Romance y realismo

Primer día de clases, una universidad, una ciudad distinta a casa. La chica hermosa de cabellos en bucles, criada con modales de provincia, deslumbrada por la grandilocuencia de la ciudad, entra al recinto universitario, maravillada por las estatuas, las obras de arte, los jóvenes que se mueven como átomos. Lleva varios libros y cuadernos apilados entre las manos, que van a parar directamente al piso cuando tropieza con aquel profesor de brazos fuertes, traje formal y peinado juvenil. Detrás de él, un séquito de admiradoras secretas se detiene junto a las ramas, para ver con recelo este encuentro fortuito, que ellas habían deseado desde la primera vez que lo vieron y que intentaron forzar en tantas ocasiones que ya habían perdido la cuenta.

El profesor se agacha en simultáneo para ayudar a recoger los libros, y también de forma simultánea se disculpan, se miran a los ojos, se rozan la punta de los dedos y se vuelven a disculpar, hasta que todos los libros se han recogido y pueden volver a pararse. Enseguida, el silencio incómodo. El docente trata de arponearlo tendiéndole la mano a la chica y pronunciando su nombre. Ella intenta tomar los libros con una mano para tenderle la otra, y termina por ofrecerle apenas la punta de sus dedos y pronunciar un nombre que solo ella escuchó. Las admiradoras secretas veían la escena desde la distancia y casi imaginaban una balada de fondo, aves que pasaban rasantes junto a la pareja, movimientos en cámara lenta y construían un diálogo harto desgastado.

Ya cumplido el protocolo, la chica de provincia y el docente de ciudad se separan, ella volviendo sus pensamientos a la belleza histórica de ese recinto universitario y a cuántas cosas aprendería allí; él, pensando en el trabajo de ascenso que debía entregar en un mes. Cinco minutos después, el evento se había borrado de la cabeza de ambos y cada cual continuó su vida, sin volver a tropezarse en esa gigante universidad. La chica de provincia eventualmente consiguió pareja, una camarera de un bar universitario, y el profesor se casó con cualquier otra persona, cada uno tras haber pasado por un conjunto de situaciones congruentes que les permitieron desarrollar el amor, y que, lamentablemente para la ficción, no son tan evidentes, ni fáciles de predecir, ni atractivas para contar.

Hasta el día de hoy, el séquito de admiradoras secretas se renueva semestre a semestre y todas siguen persiguiendo al profesor y escondiéndose en las ramas, mientras imaginan e intentan historias de tropiezos y libros caídos y mientras la literatura sigue en deuda con el romance y el realismo.

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Lava

Escribo mis historias sobre un teclado de lava. De los dedos ya no queda nada. De las manos, un muñón, que se acerca cada vez más a los codos. Con una puntita de cada muñón presiono las teclas, cubierto de harapos que intentan protegerme del fuego en vano. Dos minutos de escritura requieren semanas de cremas, vendajes y tratamientos para las quemaduras. Duele. Duele infiernos y extraño mis manos cada vez que quiero cachetearme por no conseguir la palabra correcta, la frase insustituible. Me han ofrecido otros teclados, plumas, lápices, una grabadora digital, una secretaria hecha de roca volcánica. Pero, entonces sobre qué escribiría con tanto tiempo libre, tantos dedos y tan pocas ideas.