo y encuentro docenas de pares de brazos de Kalym, por una escena que repite el niño a diario, tratando de encontrarle algún sentido diferente cada vez, aunque todavía no pueda hacerlo. Y mientras un día intenta consolarse con el abrazo vacuo de su mujer, al día siguiente intenta lo mismo reescribiendo estas líneas, con esos extraños brazos ausentes, a un abismo de distancia de donde reposa su mente. Luego, alguien le toca la puerta y le dice que es hora de limpiar los platos, y el pequeño Kalym se mira las manos, sabiendo que el influjo de la fantasía se ha acabado. Se para del piso, se dirige a la cocina y acerca los dedos al grifo, con los ojos cerrados, esperando seguir de largo, gracias a la sorpresa de que sus brazos se le han zafado.