3 nuevas publicaciones en marzo

3 publicaciones

Este marzo, mes número tres del año, ha traído sorpresas por partida triple en forma de antologías y revistas. Es una fortuna increíble para mí poder decir que mi nombre sale en tres nuevas publicaciones. En la imagen superior pueden ver el collage que forman las tres portadas, aunque no en el orden de publicación.

La primera en salir a las estanterías digitales fue Dispara usted o disparo yo, la antología de microrrelatos policiales que organizó la Revista Brevilla, de la mano de Lilian Elphick y la colaboración de una decena de corresponsales de varios países; once para ser precisos y, entre ellos, nuestra Geraudí González, encargada de la compilación y cacería de los autores venezolanos, a quien le debo y le agradezco el gesto de sugerirme para la publicación.

Este 13 de marzo las redes se llenaron de enlaces para descargar este tan esperado libro digital, que compila a más de ciento setenta autores, de dieciséis países y tres idiomas, todos unidos por el lenguaje en común del cuchillo, la celada nocturna, el cadáver y la huella oculta. Casi 300 microcuentos de variadísima extensión: desde el constricto espacio de un tweet hasta el expansivo de poco más de un folio. E incluso cuenta con un microcuento fotográfico que termina de darle variedad al trabajo de compilación, junto con los textos bilingües en inglés y portugués. Toda una joya para cultivar buenas horas de lectura y disfrute.

Es mucho más que un lujo compartir bits junto con escritores cuyo trabajo admiro y es un referente continuo de todo cuanto hago, como Ana María Shua y Guillermo Bustamante Zamudio, además de mis compañeros de letras venezolanos. Confieso que hasta el momento he leído a muy pocos (que todavía no sé combinar la paternidad con la lectura), pero esto es lectura obligada para los próximos días, que ya la curiosidad me mata casi tan impunemente como en buena parte de las historias que se pueden leer aquí.

Si quieres leer esta genial obra, puedes descargarla sin costo por aquí: http://bit.ly/Brevilla

El segundo libro en ver la luz del día fue la antología del ganador y los 4 finalistas del Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia [1° Ed.]. Este 20 de marzo se realizó una bonita presentación y bautizo de la obra en el Rectorado de la UC, a cargo de Joaquín Marta Sosa, quien es parte del consejo editorial de Fundavag Ediciones, la editorial encargada de traer este libro a la vida, lo mismo que de promover el concurso, junto con la Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo (FILUC).

Joaquín habló de forma muy sensible y elocuente tanto sobre la obra y legado de Salvador Garmendia como del trabajo de los autores que forman parte de la obra. Para este momento, cuando ya he logrado leer tanto el cuento ganador como las tres menciones especiales (sin contar la mía que, por supuesto, ya había leído antes… y que volví a leer ahora en papel), puedo decir que es altamente gratificante formar parte de un libro con historias tan bien logradas e ingeniosas. Si esta es solo una muestra de 5 de los 421 participantes del concurso, puedo entender que los jurados realmente lo tuvieron difícil para tomar su decisión. Pero ya hablaré con un poco más de detalle sobre este libro más adelante, en un post dedicado exclusivamente a este.

Por lo pronto, si quieres leerlo debes estar muy atento a las redes sociales, para cazar alguna de las varias presentaciones que se estarán haciendo del libro que, por el momento, son las ocasiones idóneas para comprarlo. Creo que ya será a partir de la FILUC 2017 cuando se conseguirá más fácilmente para la venta, junto con el volumen que compilará al ganador y las posibles menciones de este premio en su segunda edición, que en este mismo momento tiene su convocatoria abierta. Así que, si tienes un cuento que se ajuste a lo indicado en las bases del premio, no dejes de participar.

Y para cerrar, la última obra en ocupar las estanterías digitales viene por partida doble. Se trata de la edición 2017 de la revista peruana de ficción breve Plesiosaurio que, como nos tiene acostumbrados desde su edición número 3, incluye simultáneamente dos volúmenes. El primero de ellos, que es en el que salen dos de mis textos publicados, es el dedicado a la divulgación de estudios sobre la microficción, e incluye ensayos, entrevistas, reseñas y más. Allí aparecen dos de mis microensayos sobre microficción venezolana.

Porque de lo más emocionante que tiene esta edición de Plesiosaurio, al menos para mí y muchos amantes venezolanos de la microficción, es que está por completo dirigida a mostrar el desarrollo de este género en nuestro país. Y, como es bastante lógico, aquí también aparece el nombre de Geraudí González vinculado, en el rol de editora invitada, junto a su editor en jefe y director, Rony Vásquez Guevara. A ambos les agradezco la amabilidad de permitir que dos de mis textos hagan vida en medio de tan valiosa selección de trabajos.

El segundo volumen de este número de Plesiosaurio es el encargado de mostrar la antología de microcuentos, que para esta ocasión hace un repaso por los autores más influyentes y relevantes de nuestra microficción venezolana (más de treinta en total), y lo suma a su habitual selección de escritores jóvenes, con veinte autores más, de seis países distintos. Una selección tan cuidada y variada como esta, que va desde lo académico hasta lo literario, es una de las razones por las cuales Plesiosaurio se ha vuelto un referente entre las revistas dedicadas a esta brevísima forma narrativa.

Si quieres leer el volúmen 1 de la revista Plesiosaurio, puede descargarla sin costo por aquí: http://bit.ly/Plesio9-1

Si quieres leer el volúmen 2 de la revista Plesiosaurio, puede descargarla sin costo por aquí: http://bit.ly/Plesio9-2

Dicho lo dicho, no queda mucho más por agregar salvo lo obvio: se siente genial publicar y hacerlo de tres en tres se siente mucho mejor. Espero que los que descarguen o compren las obras las disfruten tanto como yo me disfruto tener allí mis pequeñas huellas.

Anuncios

El chicle de la noche

Hay noches en que la ciudad te mastica como a un chicle.

Una prostituta grita y llora a través de un teléfono de alquiler. Al otro lado de la línea, algún espectro la escucha, para que a mí me llegue el eco de su letanía. La voz magnética del otro lado es tan fría como la de una máquina contestadora. Dispensa excusas y consejos como si de dispensar chucherías y refrescos se tratara. Desde este lugar donde me encuentro, no puedo dejar de pensar que solo yo la oigo, que el mundo es una tramoya de teatro y que detrás de las cosas que veo solo hay rieles y almacenes, paisajes rotos y utilería, que todo ocurre para mí y que por ello no es necesario recrear el resto del universo. Me pregunto entonces qué tiene que ver esa mujer conmigo, con mis propias y menos públicas letanías, mientras espero mi autobús. La han botado del burdel y no tiene dónde pasar la noche. Todo porque le rompió la cara a la Catira, que le robó su dinero o un cliente. No se entiende el precario mensaje entre sus espasmos y mocos. Todo porque ya no está tan flaca como antes, ni tan joven. Todo porque su cama pasa vacía un tercio de la noche, y a su dueño no le conviene que los resortes del colchón descansen. Noches como estas no tienen camas para putas gordas que solo conozcan el lenguaje del cuchillo, y que ya no dominen el lenguaje de los gemidos. Y el fantasma que la escucha al otro lado de la línea dispensa una nueva excusa, porque no tiene espacio en casa, y un nuevo consejo, porque bien puede pasar la noche como antes, al borde de la carretera y de cama en cama; porque noches como estas no quieren comerte, ni piensan tragarte. Solo te mastican como a un chicle. Juegan contigo entre muela y muela, para matar la abulia y el tedio.

Dos chicos de doce años se suben al autobús y gritan que estamos en un atraco, con voces forzadamente masculinas, debajo de las que se escucha un dejo aún femenino, todavía aniñado, que, por la situación, logra pasar desapercibido. Es un acuerdo tácito que nadie entrega sus pertenencias a quien no ha aprendido la cadencia del malandro, su melodía gangosa, sus discursos y su lírica soez. Por aquello de la brecha social y el miedo ancestral a lo diferente, dicen los especialistas. Por esto, ellos nos han informado del atraco en perfecto malandro, y nosotros les hemos entendido como si nos hablaran en castellano castizo. Y nosotros tampoco hablamos un español castizo; pero es normal sentirse más doctos, más académicos, en medio de un atraco. El miedo se siente en el aire como una cuerda invisible y tensa. Su vibración, tras los pasos de los niños, hace que retumbe el autobús como un diapasón, y quedamos sordos por segundos. Nos escuchamos solo a nosotros mismos; como si nuestra voz interna tomara el centro del cuerpo, y nos hablara desde la boca del estómago, inundándonos en un caldo caliente, que sube por el pecho y se nos tranca en la garganta. Suena una sirena en la calle, a cinco metros de distancia, y los niños saltan del autobús sin un solo celular. Y yo que ya hacía planes para mis siguientes días sin teléfono, para mis días sin dinero, y ahora tengo que volver a ajustarme a la idea de que tengo lo que tengo. Porque hay noches como estas, que no te quitan nada, pero te lo tiran todo al piso y lo patean, como un bebé molesto. Y ellos que estaban preparados para recibir una paliza de los policías, para que sus huesos quedaran con sueños de rehabilitación, y los de azul los dejan ir, porque ya la jornada casi termina, cada uno tiene al menos dos cervezas encima y una entre las piernas, y no quieren tramitar menores a esta hora.

El chofer del autobús sigue esperando a que se llenen todos los asientos y que no quede espacio respirable dentro del vehículo, aprovechando que nada ha pasado. Porque hay noches como estas en que somos el chicle de la ciudad, y ella nos saca el jugo para escupirnos cuando ya le parecemos insípidos, y quedamos junto a la acera, magullados, pero vivos.

Un transformista se sube al autobús entre burlas y silbidos de los que vociferan la ruta y el precio del pasaje, esta noche, como todas, sin ticket estudiantil, porque no hay autobús para Autopista y yo estoy pirateando, y si quieres llegar a casa, tienes que caminar quince minutos por un camino tan negro como el odio que crece en el corazón del transformista, y un poco también en el tuyo, que te has puesto en su lugar, o que te has embotado ya de tanto vaivén, de tanta sensiblería maquinada, de tanto retraso del alba; porque la noche así lo ha querido en su representación. Él o ella se ha sentado junto a una anciana y esta no ha perdido oportunidad para sacar su biblia y leerle unos versículos inocuos, antes de atreverse con el material pesado, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, que le narra con efervescencia de dios colérico, mientras le mira con condescendencia de dios misericorde. Él o ella asiente con educación, para no hacer más largo el camino a casa. Porque hay noches como estas, donde nos mastican y aceptamos con estoicismo nuestra condición, dúctiles y maleables, porque sabemos que al menos podemos vivir para contarla. Aunque la noche se las arregla bastante bien para que no nos queden ganas de contarla, ni siquiera a la rata que nos espera al llegar a casa, masticando los cables que le dejamos de cebo para sentir que tenemos compañía. Masticando cables como la noche nos mastica, pero sin burlarse de nosotros como la noche lo hace.

Porque encima de todo, esta mañana florecieron los jazmines, y ahora la noche está impregnada de su olor agrio y penetrante, que casi no deja respirar ni concentrarse en nada diferente. Hay los que piensan que el jazmín es dulce y por ello la noche los aleja de su aroma. Los que son capaces de ver su verdadero rostro en las estelas podridas de sus efluvios se los encuentran en cada camino y el tufo les persigue una centena de metros a la redonda, y se les queda atrapado en las ropas. Porque los jazmines son el último truco de la noche, su última burla, para decirte que hasta el más dulce y florido de los inviernos guarda un lado agrio y hostil, que nada es perfecto, que no podemos depositar nuestra esperanza en nadie que no sea nosotros mismos y nuestro prometeico aguante.

Porque somos el chicle de la noche, y ahora que se nos cierran los párpados, pesados de rutina y enrojecidos de smog, la noche nos saca de su boca y nos pega bajo la mesa. Porque mañana será otro día y podrá volver a masticarnos, tras el alud del sol.