El inglés no existe

El inglés no existe. Si me concentro no existe. Si hago las cosas necesarias no existe. Desaparece. Si desaparece el inglés, yo respiro. Si hago las cosas necesarias, sobre la licuadora puedo escribir “Ostra” y sobre el televisor “Estrella Dorada”, y así el inglés no existe en los objetos, en las nominaciones de los objetos. El inglés tampoco existe en los nombres propios. Si me concentro no existe, y podemos recordar a la gran escritora que fue Virginia Lobo, siempre que botemos todos sus libros en inglés, y nos quedemos solo con sus traducciones, las malas, las menos literales. Porque si el inglés no existe, no hay referencia a la cual ser fiel. Y si el inglés no existe, tampoco existe su poderío, su imperio. Todos los anglo y todos los sajones hablan ahora lenguas romances. Y tampoco hay anglicismos, ni anglicanismos (porque suena demasiado parecido, y si el inglés no existe, tampoco puede existir su fe), ni galicismos, tan solo porque parece provenir de Gales, y el inglés no existe, ni existe Gales, y el Reino Unido es una colonia grecorromana devastada. Porque el inglés no existe ni existe su historia. Si me concentro no existe su historia, y no hubo primera enmienda porque no existía una lengua para sostenerla. Si me concentro no existe lengua que sostenga este deslave y todo el pueblo, toda la cultura se desvanece. Se caen los rascacielos, vacíos de palabras, se caen los parques de atracciones, desprendidos de su lingüística contentiva, se vacían los ríos, se cierne la tierra sobre el vacío, desaparece todo lo que alguna vez le perteneció al inglés, que nunca existió. Si me concentro, nunca existió. Desapareció antes de nacer. Si desapareció antes de nacer, yo siempre respiré. De modo que decir que el inglés no existe es pura ciencia ficción. Como decir que no existe el Practador Tertoráltico, que efectivamente no existe y no significa nada, como nada significa el inglés. Si me concentro el inglés nada significa, lo mismo que el Practador Tertoráltico. Y ya que no existe, puedo juntar unas lonjas de fiambre entre dos rodajas de pan, comerlas y acostarme a dormir. Mientras no las llame sandwich o sánduche, no desaparecerán. Si lo hago, desaparecen, porque no existe lenguaje que sostenga su estructura, su materia. Y si las cosas no mejoran una vez el inglés no exista, si no cambia todo drásticamente, si sigue como siempre, si el cambio es nimio y no me satisface, si siento perder mi tiempo, si se acaba mi paciencia, con calma y perfecta dicción, pronuncio “universe”. Si me concentro, digo “universe” y todo esto desaparece de una vez y para siempre. Porque el universo se soporta de las palabras y yo me soporto del universo.

El inglés no existe. El inglés no existe. El inglés no existe. El inglés no existe. English doesn’t exist. And me neither.

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El autor

Tenía un Premio Nobel y un Príncipe de Asturias, pero escribía sus novelas y ensayos en cuadernos de doble línea con creyones de colores. Le habían dado una silla de profesor invitado en doce universidades de prestigio a lo largo del globo, había recibido tres doctorados honoris causa, pero se desayunaba con helado de tutti frutti con chispas de colores. Su país le había ofrecido en decenas de ocasiones el Ministerio de Educación y la Real Academia Española intentó contratarlo tantas veces que resultaba indigno. Pero él se excusaba: “Necesito tiempo libre en las tardes para montarme en el columpio y jugar con mis metras en la caja de arena”. 20 doctorandos habían coronado sendas tesis sobre su prosa y su ensayística, todos sin haber conseguido una entrevista con el evasivo autor, que argumentaba que no podía dejar solo a su amigo imaginario, porque lo devoraría el monstruo del armario. Al término de su vida, incontinente y con pañales, recluido en un hospital, convocó la primera rueda de prensa de su vida. Indicó que contestaría todas las preguntas que le hicieran. Recibió a la prensa después de tomar su tetero de las tres de la tarde. La primera pregunta vino del corresponsal de la cadena EFE: “Maestro, ¿cómo vislumbra su futuro como hombre y como autor a la luz de un cáncer de próstata? ¿Cree que vendrá un período de maduración de sus letras o ya definitivamente renegará del arte escrito en pro de mejorar su salud?”. Finalizada la pregunta, el autor se incorpora lenta y pesadamente, luce pensativo, aclara su garganta y contesta: “A gugu dada”. Los periodistas anotan la grandiosa cita y los críticos comienzan el críptico trabajo de interpretarla.

La 3ª edad de oro de la televisión: Season Finale

No Copyright Infridment Intended. Copyright Disclaimer Under Section 107 of the Copyright Act 1976, allowance is made for “fair use” for purposes such as criticism, comment, news reporting, teaching, scholarship, and research.

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Esta semana ha llegado a su fin el MOOC “La 3ª edad de oro de la televisión”, organizado por la Universitat Pompeu Fabra y ofrecido a través de la plataforma Miriada X. Han sido 8 semanas de lujo, que nos han transmitido a sus participantes una experiencia no demasiado diferente a la de una buena serie de televisión de las de esta era dorada que vivimos desde unos 15 años atrás. Y tanto por sus similitudes con una buena serie, como por el simple placer de embarcarme en el juego interpretativo, haré una revisión de este curso como si de una serie se tratara, y así repasaremos sus elementos estructurales y de fondo, lo mismo que me permito practicar lo aprendido.

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