Reto: mejorar la ortografía eliminando el corrector*

Ortografía facebook

Son muchas las acciones que he tenido que realizar y también las lecciones que he debido tomar para poder trabajar como corrector ortotipográfico y de estilo sin haber cursado estudios universitarios afines. Pero, si tuviera que definir cuáles han sido las dos más grandes decisiones que he tomado y que me han llevado al punto en el que estoy hoy (y me seguirán llevando a mejores puertos en el futuro), lo tendría muy claro. Se trata de dos retos que me impuse en dos momentos diferentes de mi vida, pero mucho antes de interesarme por la corrección como trabajo profesional.

El primero lo tomé en mi primer año de bachillerato, al darme cuenta que tenía una ortografía pésima y que no podía contar con las clases de castellano y literatura del colegio para mejorarlas, porque mis docentes no estaban mucho mejor que yo, ni era una prioridad en nuestro pénsum académico. De hecho, nunca lo fue, ni siquiera en educación primaria, donde solo se nos hacía repasar las reglas ortográficas como quien repite de forma mecánica una tabla de multiplicar. Nada significativo y mucho menos a lo que se le hiciera seguimiento. Si viven en Venezuela o en un país con un sistema educativo similar, sabrán que desarrollar una buena ortografía sin apoyo del sistema es difícil. Pero yo me impuse el reto de aprender por cuenta propia.

Tomé un libro de ortografía viejo y maltratado que permanecía ignorado en algún lugar de la casa, y lo abrí en el capítulo de la acentuación. Recuerdo que para entonces parte de lo que más me preocupaba era no saber distinguir una palabra aguda, grave o esdrújula. Ni siquiera sabía que existían las sobresdrújulas. Así que por allí empecé mi aprendizaje, buscando una forma de volver significativo lo que decía el libro, estableciendo reglas mnemotécnicas personales para recordar normas complejas para mí, volviéndome más consciente de la calidad de lo que escribía y también de lo que leía. Pronto terminé de leer el libro y me di por satisfecho por un buen tiempo. Todavía me faltaba mucho por mejorar, pero por aquellos días creía que ya sabía todo lo que se podía saber. Después de todo, había completado el libro. ¿Qué más podría existir en el mundo de la ortografía que yo no supiera?

Lo cierto es que sí había mucho más detrás de mis limitados conocimientos, y seguía cometiendo centenas de errores. En el ínterin, aparecieron otros libros y otros retos autoimpuestos, pero nada tan relevante y definitorio como ese primer reto, hasta que llegó ese segundo reto, del que les hablaba un par de párrafos atrás, y que es el que ocupa realmente a este artículo: desactivar las funciones del corrector de Word.

Sigue leyendo

Anuncios

Micrografía

 

Se volvió un experto en el arte de escribir de forma minúscula e hizo buen dinero vendiendo novelas escritas sobre granos de arroz. Las largas horas de dedicación a esta artesanía le valieron premios y reconocimientos dentro y fuera de su tierra, pero también terminaron por deteriorarle la vista hasta el punto de no poder ver un par de metros más allá de sus narices. Cuando en su vejez le sobrevino un infarto fulminante, pasó su vida delante de sus ojos, una autobiografía novelada hermosamente escrita por su propio puño y letra, pero no tenía la lupa a mano y no pudo leer una sola palabra.

Gina y Django

Fue odio a primera vista. Sus gustos y aversiones no podían diferir más y no soportaban siquiera mirarse a los ojos. Sus sistemas de valores se enfrentaban con cada palabra que cruzaran, y sus ideales y concepciones del mundo mostraban toda su polaridad con cada gesto y acción que realizaban. Sus fobias y sus parafilias eran incompatibles, sus patologías, opuestas, sus experiencias vitales, contrarias, sus modos de ganarse la vida, cada uno en un extremo distinto. Ni siquiera sus cuerpos calzaban en un esquema común, pero aun así su pasión surgió en medio del más incoherente de los besos. Y se hicieron el amor, se mudaron juntos, se casaron, y tuvieron hijos, una hipoteca y todo el paquete completo. Fueron infelices cada día de su vida, intentando atraer al otro a su lado de la realidad, a su forma de vivir y entender la vida. Envejecieron, convencidos de la inutilidad de volver a mirarse a los ojos, en cuartos separados, sin compartir cuando menos la mesa, sin saber que en su soledad se habían vuelto reflejos el uno del otro, que se habían hecho tan indistinguibles como dos gotas de agua. Murieron el mismo día, dedicándose el uno al otro exactamente el mismo pensamiento.

Preguntas

abandoned-1149836_960_720

Si el fantasma de un niño se lanza desde el tobogán de un parque abandonado tras un deslave nuclear, ¿su risa hace ruido? Si se rompe la rodilla correteando entre la nieve, ¿su sangre marca el suelo? Si tose, ¿el aire se enrarece? Si se enciende en fiebre, ¿se evapora la nieve? Si se va muriendo conforme la nueva vegetación crece y algunas aves y roedores colonizan el lugar, ¿queda su eco atrapado en algún cerco? Si nunca tuvo nombre, cuerpo o rostro, si nunca subió a ese tobogán o se rompió la rodilla o siquiera tosió o se encendió en fiebre, ¿puedo escribir sobre él algo más que preguntas? ¿Tiene algún sentido invocarlo, seguir el rastro de su sangre en la nieve, el eco de su risa en mi recuerdo?

Si el fantasma de un niño se lanza desde el tobogán de un parque abandonado, sus gritos, su llanto, su dolor, el mío, ¿hacen ruido?