Ojos de madre

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Autor: Alexis Perez-Luna. De su serie “Vargas 2000“.

Es un hecho que en una inundación el agua, el barro, la desgracia tapeará todo lo que se encuentre a su paso. Como un arca de Noé que poco a poco regresa a tierra firme, cuando el agua se evapora, el escenario que va surgiendo es muy diferente al que se dejó antes del deslave. Un nuevo ecosistema de casas rotas, autos volcados, columpios arrancados de raíz, escuelas convertidas en charcos de brea. En este nuevo mundo no hay hogar, movilización, lúdica o aprendizaje posible. El único refugio es la fe, una fe hundida a medias y penitente como la de la imagen. Una fe que pide por otros, cuando descubre que ya no hay salvación para sí misma. Una fe de la cintura para arriba, porque ya no hay instinto que se mantenga en pie, ni siquiera el de supervivencia. A esas alturas solo queda la necedad de ver el paisaje con ojos perdidos y nostálgicos, como quien todavía puede ver lo que alguna vez hubo debajo, como quien se aferra a creer que todavía hay algo que retratar. Mirarlo todo, en definitiva, como una virgen, como esa madre arquetipal con corazón de oro y carácter de hierro, que aun así no puede evitar hundirse hasta el pecho en la miseria, que no puede más que resignarse a ver a sus hijos morir en la cruz de sus propios deseos de civilización.

Todo sobre citas textuales, paráfrasis y plagio

Hace un tiempo ya, en este mismo blog, expresé mi opinión sobre lo que suelo llamar el chip del copy/paste. En ese artículo me pronuncio en contra del vicio de usar contenido ajeno sin darle la debida reseña o pedir autorización. Pero se suele decir que quejarse sirve de poco si no se ofrecen alternativas para resolver el problema. Y dado que considero que gran parte de este problema guarda relación con la poca (o nula) instrucción que recibimos en colegios y universidades sobre el valor de citar bien, y la metodología para hacerlo, consideré oportuno crear este artículo, adaptando un material que suelo entregarle a los estudiantes a los que asesoro en sus trabajos de grado.

En este artículo resumo las reglas para elaborar un correcto sistema de citas en solo 10 puntos. Así que podemos verlo como un decálogo del respeto a los derechos de autor. Al menos en lo que refiere a textos académicos, que es sobre lo que está centrado el artículo. Quizás en otra oportunidad hablaré de las implicaciones de este tema en la literatura y otras disciplinas. Así que si estás enfrentándote a la elaboración de un trabajo académico (tesis, monografía, ensayo, informe, etc.) o estás próximo a enfrentarte a este monstruo, continúa la lectura, que no solo conocerás las 10 reglas para un correcto citado, sino que también encontrarás unos ejemplos bien específicos, para que puedas distinguir una cita textual de una paráfrasis, y cualquiera de estas dos de un texto propio o un plagio.

Y si hay algo que dejé por fuera y te sigue generando dudas, puedes usar la sección de los comentarios para preguntarme. Por lo pronto, pasemos a lo que nos interesa.

10 reglas para el correcto citado

1. Lo que se debe citar

Todo lo que haya escrito alguien antes que ustedes (incluso lo que ustedes mismos hayan escrito con anterioridad), y que deseen incorporar a un trabajo académico, de forma textual, debe colocarse como cita. 

2. Exponer claramente los datos del autor citado

Para que una cita se considere como tal, debe quedarle claro al lector cuáles son las palabras exactas que dijo el sujeto citado, además de su nombre, el año en que lo dijo y, si aplica, en qué páginas o secciones del texto citado lo dijo.

Al menos en APA, para citas de 40 palabras o menos encerramos el texto entre comillas. Para citas de más de 40 palabras lo colocamos en un párrafo aparte, con un margen especial y sin comillas. En toda cita de 15 palabras o más debemos agregar la o las páginas en que aparece el texto o, en su defecto, el número de párrafo o la sección a la que pertenece. 

3. Lo que se considera paráfrasis

Una forma alternativa de darle crédito al contenido intelectual de un autor es a través de la paráfrasis. Esta implica que se tome como base el texto de un autor, para reordenarlo o volverlo a redactar, a conveniencia de quien hace la paráfrasis.

Para que se considere una paráfrasis, debe incorporarse, en algún punto de la misma, el apellido del autor y el año en que escribió el texto que sirvió de base para la paráfrasis. Esos serían los datos mínimos.

4. Lo que se considera plagio

Todo lo que no se cite de acuerdo a las reglas anteriores se considera plagio, incluso cuando proviene de un error y no del interés de plagiar. También se considera plagio si se realiza esta acción con un texto propio (se le suele denominar autoplagio).

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“La La Land” y el porno con argumento

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Tenía bastante tiempo sin escribir una reseña de cine y creo que este artículo no va a hacerle ningún favor a esta limitada sección de mi blog, porque dudo que lo que salga de aquí pueda considerarse una reseña. Es más bien un ejercicio de compresión que la multinominada película me ha inspirado y que aprovecho para colar por aquí, ya que es un tema tan en boga ahora. Y advierto una cosa más. No voy a hablar bien de la película. Probablemente tampoco mal. Insisto, no es una reseña. Voy a hablar de cosas que no conozco con el afán catequista del que lo sabe todo con certeza. Hechas las aclaratorias, pasemos, penosamente, a lo que toca:

Nunca me han gustado los musicales. Y quizás esta sea una afirmación extraña para alguien que dice que Across the Universe (2007), de Julie Taymor, es una de sus películas favoritas de todos los tiempos, y South Park: Bigger, Longer and Uncut (1999), de Trey Parker, es de las películas animadas con temática adulta que más ha disfrutado. Seguro habrá quien lea esto y piense: “¿Qué rayos estoy leyendo? ¿Este tipo siquiera sabe algo de cine? ¿South Park y un drama con canciones de The Beatles son su único referente del vastísimo universo de los musicales?”. Pues, sí, esos son mis referentes. Podría agregar un par más, pero estoy seguro de que la lista no mejorará, ni mucho menos la impresión que pueda generar como cinéfilo con ella. Dejémoslo, entonces, en que no me gustan los musicales. No los entiendo, ni los aprecio. Quizás es falta de conocimiento sobre la historia de la música, quizás falta de conocimiento sobre la historia del cine, o las dos cosas juntas. Pero lo cierto es que el género no me pasa.

Y he intentado mucho y trato de poner mi mejor sonrisa de disposición y mi mente abierta para ello. Porque se supone que un cinéfilo (y a veces me da por calificarme como tal) debe apreciar todo lo apreciable de este arte, y se supone que este género no es la excepción. He intentado con algunos clásicos, con los contemporáneos, con la aburrida Dancer in the Dark (2000), de una Björk que no me dejó de gustar por eso, pero de un Lars Von Trier monotemático que sí; y hace pocas semanas lo intenté con Córki dancingu (2015), de Agnieszka Smoczynska, un musical polaco de “terror” sobre un par de sirenas antropófagas, que se supone una adaptación libre del clásico de Andersen. Según entiendo, ese musical kitsch y semierótico, creo que feminista, me debería haber gustado, porque posee todo el espíritu indie del buen cine de bajo presupuesto, toda la estética, todo el… todo lo que yo no vi. Tal como no lo he visto en prácticamente ningún otro musical.

Al respecto, recuerdo una entrevista que le hicieron a Meryl Streep sobre el musical del 2008, Mamma mia!, de Phyllida Lloyd. Allí le preguntaron qué la motivó a hacer el papel de Donna y dijo, parafraseando, que había llegado a una edad donde tenía que empezar a hacer películas que avergonzaran a sus hijos. Y claramente lo dijo en broma, pero no pude estar más de acuerdo, e incluso llegue a pensar: “¿será que en secreto todos piensan igual que yo, pero no se atreven a decirlo más allá del chiste, del acto fallido, no sea que le acusen de incultos, de no entender lo que en realidad nadie entiende?”.

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Porque ver este musical horrible con canciones de ABBA me da una sensación de pena ajena inmediata. Meryl Streep no es mi madre y aún así siento que me pone en vergüenza apenas abre la boca para cantar. Y lo mismo el resto del reparto. Porque mi problema con los musicales es que siempre me he sentido estúpido cuando los veo (como viendo la escena de la imagen superior). Como cuando se ve telebasura y sabes que es telebasura. Y miras al panelista del top show halándole los pelos a un miembro del público porque lo insultó y te sientes atrapado frente a la pantalla como un idiota, y no sabes por qué estás mirando eso, por qué no lo cambias. Alguien podría entrar al cuarto en ese momento. ¿Cómo le explicarías que estás viendo Laura en América? ¿No se supone que eres un intelectual, que lees buena literatura, que sabes algo sobre buena televisión, buen cine, buen teatro? ¿Entonces qué hacen esas gitanas borrachas mal maquilladas casándose en el medio de tu pantalla? ¿Qué hace Honey Boo Boo comiendo sirope y haciendo un berrinche en tu televisor? Pues, justo así me siento viendo un musical. Como mirando un video bochornoso de alguien, que se filtró en YouTube: culpable, con ganas de cerrar los ojos, cerrar la pestaña del navegador, y ahorrarle al pobre incauto y a mí la vergüenza de que una persona más en el mundo lo vea hacer el ridículo.

Pero con la telebasura o los videos virales de Internet la cosa es fácil. El hombre culto sabe que lo que está viendo es basura y se siente con todo el derecho de cerrar la pestaña de Chrome para no quedar con la sensación de que es un idiota. O de ver el video hasta el final y decir con desparpajo: “sigo siendo un docto, así que me deben perdonar ese, mi pequeño placer culposo”. Pero con el cine no es tan fácil. Sobre todo cuando el título viene de un director que ha ganado premios, que guiña toda clase de películas de la llamada era dorada de Hollywood, etc. ¿Qué se supone que debemos hacer allí cuando nos sentimos como el que mira a Wendy Sulca pedir cerveza? ¿Confesarlo y que nos miren con cara de “no sabes nada de cine; vete a ver Los Vengadores“? Después de todo, el arte contemporáneo se ha basado en estafas como estas, ya criticadas por muchos: “este papel arrugado y mojado con mi flujo vaginal es arte y si no lo aprecias es porque eres un ignorante”. Pero al final del día muchos terminan cayendo en la trampa y diciendo: “sí, sí; es una excelente obra; la transgresión del mensaje de la autora se respira y se vive en cada arruga del papel, como un grito al vacío en una alegoría a…”. Supongo que ya entendieron la idea.

Por eso me he sorprendido a mí mismo disfrutando Across the Universe. El montaje general de la obra es tan espectacular, el juego de fusión de lo diegético con lo extradiegético (que todo musical requiere) es tan honesto y limpio, la composición musical está tan bien llevada, que no solo no me siento avergonzado cuando empieza cada número musical, sino que lo espero con ansias. Supongo que eso es lo que sienten los amantes del género con cualquiera de los grandes musicales que yo no tolero. Espero realmente que sientan eso. Necesito creerlo con toda mi fe. De otra forma no podría entender cómo alguien es capaz de valorar positivamente algo que le haga sentir tonto y avergonzado, que se supone no fue diseñado para eso.

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Pero, basta de preámbulos. Qué tiene que ver La La Land (2016), la peli de Damien Chazelle de la que todos hablan y que todos premian, con la pornografía. Después de todo, por algo debo haber titulado así este artículo. En algún momento debería ponerme a hablar de ello. Así que nada mejor que ahora mismo. Como en la película de Chazelle (SPOILER ALERT: sombrea el texto para leer), retrocedamos a un punto cercano al inicio y hagamos de cuenta por unos segundos que no escribí nada de lo anterior (FIN DEL SPOILER ALERT), y así podemos entender los musicales desde una explicación menos básica que la del “me hacen sentir tonto”.

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Existe gente mala

Como escritor, tengo que contener mis impulsos más básicos, mis pensamientos más simplistas y toda necesidad de reduccionismo que intente atravesar mis letras. Si mi interés es escribir una historia creíble, con la que el lector conecte, que no sea una burda venta de humo, me toca hacer un complejo ejercicio de matizar la realidad, pulir sus extremos y saber mirar los puntos medios, los tonos grises y demás ambigüedades que surjan o se puedan escarbar entre los blancos y negros.

Crear personajes psicológicamente redondos pasa por el compromiso de saber leer entre líneas: traducir en las acciones más viles móviles benévolos, y en las acciones más puras y honestas poder ver el egoísmo, la miseria, la ruindad y la maldad que podrían ocultarse como bacterias. Si además resulta que los personajes con los que trabajo exudan ideologías capaces de polarizar opiniones, toca ser mucho más cuidadoso. Cualquier paso en falso y el texto termina convertido en un panfleto o, con mejor suerte, en una audaz campaña publicitaria.

Por ejemplo, si en este momento me tocara escribir sobre el presidente de mi país, la práctica literaria me obligaría a rebuscar móviles luminosos entre toda la oscuridad que veo esparcir en sus acciones cada día. Me vería tentado a imaginar que no duerme por la noche, acosado por el dolor moral, que llora frente a su psiquiatra y le confiesa que hace 9 meses no logra sostener una erección ni siquiera con medicamentos; que sabe muy bien de dónde vienen todos sus padecimientos pero que se siente atado de manos. Necesitaría, para que mi relato tuviera un revés emocional adecuado, que este personaje se mirara al espejo, se encontrara una cana y de pronto temblara ante la perspectiva de haber perdido su juventud haciendo daño a otros.

Con la pluma en la mano, casi puedo verlo parado sobre la báscula de su baño, desnudo, después de mal dormir solo dos horas, por la severa agenda de reuniones y llamadas que debe atender a diario para sostener el castillo de naipes que él mismo ayudó a construir, y lo escucho pensar que se siente obeso y feo, que quisiera afeitarse el bigote de una vez y para siempre, pero sus asesores no se lo permiten.

Sentado frente a la computadora, con el teclado en la mano, los años de escuela en escritura me orillan a sentir lástima por mi personaje. Necesito sentir lástima por él para poder encontrarle flancos no explorados, costuras sueltas que pueda yo volver a coser con la gracia literaria que le confiera al personaje un rostro nuevo, más complejo y más humano. Y así es como lo escucho, aún sobre la báscula, dejarse llevar por un pequeñísimo pensamiento rebelde, último vestigio de una adolescencia militante que lo descubrió pasional y completamente convencido de las bondades de sus credos políticos.

Piensa en afeitarse el bigote, se moleste quien se moleste, en empezar a hacer dieta… pero no, primero lo primero: renunciar al cargo y arrastrar conmigo a todos los villanos que en su momento me arrastraron a mí. O mejor, primero el bigote, luego devolver la democracia al país y tercero la dieta. Y allí se detienen sus pensamientos, porque sabe que no puede hacerlo, que debe peinarse el bigote, vestirse y salir a hacer el papel de malo y luego llorar frente a su psiquiatra y mal dormir otro par de horas.

El presidente ficcional que he creado, por necesidad argumental, está amenazado por fuerzas superiores a él. No puede mover un dedo sin que alguien haya pulsado previamente los botones que le permiten moverlo. Y, si se resiste, todo puede salir peor para él y sus seres queridos. Porque el presidente que se desarrolla en mi cabeza de escritor todavía tiene la capacidad de amar. Y esa capacidad, de alguna forma, lo redime a sus propios ojos y no se la dejará arrebatar por nada del mundo. La protegerá incluso con su vida.

Pero hay días en los que no quiero pensar como un escritor. Hay días como hoy en los que me urge la necesidad del simplismo. Donde quiero ser como un niño, que no duda en dividir al mundo entre buenos y malos, sin irse por las ramas buscando justificaciones donde quizás las haya, pero que al final del día realmente no justifican nada. Porque, aunque no sea tan elegante para un buen relato, hay que aceptarlo: existe gente mala. Así de básico como suena. Así de monolítico.

Y el gobierno de este país está lleno de gente mala. Empezando por su presidente y siguiendo por una línea de nombres y apellidos, de rostros, que la mayoría conocemos a la perfección. Gente muy pero muy mala. Mala como villano de caricatura. Mala como una enfermedad mortal. Mala como una bomba atómica. Como el fin del mundo; sin reveses, sin vueltas de tuerca, sin otras dimensiones o interpretaciones posibles.

Si no me convenzo a mí mismo de que son personas malas termino confundido. Porque yo nunca he podido ser así de malo, ni siquiera con los matices oscuros que como todo humano tengo, y no consigo explicarme cómo es posible que otros puedan llegar a tal nivel de maldad sin derrumbarse ni despeinarse.

En días como hoy, me dejo llevar por la corriente de una regresión a mi infancia, donde todo es más fácil de comprender, asumir e integrar si califico a esas personas como malas y punto. Porque sí, porque yo también necesito dormir por las noches. Y tener bien delimitados e identificados a los villanos de mi historia llena mis noches de pesadillas, pero al menos duermo. Y, cuando me levanto, tengo muy claro de quiénes debo cuidarme si quiero seguir siendo el bueno de la película, el maltrecho protagonista, y no morir como el tonto de turno de las primeras escenas. Porque existen buenos, malos y tontos. Y yo tengo bien claro qué es lo que quiero ser.

Uno dos seis… años de ConVíctor_y_Confeso

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¡Sí, señoras y señores! ConVíctor_y_Confeso cumple 6 años desde su primera publicación. Y este año quise hacer algo especial para celebrarlo. Quizás la imagen que corona el post les dé una pista. Para los que dijeron algo relacionado con la palabra “libro”, les aclaro que acertaron. He creado un pequeño libro digital, de descarga gratuita, al que he titulado Uno dos seis. Si hacen clic en la imagen lo pueden descargar, o lo pueden hacer por aquí, o ya bien al final del post. ¿Y para qué tantos enlaces de descarga? ¡Qué sé yo! Lo único que sé es que también lo pueden descargar por acá y por acá, aunque todos los acaces son el mismo enlace.

Spam aparte, la invitación a descargar es obvia, pero quizás no tanto la de que pueden compartir el libro con quien lo deseen. Si es alguien que nunca se ha dado un paseo por este blog, sería genial si lo invitan a que se descargue el libro directamente desde aquí. Pero, si se lo envían sin mediación, tampoco pasa nada.

Este libro está compuesto por 36 microcuentos, todos publicados en este blog a lo largo de los últimos 6 años, y elegidos por un simple criterio de gustos personales, pero divididos por año (6 microcuentos por cada año, contados de octubre a octubre). Así pueden explorar la cronología, la cualidad y variedad de mi trabajo a lo largo del tiempo.

Los microcuentos de este libro son muy variados tanto en extensión, como en temas y en recursos. En algunos hablo de zombis, en otros de fantasmas y en otro más de magia, mientras que también exploro géneros como el detectivesco, la mitología griega, los cuentos de hadas, los relatos bíblicos y otras relaciones intertextuales, con literatura, televisión, teatro y más. Los registros van desde la comedia al terror, pasando también por el drama y otras cosas un tanto más difíciles de catalogar. En definitiva, se trata de una selección de microcuentos tan variopinta como el espíritu de este blog y mis intereses al escribir.

No quedaría más que decir que invitarlos de nuevo a que descarguen el libro, lean (o relean) sus microcuentos a gusto (en el orden que deseen, en la cantidad que deseen) y lo compartan con quien crean que lo puede disfrutar. Y, mientras pasan las páginas, brindamos por otros seis años más de este blog. ¡Salud!

El enlace definitivo y final para su descarga, a continuación.

Haz clic aquí para descargar el libro.

PD: ¡Feliz cumpleaños, ConVíctor_y_Confeso!

Reto: mejorar la ortografía eliminando el corrector*

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Son muchas las acciones que he tenido que realizar y también las lecciones que he debido tomar para poder trabajar como corrector ortotipográfico y de estilo sin haber cursado estudios universitarios afines. Pero, si tuviera que definir cuáles han sido las dos más grandes decisiones que he tomado y que me han llevado al punto en el que estoy hoy (y me seguirán llevando a mejores puertos en el futuro), lo tendría muy claro. Se trata de dos retos que me impuse en dos momentos diferentes de mi vida, pero mucho antes de interesarme por la corrección como trabajo profesional.

El primero lo tomé en mi primer año de bachillerato, al darme cuenta que tenía una ortografía pésima y que no podía contar con las clases de castellano y literatura del colegio para mejorarlas, porque mis docentes no estaban mucho mejor que yo, ni era una prioridad en nuestro pénsum académico. De hecho, nunca lo fue, ni siquiera en educación primaria, donde solo se nos hacía repasar las reglas ortográficas como quien repite de forma mecánica una tabla de multiplicar. Nada significativo y mucho menos a lo que se le hiciera seguimiento. Si viven en Venezuela o en un país con un sistema educativo similar, sabrán que desarrollar una buena ortografía sin apoyo del sistema es difícil. Pero yo me impuse el reto de aprender por cuenta propia.

Tomé un libro de ortografía viejo y maltratado que permanecía ignorado en algún lugar de la casa, y lo abrí en el capítulo de la acentuación. Recuerdo que para entonces parte de lo que más me preocupaba era no saber distinguir una palabra aguda, grave o esdrújula. Ni siquiera sabía que existían las sobresdrújulas. Así que por allí empecé mi aprendizaje, buscando una forma de volver significativo lo que decía el libro, estableciendo reglas mnemotécnicas personales para recordar normas complejas para mí, volviéndome más consciente de la calidad de lo que escribía y también de lo que leía. Pronto terminé de leer el libro y me di por satisfecho por un buen tiempo. Todavía me faltaba mucho por mejorar, pero por aquellos días creía que ya sabía todo lo que se podía saber. Después de todo, había completado el libro. ¿Qué más podría existir en el mundo de la ortografía que yo no supiera?

Lo cierto es que sí había mucho más detrás de mis limitados conocimientos, y seguía cometiendo centenas de errores. En el ínterin, aparecieron otros libros y otros retos autoimpuestos, pero nada tan relevante y definitorio como ese primer reto, hasta que llegó ese segundo reto, del que les hablaba un par de párrafos atrás, y que es el que ocupa realmente a este artículo: desactivar las funciones del corrector de Word.

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¿Qué es un estilema y qué relación guarda con el desarrollo de mi propio estilo literario?

Antes de poder definir qué es un estilema, parece razonable entender primero qué es la estilística. Pero, incluso antes de ello, quizás sea más conveniente empezar a hablar sobre lo que es el estilo, para, desde allí, abordar los demás conceptos. Como tal vez resulte evidente, las palabras “estilística” y “estilema” vienen de la palabra “estilo”. Lo que no es tan evidente es el origen de esta segunda palabra. “Estilo” (del griego estylos) era el nombre que recibía “el punzón, agudo por un extremo y plano por el otro, con que los antiguos escribían y borraban en tablillas enceradas” (Alonso, 1978).

Así que el estilo, según la concepción antigua, no era más que un utensilio de la escritura. Pero, según entendemos el concepto en la actualidad, el estilo sigue siendo un utensilio de la escritura, solo que el mismo es ahora intangible. El estilo es, entonces, en palabras sencillas, el carácter individual o diferenciado que le da a un texto literario el escritor, haciendo uso de sus medios expresivos y sus habilidades para utilizarlos. Por ende, la estilística es la disciplina que estudia los estilos literarios.

La estilística es, más concretamente, una rama de la lingüística que se encarga de estudiar el uso estético, con valor artístico, del lenguaje, tanto en la literatura, como en textos no literarios y en el habla común. Ya sea de forma individual (algún escritor en concreto) o colectiva (un grupo de escritores, una generación, un movimiento, un área demográfica, etc.). La estilística está encargada de analizar hasta el más pequeño de los elementos de una obra, literaria o no (o un discurso hablado), lo que incluye pero no limita: el efecto deseado por el escritor (o hablante) al decir lo que dice, los términos usados, los giros del lenguaje, las estructuras complejas del lenguaje (como los recursos literarios o el análisis sintáctico), la efectividad de los recursos, etc. Forman parte de la estilística la crítica literaria y el análisis del discurso.

Así que la estilística estudia a los estilos. Pero ¿cómo se desarrolla un estilo propio? Ahí es donde entran en juego los estilemas. El estilema es, dinámicamente, la forma en la que se transmiten los estilos de una persona a la otra y, por ende, la forma en que estos se crean, transforman o deforman. Así pues, los estilemas son, de forma estructural, pequeños (o grandes) trozos de un estilo concreto que se encuentran en el estilo de otro, formando ello una suerte de estilo común o, cuando menos, una suerte de relación estilística.

Estas relaciones suelen darse entre figuras de autoridad y sus pupilos. Por ejemplo, entre maestro y alumno, padre e hijo o inspirador e inspirado. No es necesario que exista una relación real entre ambos sujetos para que el estilema se configure, aunque suele ser más intenso cuando hay tal relación. Por ejemplo, el estilo propio de un autor contemporáneo podría tener trazas estilemáticas del estilo de uno o varios autores clásicos, que además vivieron en países muy distantes y diferentes a nivel cultural del suyo. Ni la distancia, ni el tiempo, ni algún otro factor impide que un estilema se forme. Pero es más sencillo que se forme cuando la relación entre inspirador e inspirado es más cercana y tangible.

Así pues, el estilema es un conjunto de rasgos estilísticos que se observan en más de una persona (escritor o hablante), aunque existan entre ellos rasgos distintivos que los vuelvan únicos. Así es como observamos que los miembros de una familia suelen tener estilos de habla similares, igual que los miembros de cierta subcultura o comunidad, incluso los miembros de un país. Y en la literatura pasa lo mismo. Los miembros de un taller de poesía pueden escribir similar a su instructor, lo mismo que pueden tener elementos en común los miembros de un movimiento literario, los escritores de un género, de una generación o de un país.

En general, podríamos decir que todos los estilos de la historia de la literatura están conectados a través de estilemas, que se comunican en todas las direcciones. La estilometría sería el estudio de estas redes estilemáticas entre un autor o autores y otro u otros. A través de la estilometría sería posible, al menos teóricamente, establecer la cartografía completa de la estilística de toda la historia de la literatura. Ello, porque no hay nada que haya escrito o dicho el hombre exento de alguna relación estilemática. A menos que, como en la taxonomía de los seres vivos, habláramos de la existencia de un ancestro común, de un texto originario, con el único estilo no inspirado en ningún otro, que generó todos los demás estilos y en donde todas las redes estilemáticas convergen.

Esta interesante vertiente de la lingüística puede servir para resolver un caso de denuncia por plagio, dejando en claro si las trazas estilemáticas son tan altas como para que proceda la denuncia, o si están en el lícito nivel de la inspiración o la parodia. También sirve para analizar el desarrollo escritural de un autor a lo largo de toda su obra, o la comparación entre varios autores de un movimiento, generación, género o país.

Y además podría ser muy útil para comprender el desarrollo estilístico dentro del habla común, no literaria, de una comunidad, subcultura o región, que luego podría ser usada para emularla dentro de la literatura y producir diálogos estilísticamente más realistas. Para la creación de nuevas lenguas, como las que se usan en algunas obras de ficción (véase el caso de la serie “Juego de tronos”), el estudio estilemático de la oralidad puede ayudar a darle mayor realismo y personalidad a estos idiomas y sus hablantes. Lo mismo si se quiere distinguir a ciertos grupos de personajes sobre otros, y a ciertos personajes individuales sobre otros.

Eso nos ayuda a entender cómo el estudio de los estilemas puede ayudar a conseguir que nuestra obra escrita sea más genuina en la reproducción o transcripción de la oralidad. Pero ¿qué relación tiene con el desarrollo de un estilo propio? Pues, que la búsqueda de un estilo propio no puede aislarse de la producción literaria existente. Los estilos de otros escritores alimentan el estilo propio y es sensato dejar que esa influencia se mueva entre nuestras letras. Pero también es cierto que, para mantener el dinamismo del arte escrito, es necesario que haya factores de distinción reales en cada escritor. La diferenciación como escritores, entonces, es una obligación más que una opción.

Así que el objetivo no sería solo permitir la influencia estilística de otros autores en nuestro estilo. Esa actitud pasiva no permite la elaboración de un estilo propio consciente y genuino. Aun cuando es imposible aspirar a comprender con profundidad todas las redes estilemáticas que han convergido en nuestras letras, es nuestro compromiso como escritores tratar de conocerlas y entenderlas lo mejor posible. Y ello implica seguir su pista lo más lejos que podamos. No se trata de limitarse solo a distinguir en algún punto de nuestro estilo el estilo del Autor A, sino hacerle el seguimiento a esa red entera. Por ejemplo, darnos cuenta si esa traza del estilo del Autor A está relacionada a otro autor, a una vanguardia, a un período histórico o a un capítulo regional de la literatura, y entender también qué otras redes de estilo alimentaron a ese o esos autores, en busca tanto de las similitudes como de las diferencias.

Si bien quizás es imposible establecer una cartografía estilométrica de toda la literatura universal, al menos suena mucho más razonable realizar un mapa, o cuando menos el esbozo siempre en desarrollo de nuestra propia visión de la literatura. Así podemos notar cuáles trazas de estilo no nos convienen (ya sea por desgastadas, por anacrónicas o por cualquier otros tipo de incompatibilidad con nuestras letras), cuáles podemos profundizar más y, sobre todo, en dónde podemos distinguirnos de los autores que han influido, con o sin nuestro permiso, en nuestro estilo actual.

Así que, aunque la definición más básica de lo que es el estilo nos diga que es “el carácter individual o diferenciado que le da a un texto literario el escritor, haciendo uso de sus medios expresivos y sus habilidades para utilizarlos”, ahora sabemos que no existe ningún estilo realmente individual o diferenciado, ni que existe algo como medios expresivos propios. El estilo sería, entonces, la suma de todos los medios expresivos prestados a través de redes estilemáticas y puestos al servicio de una individualización virtual del carácter de lo que escribimos, que está en continua transformación y retroalimentación. Y, si hacemos nuestro trabajo bien, en algún momento esa ficción a la que llamamos nuestro “estilo propio” servirá de inspiración para la construcción de otros estilos, con lo cual seguiremos alimentando y poblando este complejo mapa estilístico al que llamamos literatura.

La invitación es, por ende, a analizar con más profundidad lo que hace único a su escritura, y cuánto de ello viene de otras fuentes y otras lecturas. Si se animan, sería genial que usen el espacio de los comentarios para comentar qué han descubierto en ese trayecto.

Los recursos literarios al servicio del desarrollo de un estilo propio

¿Qué son los recursos literarios?

Reciben varios nombres. También se les conoce como figuras retóricas, literarias o del lenguaje, lo mismo que recursos estilísticos, retóricos o expresivos. Sea como sea que los llamemos, estos elementos son los que se utilizan al hablar o escribir para darle un carácter distintivo a lo dicho, bien sea por un aspecto fonético, gramático o semántico que se altere sobre la estructura simple para construir oraciones e ideas.

En muchas ocasiones se suele decir que los recursos literarios constituyen un alejamiento del uso habitual del lenguaje, pero esto no podría considerarse del todo correcto, pues el habla común, y no solo la literaria, está llena de ejemplos de frases construidas con recursos literarios. Por reflejar solo un par de ellos, el uso de la metáfora o la hipérbole (exageración) es tan común en el habla cotidiana como en la literatura. Así que más que una distinción cuantitativa, lo que plantean los recursos literarios es una distinción cualitativa, aun cuando algunos recursos literarios sean muy atípicos en el lenguaje de uso cotidiano. Por ello, sería más correcto indicar que los recursos literarios constituyen un alejamiento de las fórmulas  sintácticas convencionales.

Pero, ¿qué entendemos por fórmulas sintácticas convencionales, entonces? En este caso, aunque ello también podría estar abierto a debate, estaríamos hablando de oraciones con estructura elemental de sujeto, verbo y  predicado, donde el objetivo elemental es reseñar un aspecto concreto de la realidad. Por ejemplo: “El vehículo de Don Tomás es un Cadillac de los años 60. Es un auto hermoso y se encuentra bien conservado, a pesar de los años”. Acá la exposición de las ideas está dada usando formas simples (aunque podría simplificarse aún más).

Ahora bien, podría presentarse el mismo conjunto de ideas utilizando elementos cualitativos más complejos, en tanto transforman su estilo. Por ejemplo: “Las patas del tullido Don Tomás son nada más y nada menos que un Cadillac, que parece sacado de una máquina del tiempo, directo de los mismísimos años jipis. Esa bestia está intacta como un huevo pulido y te lo juro por este rosario, que se me queme en el cuello ahora mismo si te miento, que es más sexi que un concurso de tipas en traje de baño”. Como se puede ver, la información transmitida es en esencia la misma, pero la forma se altera dramáticamente.

Si comparamos ambos ejemplos, de seguro algunos pensarán que el segundo tiene una forma más naturalista que el primero, pues es extraño encontrar personas que hablen con la rigidez del primer caso. Visto así, se pueden concluir dos cosas. Primero, efectivamente los recursos literarios no son únicamente propios de la literatura. Segundo, las jergas propias de ciertas regiones o subculturas suelen utilizar (y en ocasiones abusar de) una lista de recursos literarios concretos. De modo que si se quiere expresar con realismo los modos de hablar de cierto grupo, o de algún personaje en concreto, es necesario conocer el tipo de recursos literarios que abundan en su forma de hablar, y los que escasean o nunca se presentan.

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Ensayo sobre la problemática moral de dar vida y dar muerte a través de los diferentes mecanismos de la ficción*

Escoja usted la historia que, a su juicio, genere el menor daño al personaje ficcional involucrado y que sea, por ende, más correcta en términos morales:

a) Murió.
b) Nació y murió.
c) Nació inmortal.
d) Nunca nació.

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*Basado en el debate producido por la teleserie Los muertos (FOX, 2010-2011) de Mario Alvares y George Carrington.