Autoficción

Nunca he tenido la confianza que tienen otros escritores para tomar trozos sueltos de su vida, incluso de las partes más monótonas, y hacer con ellos pequeñas piezas de literatura. Siempre me digo que no hay nada de interés en esos detalles, o que yo no sabría darles la forma o el tono emocional requeridos.

Así que me siento frente a la computadora del trabajo, evadiendo conscientemente mis responsabilidades a solo días de renunciar a mi primer puesto estable y moderadamente bien pagado desde que emigré, y trato de hacer un inventario de lo que tengo cerca de mí, de lo que alcanza mi vista y mi sensibilidad, a ver si algo despierta alguna emoción inédita que valga el ejercicio autoficcional, sin las habituales distorsiones que incluyo cuando me embarco en ese gastado navío.

A mi lado tengo el portalapiceros que me heredó mi vecina de escritorio cuando renunció al que también fue su primer empleo estable y bien pagado en Lima, para regresar a Venezuela, por razones que no termino de entender y que me llenan de una tristeza extraña, porque nunca intimamos más allá del “cómo va tu hija”, “bella, creciendo, pila, ¿y los tuyos?”, “hermosos, tremendos, deberíamos juntarlos algún fin de semana a ver si se caen bien”. Quizás la tristeza es prospectiva, de lo que fantaseo que pude haber perdido si hubiera tenido más tiempo para conocerla. Pero esto no es Hollywood y de nada sirve correr detrás del tren para evitar la partida. Después de todo, ese portalapiceros se lo legó a ella otra compañera cuando se fue a vivir a Texas, y todos estábamos felices por su logro, y antes de ella otro más tuvo el portalapiceros, en una empresa en la que solo sobreviven cuatro personas de las casi veinte que ocupaban puestos cuando yo entré aquí, un año atrás. Igual, aun no me como el último caramelo que me regaló antes de irse, no sé si porque me agrada verlo allí o porque realmente nunca me gustó esa pelota de azúcar hiperprocesada que me brindaba a diario, y lo comía más por compromiso que por gusto.

Pero el portalapiceros pierde todo su potencial y debo mirar a otro lado, y solo hay un audífono, el de la empresa, que se me dañó hace semanas y que me obligó a reacomodar mi PC para que pudiera usar mis audífonos personales, de cable mucho más corto. Audífonos, ambos, que me permitieron cultivar una amistad melómana a distancia, donde cada día había una nueva canción, una nueva banda, un nuevo subgénero del progresivo a estrenar en Spotify, y en los resquicios se colaban infidencias más personales, como en un buen guion, donde todo surge de forma orgánica y casi podemos engañarnos de que no se trata de dos adultos que se esfuerzan por hacerse amigos en el medio del huracán del éxodo, que construyen, cual Sherezade, una conversación que no puede terminar, para tener, como el zorro del Principito, algo que poner en la agenda emocional del día siguiente y sentir que la vida es más llevadera.

Y junto a los audífonos, mi cartera, que siempre me quito al llegar y dejo encima del escritorio todo el día, porque odio estar sentado sobre ese bulto invasivo, sobre ese tumor que me enferma desde el 2014, cuando mi economía cayó por un caño. Y junto a la cartera, un gatito chino que mueve la patita, kitsch, burlista, al lado de una ratita de horóscopo chino, con olor a incienso “atrae clientes” en el aire, porque la jefa no deja lugar al azar o al libre mercado, y trata de controlar todas las variables para que su negocio progrese, aunque eso implique poner sobre el escritorio de un ateo piezas de utilería de un sincretismo trasnochado, que manda el ambiguo mensaje de “confío en tus habilidades profesionales, pero mejor que el gatito agite su bracito por si de verdad no eres tan bueno haciendo lo tuyo”.

Y junto a mis amigos sincréticos, un ventilador, del que si lo quisiera pudiera forzar una metáfora aparentemente profunda, en la que quizás equipararía las estaciones a periodos vitales o hablaría del calor como germen de vida, o de las aspas como un ejemplo de tesón, o cualquier tontería por el estilo. Y de allí saltaría a la ventana, y la vista panorámica de San Borja en todo su contraste, y sería una excusa para hablar de Lima, de Perú, de Venezuela, de algo que se supone pude haber aprendido en el inevitable choque cultural, o mejor hablar del cielo siempre nublado, de los pajaritos que hacen nido en la casa vecina, de la mariposa amarilla que siempre nos visita, de los tres aviones militares que dan vuelta y vuelven a pasearse frente a la ventana cada cinco minutos, del pizarrón de mi oficina, recordándome que hoy tengo que terminar el trabajo de un cliente, sí o sí, porque era para ayer y todavía tengo una tarea mayor para terminar antes de entregar mi cargo. Y hasta eso podría ser excusa suficiente para fingir que reflexiono sobre algo más, para que tú puedas fingir que valió tu inversión de tiempo al leer estas palabras.

Definitivamente, admiro a los que practican el ejercicio autoficcional con desenfado. Porque si tuviera que volver a hacer esto mañana, solo tendría el portalapiceros, los audífonos, la cartera, el gatito, la rata, el ventilador, la ventana y la pizarra, y ya vimos que no hay mucho más petróleo que sacar de ahí. Así que mejor volver a la ficción descarada y contar sobre un perro antropomórfico que emprende un viaje de regreso a la que fue su casa, para buscar un hueso que enterró en su infancia, porque espera encontrar algo en él que le dé respuestas a preguntas que no sabe hacerse. Y estoy seguro de que sería mucho mejor que leerme a mí tratando de desenterrar el mismo hueso, fallando una y otra vez, dejando el patio, el cuento, lleno de agujeros, que no supe ni quise volver a llenar.

Multirreseña de pilotos de series

Hace poco más de un año publiqué aquí en el blog una reseña/crítica interactiva sobre Bandersnatch, la peli interactiva de Netflix del universo de Black Mirror. Hasta la fecha no ha sido ni de cerca un post con vistas moderadas, pero igual allí dejé unas cuantas promesas, que espero cumplir en algún momento. Entre ellas estaba esta que cumplo hoy, y que se refiere a publicar en el blog una multirreseña de capítulos pilotos de series. ¿Y en qué consiste eso? Lo explico brevemente.

Hace ya varios años, en un proyecto desesperado que emprendimos entre mi esposa y yo, seleccionamos una lista de capítulos pilotos de varias de las series que más deseábamos ver o que más nos habían recomendado, porque sabíamos de antemano que nunca tendríamos tiempo para ver todas esas series, y no perderíamos nuestro tiempo viendo contenido que fuera menos que apasionante. Supongo que todos hemos tenido esa sensación de que la vida es demasiado corta para leer todos los libros que deseamos leer, ver todas las películas que hay que mirar y, peor aún, sumergirse dentro de todas las series que salen y continúan cada año.

Porque, si te ha pasado algo similar a esto, seguro también te ha pasado que has visto 8 de los 13 capítulos de la temporada de una serie, y ya para ese punto la detestas, pero necesitas quitarte la duda de cómo termina. O ya luego es probable que tampoco te puedas resistir a ver las siguientes temporadas. Porque, que una serie no te guste, no quiere decir que no la escribieron con la prescripción de hacerte adicto a su visionado. Y si hay algo en lo que es excelente la serialidad contemporánea es en pegarte al bingewatching como un yonki al crack.

Eso explica a la perfección por qué seleccionamos, mi esposa y yo, 25 capítulos pilotos para mirar en vez de 2 temporadas completas de 10 episodios. Porque puede que ocupen más tiempo, pero te comprometen menos. Si el capítulo no te gusta lo suficiente, nada te obliga a mirar lo que sigue.

Pero lo cierto es que nunca terminamos de ver todos los pilotos. Y, peor aún, a mitad del camino, incorporamos otra veintena de pilotos más, que tampoco vimos por completo, y luego yo continué con el proyecto a solas (mi esposa supo rendirse a tiempo) y agregué otros tantos pilotos más a la lista, sin poderlos ver nunca por completo. Supongo que eso nos sirvió para aprender que es tan difícil mirar solo pilotos como mirar series completas. En ambos casos, las probabilidades de que te quedes atrapado en un vórtice, donde solo miras lo que sigue por el compromiso de llegar a una meta, autodefinida, son muy pero muy altas.

Pero quizás tú no nunca hayas visto pilotos de series, uno tras otro, de modo que es poco probable que entiendas esto que a nosotros nos quedó tan claro al final (o a mitad, qué sé yo) del recorrido: los pilotos son armas de doble filo. Los hay malísimos, pero que la serie que les continúa es magistral, o cuando menos lo suficientemente interesante para valer el visionado (como Bojack Horseman), pero también los hay magistrales o cuando menos destacables, pero que la serie que les continúa es un bodrio o al menos no vale la pena mirarla con seriedad (como “Black Mirror” u “Ozark” si queremos quedarnos solo con ejemplos de series de Netflix y si aceptan que todo esto es mi opinión personal).

Dicho esto, los dejo con la reseña de todos los capítulos pilotos que vi junto a mi esposa y los que vi por mi propia cuenta. Solo una aclaración más: las reseñas están presentadas sin ningún orden, y son escritas sin ningún rigor.

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Consejos para asesinos nóveles de Chejov

El clavo desnudo sobre la pared, el del primer acto, no le sirvió al asesino para colgar a su víctima del cuello y desangrarla en el acto final. De hecho, para el momento en que se escribe esto, ese clavo sostiene un bonito cuadro impresionista con la figura de un arenque rojo, y todos, incluidos policías, familiares y lectores, siguen creyendo que el hombre murió de un infarto. Todos menos el asesino y Chejov.

Para Brigue (extractos)

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En la casa de mi abuela había un columpio pegado a una mata de mango. Pasarse de uno a otro estaba más fácil que un mango bajito. El árbol de mi abuela en realidad era de manga, aunque el mango de hilacha es mejor, pero deja los pelitos entre los dientes y después uno tiene que tratar de pescar cada pelito con los dedos, y siempre igual termina quedando con esos dientes despelucados. Con la manga no pasaba eso. Era tan suave que nos la comíamos con una cuchara. La manga de la camisa no se arremanga que se le arruga y no hay plancha. El mango de la olla no se agarra que luego se quema y no hay pomada. La manguera del hombre no se rasca, que si se rompe nadie la paga. Mango, manguito, manguera, manga, manganzón, manguangua. Ya está manguariando otra vez ese muchachito, ande a ver si el gallo puso, y pa’ la próxima cuando se meta en la conversación de sus mayores diga permiso. Y cuando yo lo llame no me diga qué, que yo no dormí con usted. Me hace el favor y me dice mande, señora. Pero yo a mi mamá sí le digo qué. Pero su mamá es su mamá y yo soy su abuela. Y a mí me dice mande, señora, o señora nada más, si se le olvida el mande. Está bien. Está bien, qué. Está bien, señora. Así me gusta. Ahora déjenos hablar a su mamá y a mí.

En la casa de mi abuela lo que tenían era manga. Manga, manga y más manga. Cuando no caían las flores, caían las hojas, cuando no caían las hojas caían las mangas. Y si uno se descuidaba le caía en la cabeza y quedaba bruto por un rato. Y si caía en la licuadora, no me gustaba, porque hacían jugo o carato. El mango verde con sal es más sabroso, pero da dentera si te comes más de uno y no me dejaban echarle adobo, porque se me abría un hueco en la barriga. Del columpio nos montábamos mis primas y yo y subíamos al árbol. Mi prima la mayor todavía se chupaba el dedo y no le daba pena, ni cuando le cantaban chupadeo, mamadeo, dale vuelta a lo’ fideo’. A mí no me gustaba porque tenía los dientes salidos, pero jugábamos calidad en el parque. Si nos caíamos, decíamos, locura el médico, lo cura el médico, porque el médico locura todo. Si saltábamos demasiado lejos con el columpio y nos rompíamos la quijada, lo cural médico, el médico Locura, porque el médico locura todo. No aguántabamos la risa y seguíamos encaramándonos a la mata y a los columpios gritando locura todo, lo cura todo. Era el primer juego de palabras que inventábamos. El médico lo cura todo, el Cura y el médico todo locuran. Cúralo todo médico. Medicatura, médico y Cura. Quién cura la locura que no cura el Cura. El otro juego de palabras lo inventó mi papá y era sobre Chichiriviche. Yo siempre le dije Chichirivichi. Mi prima la menor le decía Chivirichiche.

La otra abuela de mis primas vivía en Chichiriviche, y a las mujeres que viven en Chichiriviche les llaman chichivirichenchas. A los hombres se les llama Chichirivichanchos. Así decía mi papá y nosotros nos reíamos. Cinco chanchitos se fueron a pasear y nunca me aprendí lo demás. Chirivichiche, Chirvichiriche, Chivichichire. Los chimichimitos’taban bailando’l coro corito tamboré. Que baile la vieja. Que baile el viejito. Mi abuelo cuando estornudaba parecía que gritara vieja, y retumbaba la casa porque mi abuelo era medio sordo y todo lo decía gritado, y mucho más los estornudos. Y yo creía que lo hacía de chiste porque mi abuelo siempre trataba a mi abuela de vieja pa’ acá y vieja pa’ allá, y mi abuela trataba de viejo pa’ todo a mi abuelo. Que estornude la vieja, tamboré. Que estornude el viejito, ¡VIEJA! Si juego la vieja, yo soy la equis, y empiezo en el medio para después buscar dos esquinas y ganar aunque pongan lo que quieran donde quieran. Con el otro truco que me sé casi siempre termina ganando la vieja. Qué gane la vieja, tamboré. Que gane el viejito. Mi abuela chiquita con abuelo grande vivía en el Bosque. En el bosque de la China, o más bien en el bosque de Ciudad Alianza, y mi abuela grande con abuelo chiquito vivían en los Naranjos de Ciudad Alianza. Yo siempre le decía Sudalianza, y los que manejaban los autobuses decían Sualianza, Sualianza, Primera Etapa, Sualianza. Ciudialianza, Sudalancia, Sudalanza, ambulancia. Mi mamá y mi papá se conocieron porque vivían a cuatro cuadras de distancia. A cuatro cuadras de distancia en Sudalancia.

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Clickbait

No creerás lo que pasó en esta ficción.

 

Un cuento prepotente se acercó a un personaje de relleno para insultarlo.
El diálogo que le actuó lo dejó sin palabras.

 

Este narrador juntó a los diez personajes más bizarros en su historia.
El número ocho te pone los pelos de punta.

 

Todos creían que era una microficción adolescente,
pero cuando se quitó la blusa quedaron con la boca abierta.

 

Un metanarrador portugués deja un error ad rede en su cuento.
El nuevo significado de la historia es hilarante.

 

Nadie tomaba en cuenta a ese pobre relato,
hasta que se quitó el disfraz y mostró a su millonario autor.

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Relato cómico de aficionado termina fatal.

 

Murió Game of Thrones. Larga vida a Game of Thrones

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Desde que inició esta serie, o más concretamente desde que la empecé a ver, por allí cuando iba por su temporada 3, he querido escribir sobre ella en este blog. Pero siempre me he paralizado ante el vértigo de notar que ya todo estaba dicho, y además muy bien dicho, sobre cualquier punto de la serie: guion, actuación, producción, banda sonora, narratología, fenómeno cultural e incluso comparativas con otros productos televisivos y cinematográficos. Si algo ha caracterizado a Game of Thrones desde sus inicios es su capacidad para generar conversación social, desde la más humilde recomendación boca a boca, hasta los más elocuentes ensayos, pasando por los memes y la cultura spoiler más intensa de la televisión. Todos parecían querer tener algo que decir sobre la serie y, cuando no, algo que repetir o convalidar.

Cuando Ned Stark muere, ese a quien creíamos protagonista y protegido por el plot armor que ya conocíamos de toda la industria del cine y la televisión, los despistados que no habíamos leído el libro quedamos en shock y supimos que estábamos ante una serie completamente diferente. Antes de eso, nuestras pistas eran solo los diálogos inteligentes, el logro de convertir a un enano en uno de los mejores personajes, la crudeza, la política, el sexo, el incesto. Pero de eso ya teníamos un poco en productos televisivos previos. Salvo el enano y el incesto, ya todo eso lo habían ofrecido The Sopranos y The Wire antes, y además con puntos extras a favor que Game of Thrones jamás tendría por ubicarse en el contexto temporal y el estilo de ficción en que lo hacía. No en vano, David Benioff y Dan Weiss vendieron la serie a HBO como un The Sopranos en el medioevo.

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Luego, llegó la infame Boda Roja a trastocar todo lo que creíamos saber sobre ficción, sobre escritura de guion, y Game of Thrones terminó de convertirse en lo que estaba destinado a ser. Después de eso, cada vez era más difícil para la serie superarse, pero al menos en el territorio de las batallas lo lograban. Cada nueva batalla era más compleja, más épica, mejor producida y más larga. La subtrama de los White Walkers, floja al inicio, fue tomando cada vez más fuerza junto con el resto del componente fantástico de la serie. Las “esperadas” muertes “inesperadas”, en su mayoría, hacían justicia al legado, aunque no podían superar a la muerte de Rob y Catelyn Stark. Eso hasta que llegó el que yo considero el mejor capítulo de la serie: The Door.

La muerte de Hodor, al menos para mí, es la máxima muerte de toda la serie y de la historia de la televisión, no solo por el factor inesperado, que ya todos esperábamos de la serie, sino porque constituye la más rápida creación de empatía y conexión emocional que se ha gestado jamás y configura la profecía autocumplida más madura, inteligente y mejor plantada probablemente de toda la ficción (exageración que espero se me permita, a sabiendas de que no he consumido, ni de cerca, toda la ficción del mundo). Hodor siempre fue un personaje entrañable, pero no se trataba de un personaje ecoico en términos de empatía. Nunca sentimos dolor por su discapacidad, nunca esperamos conocer sus orígenes, nunca nos generaron demasiadas risas sus burlas ni nos pareció indispensable su permanencia como personaje. Si Hodor hubiera desaparecido antes de que Bran iniciara su viaje ni siquiera nos hubiera parecido extraño. Y si hubiese muerto en circunstancias más mundanas, le habría dolido solo a un puñado de personas.

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Sobre la base de eso, y con una secuencia que no supera los 5 minutos, consiguieron humanizar a un personaje, convertir su gesta en admirable, su dolor en ecoico, su valentía y fidelidad en ejemplo, todo ello mientras cerraban un relato circular que Borges hubiera querido escribir con la misma grandeza. Todos nos sorprendimos llorando (he visto centenas de reacciones en Internet y todas desembocan en llanto) y nos sorprendimos amando a Hodor y maravillándonos de una serie que pensábamos que no nos volvería a sorprender en ese nivel. Y, justo después de ese capítulo (descontando la batalla de los bastardos), no lo volvió a hacer jamás. Porque allí empezó su declive.

Sin nada más que mostrar, la serie empezó a repetirse. Y sin demasiados personajes restantes o tiempo para crear nuevos, los antiguos empezaron a ostentar el plot armor que creíamos que no se calzaría nadie en la serie. Ya no parecía tan fácil que los buenos murieran y los malos morían a cuentagotas para no quedarnos sin enemigos antes de tiempo. Los diálogos se tornaron sonsos y malas copias de sus días dorados, porque todo lo que se extiende lo suficiente en el tiempo es propenso a delatar sus fórmulas. Y es entonces cuando las inconsistencias de la serie empiezan a notarse. Inconsistencias que existieron desde el inicio, como la velocidad de los traslados espaciales a conveniencia del guion, pero que ahora se sentían más obvias porque no había una trama suprema haciendo que nos olvidáramos del resto. Y algunos de los viajes narrativos de personajes empezaron a dar giros porque sí y no porque tuviera sentido.

Muchos dicen que esto se debe a que los creadores de la serie se quedaron sin el contenido original de George R. R. Martin, pero yo soy menos optimista al respecto. O más cínico. Creo que finalizar una obra de esta envergadura haciendo justicia a las expectativas que ella misma ha creado es casi imposible. La decepción, en estos casos, es la norma. Cuando no se escalona el nivel de sorpresa, cuando no se administra correctamente el clímax y los ritmos de tensión y distensión, porque constantemente generas nuevos picos nunca antes experimentados, sin duda y con toda justicia, la gente esperará mucho más de lo que estás capacitado para dar. Y piénsenlo: ¿era razonable esperar que el final fuera otra boda roja, después de todo lo que la misma serie nos enseñó a esperar de ella misma? ¿Era posible la misma sorpresa, la misma conmoción?

Y en la misma línea podríamos preguntarnos: ¿era posible que los últimos diálogos políticos nos resultaran tan inteligentes como los mejores de cada etapa o personaje de la serie?, ¿era posible que no termináramos detectando el patrón con el que estaban construidos y no nos aburriéramos más de que no quebraran nuestras expectativas?

Desde este punto de vista, el error de los creadores (de serie y libros) fue darnos todo y quedarse sin nada tanto tiempo antes de poner el punto final. Con tanta antelación como para que nos preguntáramos “cuándo llegará Daenerys a Westeros”, “cuándo sabremos realmente qué son los White Walkers”, “cuándo dejarán de jugar este juego de tronos”. Y así, mientras el final se extendía y veíamos patrones en donde antes todo era sorpresa, y la narrativa se hacía obligatoriamente más plana porque había gastado sus mejores recursos ni bien empezando, comenzaron a sucederse los errores imperdonables, que sí podemos jugar a fantasear que George R. R. Martin no los hubiera cometido.

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La transgresión del viaje psicológico de los personajes como sustituto de la posibilidad de sorprender con algo más, los deus ex machina de primer semestre de escritura de guion porque el planting ya no es una opción cuando has quemado a tus personajes y los has acorralado en coreografías de las que ni tú sabes cómo sacarlos, el corte abrupto de una de las dos tramas centrales de la historia, sin explicar nada más… La lista de errores imperdonables es grande y la tentación de que no vengan de la pluma del creador original es mayor. Porque sino, ¿con qué nos quedaremos al final? Pero, de nuevo, yo soy más cínico, pues no olvido que buena parte de los admirados episodios de la sexta temporada también fueron susurrados, sin un libro de respaldo, y no son muchos los que se quejan de ellos. No se trata de que David y Dan no supieran tomar el dictado; sino de que el dictado no contaba con la calidad y el asentamiento que tiene una obra ya escrita.

Salvo que George haya hecho muy bien la tarea, y haya leído los cientos de foros de análisis de las últimas temporadas, y que se haga de un grupo de asesores de trama tan grande como el que se usa para escribir una serie, pero sumamente atípico para la escritura de libros, considero poco probable que el final canónico sea demasiado superior. O al menos que supere los mejores momentos de la serie. Porque el primer error lo cometió George al matar a Ned tan temprano, al estremecernos con una boda roja tan prematura, al gastar clímax como quien lanza billetes con una pistola, porque cree que no hay un mañana, porque confía demasiado en que la fuente de la que emanan es infinita. No en balde ha tardado tanto en terminar de escribir los libros. Si a eso no le podemos llamar bloqueo creativo, incluso pánico a crear, no sé entonces a qué le podemos poner tal calificativo.

¿Que George no será tan idiota para repetir los errores que ya cometieron David y Dan? Seguro. Pero eso es más suerte de George que culpa de David y Dan. De igual forma, a George le toca una tarea incluso más compleja que la original: cerrar la serie y con ello cerrar la herida que dejó en los que no consideran permisible un final menos que perfecto para la historia que cambió su forma de ver la ficción. Yo, en cambio, espero mucho menos. Me basta con un final que sea honesto y consecuente con el desarrollo de los personajes y que dé cierre a las dos tramas centrales. Si hay grandeza narrativa en ello, sería un agregado. Un agregado que no espero, pues en ese terreno ya ofreció mucho.

Pero volvamos al inicio de todo esto. Durante la mayor parte del desarrollo de la serie, parecía que ya todo estaba dicho sobre esta y desde todos los puntos de vista. Pero, de pronto, en la temporada anterior, y con más intensidad en esta, surgió un tema inédito para los analistas: el análisis del error. Una serie caracterizada por su madurez e inteligencia narrativa había dejado muy poco espacio para la cultura hater, para los recolectores de inconsistencias e incluso para los cazadores de vasos de Starbucks. Así que había una parte importantísima del debate que nos estábamos perdiendo, obnubilados por la grandeza del producto: ¿qué tanto hemos aprendido de narratología hasta la fecha como para aspirar a algo superior a lo que sea que nos ofrezca Game of Thrones? ¿Qué tan capacitados estamos para analizar lo brillante y lo opaco de esta serie en función de lo que ha logrado esta tercera edad de oro de la televisión y lo que todavía le falta por alcanzar?

Antes de que la serie comenzara su declive final, la pregunta que más escuchaba y leía era: ¿Cuál serie es mejor entre Game of Thrones y Braking Bad? Aunque desde el inicio hubo bandos definidos hacia una u otra serie, parecía que la respuesta final solo se podría obtener cuando terminara Game of Thrones. Y ahora, lo que se lee en el panorama es que Braking Bad quedó en el peldaño superior, por ser una serie impoluta de principio a fin, una que no defraudó expectativas y sorprendió gratamente hasta el capítulo final. Yo, personalmente, considero a Mad Men superior, pero ese es otro cuento.

Lo que sí es cierto es que, haya ganado o no Braking Bad esta batalla imaginaria y en cierto punto desequilibrada de comparar la calidad de dos estilos y géneros tan distintos, hay un mérito que solo tendrá Game of Thrones, al menos entre estos dos gigantes: el de subir la conversación colectiva, la crítica serial y cinematográfica al siguiente nivel. Porque la única razón por la que Braking Bad ganó esta carrera es porque Game of Thrones se partió la pierna en la recta final. De no haber sido así, de haberse cumplido la promesa, de haberse cerrado el presagio, Game of Thrones no solo hubiera terminado como la mejor serie hecha hasta la fecha sino que, al igual que Braking Bad, Mad Men y todas las obras maestras de la serialidad contemporánea, nos habrían dejado tan anonadados, tan mudos, con una sensación de inferioridad y vulnerabilidad tal, que no hubiéramos podido comprender cuánto hemos aprendido sobre cómo debe contarse una historia en los últimos años.

El debate y el diálogo reflexivo hubiera sido mínimo o inexistente, y de esa forma el próximo Game of Thrones se hubiese postergado demasiado; el siguiente juego por ver quién se queda con el trono de la mejor serie de televisión hubiera tardado muchísimo en encontrar otro rival de peso. En cambio, la semilla que dejó esta frustración colectiva de no ver satisfecha la necesidad de un producto serial del nivel prometido, crecerá rápidamente en la forma de nuevos aspirantes al trono televisivo, que se pelearán en una guerra más cruda y despiadada de lo que George, David y Dan jamás soñaron, y los espectadores tendremos mucho para admirar y, eventualmente, olvidar, para que la rueda de la ficción siga girando. Porque no todo está dicho y no todo está escrito.

Ha muerto el rey. ¡Qué viva el Rey!

 

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Todas las imágenes son propiedad de HBO, y aquí solo se utilizan con fin ilustrativo.

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Hablemos sobre reglas tipográficas y gramaticales para la escritura de diálogos en narrativa

NOTA: Si quieres saber en qué consiste y cómo se organiza esta sección del blog (Hablemos sobre corrección literaria), visita este enlace, donde también encontrarás un índice con los artículos publicados y algunos de los próximos a publicar.

Para ponernos en contexto

Después de mucho rato sin agregar nada a esta sección de mi blog, hoy regreso para compilar las reglas tipográficas y gramaticales más importantes para la escritura de diálogos en narrativa. Pero, ya que este es un tema más técnico, no lo abordaremos desde un caso concreto, sino desde varios casos de distintas correcciones que he realizado. Ello, porque es difícil encontrar un ejemplo único que presente las principales confusiones que se suelen observar en el tema.

Así que tomaré algunos de los ejemplos más interesantes de textos en los que he trabajado y los corregiré (los identificarán porque son los únicos que no se basan en el genérico personaje “Pedro” que uso para los demás ejemplos, bastante cutres, por cierto). Pero cada texto lo presentaré en su sección específica, tras explicar las reglas asociadas a este. Así que, al final, será como leer una simple guía para escribir diálogos en narrativa, solo que con ejemplos sacados de cuentos y novelas reales (con las modificaciones ligeras que yo les hago para mantener la confidencialidad que caracteriza al trabajo de corrector).

Hoy estaremos hablando, entonces, sobre cuál es el signo tipográfico correcto para representar los diálogos e incisos de narración, cuáles son las reglas gramaticales de su uso, las consideraciones especiales que hay que tener para diálogos largos y para pensamientos, además de la diferencia entre verbos del habla y no verbos del habla, en términos de diálogo. Sigamos.

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Steamed hams but it’s un cuento de Cortázar

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Cuando un cronopio debe invitar a su jefe fama a un almuerzo de cortesía en su casa, le da malas instrucciones porque un cronopio llega a su casa por intuición más que por geolocalización y porque llegar a una casa diferente por error es siempre una oportunidad para celebrar las dulces coincidencias de la vida y bailar tregua y bailar catala. Si a pesar de las malas indicaciones, el jefe fama localiza y llega a la casa del cronopio, este tardará en abrirle o no lo hará nunca, porque encontrar las llaves de la puerta de calle es tarea difícil para un cronopio, que gusta de esconderlas en lugares insólitos para así jugar a encontrarlas silbándoles a la espera de que respondan.

Ya dentro de la casa del cronopio, el jefe fama rebufa y reniega del desorden de recuerdos sin etiquetar y los pedazos de alcachofa o alcaucil regados en el suelo, mientras el cronopio le prepara hamburguejas al vapor o cualquier otra comida absurda de cronopio, que a los famas siempre les da indigestión y pasan semanas de rigurosos lavados estomacales correctivos y preventivos. Ya puestos en la mesa, el fama revisa meticulosamente los alimentos ofrecidos por el cronopio, y rechaza la historia familiar y cultural detrás de ellos, el tipo de cocción, la calidad de los mismos y los compara con sus propios referentes gastronómicos, por lo general relacionados a la comida industrializada.

Entonces el cronopio se da un respiro y se dirige a su cocina de casa, para mirar la aurora boreal que brilla en habitaciones aleatorias de las casas de todos los cronopios, en cualquier momento del año, en cualquier momento del día y cualquier ciudad del mundo. Esa luz siempre seduce al jefe fama, pero el cronopio solo la comparte si ve en los ojos de su jefe algo diferente al temor que acompaña al escepticismo. Si no observa en la mirada del fama la ingenuidad del que se dispone con todo su cuerpo a dejarse asombrar, sabe que es momento de despachar a su jefe y dar por terminado el almuerzo de cortesía.

Ya afuera de la casa del cronopio, el jefe fama se relame los labios y en su fuero interno sabe que la casa del subalterno tiene algo que la vuelve irresistible. De modo que, para asegurarse una futura visita, y en un último intento desesperado, ejecuta lo más parecido a un cumplido que sabe hacer, y alaba su comida, aun cuando su gastritis esté a punto de reventar. Al darle la espalda para regresar a su casa, el fama queda con el recuerdo del reflejo de aquellas luces del norte y el cronopio se queda afuera de casa, sin llaves, y sin poder entrar de nuevo, pensando que, de vez en cuando, le convendría ser un tanto más organizado.

Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri

Mi nombre es C Mi nombre es Vi Mi nombre es Víctor n Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri, tengo 35 añodMi nombre es Vïctor En Mi nombre es Víctor Enqi Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri, nací el 16 de septiembre y estoy bastante aburrido frente a mi computadora, sin nada más que hacer que escribir cualquier palabra que se cruce por mi cabeza, para no perder el entrenamiento con el teclado, y la capacidad de escribir sin prácticamente pensar en nada más que en lo que está surb Mi nombre es Vïctr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegre Mi nombre es Vic Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y he tenido que reempezar porque he cometido un errr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y tengo que cambiar de tema cada vez que reempiezo porque de otra forma dt Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y eso es lo único en común que tienen todos los reinicios de este tonto juego que me he inventado para pasar el rato, porque ya no tenía nada nuevo que escribir y en cambio sí mucho que procrastinar para no terminar nunca el trabajo por el que me están pagando, y de paso lo suficientemente poco como para que me tome más en serio termnar Mi nombre es Víctor Enrique Mosquedfa mi Mi nombre es Víctor enri Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y todavía no entiendo co Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ni siquiera pude exr Mi nombre es Vïctr MI no MI Mi nombre es Vícrr Mi nombre es Víctr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y he llegado al punto en el que me pregunto cuál es el objetivo detrás de todo esto y si realmente todo se reduce a que no tengo más nada que hacer; porque yo bien que me conozco y sé al menos dos cosas de mí: una, que soy un obsesivo y que cuando empiezo con este tipo de juegos se me hace difícil parar y saber cuándo es suficiente, y la otra, que me gusta la lúdica detrás de la narrativa, y que una parte de mí sabe que aquí puede esconderse el germen para algo que valga la pena ser publicado en mi blog, al menos como uno de esos atractores nulos de clic, en los que me encanta trabajar para seguir justificando mi falta de éxito en la literatura en aquella premisa de que es que escribo cosas muy atípicas y diferentes del gusto popular, porque sa Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y me sorprende todo lo que logré escribir antes sin cometer ningún error. Supongo que es la capactia Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y creo que me alegré demasiado pronto. Como diría mi padre: alegría de tísico (lo que, ahora que lo pienso, nunca he sabdMi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y creo que lo más interesante de este juego que estoy haciendo es el desprendimiento que plantea la obligación a no retomar un tema después de que he cometido un error escribiéndolo, porque eso justamente va en contra de la obsesividad de la que antes hablé, que me ha llevado desde siempre a intentar explicar todo llenándolo con miles de rodeos innecesarios, redundancias y demás artificios inútiles, que solo demuestran que en el fondo creo que la gente no es lo suficientemente inteligente para entenderme o que yo soy demasiado inepto para comunicarme. Y es justo en este punto en el que por fin logro completar una idea sin cometer un error, en el que me pregunto qué es lo que pasaría si en efecto fuera tan ben M Mi nombre es Víctor Enro Mi nombre es Víctor Enrtiqu Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y no entiendo por qué lo que más me cuesta escribir sin errores es mi nombre. Supongo que un psicoanalista muy rebuscado podría argumentar que sde Mi nombre es vV Mi nob Mi nombre es Vìctor Mi nombre es Víctor Enrique Mosquea Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y pasan tantas ideas por mi cabeza cada vez que reinicio y se pierden antes de que logre completar mi mo Mi nombre es Vìcrt Mi nombres es Mi nombre es Vi Mi nombre es Vícotor Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y hay algo que me preocupa de todo este juego, más allá de que me están empezando a doler los dedos por la velocidad a la que me obligo a escribir para que tenga sentido todo esto de darle un tratamiento así de punitivo a mis errores de mecanografiado (que después de todo he llegado a desarrollar bastante precisión con el teclado cuando escribo a velocidad media), y es que siento que, por su misma esencia carente de fondo, la mínima narrativa rescatable de este texto tendrá que retrasarse demasiado antes de llegar a una conclusión al menos válida como tal o un punto en el que se pueda insertar la punch line, que le lleve al lector a sentir que tuvo sentido leer todo esto, y eso si en algún momento lotgro Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y honestamente esta es la primera vez que no sé qué escribir y me he tenido que quedar dos segundos en blanco sin pulsar una sola tecla, lo cual es bastante lamentable para mí dentro de mi autoexigencia, incluso en este tipo de juegos en el que solo yo puedo saber si he hecho trampa y nadie me obliga a delatarme. Es parte de esa supuesta moral elevada que me he impuesto en prácticamente cualquier actividad de mi vida, y que me ha llevado al fracaso en situaciones que otros han logrado saldar por medio de la trampa, la indolencia y quién sabe cuántas cosas más. Porque en el fondo esto va de mi sensación de superioridad moral, que antepongo a cualquier relación que tengo con la realidad. Ya de por sí esta idiotexz Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y continúo con esta charada, que cada vez se siente más como un diario de confesión improvisada de último minuto, y, como casi siempre que me he dejado llevar por la escritura automática sin un objetivo narrativo concreto, termina convirtiéndose en una suert de catarsis forzada, que en realidad nada nuevo saca de mí, porque así de duro soy para mostrar mis debilidades, que, cuando parece que lo estoy haciendo, en realidad estoy diciendo las mismas tres cosas que siempre he sabidp de mí, y que sé que al decirlas llevarán a los otros a pensar que soy un sujeto honesto y abierto, cosa que tampoco es un hallazgo, que bastante me confrontaron sobre ese aspecto cuando estudiaba psicodrama y que supongo que esa es la razón de que casi nunca me eligieran ni como protagonista, ni como yo auxiliar, y que me terminaron llevando a abandonar los estudios, no solo porque me sentía fuera de lugar con tantos estudiantes obsesionados en entender la tele y demás conceptos morenianos como si de algo sobrenatural se tratara, y sobre la base de eso fusionar al psicodrama con cuanto rito chamánico y pseudocientífico se les atravesara (que es la excusa que di ante todos y ante mí por mucho tempo), sino porque me sentía socialmente fuera de lugar (como a la larga me he sentido desde mi adolescencia, fuera de casa y fuera del mundo, que ya no es sorpresa para mí que por ello me rpliegue a mis hijos como excusa para escribir menos a mis amigos e interesarme menos por sus vidas, alejarme más de ellas), como si todas las conversaciones en las que entraba estaban llenas de chistes internos y códigos de grupo que me esquivaban sabiamente, porque no me querían allí, como castigo por no saber o querer abrirme o como escudo colectivo para no notar que su defendida psicoterapia resultó inútil para algo tan sencillo como para ayudarme a que me abriera emocionalmente, que es más fácil que enfrentarse a la certeza de que el psicodrama, como cualquier otra psicoterapia, es en general tan inocuo como un frasco de homeopatía, y que todo se termina reduciendo a la necesidad de pertenencia y a la búsqueda de alguien que te toque el hombro y te diga que no está mal ser tú porque de otra formas quizás eso implicaría que está mal ser ellos, y es preferible anteponer la empatía como regla general, sin importar el nivel de perversión o locura, que prp Mi nombre es Víctor Enrque Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y lo que sucede en este justo punto es que s Mi nombre es Víctor Enrique m Mi nombre es Vïctor Mi nomr Mi nombr Mi nombre es Víctor Enrq Mi nombre EMi mi Minom Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y si esto fuera un formulario bastaría con dejar una larga línea, donde eventualmente se agregaría la información pertinente, después de pensarla lo suficiente, pero como hay que obrar como en un test de asociación libre de palabras o de completación de frases y escupir cualquier cosa, por tonta que parezca, antes de lo que realmente parezca es que tienes demasiada resistencia al psicodiagnóstico y que, por ende, el conflicto rodea a la frase o palabra en cuestión, y ahora hay que repreguntar o ahondar en ese punto, y qué pereza que la evaluación proyectiva siempre encuentre la forma de salirse con la suya, y concluir que o estás mal por lo que dices o estás mal por cómo lo dices o estás mal por no decirlo, que si uno quiere hacer parecer a una vieja católica bonachona una neonazi homosexual reprimida solo tiene que escoger las palabras y gestos adecuados y montadf Mi nombre es Víctor M Mi ombr Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allefe Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y debo confesar que en la línea anterior cometí un error a propósito porque no sabía qué más decir y sencillamente no quería seguir explorando esa línea, pues sabía que ya había agotado su interés y su utilidad en este experimento, para cualquiera que vaya a leerlo en algún momento. Porque eso es lo que pasa cuando se supone que eres un creador de contenidos: que ya no puedes escribir para ti mismo nunca más (eso en caso de que tus contenidos sean escritos, que si son de otra índole aplica igual, pero sobre el tipo de contenido creado). Si te has intentado hacer un nombre como escritor, te toca sencillamente vender tu vida privada, tus letras, a cualquier cosa que parezca un proyecto escrito. Si escribes un diario, ya no quieres que su escritura tenga lugares comunes y errores de estilo, porque sabes que eventualmente será un producto vendible. Y eso te impide ser todo lo honesto contigo mismo que tal recurso exige para que tenga sentido aplicarlo. Y aun así sigues. Porque, si haces la lista del mercado, quieres que tenga inserta alguna cosa que la vuelva atractiva para otros. Escribir ya no es ni será nunca más el acto privado y de rebeldía que alguna vez fue, y esa es la razón de que haya borrado varios de los errores que he cometido en esta línea de pensamientos y no haya reiniciado con el Mi nombre es tal cosa y tal otra; porque de verdad quería terminar esta idea, y ya está bastante desgastado el discurso de que soy obsesivo, pues hace mucho que fui dado de alta por tal trastorno y lo que queda de obsesión compulsiva en mí es tan leve que no me impele a hacer cosas como esta sin poder parar o sin poder romper con sus reglas autoimpuestas, porque en realidad ya no sigo esas directrices en mi vida. Y ni siquiera me queda esa supuesta superioridad moral de la que hablaba líneas atrás, porque sencillamente emigrar te hace tragarte todos tus preceptos morales y no hay nada más que hacer que mirar con resignación el presente y recordar con nostalgia aquellos tiempos en que mandabas en tu vida moral, y no en los que las circunstancias te orillan, solo para que te des cuenta que tampoco es que se necesitaba demasiado para orillarte, porque en el fondo eres como cualquier otra persona, y tienes un precio bien marcado en la frente, que cualquiera puede comprar, siempre queffk Mi nombre es Vìctor Enqie Mi nombre es Vñi Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ya es obvio que este aplica para uno de esos cuentos en los que escribo Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y en los que, como me impuse en su momento, sin importar cuantas mentiras contara o cuantas verdades camuflara o invistiera con las telas de la pseudoautobiografía, tengo que dejar escondida al menos una verdad que descubra escribiendo el cuento, y creo que esa es la tarea más complicada a la que me enfrento en este juego, porque en los otros casos he contado con días para escribir, reflexionar y pensar, hasta conseguir esa pequeña verdad que no conocía de mí y poder deslizarla en algún lugar difícil de detectar de la historia, con sus respectivas pistas para así detectarlo; pero aquí no cuento con tal tiempo ni con la paz mental suficiente para poder llegar a tales reflexiones, ni mucho menos con el interés que antaño tuve al escribir esas autoficciones de practicar el también egocéntrico autoanálisis, eso a pesar de que, como ya he delatado antes, nada me impide romper todas las reglas que se supone me impuse en este juego, porque ya para este punto he roto todas las reglas posibles, más de una vez y en lugares y formas que no sospecharías, de modo que si quisiera podría dejar este texto descansando en el cajón por días, semanas o meses; cajón del que lo sacaría en momentos precisos para releer, corregir y tratar de plantar esa verdad inédita y tú nunca te enterarías ni te  que f4e Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y como djd Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri uy Mi nombre es Víctor MMM Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ya estoy leg Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y si después deesto Minom Mi nombre es Víctor Enrique MOsqued Mi nombre es Vícto Mi jn Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y como c Mi nombre es Vïcto Mi nombres Mi nombrees Mi nombre es Víctor enriqu MIno MI nombres Mi j MI nombres es MI no Mi bno Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y deeed Mi Nombre es Víctor M MI Mi nombre es Vi Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Alerg Mi nombres Ed Mi nomqw Mi nombre es Víctor Enrique Mosqueda Allegri y ya qué fdiabls Mi nombe Mi nombre es Víctor Enrique Mosquedaa MI nombr Mi nombre es Víctr M Mi nombre es Víctor Enrique Ms Mi nombre es Vícor Mi nombrees Mi nombres Es Mi nombre es V`ci Mi nombre es Víctor entr Mi nombre Esm Min Minnr Mi Nomr Mo nMi nombred eMis Mi nrd Mi nombre es