El scroll de Sísifo

Tiene que terminar un trabajo: 10 páginas a interlineado de 1,5, letra de 12 puntos, márgenes convencionales. Debe citar y desarrollar el trabajo de cuando menos dos autores, y relacionarlos con su propio argumento, que ha de ser original. 20% de la calificación total de la materia. Tres horas para que amanezca y ni una palabra escrita. Sigue jugando el juego del scroll infinito sobre su muro de Facebook (actualice el referente con la red social del momento, de ser necesario), el juego de la contemplación absorta del vacío. Se evalúa el calor dentro de su pecho: no siente nada. La adrenalina no ha empezado a correr. Sigue castigando al scroll del mouse, como un Sísifo que baja una montaña sin fin. No dejará de hacerlo hasta que no se encienda esa llama que le quema el pecho, cuando las horas se vuelven minutos y los minutos segundos. Cuando parece que la vida puede depender de las palabras que escribas o dejes de escribir. Después de todo, es un hombre de acción. Se ha acostumbrado a desactivar las bombas en el último segundo, a salir de la cabaña con tan poco tiempo de ventaja que la onda expansiva de la explosión lo expulsa por el aire, sin que se le cambie el rictus ni se le quemen las pestañas. Se ha vuelto un adicto de la cuenta regresiva. Sabe que cabe más historia en los diez segundos antes de estrellarse el avión, antes de cruzar la línea de meta, que en diez años de vida vegetativa. Se niega a ser un vegetal, un zombi, corriendo tras cerebros sin adobar, como si el tiempo no importara. No moverá un dedo hasta que no suenen las alarmas de incendio, hasta que la herida en una de sus arterias mayores no derrame litro y medio de sangre sobre el suelo. No cambiará la ruta de los rieles hasta que los trenes estén a cien metros de su choque inminente. O mejor veinte metros. O diez. No matará al monstruo final hasta haber agotado la última de sus balas con los monstruos de los niveles inferiores. No matará al villano hasta no verse obligado a hacerlo con sus propios puños, mientras la sierra mecánica empieza a cortar las telas de la doncella en peligro, atada a una mesa de carpintería. Chequea de nuevo su estómago: nada revolotea allí adentro. No siente ningún calor en el pecho, ninguna presión en las sienes, ningún bombeo acelerado en el corazón. Treinta minutos para el amanecer. Toca seguir bajando esta piedra por este barranco infinito.

Concebir, escribir, plantar

En la vida, para poder decir que la vivimos a plenitud, basta con hacer tres cosas: tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Ni una sola cosa más es necesaria. Aunque también es conveniente si nos hacemos de una hipoteca, si logramos construir un hogar, para dejarles a nuestros hijos un espacio donde crecer y envejecer, aunque ellos también, en miras de tener una vida plena, deban concebir, escribir, plantar e hipotecar, hasta tener su propio espacio, y así sus hijos también y los hijos de sus hijos. Claro que además debemos abandonarlo todo un día y salir de casa, viajar, mochila en hombro, a donde nuestros pies nos lleven, a donde la bondad de los que nos reciban nos deje llegar, y hacer couchsurfing, autostopping, camping, bike sharing y fumar de la pipa de la paz, vivir en la naturaleza, solo de lo que esta nos provea, hacer turismo de aventura, saltar en bungee, paracaidas, rappel, hacer canyoning, canoping, rafting, snowboarding y ascender a las montañas más altas, hacer turismo filantrópico y llevar agua a África (o a donde esté de moda), risas a los orfanatos (hay que adoptar también), apoyo a las tropas (hay que pelear, si es necesario) y medicinas a los enfermos (de condiciones no contagiosas).  La verdad es que, si sacamos bien las cuentas, también es necesario vivir una vida sana, comer frutas y verduras, siempre orgánicas, siempre crudas, no comer grasas, gluten, azúcar, carnes, lácteos, no consumir alcohol, café, tabaco, drogas, hacer ejercicio todos los días, hacer el amor todos los días, dar las gracias, decir buenos días, ceder nuestro puesto, sonreír, abrazar, besar, llorar, bailar, cantar, sudar, gritar, sentir. Definitivamente, sentir. Y para sentir hay que entregarse a los placeres burdos: comer hasta más no poder, sin medidas ni dietas, dormir una semana entera, beberte una botella de vino completa y brindar por la próxima, hacer un viaje psiconáutico, ensuciarnos, burlarnos, cortarnos, enfermarnos, odiar, prometer venganza y cumplirla. Tienes que tener una familia heteroparental monogámica, pero debes probar con el sadomaso, el bondage, las botas gravitatorias, el dildo, el disfraz, el trío, la orgía, el intercambio de parejas, el gangbang, el bukkake, la bicuriosidad y la urolagnia. En definitiva, todo esto de la vida, si nos ponemos a sacar cuentas, no es muy complicado: 1001 películas para ver antes de morir, 1001 libros, 1001 obras de teatro, 1001 discos musicales, 1001 obras de arte, 1001 manchas en el asfalto, adoptar a un perro y un gato, defender los derechos animales, los de las mujeres, los niños, los sindicatos, los empresarios, los criminales, los pueblos oprimidos, los pueblos opresores, las personas con discapacidad, los artistas, tener twitter, facebook, skype, instagram, un canal de youtube, ser famoso, ser viral, ser tendencia, ser un meme, vestir bien, oler bien, ver series de TV, anime, leer cómics, manga, novelas gráficas, jugar videojuegos, tener un avatar, tomarte fotografías, grabar un vine, hacer un corto, actuar en una obra, posar desnudo para una clase de arte, pintar mandalas, hacer yoga, tai chi, pilates, reiki, meditación, tener sueños lúcidos, viajes astrales, honrar a dios sobre todas las cosas, hacer el apostolado y cumplir los sacramentos de tu fe, peregrinar, cuidar las tradiciones de tu región, reivindicar tu cultura, amar a tu patria, tener un equipo de fútbol, de béisbol, de voleibol, rugby, squash y de las olimpiadas matamáticas. Y por supuesto que no puedes morir sin conocer París, las pirámides de Egipto, el lago Ness, sin ir a Disney World, SeaWorld, Busch Garden, Six Flags, Cirque du Soleil, el carnaval de Río, la fiesta del día de los muertos en México, el encierro de los sanfermines y la tomatina en España, los diablos de Yare en Venezuela, un Oktoberfest y una Love Parade en Alemania, una Fiesta de la Primavera en China y un safari por África. No te puedes morir, en definitiva, sin probar el chucrut que preparan en un local cutre en Moscú, sin dudas el mejor del mundo, o la cocada que hacen en Tucacas, poco antes del peaje, ni cualquier otra cosa que te indique cualquier hijo de vecina, según su propia experiencia de vida.

Pocas cosas, como se ve, son necesarias para darle plenitud a la vida: concebir, escribir, plantar (y un par de cosas más). Cúmplanse a cabalidad, sin apuros ni apremio, para morir satisfecho. Y si la lista se vuelve obsoleta durante el proceso, no te alarmes: simplemente es cuestión de empezar de nuevo.

Yo soy Sia, pero sobre todo Maddie Ziegler

Este 7 de enero, en Francia, 12 personas murieron en lo que los medios definen como un ataque terrorista de extremistas musulmanes, dirigido a objetivos claves dentro del semanario de humor Charlie Hebdo, entre ellos su editor en jefe, como consolidación de viejas amenazas sobre represalias por la publicación de una serie de caricaturas donde ridiculizaban la fe musulmana, pero sobre todo donde presentaban de forma gráfica a Mahoma, lo que es tabú dentro de esta religión y está prohibido por la ley del Corán. Desde entonces cientos de países, medios y profesionales de la comunicación, personalidades relevantes y ciudadanos del mundo han ofrecido su apoyo a los sobrevivientes del ataque, lo mismo que manifestado su pesar por los muertos y heridos, bajo la frase “Yo soy Charlie” o “Je Suis Charlie”, que viene a indicar que se es empático o se comulga con las premisas de defensa de la libertad de expresión que llevaron al semanario francés a continuar publicando sus caricaturas, incluso después de las primeras amenazas, y aun después del atentado ya recibido en el 2011, que culminó con el incendio de la sede del medio. Por supuesto que también hay los que no aprueban el tipo de trabajo realizado por el semanario, pero son la minoría. Del otro lado de la realidad, y exactamente el mismo día, la cantante Sia hizo público su nuevo video promocional, Elastic Heart, por medio de las redes sociales, y el rechazo junto a la polémica se alzaron de inmediato, censurando el video por calificarlo de promotor de la pedofilia, debido a la ambigüedad sexual que representa el baile entre Shia LaBuf, actor de 28 años, y Maddie Ziegler, bailarina de 12. En medio de temas tan similares, con respuestas sociales tan diferentes, me gustaría explicar por qué es que yo NO soy Charlie Hebdo y sí soy (parcialmente) Sia, pero sobre todo (y sin reservas) Maddie Ziegler.

Sigue leyendo

El país del pa’ los frescos

A los 18 años, después de una primera experiencia sin importancia, conseguí el que sería mi primer trabajo formal: recolector en un peaje. Corría el paro petrolero y no había casi autos en la calle. Supondrán bien que fue un trabajo cómodo. Sin embargo, había un punto de presión importante: el de cerrar caja sin excedentes ni faltantes. Esto podía controlarse en la mayoría de los casos, pero cada tanto se incurría en fallos que no había cómo reparar, aunque no eran muy importantes si ocurrían en un canal liviano. Pero, de ocurrir en un canal de camiones, el faltante podría ser una porción o más de tu pago diario, que, por supuesto, sería descontado de tu sueldo.

La primera vez que tuve un fallo en el canal de camiones, lo supe al mismo momento, y desde ese instante hasta mi llegada a tesorería no se me escapaba que al cuadrar caja quedaría con números rojos. Así se lo advertí a la tesorera, que contabilizó mi dinero, vio que los números rojos coincidían con mi cálculo previo y no hubo mayor problema. Afuera de tesorería, un compañero de trabajo me preguntó, extrañado, cómo es que si yo tenía claro que me faltaría ese dinero no se lo pedí a los mismos camioneros. Pensando que se trataba de un chiste, le pregunté que cómo se hacía eso, y me dijo, con naturalidad: “Bueno, fácil, le dices que si te pueden dejar alguito del vuelto pa’ los frescos”. “¿Y funciona?”. “Claro que sí. Además, aquí todos lo hacemos”.

Y efectivamente todos lo hacían. Se podría decir, por dar un ejemplo simple, que la máquina de refrescos que teníamos fuera de las oficinas del peaje, estaba alimentada por completo con dinero de los usuarios, que gustosamente habían donado de su bolsillo a los trabajadores, para que ellos literalmente se compraran unos frescos. Ocurría lo mismo con la máquina de café, de chucherías, la gasolina de los empleados con carro y uno que otro lujo adicional. Dentro de las instalaciones de ese peaje, y hablo de ese con afán generalizador, corría muchísimo dinero de la mano de los usuarios a manos de trabajadores, fiscales, policías y militares, que jamás tocaba las arcas de la tesorería, pues formaba parte de otro sistema económico, independiente a todo ello. Es el mismo sistema que funciona en gestorías, aceras públicas, autobuses y muchísimos sitios más, en un país que bien podríamos llamar, sin resultar reduccionistas, el país del pa’ los frescos. Un país donde nos mojamos las manos los unos a los otros, y viceversa, en tantas direcciones, que ya no es posible hacer un diagrama fidedigno. Todos parecen participar, y en todos los rubros parece presente. Hoy, a propósito del anuncio de la reactivación de los peajes al país, no he podido dejar de pensar en esta historia del peaje, y su relación con Venezuela y su idiosincracia.

Sigue leyendo