Toy Story 6. El hijo de Andy

El hijo de Andy sale de su cuarto, caminando y bien vestido, pues su padre le ha anunciado que es hora de comer. Una vez la habitación se queda sola, todos los juguetes de Andy Jr. siguen inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida: el set completo de ramas de árboles, la colección de piedras, las formas geométricas de madera balsa, la plastilina de receta casera y la caja con retazos de telas y cintas de colores.

Desde que Andy y Jenny, su esposa, realizaron aquel curso prenatal, decidieron que probarían el método Montessori, que educarían a su hijo en casa lejos del alienante sistema educativo público, y que su hijo solo tendría juguetes inestructurados. Cuando se reunían con sus viejos amigos, Andy y Jenny miraban con vergüenza ajena aquellas cestas de juguetes estructurados y mediatizados, desordenados en medio de la sala y las habitaciones. A todo el que tuviera un par de oídos para aguantar sus peroratas, le intentaban convencer de los riesgos de los juguetes antropomórficos para el desarrollo de una psique íntegra y saludable, y del riesgo aún mayor de tener una cantidad indiscriminada de juguetes, filtrada únicamente por las demandas de la industria del juego, que contaminaba la mente de los niños con publicidad invasiva y caricaturas soeces y promotoras de antivalores, que tarde o temprano terminarían acabando con la decendia cuidadana como alguna vez fue conocida.

Mientras tanto, Andy Jr. tomaba su cena sin chistar: dos rodajas de pan libre de gluten con un poco de mantequilla vegetal sin calorías, media toronja fresca y agua saborizada con hierbabuena recién cortada del huerto familiar. El chico hacía gala de unos modales de lujo, y sus padres no podían evitar mirarle con orgullo. Luego de la cena, vendría la sesión de juegos ligeros antes de dormir. Era miércoles, así que tocaba estimulación táctil con el set de texturas, estimulación intelectual con el ábaco hecho con pasta corta y estimulación musical y cultural con algunas canciones de cuna y poemas rítmicos africanos.

Ese día, Andy Jr. se atrevió a decir que le gustaría permanecer despierto diez minutos más si no resultaba muy molesto o inoportuno de acuerdo al juicio de sus padres, para quizás, con algo de suerte, poder escuchar, de boca de su madre, aquella canción de cuna francesa que era su favorita, y mucho mejor si le dejaban a él intentar tocar el bandoneón, aunque todavía no avanzara lo suficiente en el dominio del instrumento como para tener tal honor. Andy y Jenny le explicaron con voz suave y calma que ya había terminado la hora de juegos tranquilos, de modo que debía acostarse a dormir, pero aceptaron hacerle unas ligeras cosquillas en los pies para compensarle. Uno primero y la otra después abrazaron y besaron al niño, lo arroparon y abandonaron el cuarto mientras su hijo todavía permanecía con los ojos abiertos, muy abiertos. Una vez la habitación se quedó sola, Andy Jr. y todos sus juguetes permanecieron inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida.

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