Toy Story 6. El hijo de Andy

El hijo de Andy sale de su cuarto, caminando y bien vestido, pues su padre le ha anunciado que es hora de comer. Una vez la habitación se queda sola, todos los juguetes de Andy Jr. siguen inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida: el set completo de ramas de árboles, la colección de piedras, las formas geométricas de madera balsa, la plastilina de receta casera y la caja con retazos de telas y cintas de colores.

Desde que Andy y Jenny, su esposa, realizaron aquel curso prenatal, decidieron que probarían el método Montessori, que educarían a su hijo en casa lejos del alienante sistema educativo público, y que su hijo solo tendría juguetes inestructurados. Cuando se reunían con sus viejos amigos, Andy y Jenny miraban con vergüenza ajena aquellas cestas de juguetes estructurados y mediatizados, desordenados en medio de la sala y las habitaciones. A todo el que tuviera un par de oídos para aguantar sus peroratas, le intentaban convencer de los riesgos de los juguetes antropomórficos para el desarrollo de una psique íntegra y saludable, y del riesgo aún mayor de tener una cantidad indiscriminada de juguetes, filtrada únicamente por las demandas de la industria del juego, que contaminaba la mente de los niños con publicidad invasiva y caricaturas soeces y promotoras de antivalores, que tarde o temprano terminarían acabando con la decendia cuidadana como alguna vez fue conocida.

Mientras tanto, Andy Jr. tomaba su cena sin chistar: dos rodajas de pan libre de gluten con un poco de mantequilla vegetal sin calorías, media toronja fresca y agua saborizada con hierbabuena recién cortada del huerto familiar. El chico hacía gala de unos modales de lujo, y sus padres no podían evitar mirarle con orgullo. Luego de la cena, vendría la sesión de juegos ligeros antes de dormir. Era miércoles, así que tocaba estimulación táctil con el set de texturas, estimulación intelectual con el ábaco hecho con pasta corta y estimulación musical y cultural con algunas canciones de cuna y poemas rítmicos africanos.

Ese día, Andy Jr. se atrevió a decir que le gustaría permanecer despierto diez minutos más si no resultaba muy molesto o inoportuno de acuerdo al juicio de sus padres, para quizás, con algo de suerte, poder escuchar, de boca de su madre, aquella canción de cuna francesa que era su favorita, y mucho mejor si le dejaban a él intentar tocar el bandoneón, aunque todavía no avanzara lo suficiente en el dominio del instrumento como para tener tal honor. Andy y Jenny le explicaron con voz suave y calma que ya había terminado la hora de juegos tranquilos, de modo que debía acostarse a dormir, pero aceptaron hacerle unas ligeras cosquillas en los pies para compensarle. Uno primero y la otra después abrazaron y besaron al niño, lo arroparon y abandonaron el cuarto mientras su hijo todavía permanecía con los ojos abiertos, muy abiertos. Una vez la habitación se quedó sola, Andy Jr. y todos sus juguetes permanecieron inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida.

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Crimen predecible

Había sido el mayordomo. Otra vez. Tanto dudar del inversionista con ese fraudulento proyecto de empresa multinivel, de las gemelas de quince años que en realidad tenían veintitrés, del amante latino, profesor de salsa casino y homosexual a conveniencia, del abogado que había leído el testamento, incluso del gato y el mismo muerto, para que de nuevo fuera el mayordomo. Con una música clásica tan repetida como su argumento, inician los créditos de la película.

―¡Qué historia tan aburrida y predecible! Definitivamente, el género detectivesco ha muerto. Nos toman por idiotas conformistas, por imbéciles sin criterio ni pasión.

Pulsando el botón de apagado del control remoto, el Coronel Mostaza se levanta de su sillón. Todo queda oscuro a su alrededor, pero se mueve sin ningún problema dentro de la mansión. Se dirige a la cocina. Las manchas del candelabro que había dejado remojando en lejía han desaparecido. Lo limpia con un trapo, lo coloca sobre la gran mesa y sube a su habitación. Arropado y en pijama sobre su cama, cierra los ojos y sueña con dados, patrones en cuadrículas y pastiches sherlockianos publicados en mal papel.

Los 400 golpes

Solo hay una cosa que duele más que una patada en las bolas: dos patadas en las bolas. Después de dos patadas en las bolas, todas las demás duelen igual. Pero al parecer nadie les explicó eso a mis torturadores y se la pasaron toda una noche pateándomelas. Dejé de contarlas cuando pasaron la barrera de las cuatrocientas. Pero con cada una gritaba y lloraba más fuerte para que ellos creyeran que estaban haciendo su trabajo bien, que si insistían un poco más quizás conseguirían lo que buscaban, que mejor no intentar otro medio de tortura porque este parecía bastante eficiente. Pero nunca les decía lo que querían. Así llegaron a la conclusión de que era intorturable y yo terminé preñando una de las botas del militar. Ahora vivimos juntos en un chalet apartado de todo y cuando cae el sol, y nuestro bebé finalmente se duerme, nos pateamos con vigor y lujuria, para recordar la noche en que todo empezó.

Cumpleaños

Nació muerta. Y tardaron un año en darse cuenta. Cuando el día de su cumpleaños, entre los aplausos, las canciones y los regalos, cayó tendida sobre la torta, y las moscas y gusanos que siempre la acompañaban se desparramaron por toda la mesa, tuvieron que aceptar la realidad: quizás no era sensato aspirar a que su pequeña hija llegara a su segundo año, su primer día de clases, su primera comunión.

Quizás tampoco llegaría a ser una gimnasta olímpica, ni aprendería a tocar el piano como su abuela. Dejándose llevar por la impresión del momento, hasta dudaban de que conociera al hermanito que le querían regalar en unos cuantos meses, si los tratamientos de fertilidad terminaban de dar sus frutos.

Pero, fuera como fuera, lo intentarían con todas sus fuerzas. Y alimentados por el espíritu de esa minúscula esperanza, tan minúscula como su hija que nunca creció, la levantaron, limpiaron su carita morada de crema de torta y siguieron cantándole cumpleaños. Ellos sabían que en el fondo su bebita sonreía. Y cómo sonreía.

Preámbulo a las nuevas instrucciones para darle cuerda a un reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño cielo inocuo, uno de esos de paisajes en acuarela y qué triste que no sabías pintar mejor, ni tampoco elegir mejor los regalos, porque ya nadie usa relojes de pulsera porque para eso están los teléfonos inteligentes, y qué inteligente es sacarlos del bolsillo cada vez que necesitamos ver la hora y así de una vez se revisan las notificaciones de las redes sociales, la comparativa del costo de la batata a nivel mundial y la letra de esa canción que se te pegó desde que te levantaste en la mañana. Cuando te regalan, en cambio, un reloj incorporado a un teléfono inteligente, no te regalan solamente ese monolito cromado que suelta chispas y luces de colores para que te lo combines con los pantalones y la ropa interior. Te regalan (no lo saben, lo terrible es que no lo saben, que siguen sin saberlo a pesar de las pistas y los duelos) un apéndice artificial de ti mismo, un exoesqueleto que termina enquistándose en la piel y ya no hay forma de saber quién es quién, cuál es cuál, qué es qué. No hay forma de saber quién pasea y quién es paseado, cuál es el artefacto y cuál el usuario, qué suena de fondo, su risa o su timbre. Te regalan la obsesión de llevar un cargador a todas partes, de pegarte a cualquier enchufe como una rémora a una ballena, para que permanezca encendido, para que no deje de ser un reloj incorporado a un teléfono inteligente; te regalan la obsesión de comparar tu aplicación para presentar la hora con la de tus amigos, la de las celebridades, la de los especialistas en YouTube. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa, de salir de casa sin él, de quedarte sin señal, sin batería, sin conexión a Internet, de que se desconfigure, se moje, se dañe o se te olvide en un baño público. Te regalan su marca, y la seguridad de que es la mejor marca en el ránking de la semana; te regalan la tendencia de comparar tu reloj incrustado en un teléfono inteligente con los demás relojes incrustados en teléfonos inteligentes, y el pánico de que surja algo mejor, algo diferente, algo nuevo; el terror de que se haga obsoleto, como esas viejas instrucciones para darle cuerda a un reloj, de Cortázar, como lo serán dentro de dos días estas nuevas instrucciones. Aunque hay algo en lo que parece que el tiempo no ha avanzado, en lo que parece que alguien olvidó darle cuerda. Y es que cuando te regalan un reloj dentro de un teléfono inteligente, no te regalan un reloj dentro de un teléfono inteligente; tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj, de la calculadora, de la agenda, de la cámara fotográfica, la linterna, el termómetro, el escáner, el procesador de textos, el chat, los archivos del FBI y la CIA. Eres tú la virgen ofrecida en sacrificio para el cumpleaños del teléfono inteligente, si es que tiene la suerte de completar su primer año de vida.

Mi hija mordió un libro de Coelho

⸺Mi hija mordió un libro de Coelho. ¿Debería preocuparme?
⸺¿Cómo dices?
⸺Coño, que mi hija mordió un libro de Coelho y ahora estoy cagado. No sé si le pueda dar una infección o algo así.
⸺¿Y qué demonios hacía tu hija con un libro de Coelho?
⸺…
⸺¿Dónde lo consiguió?
⸺En nuestra biblioteca.
⸺¿Cómo? ¿Y desde cuándo tú tienes un libro de Coelho en tu biblioteca?
⸺La verdad es que no lo sé. Siempre ha sido un misterio.
⸺¿De qué hablas?
⸺No sé. Simplemente un día apareció y ni yo ni Helena sabemos quién lo pudo haber dejado allí.
⸺…
⸺Creemos que fue una broma de alguien del colectivo de literatura.
⸺Y… ¿por qué no botaste esa mierda apenas la viste?
⸺No sé. Bueno… es un libro. Los libros no se botan.
⸺Eso no es un libro. ¿Acaso tú eres inepto? No parecen cosas tuyas.
⸺Bueno, es que no me nace botar nada que se parezca a un libro. Tú has visto mi biblioteca. Allí tengo hasta unos volúmenes sueltos de una enciclopedia de mi abuela, que están todos marrones, secos y comidos.
⸺Coño, chico, pero eso es otra cosa muy distinta.
⸺Y también tengo una serie de folletines que publicó ya ni me acuerdo qué periódico, y los tengo todos remendados con tirro, de lo mala que era la edición. Ya ni me atrevería a leerlos y aun así no los boto.
⸺Deja de cambiarme el tema. Tú sabes que debiste haber botado ese libro hace mucho tiempo.
⸺Sí. Pero Helena y yo lo dejamos en la biblioteca al principio porque nos tomamos la cosa como un chiste. Queríamos averiguar quién lo había dejado. Era como un juego de detectives. Cuando venían los amigos a la casa, les hacíamos ciertas preguntas camufladas, a ver si alguno se delataba. Y nada. El misterio seguía sin resolverse. Una vez, incluso, en un cumpleaños de Helena, con todo el colectivo reunido por primera vez en más de un año, hicimos un supuesto concurso, que consistía en descubrir cuál era el libro que no calzaba en nuestra biblioteca. Y nadie adivinó. Y eso que el premio eran todos los libros de ensayos de Hanni Ossott. Y allí siguen en la biblioteca los ensayos de Ossot y el libro de Coelho.
⸺¿Ustedes son medio locos? ¿Iban a sacrificar esas joyas solo por averiguar la tontería del libro de Coelho?
⸺Bueno, pero es que de verdad nos intrigaba la cosa. Imagínate que un día te levantas y ves un libro de…
⸺Un libro de nada, chico. Dices que no botas libros y pensabas botar los libros de Ossott de esa manera.
⸺No los íbamos a botar. Era un regalo. Todo el mundo regala libros.
⸺Eso no es regalar un libro. Es botar un libro. ¡Y para proteger una basura empastada!
⸺Bueno, para nosotros era un regalo. Porque siempre sospechamos que había sido Leticia la que lo había dejado allí. Y como ella estaba haciendo su tesis sobre Hanni Ossott, igual se los pensábamos regalar. De hecho, como dos semanas después se los regalamos. Pero ella nada más los aceptó como préstamo y, después de la tesis, nos los devolvió.
⸺Definitivamente no se puede hablar contigo.
⸺Y luego ya simplemente nos acostumbramos a tener ese libro allí. Para ese entonces Helena y yo ni soñábamos con que algún día tendríamos una hija. Creíamos que ya estábamos muy viejos. Y menos que encontraría ese libro y lo mordería.
⸺Mierda, sí… la bebé. ¿Y cómo está ella?
⸺Yo creo que todavía está bien. No le ha dado fiebre ni nada, pero me preocupa la situación.
⸺¿Y ya hablaste con un méd…? ¡Un momento! ¿Tú no tienes como dos meses vendiendo todos tus libros por Instagram?
⸺Sí, ¿por?
⸺¿Has vendido la mitad de tu biblioteca y no te has desecho de esa mierda de Coelho?
⸺Coño, pero es que esa vaina me da pena venderla.
⸺Pues, regálala entonces.
⸺¿Tú eres loco? ¿A quién coño se la voy a regalar?
⸺El mundo está lleno de gente que ya tiene dañado el criterio literario de forma irreparable. Te lo aseguro que candidatos sobran. Pero, coño, tu hija es solo una bebé inocente. Ella no tiene por qué sufrir las consecuencias.
⸺Yo lo sé. ¿Tú crees que no tengo todo el día recriminándome lo mismo? Sé que lo debía haber botado, y mucho más cuando empecé a vender los libros. Porque esa es la razón de que ella lo haya conseguido. Un tipo ahí que tiene una librería de saldos nos compró casi veinte libros de un solo golpe, varios de ellos de los caros, y teníamos el mesón todo desordenado con esos libros y otros más y no sé cómo coño llegó el de Coelho allí. Supongo que estaba cerca de alguno de los que habíamos vendido y se me coló en el mesón. Y, coño, el tipo nos transfirió enseguida, y nos dijo que si todo salía bien nos iba a comprar otro lote grande más. Y tú sabes cómo estamos pariendo Helena y yo con los riales para podernos ir. Es doloroso vender tus libros. Pero más que doloroso es hiperpelúo. Los libros se venden lento y a mal precio. Y este tipo ni regateó. De bolas que estábamos emocionados y, en medio de la vaina de organizar los libros para el envío, de cuadrar una compra de dólares con lo que habíamos ganado, nos descuidamos un ratico, te lo juro que fueron un par de segundos, y la bebé se montó en la sillita y, cuando nos dimos cuenta, tenía el libro de Coelho entre los dientes.
⸺Me perdonaras, mi pana, pero, ¡qué padres tan descuidados son!
⸺¡EH! ¡Eso sí no te lo permito! Helena y yo somos excelentes padres. Nuestra hija no sabía ni llorar, no había ni nacido, cuando nosotros le leíamos los mejores libros infantiles del mundo. Libros que no hemos vendido y que no venderemos nunca, por principios. Antes de irnos de aquí, los repartiremos entre nuestros sobrinos y primos. Mi hija solo ha conocido buena literatura desde que era un embrión.
⸺Bueno, pero el trabajo de toda una vida se puede escoñetar por un descuido así.
⸺¡Lo sé! ¡Lo sé! Nojoda, no me estás ayudando en nada. ¿Crees que no sé todo lo que me dices? Mi pregunta es qué puedo hacer para revertir cualquier posible efecto secundario.
⸺Eso depende. ¿Qué libro era?
⸺¿Ah?
⸺¿Qué libro era? ¿Qué libro mordió?
⸺Ehm… Maktub, sí, Maktub.
⸺¡Coño de su madre!
⸺¿Qué?
⸺¿En serio dejaste que tu hija mordiera Maktub? Si por lo menos hubiera sido alguna de las novelas… pero, ¿Maktub…? ¿Ese pastiche de frasecitas de mierda, que el tipito cagaba en el periódico solo para cobrar sus riales e irse a hacer lo que sea que haga un escritor millonario?
⸺¿Y tú has leído Maktub?
⸺¿Yo? ¿Tú eres loco?
⸺¿Y cómo sabes que trata de eso?
⸺¿Por qué más va a ser, pues? Cultura general. Yo sé un millón de vainas sobre cosas que no sirven para nada y ni siquiera tengo idea de cómo las sé. Tú eres igual. ¿O acaso tú no sabías de qué trataba el libro?
⸺Helena y yo nos prometimos nunca leerlo. Ni siquiera la contraportada. Y al menos yo cumplí con mi promesa. De hecho, para lo único que usaba el libro era para matar los coquitos esos que se meten a la casa en temporada de lluvia. Usaba el libro como una raqueta y los bombeaba contra la pared. Luego los sacaba del apartamento empujándolos con el libro como una palita.
⸺¿En serio?
⸺Ehm… sí.
⸺¿En serio dejaste que tu hija mordiera un libro de Coelho con el que además matabas insectos?
⸺¡Mierda, no lo había pensado hasta este momento!
⸺…
⸺¡Qué basura de padre soy!
⸺¡Exacto!
⸺¡EH! Eso solo me lo puedo decir yo mismo.
⸺Lo que sea. ¿Y qué has hecho hasta ahora para resolver la situación?
⸺Su mamá se quedó leyéndole cuentos en la casa, tratando de que no se duerma. Nos da miedo que se duerma. Y yo fui a hablar con la pediatra, que no contestaba el teléfono, y tampoco la conseguí en el consultorio. Luego vine a hablar contigo, que pensé que podías ayudarme.
⸺¿Y por qué pensaste que yo podía ayudarte? Yo ni siquiera tengo hijos.
⸺Bueno, porque no conozco a nadie que desprecie más la mala literatura que tú. Entonces pensé que quizás sabías de algo que se pudiera hacer.
⸺Yo sé lo que se puede hacer.
⸺…
⸺No morder ni leer nunca un libro de Coelho. Y menos Maktub.
⸺¿Y qué diferencia hubiera habido si mordía El alquimista o cualquier otra mierda por el estilo?
⸺¡Mucha! Esos por lo menos tienen un argumento. Imagino que le habrá tomado al menos una semana escribirlos. Hay un mínimo de honestidad de autor, si se le puede adjudicar eso a Coelho.
⸺Bueno, pero ya no puedo hacer nada para retroceder el tiempo. Ya mordió Maktub. Algo tengo que hacer si quiero que mi hija no enferme. ¿Qué puedo hac…? Ya va… Espérate, que me están llamando (…). ¿Helena? (…). ¿Cómo está la bebé? (…). ¿Cómo? (…). ¿En serio? No te lo puedo creer. ¡Gracias a Dios!
⸺¿Qué te dice, qué te dice?
⸺Que el libro de Coelho solo tenía la portada. Qué adentro tenía La máquina de follar, de Bukowski. ¡Qué alivio tan grande!
⸺¿Cómo?
La máquina de foll… No, amor, no es contigo (…). Con Asdrúbal… Lo vine a visitar para que me asesorara en lo del libro de Coelho, porque la pediat…
⸺¿La máquina de follar? ¡El coño de su madre!
⸺¿Cómo dices? (…). No, amor. No es contigo. Es con Asdrúbal, que me dijo algo.
⸺No, nada. Dile que bote ese libro inmediatamente… ¡que ni se le ocurra leerlo!
⸺¿Y por qué? Solo es Bukowski (…). No, amor, es que Asdrúbal me estaba diciendo algo (…). Una estupidez (…). Que botes el libro inmediatamente, sabrá Dios por qué…
⸺Sí, dile que no lo piense más y lo bote.
⸺Cállate, Asdrúbal, que no escucho a Helena (…). No te entendí nada. Repite (…).
⸺No les conviene tener ese libro en su casa. ¡Dile que lo bote!
⸺¡Coño, que te calles! (…). No, amor, no es contigo. Repíteme, por favor (…). Sí, ya se calló (…). ¿Cómo? (…) ¡Ese coño de su madre! (…). Dale, amor. Hablamos en un ratico. Dale un besito a la beba de mi parte.
⸺Yo te lo puedo explicar.
⸺…
⸺Ya ni me acordaba que había hecho eso.
⸺…
⸺Lo hice como una broma, el día que hicieron la fiesta para celebrar que se habían mudado juntos.
⸺Eso fue hace 12 años. Nosotros tenemos ese libro hace menos de 8 años.
⸺No. Yo lo dejé allí la primera vez que fui. Te lo juro que fue solo un chiste.
⸺¿Estás insinuando que duramos 4 años con ese libro en la casa sin que ninguno de los dos nos diéramos cuenta?
⸺Exacto. En serio fue como un chiste de bienvenida al mundo de los casados. Yo no tengo la culpa de que nunca lo abrieran. Incluso les dejé una nota adentro.
⸺Sí. Helena me la leyó.
⸺…
⸺…
⸺¿Y? ¿Entonces? ¿Me perdonas?
⸺Bueh… no puedo no perdonarte. No te imaginas lo que me alivia que mi hija haya mordido un libro de Bukowski.
⸺A mí también. Y también que no me cayeras a golpes aquí en mi propia casa.
⸺Jejeje. Nunca te golpearía en tu propia casa… Te hubiera arrastrado hasta la calle de en frente.
⸺Qué condescendiente.
⸺¡Así soy yo! Pero… espera un segundo, ¿y cómo llegó a tus manos un libro de Coelho?
⸺¿Ah?
⸺¿Cómo llegó a tus manos Maktub? Para poder hacernos la broma, tuviste que haber tenido el libro completo; no solo la carátula.
⸺…
⸺¿Entonces?
⸺Mierda…
⸺¿Qué?
⸺La verdad es que no lo sé…
⸺¿Cómo dices?
⸺No lo sé. Simplemente un día apareció en mi biblioteca y ni yo ni Mónica sabemos quién lo pudo haber dejado allí.

Esnob

Deberías poner tus ojos sobre él con más frecuencia. Realmente es un sujeto interesante. Aun siendo un esnob, ama, no mira el reloj si no hace falta, no bota comida ni desperdicia dinero, sabe cuándo es momento de dar un cumplido y cuándo de abrazar en silencio, no tiene enemigos, pero tampoco pretende agradar sin mostrarse tal cual es, al tiempo sabe que no lo puede hacer pues va en contra de su naturaleza. Lo que te quiero decir es que es un esnob de pies a cabezas, pero que no por ello es un inepto social. Se manifiesta con desdén de ciertas personas a quienes considera inferiores, más que todo por cumplir con el rol; pero si debe tenderles una mano no se la limpia luego.

Es un hombre educado en una buena universidad y se podría decir que todo lo que tiene lo ha conseguido con tesón e inteligencia. Hasta la fecha no ha tenido que lamer las medias de ninguno de los hombres a los que imita para parecer superior. Digamos que estos hombres son imitados sin saberlo, pues no les contacta hasta no haber alcanzado su estrato. Y una vez alcanzado no se detiene, y empieza a imitar a alguno de un estrato superior. Así ha sido desde casi siempre, y por lo general su método es limpio y sin fisuras.

Sabrás entender mi manía de crear personas con algo de sustancia por debajo de sus rasgos más esquemáticos. A mí es que particularmente el esnobismo me da urticaria y por ello trato de sazonarlo con algo más. Al otro que me encargaron un par de décadas atrás (por suerte no son muchos los que me asignan), al moreno, de cabello negro crespo y ojos azules medio atigrados, a ese lo puse pobre, por aquello de la ironía. Pero pobre, pobre, de esos que no tienen ni tendrán la menor posibilidad de escalar jamás. En todo caso de seguir bajando. Y mira cómo le ha ido. Todo un esnob en medio de la más triste marginalidad. El pobre es un incomprendido y eso debería llevarle a reflexionar, pero le cuesta y se la pasa al borde de la depresión. El otro día intentó suicidarse, pero también le hice torpe y el corte no fue preciso. Dos días en el hospital y le descontaron la paga de esas jornadas en el trabajo.

En cambio, con este tengo esperanzas de que habrá algo diferente. En cierto punto me lo imagino colocando todo su dinero en causas nobles para irse a vivir a alguna comunidad desolada al otro lado del mundo. Un lugar donde nadie le salude ni le pregunte el nombre. Únicamente para volver a sentir el placer de ser un don nadie y empezar a escalar desde cero. Después de todo, es lo único que sabe hacer y es lo único para lo que vive.

De llegar a darse ese momento, tengo planeado ponerle en medio, de nuevo, a la primera mujer que amó y que le amó. La única, cabría decir. Es una mujer tan humana y hermosa, que te lo juro que a veces pienso que no la hice yo. Tú sabes que por lo general a mí no me quedan así de preciosas. De hecho, las otras dos novias que le he puesto son más bien sencillas. Bonitas, pero sencillas. Pero esta mujer es un espectáculo para la vista y el alma. En su momento todo terminó mal, pero nunca dejaron de amarse. Ninguno ha vuelto a saber nada del otro. Ni siquiera pueden saber si el otro sigue vive o murió años atrás.

Lo cierto es que si decide deshacerse de todo su dinero y lanzarse al exilio, ahí mismo le vuelvo a poner a aquella mujer, como un evento casual. Lo que sea. Pon que hago que se la encuentre trabajando de cajera en un supermercado mientras compra las últimas provisiones para su viaje. Justo ahora trabaja en un autolavado, pero dudo que así se la encuentre si también dona sus autos. En fin, me estoy dejando llevar por la imaginación. Pero es que me emociona pensar en todo esto.

Te confieso que no estoy seguro de cuál camino tomará y eso es lo que más me fascina. Con los esnobs básicamente nunca me emociono. Todo es predecible. Pero a este le he agarrado cariño, pues de tanto en tanto me sorprende con algo. Yo solo espero que la decisión que tome lo ponga en un camino donde me siga ofreciendo entretenimiento. Hasta el momento ha sido un viaje genial. Pero, si se llega a poner aburrido, ya veré si le corto una pierna o algo parecido. Lo de siempre, ya sabes. Para que se dé cuenta que hay cosas más importantes en la vida que el dinero y el estatus y bla, bla, bla. Ya veremos qué sucede con el tiempo.

El chicle de la noche

Hay noches en que la ciudad te mastica como a un chicle.

Una prostituta grita y llora a través de un teléfono de alquiler. Al otro lado de la línea, algún espectro la escucha, para que a mí me llegue el eco de su letanía. La voz magnética del otro lado es tan fría como la de una máquina contestadora. Dispensa excusas y consejos como si de dispensar chucherías y refrescos se tratara. Desde este lugar donde me encuentro, no puedo dejar de pensar que solo yo la oigo, que el mundo es una tramoya de teatro y que detrás de las cosas que veo solo hay rieles y almacenes, paisajes rotos y utilería, que todo ocurre para mí y que por ello no es necesario recrear el resto del universo. Me pregunto entonces qué tiene que ver esa mujer conmigo, con mis propias y menos públicas letanías, mientras espero mi autobús. La han botado del burdel y no tiene dónde pasar la noche. Todo porque le rompió la cara a la Catira, que le robó su dinero o un cliente. No se entiende el precario mensaje entre sus espasmos y mocos. Todo porque ya no está tan flaca como antes, ni tan joven. Todo porque su cama pasa vacía un tercio de la noche, y a su dueño no le conviene que los resortes del colchón descansen. Noches como estas no tienen camas para putas gordas que solo conozcan el lenguaje del cuchillo, y que ya no dominen el lenguaje de los gemidos. Y el fantasma que la escucha al otro lado de la línea dispensa una nueva excusa, porque no tiene espacio en casa, y un nuevo consejo, porque bien puede pasar la noche como antes, al borde de la carretera y de cama en cama; porque noches como estas no quieren comerte, ni piensan tragarte. Solo te mastican como a un chicle. Juegan contigo entre muela y muela, para matar la abulia y el tedio.

Dos chicos de doce años se suben al autobús y gritan que estamos en un atraco, con voces forzadamente masculinas, debajo de las que se escucha un dejo aún femenino, todavía aniñado, que, por la situación, logra pasar desapercibido. Es un acuerdo tácito que nadie entrega sus pertenencias a quien no ha aprendido la cadencia del malandro, su melodía gangosa, sus discursos y su lírica soez. Por aquello de la brecha social y el miedo ancestral a lo diferente, dicen los especialistas. Por esto, ellos nos han informado del atraco en perfecto malandro, y nosotros les hemos entendido como si nos hablaran en castellano castizo. Y nosotros tampoco hablamos un español castizo; pero es normal sentirse más doctos, más académicos, en medio de un atraco. El miedo se siente en el aire como una cuerda invisible y tensa. Su vibración, tras los pasos de los niños, hace que retumbe el autobús como un diapasón, y quedamos sordos por segundos. Nos escuchamos solo a nosotros mismos; como si nuestra voz interna tomara el centro del cuerpo, y nos hablara desde la boca del estómago, inundándonos en un caldo caliente, que sube por el pecho y se nos tranca en la garganta. Suena una sirena en la calle, a cinco metros de distancia, y los niños saltan del autobús sin un solo celular. Y yo que ya hacía planes para mis siguientes días sin teléfono, para mis días sin dinero, y ahora tengo que volver a ajustarme a la idea de que tengo lo que tengo. Porque hay noches como estas, que no te quitan nada, pero te lo tiran todo al piso y lo patean, como un bebé molesto. Y ellos que estaban preparados para recibir una paliza de los policías, para que sus huesos quedaran con sueños de rehabilitación, y los de azul los dejan ir, porque ya la jornada casi termina, cada uno tiene al menos dos cervezas encima y una entre las piernas, y no quieren tramitar menores a esta hora.

El chofer del autobús sigue esperando a que se llenen todos los asientos y que no quede espacio respirable dentro del vehículo, aprovechando que nada ha pasado. Porque hay noches como estas en que somos el chicle de la ciudad, y ella nos saca el jugo para escupirnos cuando ya le parecemos insípidos, y quedamos junto a la acera, magullados, pero vivos.

Un transformista se sube al autobús entre burlas y silbidos de los que vociferan la ruta y el precio del pasaje, esta noche, como todas, sin ticket estudiantil, porque no hay autobús para Autopista y yo estoy pirateando, y si quieres llegar a casa, tienes que caminar quince minutos por un camino tan negro como el odio que crece en el corazón del transformista, y un poco también en el tuyo, que te has puesto en su lugar, o que te has embotado ya de tanto vaivén, de tanta sensiblería maquinada, de tanto retraso del alba; porque la noche así lo ha querido en su representación. Él o ella se ha sentado junto a una anciana y esta no ha perdido oportunidad para sacar su biblia y leerle unos versículos inocuos, antes de atreverse con el material pesado, con la destrucción de Sodoma y Gomorra, que le narra con efervescencia de dios colérico, mientras le mira con condescendencia de dios misericorde. Él o ella asiente con educación, para no hacer más largo el camino a casa. Porque hay noches como estas, donde nos mastican y aceptamos con estoicismo nuestra condición, dúctiles y maleables, porque sabemos que al menos podemos vivir para contarla. Aunque la noche se las arregla bastante bien para que no nos queden ganas de contarla, ni siquiera a la rata que nos espera al llegar a casa, masticando los cables que le dejamos de cebo para sentir que tenemos compañía. Masticando cables como la noche nos mastica, pero sin burlarse de nosotros como la noche lo hace.

Porque encima de todo, esta mañana florecieron los jazmines, y ahora la noche está impregnada de su olor agrio y penetrante, que casi no deja respirar ni concentrarse en nada diferente. Hay los que piensan que el jazmín es dulce y por ello la noche los aleja de su aroma. Los que son capaces de ver su verdadero rostro en las estelas podridas de sus efluvios se los encuentran en cada camino y el tufo les persigue una centena de metros a la redonda, y se les queda atrapado en las ropas. Porque los jazmines son el último truco de la noche, su última burla, para decirte que hasta el más dulce y florido de los inviernos guarda un lado agrio y hostil, que nada es perfecto, que no podemos depositar nuestra esperanza en nadie que no sea nosotros mismos y nuestro prometeico aguante.

Porque somos el chicle de la noche, y ahora que se nos cierran los párpados, pesados de rutina y enrojecidos de smog, la noche nos saca de su boca y nos pega bajo la mesa. Porque mañana será otro día y podrá volver a masticarnos, tras el alud del sol.

Clifthanger

⸺¡Corten! ⸺dijo el director, deteniendo la escena en el punto exacto donde el héroe había quedado colgando con una mano lastimada y sangrante de la quebradiza piedra con la que estaba hecho el acantilado. Doscientos metros abajo, el mar se relamía esperando el impacto del cuerpo del héroe en su superficie, para quebrarle todos los huesos a su cuerpo y las esperanzas de un cierre digno a la historia.

La audiencia apaga sus televisores, excitada por la intriga, ansiosa por que se completen las 168 horas que restan antes del capítulo de la próxima semana, y mientras tanto ahoga sus penas con memes y spoilers en las redes sociales. En el estudio de televisión, las luces se han apagado y todo el personal ha abandonado el lugar. Solo queda el héroe, sostenido de la misma piedra quebradiza, amenazado por el mismo mar de concreto. La mano sangrante le tiembla y suda y teme. Nosotros sabemos que nadie puede sostenerse 168 horas de ningún acantilado. El final de esta historia no es una sorpresa para nadie.

Clickbait

No creerás lo que pasó en esta ficción.

 

Un cuento prepotente se acercó a un personaje de relleno para insultarlo.
El diálogo que le actuó lo dejó sin palabras.

 

Este narrador juntó a los diez personajes más bizarros en su historia.
El número ocho te pone los pelos de punta.

 

Todos creían que era una microficción adolescente,
pero cuando se quitó la blusa quedaron con la boca abierta.

 

Un metanarrador portugués deja un error ad rede en su cuento.
El nuevo significado de la historia es hilarante.

 

Nadie tomaba en cuenta a ese pobre relato,
hasta que se quitó el disfraz y mostró a su millonario autor.

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Relato cómico de aficionado termina fatal.