Autoficción

Nunca he tenido la confianza que tienen otros escritores para tomar trozos sueltos de su vida, incluso de las partes más monótonas, y hacer con ellos pequeñas piezas de literatura. Siempre me digo que no hay nada de interés en esos detalles, o que yo no sabría darles la forma o el tono emocional requeridos.

Así que me siento frente a la computadora del trabajo, evadiendo conscientemente mis responsabilidades a solo días de renunciar a mi primer puesto estable y moderadamente bien pagado desde que emigré, y trato de hacer un inventario de lo que tengo cerca de mí, de lo que alcanza mi vista y mi sensibilidad, a ver si algo despierta alguna emoción inédita que valga el ejercicio autoficcional, sin las habituales distorsiones que incluyo cuando me embarco en ese gastado navío.

A mi lado tengo el portalapiceros que me heredó mi vecina de escritorio cuando renunció al que también fue su primer empleo estable y bien pagado en Lima, para regresar a Venezuela, por razones que no termino de entender y que me llenan de una tristeza extraña, porque nunca intimamos más allá del “cómo va tu hija”, “bella, creciendo, pila, ¿y los tuyos?”, “hermosos, tremendos, deberíamos juntarlos algún fin de semana a ver si se caen bien”. Quizás la tristeza es prospectiva, de lo que fantaseo que pude haber perdido si hubiera tenido más tiempo para conocerla. Pero esto no es Hollywood y de nada sirve correr detrás del tren para evitar la partida. Después de todo, ese portalapiceros se lo legó a ella otra compañera cuando se fue a vivir a Texas, y todos estábamos felices por su logro, y antes de ella otro más tuvo el portalapiceros, en una empresa en la que solo sobreviven cuatro personas de las casi veinte que ocupaban puestos cuando yo entré aquí, un año atrás. Igual, aun no me como el último caramelo que me regaló antes de irse, no sé si porque me agrada verlo allí o porque realmente nunca me gustó esa pelota de azúcar hiperprocesada que me brindaba a diario, y lo comía más por compromiso que por gusto.

Pero el portalapiceros pierde todo su potencial y debo mirar a otro lado, y solo hay un audífono, el de la empresa, que se me dañó hace semanas y que me obligó a reacomodar mi PC para que pudiera usar mis audífonos personales, de cable mucho más corto. Audífonos, ambos, que me permitieron cultivar una amistad melómana a distancia, donde cada día había una nueva canción, una nueva banda, un nuevo subgénero del progresivo a estrenar en Spotify, y en los resquicios se colaban infidencias más personales, como en un buen guion, donde todo surge de forma orgánica y casi podemos engañarnos de que no se trata de dos adultos que se esfuerzan por hacerse amigos en el medio del huracán del éxodo, que construyen, cual Sherezade, una conversación que no puede terminar, para tener, como el zorro del Principito, algo que poner en la agenda emocional del día siguiente y sentir que la vida es más llevadera.

Y junto a los audífonos, mi cartera, que siempre me quito al llegar y dejo encima del escritorio todo el día, porque odio estar sentado sobre ese bulto invasivo, sobre ese tumor que me enferma desde el 2014, cuando mi economía cayó por un caño. Y junto a la cartera, un gatito chino que mueve la patita, kitsch, burlista, al lado de una ratita de horóscopo chino, con olor a incienso “atrae clientes” en el aire, porque la jefa no deja lugar al azar o al libre mercado, y trata de controlar todas las variables para que su negocio progrese, aunque eso implique poner sobre el escritorio de un ateo piezas de utilería de un sincretismo trasnochado, que manda el ambiguo mensaje de “confío en tus habilidades profesionales, pero mejor que el gatito agite su bracito por si de verdad no eres tan bueno haciendo lo tuyo”.

Y junto a mis amigos sincréticos, un ventilador, del que si lo quisiera pudiera forzar una metáfora aparentemente profunda, en la que quizás equipararía las estaciones a periodos vitales o hablaría del calor como germen de vida, o de las aspas como un ejemplo de tesón, o cualquier tontería por el estilo. Y de allí saltaría a la ventana, y la vista panorámica de San Borja en todo su contraste, y sería una excusa para hablar de Lima, de Perú, de Venezuela, de algo que se supone pude haber aprendido en el inevitable choque cultural, o mejor hablar del cielo siempre nublado, de los pajaritos que hacen nido en la casa vecina, de la mariposa amarilla que siempre nos visita, de los tres aviones militares que dan vuelta y vuelven a pasearse frente a la ventana cada cinco minutos, del pizarrón de mi oficina, recordándome que hoy tengo que terminar el trabajo de un cliente, sí o sí, porque era para ayer y todavía tengo una tarea mayor para terminar antes de entregar mi cargo. Y hasta eso podría ser excusa suficiente para fingir que reflexiono sobre algo más, para que tú puedas fingir que valió tu inversión de tiempo al leer estas palabras.

Definitivamente, admiro a los que practican el ejercicio autoficcional con desenfado. Porque si tuviera que volver a hacer esto mañana, solo tendría el portalapiceros, los audífonos, la cartera, el gatito, la rata, el ventilador, la ventana y la pizarra, y ya vimos que no hay mucho más petróleo que sacar de ahí. Así que mejor volver a la ficción descarada y contar sobre un perro antropomórfico que emprende un viaje de regreso a la que fue su casa, para buscar un hueso que enterró en su infancia, porque espera encontrar algo en él que le dé respuestas a preguntas que no sabe hacerse. Y estoy seguro de que sería mucho mejor que leerme a mí tratando de desenterrar el mismo hueso, fallando una y otra vez, dejando el patio, el cuento, lleno de agujeros, que no supe ni quise volver a llenar.

Consejos para asesinos nóveles de Chejov

El clavo desnudo sobre la pared, el del primer acto, no le sirvió al asesino para colgar a su víctima del cuello y desangrarla en el acto final. De hecho, para el momento en que se escribe esto, ese clavo sostiene un bonito cuadro impresionista con la figura de un arenque rojo, y todos, incluidos policías, familiares y lectores, siguen creyendo que el hombre murió de un infarto. Todos menos el asesino y Chejov.

Para Brigue (extractos)

1

En la casa de mi abuela había un columpio pegado a una mata de mango. Pasarse de uno a otro estaba más fácil que un mango bajito. El árbol de mi abuela en realidad era de manga, aunque el mango de hilacha es mejor, pero deja los pelitos entre los dientes y después uno tiene que tratar de pescar cada pelito con los dedos, y siempre igual termina quedando con esos dientes despelucados. Con la manga no pasaba eso. Era tan suave que nos la comíamos con una cuchara. La manga de la camisa no se arremanga que se le arruga y no hay plancha. El mango de la olla no se agarra que luego se quema y no hay pomada. La manguera del hombre no se rasca, que si se rompe nadie la paga. Mango, manguito, manguera, manga, manganzón, manguangua. Ya está manguariando otra vez ese muchachito, ande a ver si el gallo puso, y pa’ la próxima cuando se meta en la conversación de sus mayores diga permiso. Y cuando yo lo llame no me diga qué, que yo no dormí con usted. Me hace el favor y me dice mande, señora. Pero yo a mi mamá sí le digo qué. Pero su mamá es su mamá y yo soy su abuela. Y a mí me dice mande, señora, o señora nada más, si se le olvida el mande. Está bien. Está bien, qué. Está bien, señora. Así me gusta. Ahora déjenos hablar a su mamá y a mí.

En la casa de mi abuela lo que tenían era manga. Manga, manga y más manga. Cuando no caían las flores, caían las hojas, cuando no caían las hojas caían las mangas. Y si uno se descuidaba le caía en la cabeza y quedaba bruto por un rato. Y si caía en la licuadora, no me gustaba, porque hacían jugo o carato. El mango verde con sal es más sabroso, pero da dentera si te comes más de uno y no me dejaban echarle adobo, porque se me abría un hueco en la barriga. Del columpio nos montábamos mis primas y yo y subíamos al árbol. Mi prima la mayor todavía se chupaba el dedo y no le daba pena, ni cuando le cantaban chupadeo, mamadeo, dale vuelta a lo’ fideo’. A mí no me gustaba porque tenía los dientes salidos, pero jugábamos calidad en el parque. Si nos caíamos, decíamos, locura el médico, lo cura el médico, porque el médico locura todo. Si saltábamos demasiado lejos con el columpio y nos rompíamos la quijada, lo cural médico, el médico Locura, porque el médico locura todo. No aguántabamos la risa y seguíamos encaramándonos a la mata y a los columpios gritando locura todo, lo cura todo. Era el primer juego de palabras que inventábamos. El médico lo cura todo, el Cura y el médico todo locuran. Cúralo todo médico. Medicatura, médico y Cura. Quién cura la locura que no cura el Cura. El otro juego de palabras lo inventó mi papá y era sobre Chichiriviche. Yo siempre le dije Chichirivichi. Mi prima la menor le decía Chivirichiche.

La otra abuela de mis primas vivía en Chichiriviche, y a las mujeres que viven en Chichiriviche les llaman chichivirichenchas. A los hombres se les llama Chichirivichanchos. Así decía mi papá y nosotros nos reíamos. Cinco chanchitos se fueron a pasear y nunca me aprendí lo demás. Chirivichiche, Chirvichiriche, Chivichichire. Los chimichimitos’taban bailando’l coro corito tamboré. Que baile la vieja. Que baile el viejito. Mi abuelo cuando estornudaba parecía que gritara vieja, y retumbaba la casa porque mi abuelo era medio sordo y todo lo decía gritado, y mucho más los estornudos. Y yo creía que lo hacía de chiste porque mi abuelo siempre trataba a mi abuela de vieja pa’ acá y vieja pa’ allá, y mi abuela trataba de viejo pa’ todo a mi abuelo. Que estornude la vieja, tamboré. Que estornude el viejito, ¡VIEJA! Si juego la vieja, yo soy la equis, y empiezo en el medio para después buscar dos esquinas y ganar aunque pongan lo que quieran donde quieran. Con el otro truco que me sé casi siempre termina ganando la vieja. Qué gane la vieja, tamboré. Que gane el viejito. Mi abuela chiquita con abuelo grande vivía en el Bosque. En el bosque de la China, o más bien en el bosque de Ciudad Alianza, y mi abuela grande con abuelo chiquito vivían en los Naranjos de Ciudad Alianza. Yo siempre le decía Sudalianza, y los que manejaban los autobuses decían Sualianza, Sualianza, Primera Etapa, Sualianza. Ciudialianza, Sudalancia, Sudalanza, ambulancia. Mi mamá y mi papá se conocieron porque vivían a cuatro cuadras de distancia. A cuatro cuadras de distancia en Sudalancia.

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Todos los payasos van al infierno

Todos los payasos van al infierno. No hay forma de evitarlo. Aunque paguen sus impuestos, aunque hagan reír a millones, aunque sean bondadosos como una monja ciega, aunque sean padres tolerantes y esposos fieles. Todos los payasos van al infierno. Nunca entendieron que la vida no es un chiste. Que los humanos no estamos para bromas, que dios nos creó como un proyecto serio y los payasos representan un desvío en esa seriedad. Dante habló de la vida como la divina comedia y por ello ahora yace en el infierno, calcinándose por toda la eternidad en una de las pailas más ardientes. Nunca entendió cuánto ofendía a dios con tal título. Dios intenta ser un dramaturgo, no un comediante. Por ello Sófocles está sentado a su diestra y Shakespeare se borró, muchísimos años atrás, entre la niebla del purgatorio.

El sastrecillo valiente y el gato con botas

Solo alguien muy imbécil o muy astuto se vanagloria de una hazaña tan insignificante como matar siete moscas y además lo expresa de una forma tan ambigua como para generar en otras personas la duda de que se trata de alguien que ha matado a siete hombres. Personas que además no se preocupan en averiguar si se trataba de buenos hombres o de villanos, de ancianos sin fuerza, enfermos terminales, enclenques muertos de hambre o verdaderos contrincantes en peso, fuerza, habilidades y altura. En esta historia, el sastre es el idiota, quien luego es puesto a prueba por el pueblo con hazañas que superan en demasía sus limitadas capacidades, de modo que termina muriendo aplastado en las manos de un gigante, en una batalla que, si hubiera sido al menos un poco menos imbécil, jamás habría aceptado librar, haciendo para ello las justas acotaciones de lo que en realidad quería decir con haber matado a siete.

Pero en esta historia también hay un astuto, investido en la figura del político del pueblo, o con más precisión en la figura de su gato, quien fungía como su principal asesor y, tras conocer la historia original, le conminó a tatuarse en un brazo que había matado a nueve de un solo golpe, y salió junto a él a desfilar su hazaña y ganar puntos en este absurdo lugar donde los asesinos confesos y los gatos calzados conseguían más opciones de trabajo que los obreros y los campesinos. Y de esa forma, usando como eslogan de campaña su “nueve de un golpe”, forrando las calles con pancartas, visitando hospitales infantiles y colocando primeras piedras sobre terrenos baldíos que para siempre quedarían con esa única piedra, terminó el político escalando cada peldaño escalable dentro de la pirámide de poder de su reino, hasta recibir el reinado y a la princesa más bella por esposa, sin haber tenido que enfrentarse a ningún gigante, a ningún león, a ningún unicornio, jabalí o tigre de bengala; sin haber tapado un hueco en la calle, plantado un árbol o botado cuando menos su propia basura en la cesta. A decir verdad, ni siquiera había matado a las nueve moscas. Ni a siete. Ni a una. Y el gato no había tenido que enfrentarse a ogro alguno o a cualquier otro peligro, pues siempre consiguieron, él y su asesorado, quien hiciera las cosas por ellos y les regalase el beneficio de darse el mérito, a cambio de limosnas o cuando menos de no ver cumplidas las amenazas que sobre ellos lanzaban.

***

He allí toda la grandeza de la astucia de aquel gato con botas y la magnífica suerte de su asesorado. Y he allí que el verdadero imbécil de esta historia es el pueblo y no el pobre sastrecillo, quien al menos era capaz de matar moscas y bordar cinturones, dos cosas que no cualquiera que lo desee o que lo intente puede hacer.

***

Lo siento. Cuando empecé a escribir este blog, me prometí que no escribiría cuentos con moraleja. Permítanme empezar de nuevo. Esta vez no les quitaré tanto tiempo.

El sastre (en esta versión es negro y de algún barrio norteamericano pobre) mató siete moscas de un solo golpe, se lo tatuó en la frente, se puso dientes de oro, piercings en cualquier rincón visible, ropa ancha y cadenas gruesas, y produjo un disco de rap: They fall like flies. Años después, con fama y fortuna, confesó que al inicio de su carrera tuvo que matar a 7 gánsters de la industria para llegar a donde llegó. Alcanzó a estar preso solo dos años. Lo mataron en las duchas, apaleado, entre doce, todos con tubos y dos de ellos con cuchillos. Un video de su cuerpo desnudo, mojado y ensangrentado, bajo cuatro regaderas abiertas, se subió a la Internet y es, para la fecha, su video con más vistas.

Y los gatos… pues, los gatos no hablan, y si les ponen botas tenlo por seguro que es el gato afeminado de una mujer probablemente demasiado idiota como para que juntos protagonicen aventuras que tengan algún interés para este libro. Pero si lo que quieren es un cierre algo más circular, piensen que la chica publica un video de su gatito con botas, se hace viral y ahora tiene más vistas que el de la muerte del sastre. Decide hacerse un canal y monetizar, pero para escalar debe asesinar a las 7 cat vloggers más poderosas. Hoy está presa, pensando en el suicidio, esperando tener la misma suerte que aquel rapero. Suerte que nunca le llegará y suicidio que nunca se atreverá a concretar. Pero su gato al fin pudo quitarse las botitas. Y el sombrerito y el pantalón.

Clickbait

No creerás lo que pasó en esta ficción.

 

Un cuento prepotente se acercó a un personaje de relleno para insultarlo.
El diálogo que le actuó lo dejó sin palabras.

 

Este narrador juntó a los diez personajes más bizarros en su historia.
El número ocho te pone los pelos de punta.

 

Todos creían que era una microficción adolescente,
pero cuando se quitó la blusa quedaron con la boca abierta.

 

Un metanarrador portugués deja un error ad rede en su cuento.
El nuevo significado de la historia es hilarante.

 

Nadie tomaba en cuenta a ese pobre relato,
hasta que se quitó el disfraz y mostró a su millonario autor.

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Relato cómico de aficionado termina fatal.

 

Drôle de Guerre

Imaginen la sala de comedor de una casa de clase media, decorada con un estilo propio del período de entreguerras y abandonada desde entonces. Piensen en telarañas, polvo, vajilla desfigurada sobre el suelo, humedad que se come el techo de madera, que ha empezado a caerse y desde una de sus grietas ha fluido lluvia de años, creando una mancha en el piso, cubierta de moho y otras inmundicias. Todo esto muy cerca de donde antes hubo una mesa elegante, para las pocas visitas, puesta sobre una gran alfombra. Hay hojas secas, las ventanas están rotas y los animales del valle han entrado a hacer sus cosas y quizás morir de viejos, como no pudieron sus dueños originales, desplazados quién sabe por qué fuerzas. La sala es un soldado que ha viajado a tierras donde predominan otros colores de piel, pero donde la sangre es igual de roja y brota cuando se atraviesa la carne con balas, cuando se atraviesa a las viudas con otras clases de armas que siembran fetos mestizos en los vientres. La sala es un soldado que regresa de la guerra y se deja crecer la barba, la soledad y la locura, que se deja habitar por animales y vagabundos para no desaparecer. Imaginemos que la sala es una invitación a la memoria o a la ficción, y que debemos salir por su ventana, volando como una brizna de paja, atravesando el valle fértil que la rodea, lleno de verde y brillo, hasta llegar a la boca de un búnker que brota antes de salir de sus predios. Imaginemos que la sala era un preámbulo para ese búnker y que ahora nos sumergimos en él, como si no tuviéramos materia, y vemos, mientras bajamos, cada una de sus capas de metal, sus tuberías, sus entramados eléctricos, sus madrigueras de conejos y ratones, sus filtraciones. Y tras terminar el descenso, ya en medio de la sala de operaciones, podemos ver a dos civiles, un hombre y una mujer, sentados en el piso, con la ropa y la piel sucias y maltratadas, como si llevaran años allí. Imaginemos que la mujer se llama Judi y el hombre Daniel y pensemos que los encontramos imbuidos en alguna conversación.

—¿Sabes cómo… sé que esto que estamos viviendo es real o… —titubea Judi, la boca abierta, los labios curtidos— o por lo menos… que no estamos vivien… que no estamos en una película o una novela?

—¿Cómo?

—No, no. Déjame empezar de nuevo. ¿Sabes por qué —Judi pone todo el peso de sus palabras en el «por qué»— sé que esto que estamos viviendo es real o por lo menos que no estamos en una película o una novela?

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Steamed hams but it’s un cuento de Cortázar

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Cuando un cronopio debe invitar a su jefe fama a un almuerzo de cortesía en su casa, le da malas instrucciones porque un cronopio llega a su casa por intuición más que por geolocalización y porque llegar a una casa diferente por error es siempre una oportunidad para celebrar las dulces coincidencias de la vida y bailar tregua y bailar catala. Si a pesar de las malas indicaciones, el jefe fama localiza y llega a la casa del cronopio, este tardará en abrirle o no lo hará nunca, porque encontrar las llaves de la puerta de calle es tarea difícil para un cronopio, que gusta de esconderlas en lugares insólitos para así jugar a encontrarlas silbándoles a la espera de que respondan.

Ya dentro de la casa del cronopio, el jefe fama rebufa y reniega del desorden de recuerdos sin etiquetar y los pedazos de alcachofa o alcaucil regados en el suelo, mientras el cronopio le prepara hamburguejas al vapor o cualquier otra comida absurda de cronopio, que a los famas siempre les da indigestión y pasan semanas de rigurosos lavados estomacales correctivos y preventivos. Ya puestos en la mesa, el fama revisa meticulosamente los alimentos ofrecidos por el cronopio, y rechaza la historia familiar y cultural detrás de ellos, el tipo de cocción, la calidad de los mismos y los compara con sus propios referentes gastronómicos, por lo general relacionados a la comida industrializada.

Entonces el cronopio se da un respiro y se dirige a su cocina de casa, para mirar la aurora boreal que brilla en habitaciones aleatorias de las casas de todos los cronopios, en cualquier momento del año, en cualquier momento del día y cualquier ciudad del mundo. Esa luz siempre seduce al jefe fama, pero el cronopio solo la comparte si ve en los ojos de su jefe algo diferente al temor que acompaña al escepticismo. Si no observa en la mirada del fama la ingenuidad del que se dispone con todo su cuerpo a dejarse asombrar, sabe que es momento de despachar a su jefe y dar por terminado el almuerzo de cortesía.

Ya afuera de la casa del cronopio, el jefe fama se relame los labios y en su fuero interno sabe que la casa del subalterno tiene algo que la vuelve irresistible. De modo que, para asegurarse una futura visita, y en un último intento desesperado, ejecuta lo más parecido a un cumplido que sabe hacer, y alaba su comida, aun cuando su gastritis esté a punto de reventar. Al darle la espalda para regresar a su casa, el fama queda con el recuerdo del reflejo de aquellas luces del norte y el cronopio se queda afuera de casa, sin llaves, y sin poder entrar de nuevo, pensando que, de vez en cuando, le convendría ser un tanto más organizado.

Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri

Mi nombre es C Mi nombre es Vi Mi nombre es Víctor n Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri, tengo 35 añodMi nombre es Vïctor En Mi nombre es Víctor Enqi Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri, nací el 16 de septiembre y estoy bastante aburrido frente a mi computadora, sin nada más que hacer que escribir cualquier palabra que se cruce por mi cabeza, para no perder el entrenamiento con el teclado, y la capacidad de escribir sin prácticamente pensar en nada más que en lo que está surb Mi nombre es Vïctr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegre Mi nombre es Vic Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y he tenido que reempezar porque he cometido un errr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y tengo que cambiar de tema cada vez que reempiezo porque de otra forma dt Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y eso es lo único en común que tienen todos los reinicios de este tonto juego que me he inventado para pasar el rato, porque ya no tenía nada nuevo que escribir y en cambio sí mucho que procrastinar para no terminar nunca el trabajo por el que me están pagando, y de paso lo suficientemente poco como para que me tome más en serio termnar Mi nombre es Víctor Enrique Mosquedfa mi Mi nombre es Víctor enri Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y todavía no entiendo co Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ni siquiera pude exr Mi nombre es Vïctr MI no MI Mi nombre es Vícrr Mi nombre es Víctr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y he llegado al punto en el que me pregunto cuál es el objetivo detrás de todo esto y si realmente todo se reduce a que no tengo más nada que hacer; porque yo bien que me conozco y sé al menos dos cosas de mí: una, que soy un obsesivo y que cuando empiezo con este tipo de juegos se me hace difícil parar y saber cuándo es suficiente, y la otra, que me gusta la lúdica detrás de la narrativa, y que una parte de mí sabe que aquí puede esconderse el germen para algo que valga la pena ser publicado en mi blog, al menos como uno de esos atractores nulos de clic, en los que me encanta trabajar para seguir justificando mi falta de éxito en la literatura en aquella premisa de que es que escribo cosas muy atípicas y diferentes del gusto popular, porque sa Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y me sorprende todo lo que logré escribir antes sin cometer ningún error. Supongo que es la capactia Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y creo que me alegré demasiado pronto. Como diría mi padre: alegría de tísico (lo que, ahora que lo pienso, nunca he sabdMi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y creo que lo más interesante de este juego que estoy haciendo es el desprendimiento que plantea la obligación a no retomar un tema después de que he cometido un error escribiéndolo, porque eso justamente va en contra de la obsesividad de la que antes hablé, que me ha llevado desde siempre a intentar explicar todo llenándolo con miles de rodeos innecesarios, redundancias y demás artificios inútiles, que solo demuestran que en el fondo creo que la gente no es lo suficientemente inteligente para entenderme o que yo soy demasiado inepto para comunicarme. Y es justo en este punto en el que por fin logro completar una idea sin cometer un error, en el que me pregunto qué es lo que pasaría si en efecto fuera tan ben M Mi nombre es Víctor Enro Mi nombre es Víctor Enrtiqu Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y no entiendo por qué lo que más me cuesta escribir sin errores es mi nombre. Supongo que un psicoanalista muy rebuscado podría argumentar que sde Mi nombre es vV Mi nob Mi nombre es Vìctor Mi nombre es Víctor Enrique Mosquea Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y pasan tantas ideas por mi cabeza cada vez que reinicio y se pierden antes de que logre completar mi mo Mi nombre es Vìcrt Mi nombres es Mi nombre es Vi Mi nombre es Vícotor Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y hay algo que me preocupa de todo este juego, más allá de que me están empezando a doler los dedos por la velocidad a la que me obligo a escribir para que tenga sentido todo esto de darle un tratamiento así de punitivo a mis errores de mecanografiado (que después de todo he llegado a desarrollar bastante precisión con el teclado cuando escribo a velocidad media), y es que siento que, por su misma esencia carente de fondo, la mínima narrativa rescatable de este texto tendrá que retrasarse demasiado antes de llegar a una conclusión al menos válida como tal o un punto en el que se pueda insertar la punch line, que le lleve al lector a sentir que tuvo sentido leer todo esto, y eso si en algún momento lotgro Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y honestamente esta es la primera vez que no sé qué escribir y me he tenido que quedar dos segundos en blanco sin pulsar una sola tecla, lo cual es bastante lamentable para mí dentro de mi autoexigencia, incluso en este tipo de juegos en el que solo yo puedo saber si he hecho trampa y nadie me obliga a delatarme. Es parte de esa supuesta moral elevada que me he impuesto en prácticamente cualquier actividad de mi vida, y que me ha llevado al fracaso en situaciones que otros han logrado saldar por medio de la trampa, la indolencia y quién sabe cuántas cosas más. Porque en el fondo esto va de mi sensación de superioridad moral, que antepongo a cualquier relación que tengo con la realidad. Ya de por sí esta idiotexz Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y continúo con esta charada, que cada vez se siente más como un diario de confesión improvisada de último minuto, y, como casi siempre que me he dejado llevar por la escritura automática sin un objetivo narrativo concreto, termina convirtiéndose en una suert de catarsis forzada, que en realidad nada nuevo saca de mí, porque así de duro soy para mostrar mis debilidades, que, cuando parece que lo estoy haciendo, en realidad estoy diciendo las mismas tres cosas que siempre he sabidp de mí, y que sé que al decirlas llevarán a los otros a pensar que soy un sujeto honesto y abierto, cosa que tampoco es un hallazgo, que bastante me confrontaron sobre ese aspecto cuando estudiaba psicodrama y que supongo que esa es la razón de que casi nunca me eligieran ni como protagonista, ni como yo auxiliar, y que me terminaron llevando a abandonar los estudios, no solo porque me sentía fuera de lugar con tantos estudiantes obsesionados en entender la tele y demás conceptos morenianos como si de algo sobrenatural se tratara, y sobre la base de eso fusionar al psicodrama con cuanto rito chamánico y pseudocientífico se les atravesara (que es la excusa que di ante todos y ante mí por mucho tempo), sino porque me sentía socialmente fuera de lugar (como a la larga me he sentido desde mi adolescencia, fuera de casa y fuera del mundo, que ya no es sorpresa para mí que por ello me rpliegue a mis hijos como excusa para escribir menos a mis amigos e interesarme menos por sus vidas, alejarme más de ellas), como si todas las conversaciones en las que entraba estaban llenas de chistes internos y códigos de grupo que me esquivaban sabiamente, porque no me querían allí, como castigo por no saber o querer abrirme o como escudo colectivo para no notar que su defendida psicoterapia resultó inútil para algo tan sencillo como para ayudarme a que me abriera emocionalmente, que es más fácil que enfrentarse a la certeza de que el psicodrama, como cualquier otra psicoterapia, es en general tan inocuo como un frasco de homeopatía, y que todo se termina reduciendo a la necesidad de pertenencia y a la búsqueda de alguien que te toque el hombro y te diga que no está mal ser tú porque de otra formas quizás eso implicaría que está mal ser ellos, y es preferible anteponer la empatía como regla general, sin importar el nivel de perversión o locura, que prp Mi nombre es Víctor Enrque Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y lo que sucede en este justo punto es que s Mi nombre es Víctor Enrique m Mi nombre es Vïctor Mi nomr Mi nombr Mi nombre es Víctor Enrq Mi nombre EMi mi Minom Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y si esto fuera un formulario bastaría con dejar una larga línea, donde eventualmente se agregaría la información pertinente, después de pensarla lo suficiente, pero como hay que obrar como en un test de asociación libre de palabras o de completación de frases y escupir cualquier cosa, por tonta que parezca, antes de lo que realmente parezca es que tienes demasiada resistencia al psicodiagnóstico y que, por ende, el conflicto rodea a la frase o palabra en cuestión, y ahora hay que repreguntar o ahondar en ese punto, y qué pereza que la evaluación proyectiva siempre encuentre la forma de salirse con la suya, y concluir que o estás mal por lo que dices o estás mal por cómo lo dices o estás mal por no decirlo, que si uno quiere hacer parecer a una vieja católica bonachona una neonazi homosexual reprimida solo tiene que escoger las palabras y gestos adecuados y montadf Mi nombre es Víctor M Mi ombr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allefe Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y debo confesar que en la línea anterior cometí un error a propósito porque no sabía qué más decir y sencillamente no quería seguir explorando esa línea, pues sabía que ya había agotado su interés y su utilidad en este experimento, para cualquiera que vaya a leerlo en algún momento. Porque eso es lo que pasa cuando se supone que eres un creador de contenidos: que ya no puedes escribir para ti mismo nunca más (eso en caso de que tus contenidos sean escritos, que si son de otra índole aplica igual, pero sobre el tipo de contenido creado). Si te has intentado hacer un nombre como escritor, te toca sencillamente vender tu vida privada, tus letras, a cualquier cosa que parezca un proyecto escrito. Si escribes un diario, ya no quieres que su escritura tenga lugares comunes y errores de estilo, porque sabes que eventualmente será un producto vendible. Y eso te impide ser todo lo honesto contigo mismo que tal recurso exige para que tenga sentido aplicarlo. Y aun así sigues. Porque, si haces la lista del mercado, quieres que tenga inserta alguna cosa que la vuelva atractiva para otros. Escribir ya no es ni será nunca más el acto privado y de rebeldía que alguna vez fue, y esa es la razón de que haya borrado varios de los errores que he cometido en esta línea de pensamientos y no haya reiniciado con el Mi nombre es tal cosa y tal otra; porque de verdad quería terminar esta idea, y ya está bastante desgastado el discurso de que soy obsesivo, pues hace mucho que fui dado de alta por tal trastorno y lo que queda de obsesión compulsiva en mí es tan leve que no me impele a hacer cosas como esta sin poder parar o sin poder romper con sus reglas autoimpuestas, porque en realidad ya no sigo esas directrices en mi vida. Y ni siquiera me queda esa supuesta superioridad moral de la que hablaba líneas atrás, porque sencillamente emigrar te hace tragarte todos tus preceptos morales y no hay nada más que hacer que mirar con resignación el presente y recordar con nostalgia aquellos tiempos en que mandabas en tu vida moral, y no en los que las circunstancias te orillan, solo para que te des cuenta que tampoco es que se necesitaba demasiado para orillarte, porque en el fondo eres como cualquier otra persona, y tienes un precio bien marcado en la frente, que cualquiera puede comprar, siempre queffk Mi nombre es Vìctor Enqie Mi nombre es Vñi Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ya es obvio que este aplica para uno de esos cuentos en los que escribo Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y en los que, como me impuse en su momento, sin importar cuantas mentiras contara o cuantas verdades camuflara o invistiera con las telas de la pseudoautobiografía, tengo que dejar escondida al menos una verdad que descubra escribiendo el cuento, y creo que esa es la tarea más complicada a la que me enfrento en este juego, porque en los otros casos he contado con días para escribir, reflexionar y pensar, hasta conseguir esa pequeña verdad que no conocía de mí y poder deslizarla en algún lugar difícil de detectar de la historia, con sus respectivas pistas para así detectarlo; pero aquí no cuento con tal tiempo ni con la paz mental suficiente para poder llegar a tales reflexiones, ni mucho menos con el interés que antaño tuve al escribir esas autoficciones de practicar el también egocéntrico autoanálisis, eso a pesar de que, como ya he delatado antes, nada me impide romper todas las reglas que se supone me impuse en este juego, porque ya para este punto he roto todas las reglas posibles, más de una vez y en lugares y formas que no sospecharías, de modo que si quisiera podría dejar este texto descansando en el cajón por días, semanas o meses; cajón del que lo sacaría en momentos precisos para releer, corregir y tratar de plantar esa verdad inédita y tú nunca te enterarías ni te  que f4e Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y como djd Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri uy Mi nombre es Víctor MMM Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ya estoy leg Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y si después deesto Minom Mi nombre es Víctor Enrique MOsqued Mi nombre es Vícto Mi jn Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y como c Mi nombre es Vïcto Mi nombres Mi nombrees Mi nombre es Víctor enriqu MIno MI nombres Mi j MI nombres es MI no Mi bno Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y deeed Mi Nombre es Víctor M MI Mi nombre es Vi Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Alerg Mi nombres Ed Mi nomqw Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ya qué fdiabls Mi nombe Mi nombre es Víctor Enrique Mosquedaa MI nombr Mi nombre es Víctr M Mi nombre es Víctor Enrique Ms Mi nombre es Vícor Mi nombrees Mi nombres Es Mi nombre es V`ci Mi nombre es Víctor entr Mi nombre Esm Min Minnr Mi Nomr Mo nMi nombred eMis Mi nrd Mi nombre es

Busco editor

Alto, joven, de mirada profunda y ojos preferiblemente claros (mis favoritos son los de tono esmeralda, pero no pido tanto), con musculatura definida aunque no demasiado marcada, gusto por la moda, sensibilidad emocional y empatía. Que sea un romántico empedernido, de los que no se avergüenzan de llorar en una película de amor en el discurso final y que te tome de la mano por la calle como si no hubiera nadie más en el mundo al que aferrarse. Que no crea en tontos convencionalismos sociales y no cuente el número de citas o el número de días para devolver una llamada o decir “te amo” si de verdad su cuerpo y su alma le piden avanzar más rápido.

Que quiera saberlo todo de mí y los ojos le brillen de fascinación cuando le hable de mis proyectos más alocados, de mis novelas de aventura, de mis libros de fantasía. Que sin dejar de mirarme a los ojos un segundo, y ardiendo de deseo, me diga “serás el próximo Dan Brown, te lo prometo; aunque tenga que arriesgar todo lo que tengo para ello”. Que su amor por mí sea tal que le resulte imposible encontrar mis defectos y que, siempre con una sonrisa al borde del beso desenfrenado, me diga que para él soy perfecto, que me ruegue que nunca cambie, tal como yo le pediré el mismo compromiso, incapaz de verle costura alguna, ciego, completamente ciego de pasión y amor.

Busco editor, soltero, demócrata, socialmente sensible, de buena familia y de preferencia católico pero de pensamiento religioso libre y crítico, que crea en el amor a primera vista, con contactos en Random House Mondadori y HBO o AMC. A cambio, obtendrás a un escritor en ciernes, con cuerpo trabajado en gimnasio y una tetralogía de terror místico religioso inédita, con sueldo anual de cuatro cifras… por ahora. Vamos, anímate y escríbeme al teléfono de contacto y tengamos una primera y delirante cita. Te lo juro que no te arrepentirás. Y tus jefes tampoco.