Con el tiempo entre los dedos

Lo tiene en la punta de los dedos. Tiene el tiempo en la punta de los dedos. Lleva el tiempo en la punta de los dedos y se siente viscoso al contacto. Es frío y es infinitamente pesado, como una enana calva sin sol justo antes de volverse agujero negro, pero flota con gracia entre sus dedos y le hace cosquillas. Ríe endemoniadamente y su ombligo desnudo ríe con ella; se atraganta de risa y escupe una semilla de sémola, el ombligo, y una semilla de mostaza, ella. Se le vuelve una plastilina el tiempo entre los dedos; un ovillo de neuronas muertas; una bola de telaraña chiclosa con huevos infectos y alucinaciones adentro. Se le torna fucsia el tiempo entre los dedos, le da una forma elíptica y ahora luce esmeralda o ambarino, intenso a explotar o profundamente sombrío. Ya no lo puede saber dentro de su omnisciencia. Todo ocurre muy rápido o muy lento. Se transforma el tiempo entre sus dedos. Se trastoca en ella, que se transforma con el tiempo en sus dedos. Al otro lado del tiempo, está su propia mano, con 15 años, con 8 años, con 4, con un día de nacida, con un día antes de morir. El tiempo muere cuando mueren sus dedos y ella sabe exactamente cómo morirá y cuándo. Estira la masa del tiempo, como si hiciera una pizza, y le echa notas musicales encima: un poco de Pink Floyd, un poco de Jefferson Airplane, un poco de Small Faces. Pone el tiempo en el horno y se chupa los dedos. Huele a ácido y a mescalina el ambiente. Al lado de ella, alguien muerde un cactus y la cara se le vuelve un puercoespín. Trata de besarla, pero ella quiere seguir besando al tiempo. El tiempo le sabe a almíbar. Las paredes empiezan a chorrear almíbar. El tiempo es una piscina almibarada de sirope de arce y ella nada en el tiempo. Nada contracorriente, regresando, siempre regresando. Le sale una lágrima del ojo izquierdo, que cae sobre el almíbar y lo pudre. El tiempo se pudre alrededor de su cuerpo. Se queda en la esquina del cuarto, llorando, y olvida sacar al tiempo del horno. En sus manos, el tiempo se quema, se chamusca, se gangrena. Saca la pizza del tiempo, y está tan dura como el corazón de una gárgola y tan caliente como un cuerno de demonio. El tiempo es el infierno. Ella es el cielo. Comienza a ascender, a levitar, a elevarse. Navega el aire entre el puercoespín y el tiempo. Se llena de olas refulgentes la habitación y ella choca y se marea. Vomita el ácido. Todo vuelve a ser vulgar poco a poco. El puercoespín tiene los ojos perdidos y el cactus duerme inerme a su lado. Se fugan los colores entre los poros de las paredes, y ella cierra los ojos decepcionada; los aprieta frente a la luz, tratando de sacar chispas de colores, y nada. No ocurre nada. Ocurre la nada. El tiempo se le ha ido de los dedos. Abre la nevera esperando encontrarse el sirope de arce.

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