Cuento número uno

Nunca soportó la competencia. Por ello, cuando su creador empezó a escribir su segundo cuento, no dudó en asesinarlo susurrándole al oído “Es una basura. No merece siquiera ser terminado”. El papel terminó hecho pedazos, escupido, chamuscado, violado y con el rimel corrido, dentro de alguna papelera. El creador tardó un tiempo en retomar la confianza necesaria para iniciar un nuevo cuento, pero el destino de este no fue muy diferente al del anterior. Y el del siguiente cuento después de este, y el del que le siguió a los otros diez después de este, y a los veinte, treinta, cincuenta posteriores.

Los años pasaron y el cuento número uno perfeccionó su técnica, al tiempo que se volvía más frío. Dejaba morir a los cuentos de su creador solo después de una larga agonía, después de hacerles creer que les perdonaría la vida, después de instaurar en ellos el síndrome del cautiverio y enamorarlos como a una colegiala en el baúl de un carro. Les regalaba su mejor sonrisa de “yo también quiero que seas libre”, y luego les clavaba el punzón en el estómago hasta que se desangraran. Y Como todo asesino serial, siempre se llevaba un trofeo de sus víctimas; a veces una coma, otras un acento, un adjetivo, un verbo.

Hoy, veinte años después, sigue siendo el cuento número uno y el único. Cada día que pasa, crece en adverbios sobrantes, adjetivos innecesarios, lugares comunes, cacofonías, violencia. Pero al menos sigue solo. Invicto.

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