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La Espera

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 23 febrero, 2012
Posted in: Microficción, Proyecto 3 Variables. Dejar un comentario

El título de habitación de hotel era un insulto. Aquello era algo más similar a un almacén de alcohol rancio, una bodega rodeada de todo tipo de alimentos descompuestos. Por el grosor del colchón podría asegurar que aquellas sábanas no se lavaban jamás. Únicamente agregaban una capa de tela nueva cada vez que la tela anterior terminaba por acartonarse de tanto sudor y otras secreciones. Afortunadamente la única fuente de iluminación provenía de un tragaluz polvoriento que dejaba filtrar escasos rayos de luz artificial roja, del neón que anunciaba el nombre de ese tugurio. Sin embargo, al posar mi cuerpo desnudo en la cama, pude calcular que debajo de mí había al menos ocho sábanas amortiguando los resortes salientes del colchón. Caí en aquella cama, súbita como cae la noche cuando necesitas que la luz del día te proteja. Había dejado la puerta abierta y los ojos cerrados. Temblaba agitada ante la expectativa. Me corría una lágrima que parecía salir de los ojos de otra persona. Esperaba que un hombre pasara, me mirara teñida de neón, envuelta en efluvios ajenos, y tomara de mí lo que nadie aún había tomado, que robara mi virginidad. Tenía la boca reseca y no podía evitar cerrar mis piernas ante la sensación de que algún vago borracho entrara en mí. Pero las horas pasaban, lo mismo que la estela de hombres solitarios, y al parecer nadie se atrevía a entrar en mi cuarto para robarme la inocencia. Ya no lloraba, pero sudaba la espera. Comenzaba a resignarme y me dolía la desesperanza. Si no lograba que alguien estrenara mi cuerpo, jamás sería mujer para el hombre que amo. No podría mirarle a los ojos y confesarle mi deseo. No podría competir contra su mujer. Algún hombre tenía que tomarme. Algún hombre habría de atreverse a tomar mi cuerpo. Abrí las piernas lo más que pude al ver una sombra que pasaba por la puerta. Cerré los ojos.

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Revés*

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 23 febrero, 2012
Posted in: Cuentos, Proyecto 3 Variables. Dejar un comentario

II

  

-          Hola.

-          Adiós.

-          A eso vine; a regresarme.

-          ¿Sabes que eres un ser realmente patético? Vete de mi casa, por favor.

-          Primero debemos decirnos “hola” y, ya luego (o antes), no nos veremos jamás; porque para entonces no sabremos de la existencia del otro; lo que es, para nosotros, como decir adiós, pero sin decirlo.

-          Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos decimos “hola” o nos decimos “adiós”?

-          Es irrelevante decir cualquier cosa coherente. Ese no es nuestro caso. Nuestro caso es diferente; nuestro caso corre en revés.

-          ¿Por qué te vas por las ramas? ¿A qué viniste en realidad? ¿No sería más fácil decir “las cosas ya no están funcionando; dejémoslo hasta aquí”?

-          Estoy empezando lo que terminamos hace 5 años.

-          ¿Qué cosas dices? ¿Estás terminando conmigo?

-          Digo lo que ya sabes. La historia que empezamos hace 5 años, que empezamos por el final, tiene su inicio aquí, hoy, en este lugar, junto al poste titilante que nos vio nacer… o morir.

-          ¿Qué tratas de decir?

-          Es difícil saber dónde termina una historia cuando esta ha empezado desde el principio. Pero cuando una historia empieza por el final y se va descosiendo, no hay misterio para ninguno de sus personajes.

-          Otra vez te esfuerzas en exceso por parecer críptico.

-          A veces siento que vamos hacia atrás. Que empezamos donde las demás historias terminan, y que progresivamente nos vamos acercando al inicio.

-          Me has dicho eso un millón de veces.

-          Esta luz titilante hace que todo se vea desfasado, como aletargado. Hace que el tiempo luzca zafado de sus rieles. Hace que cualquier certeza parezca bruma… aunque para ti aparentemente nunca ha habido nada imposible de asir. Quizás porque esta luz intermitente ha estado más tiempo contigo que conmigo,  y después de mí, o antes, igual te acompañará.

-          Quizás tengas razón y puede ser que lo sepa todo, pero únicamente lo sé todo de ti. Y casi puedo predecir lo que dirás después de esto. Siempre sueles repetir los tópicos, e incluso los recursos dramáticos para adornar tus palabras.

-          ¿Ves que siempre sabes todo, que te adelantas a todo, incluso a lo que carece de nexo lógico, a lo que se escapa de las redes de las palabras?

-          Lo que sé es que siempre hablas hacia atrás, que tratas de parecer críptico, pero en realidad eres un sujeto evidente; tanto al derecho como al revés.

-          Lo que sabes es lo que sabes. Nadie sino tú puede decir tus palabras. Y si alguien intenta repetirte, lo hará mal. Así que no seré yo quien cambie nada de lo que has dicho o dirás.

-          ¿Qué es lo que sé, entonces, según tú? La verdad no creo saber nada diferente a lo que ya haya dicho en muchas ocasiones.

-          Pero en este caso sí sabes; de modo que la pregunta es fútil.

-          Pregunto por prudencia. Y, cuando no lo hago, me acusas de petulante, de creer tener la verdad siempre.

-          No sería la primera vez que preguntas cosas que sabes.

-          Uhm, si pudiera, no preguntara. Créemelo.

-          Trata de adivinar.

-          ¿Qué otra cosa?

-          Otra cosa.

-          ¿Qué otra cosa? Sabes que odio tus rompecabezas forzados.

-          Lo sé. Pero estoy hablando por hablar. O mejor dicho, no estoy hablando del poste, ni de su intermitencia lumínica; estoy tratando de decir otra cosa.

-          El poste siempre ha titilado. Creo que en 5 años nunca lo he visto iluminar bien.

-          Maldito poste. La luz está titilando de nuevo.

I

-          Seguro. Empieza tú.

-          Déjalo en mis manos.

-          Muy bien. Pero hagámoslo elegante. Si tenemos la oportunidad de terminar antes de empezar, que no sea entonces una ruptura ordinaria.

-          Así lo visualizo yo. Estamos en tu casa, aburridos, y yo lanzo un tema al aire, que parece una cosa rutinaria, pero esconde amarguras, expresadas y sin expresar, que reventarán en nuestra ruptura.

-          Me parece espantoso ¿Por dónde empezamos?

-          Bueno, es mi turno. Debo hablarte de mí. Debes saber que yo soy un sujeto aburrido, rutinario, repetitivo, cuyas relaciones se han arruinado por tratar de romper la monotonía con discursos patéticos y llenos de palabras encriptadas.

-          Suena bien. Pero si ya tenemos cinco años juntos debes de saber que soy una sabelotodo. Siempre arruino mis relaciones por intelectualizar de más y por pensar que todo lo domino y todo lo sé.

-          Te pongo al tanto de lo que falta saber, entonces. Hoy estamos terminando, después de cinco años donde todo se ha desgastado progresivamente. Debemos insultarnos, y en algún punto marcharnos. Luego de eso, la relación seguiría en reversa. El primer año, que vendría siendo teóricamente el último, sería horrible. Pelearíamos, nos odiaríamos, quizás tendríamos otras parejas furtivas para compensar las carencias de ésta, y progresivamente nos iríamos enamorando, hasta que, al término de los 5 años, aunque técnicamente sería su inicio, la pasión de los primeros meses nos obligaría a enamorarnos. Y, justo en ese punto, cuando más deseemos estar el uno con el otro, nos haremos pareja, nos seduciremos, nos conoceremos, y ya luego no sabremos nada el uno del otro.

-          Debo estar loca para decirte esto. Muy bien, supongamos que estoy interesada y acepto. ¿Cómo funcionaría eso? ¿Qué tendríamos que hacer? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

-          Mira, la cosa es que te vi a lo lejos, sentada en la acera, iluminada intermitentemente por este poste, y pensé que así de profusa, de esquiva, te verías al término de una relación desgastante. Y pensé: “voy a terminar una relación horrenda con esta mujer, para regresar progresivamente al inicio durante cinco años, para no tener que desenamorarme, como me pasa siempre, sino para enamorarme en reversa y perderla antes de conocerla”.

-          ¿De cuáles cinco años de relación hablas, demente psicópata?

-          Muy bien. Veo que te ajustaste al paradigma. Estamos en nuestra ruptura. Es natural que el lenguaje sea violento. Y más, después de cinco años de relación.

-          ¿De qué diablos hablas? Adentro está mi hermano. Un solo grito mío y saldrá con el bate a hacerte picadillo.

-          Digamos que simplemente soy un sujeto que se cansó de vivir sus historias de principio a fin, y quiere vivir una, por primera vez, de fin a principio.

-          ¿Quién demonios eres? ¿Acaso eres un lunático?

-          Mucho gusto, ¿puedo darte un último beso antes de terminar para siempre con esta relación? No podría terminar estos 5 años de amores sin besar tus labios una vez más. No podría terminar esta historia sin regresar sobre cada una de estas palabras, como si fuera un disco en reversa. Te recomiendo a ti que hagas exactamente lo mismo.

—————-

* Este cuento es mi aporte, muy retrasado, para la semana 24 del Proyecto 3 Variables.

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La paradoja del mentiroso

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 18 enero, 2012
Posted in: Cuentos, Proyecto 3 Variables. Tagged: Cuentos, Proyecto 3 Variables. 4 comentarios

La paradoja del mentiroso. Aquel hermoso unicornio reposando en los jardines del minotauro. Poesía cursi y barata hecha mentira, en otras palabras. Apuesto a que tú eres uno de aquéllos que piensa <<Yo sé de qué va la paradoja del mentiroso. La cosa no es muy compleja. Un hombre miente y afirma “no creas nada de lo que te digo, porque sólo soy capaz de mentir”, con lo cual invalida su propia afirmación>>. Muy bien, se nota que hiciste tu tarea con afán. Me encanta escribir para lectores atentos y despiertos como tú. Así sólo se me hace más difícil el trabajo de quitarte lo lerdo.

¿Está mintiendo, entonces, el sujeto de tu descripción, cuando dice que miente? ¡Un momento! No te atragantes, que no te he preguntado en qué posición ideológica te colocarás cuando la guerra final estalle. Esto es pura elucubración lógica. Un simple juego para agilizar la mente y pasar el rato. No es como para que abandones el papel, llorando y maldiciendo con borborigmos. ¡Vamos, regresa! Vuelve a la lectura, que te tengo una sorpresa que te va a gustar. La respuesta, amigo mío, para que no te amargues más entre tus ires y venires, es simple y llanamente sí. Me alegra haberte resuelto el misterio.

La única forma de que un mentiroso diga la verdad, es mintiendo. A este fenómeno se le conoce como doble farol y no tiene nada de paradójico. Se trata de decir una verdad, como si la misma fuera una mentira, de modo que no se le considere verdad. De esta forma, cuando un mentiroso desea que no crean sus verdades, pero de alguna forma se ve obligado a decirlas, sencillamente las hace ver como mentiras. Si te digo que te estoy mintiendo porque únicamente puedo decir mentiras, quiero que dudes de mi capacidad de mentir en toda situación, al decir la verdad acerca de mi incapacidad de decirlas. Eso activará en ti la necesidad (a todos los humanos nos gusta jugar a ser crédulos) de suponer que, de la misma forma que pude luchar contra mi incapacidad de ser sincero, para revelarte mi imposibilidad de no decir mentiras, así mismo puedo haberte dicho alguna vez (o varias veces) alguna otra verdad (o unas cuantas más). Entonces seleccionarás de entre las mentiras que de mí recuerdes, la que más te gustaría que no lo fuera, y pasarás a creer en mí, de nuevo, como un manso cordero. Quizás con resabios, pero completamente crédulo. Salvo que la mentira que selecciones de tus recuerdos para invalidar sea la mentira suprema, o como me gusta llamarla la dolce verita: “A ti jamás te mentiría”.

Una vez que crees que aquella patraña es real, estás perdido. No hay vuelta atrás. Puedo decirte que fui abducido por alienígenas a la edad de quince años y me lo creerás. Puedo decirte que no soy capaz de comprometerme a relaciones largas y serias porque fui un viajero del tiempo y desde entonces no sé a cuál época es que pertenezco, y asentirás, sin la menor duda de mi sinceridad. Puedo decirte que me gusta preparar el chutney con 500 gramos de tomates maduros, 125 de manzanas rojas, 250 de cebollas, 250 de pasas de corinto, 125 de azúcar morena, 300 mililitros de vinagre, dos cucharadas pequeñas de sal, lo mismo que de jengibre molido y una pizca de pimienta de cayena; y ya te veo buscando la libreta y anotando como un tonto. Seguro incluso seguirás mi procedimiento falso de colocar el vinagre, el azúcar, la sal y las especias en un caldero a fuego lento hasta que el azúcar se disuelva, y luego añadirás los demás ingredientes picados en pequeños pedazos y lo cocerás todo a fuego lento durante una hora hasta que se espese, removiendo de vez en cuando hasta que tome consistencia de mermelada. Seguro incluso te tomarás el trabajo (si así te lo afirmo, claro), de guardar el chutney es frascos esterilizados, cerrados boca abajo hasta que se enfríen. Y si te digo que para macerarlos debes empollarlos tal como las gallinas hacen con sus huevos, durante el lapso de tres meses, ya puedo verte cacareando y soltando plumas. Y si afirmo que lo mejor para acompañar el chutney son costillas de gato en celo, ya puedo imaginar los chillidos y los rasguños, además de la toxoplasmosis tras el fluir del tiempo. Es que lo pienso y me muero de la risa.

Porque, la cosa es que mentir es un arte, lo mismo que preparar chutney, lo mismo que viajar en el tiempo y, como tal, yo que domino cada uno de ellos, no puedo darte todos mis secretos. Porque, quizás para este momento tú estarás pensando <<Ya entendí lo que nos decía al principio sobre la paradoja de la mentira. Resulta que en verdad no nos está mintiendo y hay algo oculto aquí, entre toda la mentira, en lo que quiere que creamos. Seguro es más difícil que le creamos si nos dice que es sincero. Por ello ha hecho todo este montaje tan complejo>>. Pero, lamento desilusionarte, porque el asunto con la paradoja de la mentira es más intrincado. No se puede ser tan ingenuo. Volvamos a la pregunta original, la del principio del texto. ¿Está mintiendo, entonces, el sujeto de tu descripción cuando dice que miente? No amigo, la respuesta es no. No está mintiendo. No está mintiendo, por lo cual está siendo sincero, de modo que efectivamente está mintiendo. Y sí amigo, sí está mintiendo, de modo que nada de lo que dice es sincero. No hay que darle demasiadas vueltas al asunto para descubrir que todos los caminos nos llevan, lo mismo que a Roma, a la mentira. Lo divertido de la paradoja de la mentira es que hay una sola verdad, pero no se puede saber cuál es ésta, porque al pronunciarla la falseamos, la volvemos mentira. Entonces la duda, entonces la gira de psicoanalista en psicoanalista.

Piensa por un momento en alguna de las paradojas del viaje en el tiempo. Viajo al pasado y mato a mi abuelo. Entonces, ¿qué pasa? ¿Me muero? ¿Se encasquilla la bala? Y si envío remotamente a un pasajero a dos minutos al pasado, pero al verlo, me asusto de tal manera que no presiono el botón con el cual efectivamente lo he enviado, aunque no haya terminado de hacerlo. ¿Qué pasa? ¿Desaparece el hombre? Ninguna de estas preguntas tienen sentido, porque son paradojas construidas por imbéciles. Si viajo al pasado, y me encuentro con mi abuelo, no voy a ser tan idiota de darle un disparo. Ni en beneficio de la ciencia, ni en beneficio propio, asumiendo que sea un suicida. No voy a tener las agallas. Porque puede que sea un suicida, pero difícilmente también un asesino. Y ningún programa de viajes en el tiempo me enviará al pasado con ese motivo. De modo que, en ausencia de paradoja, resuelto el misterio. Y si intento llevar a una persona dos minutos al pasado no voy a ser tan tarado de dejar esa labor en manos de un humano. Simplemente programo a una neutral máquina, que invariablemente presione el botón, de modo que aunque me asuste, no ocurra nada. La moraleja de esto, es que hay que ser imbéciles para creer en la trampa de las paradojas, lo mismo que para creer en mí. Porque, de la misma forma que no mataría a mi abuelo tras viajar en el tiempo, no desperdiciaría todas estas líneas en una confesión real para decirte una sola verdad… ni para decirte una mentira. Simplemente hago el viaje, y me tomo unos tragos con el ancestro y brindamos por mi salud. Y si por casualidad el tipo muere por ahogarse con la aceituna del trago, ése es otro cuento. Lo mismo que si tú te tragas algo de todo esto que te cuento. No puedo hacerme responsable sobre lo que cada quien decide deglutir.

Porque ya bastante tuve que soportar a los psicoanalistas, los humanistas, los psiquiatras, los curanderos y los sacerdotes repetirme que era un joven malicioso que gustaba de inventar mentiras para agotar los nervios de mamá, por inventar aquello de que me habían abducido, de que probaron en mí una máquina de viaje en el tiempo y me hicieron matar a mi abuelo. Y que de paso era un mentiroso mediocre, un adolescente enfermo e ignorante, que no sabía que es paradójico matar al propio abuelo en un viaje en el tiempo, que es absurdo que los alienígenas viajen sólo para eso, que usen a un vulgar niño de pueblo para sus experimentos, que corran el riesgo de que robemos su secreto para viajar entre las galaxias o entre el tiempo, que Einstein dijo que la vida no alcanzaría para un viaje de más de 100 años luz, que era posible viajar en el tiempo, pero que el viajero no podía ser una partícula mayor a un taquión porque de otra forma requeriría de toda la energía del universo, que el abuelo jamás había tocado un solo implemento de la cocina, que era alérgico al jengibre molido, que consideraba que la azúcar morena era ordinaria e insabora, y que es imposible que, antes de dispararle, lo haya encontrado preparando un chutney y que haya pasado uno de los mejores momentos de mi vida acompañándolo en el proceso; que es absurdo que unos alienígenas tiranos me hayan permitido pasar tal tiempo de calidad, que me dejara de tratar de matar a mamá de un disgusto y me quedara en silencio. Ya bastante tuve que repetirme “no creas en nada de lo que dices, pues sólo puedes decir mentiras”, ya bastante tuve que repetirme que ésa era la única paradoja posible, como para que ahora vengas tú, de gratis, a creer cualquier cosa que yo diga sólo porque eres un crédulo ignorante que no sabe nada de paradojas, abducciones, mentiras, chutney o viajes en el tiempo.

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La bomba atómica*

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 14 enero, 2012
Posted in: Microficción. Tagged: Microficción. Dejar un comentario

Una bomba atómica explotó una mañana sin que nadie lo supiera. Antes de que los noticieros del otro lado del mundo pudieran explicar que se trataba de un desafortunado error del funcionario del reactor, que creyó que ése era el botón para hacer el café expreso, cientos de miles de habitantes de las zonas más aledañas, y todos los elementos de las zonas aledañas en sí, habían comenzado a desatomizarse y por el aire volaban átomos de ojos, de prótesis dentales y de jaulas de canario. Dos días después, tras una nevada no pronosticada, el frío produjo el colapso de los diferentes átomos esparcidos. Tras varias horas de fusión, empezaron a aparecer cuerpos congruentes, aunque ello fuera mucho decir. Por la ciudad se podían observar pizzas con piernas de bailarina de flamenco, doctores con columnas de iglesia gótica, silbato de árbitro con hígado cancerígeno, entre otras aberraciones. El único cuerpo con aparente sentido, y el único elemento que pudo mantenerse con vida más de 5 horas después de la nevada, incluyó la fusión de un fama, un esperanza y un cronopio. Cuando llegó la guardia militar, encontraron a la parte esperanza comiendo de la pizza, que según parecía tenía extra de anchoa, a la parte fama acariciando lúbricamente a la pierna de la bailarina y a la parte cronopio escribiéndole un poema a sus medias rotas de nylon. Los militares intentaron un acercamiento amistoso. No sabían si reconocían alguna lengua definida. Le pidieron amablemente que los acompañaran, pues la ciencia estaba muy interesada en verlos, en su casa en New Hampshire. Ellos le dieron la espalda simultáneamente y la parte fama comenzó a pelear con el silbato del árbitro por una jugada que debió der, a todas luces, tarjeta amarilla, mientras la parte cronopio llenaba de agua el silbato para soplarlo y hacer el sonido de un pájaro, y la parte esperanza lloraba por el cáncer de hígado y a ratos se olvidaba, como le es natural, que estaba llorando y que era una esperanza. Los ojos de los militares, ubicados en donde los militares tienen los ojos, no podían creer lo que veían. En el caso particular del sujeto triple, por el contrario, al tener tres pares de ojos, ubicados en posiciones tan milimétricamente calculadas por el azar de la fusión, podía ver ese escenario como si nada hubiera pasado, y como si ellos fuesen todavía, cada uno, un solo sujeto. No lograban ver, entre las cosas que veían, a los militares, ni los podían escuchar, entre las cosas que escuchaban. Por eso no pudieron prever los dardos tranquilizantes que les lanzaron, ni mucho menos evadirlos. Simplemente fueron quedándose dormidos, en un sueño compartido. Los militares los metieron en su vehículo, junto al doctor con columna de iglesia gótica y otro par de suvenires que tomaron como muestra del escenario. Cuando el triple abrió los seis ojos, estaba en New Hampshire, en un salón blanco y frío, lleno de cámaras e instrumentos quirúrgicos. Pero eso era lo que veían los militares. Ellos veían una Guernica monócroma, un Nagasaki doblegado por el limpio fuego atómico. Comenzaron a gritar al unísono y movía su cabeza en todas direcciones, hasta que vieron al doctor con columna gótica y se sintieron momentáneamente seguros de ver algo congruente. Enjugándose las lágrimas, la esperanza, hipocondríaca como siempre, le consultó al doctor sobre ese extraño nódulo bajo la axila, mientras el cronopio agradecía que al menos esa hermosa columna había sobrevivido a la catástrofe, y el fama trataba de recordar sus oraciones, a ver si aún tenía chance de salvar su alma, en medio de esas ruinas góticas.

——————

* Este cuento pertenece a un viejo proyecto personal llamado “Mis propias experiencias con cronopios, famas y esperanzas”, donde emulo el modelo de las historias del genio de Cortázar, y uso sus personajes, para mis propios intereses. “La bomba atómica” es el único cuento nuevo que he escrito para este proyecto en seguramente más de 4 años.

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El secreto ulterior

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 11 enero, 2012
Posted in: Microficción, Proyecto 3 Variables. Tagged: Microficción, Proyecto 3 Variables. 2 comentarios

Tengo 112 años. He visto todo lo que es posible, incluso ahora que mi vista no alcanza la libreta frente a mí. Estas palabras son intuidas antes que escritas. Y da igual. De todas formas, su eco no llegará siquiera a mis oídos. Llega un punto en la vida de una mujer que la inercia lo absorbe todo. La matemática de los años se vuelve redundante. El frío en la consciencia te deja helada en una contemplación remota, como si juzgarte a ti misma fuera un espejismo. 112 palabras, una por año, para decirte el secreto ulterior: los valores tradicionales vuelven longevo al cuerpo, pero te dejan con un espíritu sin estrenar.

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El amanecer

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 24 diciembre, 2011
Posted in: Microficción, Proyecto 3 Variables. Tagged: Microficción, Proyecto 3 Variables. 1 Comentario

I

Amanece. Para un dinosaurio de despertares, es el momento de alistarse para el trabajo. Me pongo los zapatos de goma. Mis pasos deben ser ligeros para no despertar a los soñadores antes de tiempo. Me pongo frente a la primera cama de la mañana y calculo mis gestos. Su cuerpo empieza a desperezarse. Sus ojos se debaten por abrirse o quedarse pegados otros 5 minutos. Estoy preparado.

II

NOTA: Se ha hecho de noche y después de tantas horas de desvelo, me cuesta mantener los ojos abiertos. Estoy seguro que es durante la madrugada que el maldito reptil entra en mi habitación y se queda frente a mí, mirándome, succionando mi sueño. También sé que no soy el único. No puedo ser el único. Otros dinosaurios deben robar los sueños de otros hombres. Quizás los que roban mis sueños son más de uno, y se turnan. He llegado a pensar que esas sabandijas no pueden soñar. Algo en su sistema se los impide, y por eso nos vigilan mientras dormimos, esperando que demos un mal paso, que hablemos dormidos, que nos caigamos de la cama, que rodemos de un lado al otro entre las sábanas, que babeemos la almohada; lo que sea que les dé un espacio para entrar y atrapar algún despojo onírico. Pero esta noche estoy preparado, con el rifle detrás de la mesa de noche, con los nervios en un hilo. También yo espero en un rincón a que las sabandijas den un mal paso para atraparlas y acabar con ellas.

III

Todo comenzaba antes de que saliera el sol. El dinosaurio se posaba frente al soñador. El soñador despertaba y el dinosaurio estaba allí, mirándolo atento, como un mal presagio, como un espejo de feria, devolviéndole al soñador un reflejo viciado de sí mismo, una imagen de lo que no quería observar de sí. El soñador en ocasiones volvía a cerrar los ojos, convencido de que todo era un sueño, pero tras cada despertar, el dinosaurio seguía imbatible, como un tumor, pegado, esperando que el soñador extirpara de sí todo lo que tenía de dinosaurio, todo lo que tenía de reptil prehistórico. Esa mañana, sin embargo, el soñador escuchó a la bestia reptar por su ventana, y fingió dormir, con el rifle bajo la almohada. Lo vio de reojo mientras entraba a la habitación y cerró los ojos. Cuando sintió el calor inevitable de su presencia frente a sus párpados, de un solo movimiento abrió los ojos, tomó el rifle y le disparó al monstruo burlesco. Las fauces del dinosaurio se abrieron para recibir el disparo, y un hueco quedó al final de su garganta. En la cama, el soñador tenía los ojos abiertos y estallados de rojo como platos astillados. La imagen del dinosaurio frente a él se le hacía niebla, mientras el soñador perdía toda su sangre por el agujero de bala que atravesaba su tráquea. Al tiempo que perdía el aliento, al fin se espejaba. Todo sucedió a las 6 de la mañana.

————-

Este texto fue realizado, usando como base las oraciones finales e iniciales de 3 cuentos, escritos en el marco del Proyecto 3 Variables. La idea viene de la cabeza de Emma Meléndez, que es la Directora de la Semana en el Proyecto en cuestión. Yo he burlado sus variables un tanto, y en vez de escoger un solo texto, he escogido tres. A continuación detallo a los autores y sus textos, agradecido por poder usar parte de su obra. Saludos.

Parte I. Desde mi Jaula de Cristina Calduch.

Parte II. Vigilia de Cristina Calduch.

Parte III. Las Luces de Luis Magaña.

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El dolor

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 22 diciembre, 2011
Posted in: Cuentos, Proyecto 3 Variables. Tagged: Cuentos, Proyecto 3 Variables. 1 Comentario

El alguna vez financista Cristian Mendoza sintió un vahído. Uno más. Despertó y de fondo se escuchaba el sonido de una regadera. La habitación estaba a oscuras y sus ojos hacían un esfuerzo por asimilar lo que poco a poco se iba haciendo más claro y visible. Sabía que no estaba en casa. Pero, ¿en dónde estaba? Sabía que no estaba solo. Pero, ¿quién coño le acompañaba? Su mente hacía un esfuerzo horrendo por recuperar trozos perdidos, trozos que al menos parecían perdidos. Mira a su derecha y sobre una cómoda un pequeño cuadro sin marco muestra una suerte de vórtice en óleo grueso con casi toda la escala cromática. Quizás al otro lado de ese vórtice estaba su verdadera vida, su apartamento en la Castellana, su soledad, pero sobre todo su orden, porque ese sitio lucía como el depósito del apartamento de soltero del demonio.

La ropa, su ropa y la de alguna mujer uniformada, yacía tirada y arrugada en el suelo. Unas 10 camisas, media docena de pantalones, y otros tantos pares de medias, bóxers, sacos y zapatos, comprados con compulsividad y un criterio de moda diferente al suyo, todavía con las etiquetas puestas, formaban una espantosa montaña en una esquina, justo al lado de un perchero totalmente ignorado, y un armario que parecía jamás abierto. Rodó sobre su cuerpo en la cama y tropezó con un dildo lleno de algo parecido a la sangre, junto con algún lubricante ya seco. Tocó su cuerpo. Estaba completamente desnudo y con la piel hecha un pegoste. Su miembro le latía con fuerza, lo mismo que su cabeza, en un acompasado dolor, como si se tratara de la percusión acelerada del clímax de una película de Hitchcock.

Se siente de pronto como otro Cristian, como si con un par de ojos prestados pudiera verse a sí mismo a sólo 20 centímetros de sí. Presentía que alguien estaba por morir o que había muerto. El dolor arremetía a cada paso, como si Bernard Herrmann hubiera tomado su propio cuerpo como instrumento de viento y lo inflara hasta estallar, como instrumento de percusión y le asestase mortales golpes, como instrumento de cuerda y le hiciera chillar. Aquel cuarto oscuro y él eran una sinfonía de espanto, mientras se acercaba a aquella ducha con la total indefensión del que nada recuerda, del que nada sabe. Al entrar al baño, ya se ha formado un charco a lo largo y ancho, que sale de la regadera. Algunos recuerdos indeseados pasan veloces por su mirada interna. Ve dos cadáveres en el armario de una oficina, un avión, los senos de una secretaria con la marca del encaje en relieve inverso sobre su piel, entrando en su boca, un despojo de papeles sobre un escritorio, un grito de horror ahogado con una esponja de baño. Abre la cortina de la regadera. La música cesa.

Adentro sólo se ve una fuente constante de agua corriendo del tubo a la cerámica del suelo, sin ningún obstáculo intermedio. No hay nadie. Sólo un par de manchas de sangre pegadas de las paredes, donde el agua no ha llegado. El estómago de Cristian se afloja y no tiene tiempo de reaccionar. Vomita medio litro de alcohol etílico mezclado con maní y comida basura. Se limpia la boca con el antebrazo, da media vuelta y regresa a la cama. Antes de volverse a dormir, tiene la certeza de que no es quien ha creído ser. Se siente un hombre diferente, un Cristian Mendoza multiplicado varias veces, cuyo producto no ha resultado en todos los casos en un Cristian en total esencia.

Se levantó de nuevo, menos de media hora después; pero todo había cambiado. Reconocía cada pequeño espacio y desorden de la habitación donde estaba, pero había olvidado por completo su último despertar. Sin embargo sabía que algo no estaba bien con él. Desde esta instancia, tenía más dominio de sí mismo, pero a la vez era más inestable. Se paró, tomó la pantaleta de la secretaria, la colocó sobre su nariz y aspiró. <<Esto servirá>>, pensó. Entró a la regadera, mojó la pantaleta en el agua y giró el grifo. Con la ropa interior de su amante furtiva limpió las manchas de sangre que quedaban en la pared. Unió toda la ropa de ella y la colocó en un bolso de mano. Se vistió rápidamente con algunas de sus nuevas prendas, quedando como un Cristian Mendoza de 20 años más, pretendiendo tener 20 años menos. El resto de la ropa la metió amontonada en el armario. Llamó a la recepción del Hotel y avisó que iba a salir en 5 minutos, y que su mujer saldría furtivamente en algún momento indefinido antes de una hora. Le explicó que era casado y que necesitaba discreción de su parte, que sería compensada con una buena propina.

-          Porque, después de todo, yo entré solo a este hotel, ¿no es así querido amigo?

-          Por supuesto que sí señor Mendoza. Yo mismo le di el check in y usted venía solito.

-          ¡Qué bueno que nos entendemos, colega! Pero no me llames ni señor, ni Mendoza.

-          ¿Y cómo le llamo?

-          Sencillamente no me llames nada. Esta noche quiero ser otra persona.

-          Ufff, eso me pasa a mí todas las noches.

-          ¡Qué bueno que nos entendemos! ¡Qué bueno que nos entendemos!

El sujeto sin nombre salió de la habitación, bajó hasta la calle, y con determinación caminó los pocos metros que le separaban de aquella esquina donde sobresalía la sede valenciana de sus oficinas consultoras, y donde la policía había acordonado la zona, mientras algunos mirones se hacían gala, observando un cadáver delicadamente colocado en la apertura de una de las ventanas panorámicas del primer piso. Al llegar al lugar se acomodó junto a los chismosos de turno, que activaban las cámaras de sus celulares, pensando cómo amenizarían las fiestas con aquellas imágenes. A él le llegaban otra clase de imágenes. Un viaje precipitado desde Caracas, una supervisión sorpresiva de sus oficinas valencianas, un floreo con la secretaria regordeta del gerente regional, un rapidito con todo y ropa encima del escritorio del imbécil gerente, una entrada triunfal al hotel, una salida no tan gloriosa.

Estaba a punto de maldecirse a sí mismo por notar que la ventana de donde sobresalía aquella chica era la de su propia oficina, activa sólo los 2 o 3 días al año que pasaba en esa sede, y de la que sólo él tenía llave, cuando de pronto la vio. Era alguien a quien había jurado no volver a ver, pero que ahora volvía a su vida, como si fuera la primera vez, como si no pudiese escapar de ella ni siquiera a media docena de ciudades de distancia. En ese momento, desde algún lugar por encima de las cabezas de los civiles, sonó una voz de mujer, aterciopelada pero amplificada por la acústica del lugar, una voz que removió al hombre sin nombre hasta los tuétanos. Era su madrastra. Ella llevaba traje de policía, pero ya no más de Anzoátegui, sino de Carabobo. No tenía idea de cuánto tiempo podría llevar mudada. Ambos se habían detenido y se miraban. María Fernanda, totalmente consternada, dio un primer paso hacia él, moviendo sus piernas como signos de interrogación. El sujeto interrogado arrancó a correr en dirección contraria, camino a unos puertos mnemónicos, que en el pasado le habían regalado sus peores pesadillas, y que ahora pasaban una al lado de la otra por su cabeza.

De pronto ya no era ni el financista Cristian Mendoza, ni un sujeto sin nombre, sino un niño indefenso, que se escondía debajo de su cama, mientras escuchaba a su madre Alicia gritar ante el ultraje de su esposo. Ese niño la amaba. Hubiera dado su vida por darle felicidad, por ser su fiel esposo, por lamerle las heridas, pero Alicia ya tenía dueño: el maldito de su padre, que no sabía sino que lastimarla cuando llegaba ebrio. Pero al día siguiente era Alicia la que se descargaba con él, y ahora el pequeño Fermín tenía que esconderse de nuevo bajo la cama para huir de su correa. Así se la había pasado su infancia, odiándola y amándola, deseándola y castigándose; hasta que una noche todo terminó: los golpes fueron más fuertes, las heridas no volvieron a sanar y su madre dejó de gritar. Su padre, en cambio, le gritaba a una tal María Fernanda por el teléfono que todo se había acabado, que lo había arruinado, pero una hora más tarde ella entraba al apartamento y le ayudaba con la evidencia. Luego un estallido, como un big bang y todo quedaba blanco para él de nuevo; el olvido reparador, el génesis de un nuevo universo, de un nuevo niño, de un nuevo hombre, de otro más, y de otro más, un big bang tartamudo y reiterativo, una escena olvidada para siempre, hasta esta noche, un cuerpo dividido en dos: uno para el dolor y otro para la carne y la sangre.

Se detiene para parar la avalancha del recuerdo, y lo hace justo al lado de un edificio frente al Paseo Colón de su memoria. Lo reconoce de inmediato. Ahí estuvo asistiendo por un buen tiempo, cuando se había hecho ver por aquel psiquiatra uruguayo. De alguna manera, sentía que aquel hombre nunca había salido de su vida, como si fuera una sombra persiguiéndolo tras cada esquina, como si fuera una extensión del cerebro con el que tomaba las decisiones de su vida.

-          Hoy le quiero aplicar un nuevo instrumento… sólo si usted está de humor.

-          Creo que sí estoy de humor.

-          Se llama Escala de Experiencias Disociativas de Bernstein y Putman. Es autoaplicada, pero me gustaría ser yo quien le lea las preguntas.

-          Usted es el doctor.

-          …

-          Pregunta catorce: Algunas personas tienen la experiencia de revivir un suceso del pasado tan vívidamente como si estuviera pasando en este mismo momento. Del 0 al 100%, ¿qué porcentaje del tiempo le pasa a usted?

Cristian se pierde en su densa bruma mental y se encuentra en la oscuridad de un pasillo, espiando a su madrastra tener sexo con su padre, al tiempo que se masturba frenéticamente. En la silla, frente al psiquiatra debe simular una erección con un cojín.

-          Pregunta doce: Algunas personas experimentan que el mundo que las rodea, objetos o personas no son reales. Del 0 al 100%, ¿qué porcentaje del tiempo le pasa a usted?

-          Esto no es real Mónica –grita Cristian tomando a una pasante por las mangas de su traje gris– Esta maldita oficina es un invento. Y hay un mundo del otro lado, con oficinas idénticas a éstas, Mónicas idénticas a ti, y otro millar de Cristian. Pero ese otro lado tampoco es real. No hay nada cierto. Yo podría matarte del otro lado, y todavía quedarías tú, sin saber nada, viviendo en el engaño. Podría suicidarme y seguir viniendo todos los días a calentar esa maldita silla.

-          ¡Cálmate Cristian! –le dice Gerardo, su gerente, acercándose con calma–. Estás alterado, toma, toma un poco de agua, tranquilízate. ¿Qué cosas dices? ¿No ves que asustas a tus empleados? A nadie le gusta tener un jefe demente. Y mucho peor; nadie respeta a un jefe demente. No puedes hacerme estas escenitas aquí. Yo también salgo salpicado. Además, ¿qué coño es lo que no es real aquí? Sabes que todo esto es real. Yo también sé que ha sido frustrante este último trimestre. Pero hay que aguantar carajo, que para eso eres el jefe de esta vaina, y el capitán es el último en abandonar el barco, si es que alguna vez lo abandona.

-          Pregunta uno: Algunas personas tienen la experiencia de conducir o viajar en coche, en autobús o en el metro y repentinamente se dan cuenta de que no recuerdan lo que pasó durante parte o todo el viaje. Del 0 al 100%, ¿qué porcentaje del tiempo le pasa a usted?

-          Creo que ni un 10 doctor. No me diga que me va a seguir insistiendo con eso de la doble personalidad.

-          Pregunta dos: Algunas personas encuentran a veces que están escuchando hablar a alguien y se dan cuenta de que no han escuchado parte o todo lo que se dijo. Del 0 al…

Cristian había desaparecido. Voló a Valencia con tanta impulsividad, que no le dio tiempo de enterarse él mismo. Sentía que su cuerpo había quedado atrás, en Caracas, retrasado por la física, mientras que la mente viajaba libre de ataduras. Tenía que huir lo más pronto posible de toda la sangre que manchaba sus manos. Él no era un asesino. Él no había matado a su gerente en Caracas. Él no había matado al vigilante que había entrado a la oficina del gerente por los ruidos. Él no había escondido sus cuerpos en un armario y había huido a Valencia en avión. Él no había asesinado a la secretaria regordeta en aquel hotel. Había sido otro. Él no era un asesino. Debía repetírselo cada milésima de segundo. Pero aquella imagen en el espejo le confundía y ya no sabía qué pensar. <<Pregunta once: Algunas personas tienen la experiencia de mirar al espejo y no reconocerse a sí mismas>>.

-          Pregunta trece: Algunas personas tiene la experiencia de sentir que su cuerpo no les pertenece.

-          Lo que pasa es que he soñado con este hombre, que soy yo mismo pero diferente –le cuenta Cristian a su psiquiatra uruguayo– como el yo de un mundo paralelo, doctor.

-          ¿Y el problema con el sueño es?

-          Que siento que se ha hecho realidad. ¿No cree usted que si uno sueña con la suficiente fuerza a otro hombre, éste acabará por existir?

-          O tú mismo te encargarás de que exista, representando su papel.

El Cristian libre completaba su jornada en la madrugada y llegaba a casa a desrolarse. Había pasado la noche en bares, en prostíbulos, en centros de apuestas, o ya bien dando vueltas en su auto, buscando carreras callejeras. Por eso su otro yo necesitaba ser obsesivo de la limpieza y el control. Era la única manera de que no les dejara huellas a los demás. Acicalaba su cuerpo hasta el último de los poros, sacaba todo su olor, limpiaba sus trajes de hombre en crisis de los cuarenta y los escondía en donde Cristian, él mismo, jamás buscaría. Cuando todo estaba en orden, podía acostarse a dormir, a sólo minutos de tener que levantarse para su día de insípida oficina. Su cerebro jamás descansaba. Necesitaba que el otro hombre del sueño fuera real, y no era capaz de soñar con la suficiente fuerza, pero al menos sí de actuarlo con convicción.

-          Pregunta veintiocho: Algunas personas sienten como si vieran el mundo a través de una niebla de modo que las otras personas aparecen lejos o poco claras.

-          La Niebla, de Unamuno –divagaba Cristian frente a su psiquiatra– A veces me siento como en La Niebla, como a punto de descubrir que soy el personaje de una historia que alguien más escribe, a punto de conocerle y partirle la cara por hijo de puta, a punto de darme cuenta que yo soy ese escritor.

-          Debo pedirle su autorización firmada para poder hacerle las sesiones de hipnoterapia. Sabe que es la única manera de comprender la profundidad de la disociación.

-          ¿Y vale la firma de un disociado?

-          Siempre que firme el original –bromea el psiquiatra, que lucía más amistoso en el recuerdo a mitad de camino inventado–

-          Entonces firmaré yo para que luego tenga problemas legales.

Siente que lo persiguen. Cree que tras los ojos de los que le miran en la calle está el maldito de su psiquiatra, manipulándole con hipnosis. Le preguntan la hora en la calle, y cree que es un ardid para sacarle información reprimida de su pasado. Una anciana totalmente indefensa se le acerca y le habla con una franca sonrisa.

-          Disculpe, amable jovencito. Pregunta diecinueve: Algunas personas tiene la experiencia de que a veces pueden ignorar el dolor. Del 0 al 100%, ¿qué porcentaje del tiempo le pasa a usted? –Colifatto golpea a la anciana y sale corriendo–

El dolor. Siempre se ha tratado del dolor. Y justo ahora le dolía como en una tortura medieval. De pronto sabe que si regresa sobre sus pasos, la memoria y el dolor se rebobinarán. Sabe que al final de la cinta, o a su inicio, se encontrará de nuevo con su madrastra custodiando aquella ventana panorámica adornada con una secretaria, y todo volverá a empezar, pero tiene que saber lo que está pasando.

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Problemas con el alcohol

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 13 diciembre, 2011
Posted in: Microficción, Proyecto 3 Variables. Tagged: Microficción, Proyecto 3 Variables. 9 comentarios

El hipódromo estaba a reventar. Los arqueros apuntaban sus flechas envenenadas contra los centauros para evitar cualquier huida. Un hombre en la tribuna mira su vaso de whisky, mira a los centauros, mira su vaso, y finalmente lo aparta de sí, con repudio. Teme haber perdido la cabeza. Se promete no beber más. Ni una gota. El alcohol todo lo distorsiona. Había escogido al centauro más flaco.

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Señor Lápiz: La Carnicéria

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 4 diciembre, 2011
Posted in: Otros, Proyecto 3 Variables. Tagged: Otros, Proyecto 3 Variables. 5 comentarios

SEÑOR LÁPIZ | Capítulo Piloto: Carnicéria.

 

1. INT. APARTAMENTO DE NORTON. RECIBIDOR – DÍA

 

Norton coloca la última caja de su mudanza en el suelo, y el conductor del camión se le acerca con una hoja para que el primero la firme. En la hoja se lee “Viajes y Mudanzas Hermanos Lopez”.

 

CONDUCTOR DE CAMIÓN: Ésa fue la última caja. ¿Puede firmar aquí, por favor?

 

NORTON

(Sudando. Se le ve como mareado)

López lleva acento en la “o”.

 

Norton tiene ambos brazos detrás de su espalda y se da pequeños pellizcos compulsivos. Sus ojos se retuercen.

 

CONDUCTOR DE CAMIÓN

¿Cómo dice?

 

NORTON

López lleva acento en la “o”. Si no se le coloca el acento se convierte en una palabra aguda, ordinaria… y lo peor… en una palabra inexistente… porque nadie ha escuchado nunca a nadie apellidarse “Lopez”… No existe relevancia histórica…

 

CONDUCTOR DE CAMIÓN

¿López lleva acento? Bueno, eso seguro fue un error de imprenta. No creo que sea tan import…

 

El rostro de Norton luce más afectado, como si hubiera recibido una cachetada. Interrumpe al conductor del camión.

 

NORTON

¿Error de imprenta? ¿ERROR DE IMPRENTA? ¿Estás tratando de decirme que sólo es un error de imprenta? ¿ACASO ME CREES IDIOTA? Desde que inventaron la imprenta hasta los errores de los manuscritos que existían antes de ésta, son su culpa.

 

El conductor del camión mira a Norton entre divertido y temeroso. Las manos de Norton ahora están al frente y se nota la sangre que ha brotado de sus pellizcos. Se mira las heridas y parece recapacitar.

 

NORTÓN

(Tartamudeando)

Disculpe señor López. Lo lamento. A veces me dejo llevar. Seguro no es tan importante. ¿Dónde es que debo firmar?

 

El conductor del camión señala el lugar para firmar, le da un bolígrafo a Norton, y éste firma. El conductor sale de la casa y Norton cierra la puerta. Con la puerta cerrada, Norton se castiga con más ahínco. Se pellizca, arranca sus cabellos y se cachetea. Cae al piso, agotado.

 

NORTON

(Mientras se golpea)

Estúpido. ¿Acaso quieres dañarlo todo aquí también? ¡Eres un idiota! ¡Idiota! ¡IDIOTA! ¡Idiota!

(Cambiando su ira por perplejidad)

Pero… ¿Soy un idiota sólo porque él pretenda ser un López sin acento?

(Golpeándose de nuevo)

¡Ya! Deja de engañarte a ti mismo. Sí, eres un grandísimo idiota. ¡Idiota! ¡Idiota! ¡IDIOTA!

 

2. INT. APARTAMENTO DE NORTON. BIBLIOTECA – NOCHE

 

Norton vacía las cajas de la mudanza que ocupaban su biblioteca. Algunas tienen libros, otras una prolija colección de revistas de caricaturas de superhéroes, una última contiene un par de álbumes hemerográficos. Se detiene.

 

Su mirada se entorna un poco. Aparta el primer álbum y toma el segundo. Lo abre, valiéndose de la cinta que usa de marcalibro. Comienza a ver distintos recortes de periódicos en los que se habla de él:

 

“Ministro de Educación Norton Griman queda en coma tras accidente automovilístico: Después de ceremonia de nominación al Premio Nobel de Literatura”.

 

“Recuperación milagrosa del nominado al Nobel Norton Griman: Debe mantener estricto reposo por el daño cerebral sufrido”

 

“Norton Griman retoma su labor ministerial 3 meses después del accidente: Asegura tener más energía que nunca”.

 

“Norton Griman crea escándalo con su nueva propuesta legal: Pretende que el error ortográfico sea un crimen punible”.

 

“Declaran mentalmente inestable a Norton Griman: Es destituido de todos sus cargos públicos y de honor”.

 

“Norton Griman intentó incendiarse frente a la sede de la RAE: Como protesta por ser despedido de la directiva”.

 

“Norton Griman sospechoso de violencia menor: Los afectados podrían ser catalogados como criminales según la ley redactada por Griman”.

 

“Ex Ministro Norton Griman desaparecido: Incumple órdenes de no abandonar la ciudad hasta el final de las averiguaciones en su contra”.

 

Norton cierra al álbum hemerográfico y se ve apesadumbrado y dolido. Con la mirada fija en la nada, se pellizca el brazo.

 

3. EXT./INT. CALLE INDIFERENCIADA / CARNICERIA SAN JUAN – DÍA

 

Norton camina por la calle con tranquilidad. Verifica una lista de actividades pendientes, que indica: “1. Carnicería, 2. Agencia de TV por cable”. Entra a la Carnicería Don Juan y se sienta en la barra, frente al letrero donde se lee “Carniceria”, sin acento en la “i”. Norton se marea, suda, tiembla y le sobreviene un flashback.

 

4. EXT./INT. VARIOS – DÍA/NOCHE

 

Norton mira una película. En los subtítulos se lee “Ahí que tener cuidado”. Se observa la arteria aorta brotada en el cuello de Norton. Se observan las instrucciones de un acondicionador: “Doble mecanismo de acción”. Un letrero sobre un perro perdido: “Recompenza”. Norton se pellizca. Un cancionero “Baila corazón”. Un supermercado: “Viveres”. Un diccionario: “Dicese de…”. Norton se da cachetadas. Un correo electrónico: “Esta es la cadena de los milagros”. Norton golpea a un niño mientras le hace comer un papel con la palabra “oración” escrita y remarcada de rojo.

 

5. INT. CARNICERIA SAN JUAN – DÍA

 

CARNICERO

(Tratando de despertar a Norton)

Señor… señor. ¿Le pasa algo señor?

 

NORTON

(Despertándose, desorientado)

No, nada. Es sólo que… me mareé un poco.

(Respirando y forzando una cara amable)

Gracias por estar atento. Ahora sería tan amable de…

(Se torna nervioso y se interrumpe a sí mismo)

¿Sabe que carnicería lleva acento en la “i”? No es que sea muy importante, y yo no vine por eso, pero se lo digo… aunque no importa, ¿verdad? Eso no es importante. Yo vine a comprar carne, no a fastidiarlo con tonterías ortográficas. Entonces, ¿Cuál es el corte de res más grueso que hacen aquí?

 

6. INT. APARTAMENTO DE NORTON. COCINA – DÍA

 

Norton está guardando en el refrigerador los paquetes de carne que ha comprado y revisa las etiquetas. Coloca una que dice “lomito”, otra que dice “alas de pollo”, una más que dice “churrasco”, y la que sigue dice “bisteq”. Norton parpadea nervioso por un solo ojo, se marea y suda. Lanza el paquete de bistec contra la pared, y grita.

 

NORTON

¿Bistec con cu? ¿BISTEC CON CU? ¡Maldito pueblo de ignorantes simios de mierda!

 

Norton golpea la pared, y le sobreviene un flashback.

7. INT./EXT. VARIOS – DÍA/NOCHE

 

Norton lee un libro: “su mal no tenia cura”. Los ojos de Norton lucen estallados de sangre. Un anuncio publicitario: “Contra la calvicie pre-matura”. Una boleta de infracción de tránsito: “… por conduccion imprudente”. Norton mete en la cajuela de su auto al policía, amordazado y sangrando.

 

8. INT. APARTAMENTO DE NORTON. BIBLIOTECA – DÍA/NOCHE

 

Norton tiene una máquina de coser, algunas telas, agujas e hilos y confecciona un traje. A su lado, tiene un diagrama dibujado, con lo que aparenta ser el traje de un superhéroe. Tiene la forma de un lápiz, y tiene diferentes señalizaciones. Cuerpo de látex antibalas, casco borrador con partículas de ántrax y base metálica, compartimiento para armas. Como título del diagrama se leía: “SuperLápiz: El defensor de las letras”. La biblioteca luce completamente desordenada, con todas las revistas de superhéroes desperdigadas y con restos de comida en todos lados.

 

9. INT. CARNICERIA SAN JUAN. SALA DE REFRIGERACIÓN – NOCHE

 

Se observa un tablón con cuchillos, sierras y hachas. Unas manos los cambian por lápices afilados, y potes de tintas que tienen cintas marcadas con nombres de venenos. La misma mano toma un lápiz y lo introduce en uno de los tinteros. Se observa al carnicero, amordazado y amarrado a una silla, con varios golpes en todo el cuerpo. Luce aterrado e intenta gritar y zafarse. El Señor Lápiz se deja ver de cuerpo completo entrando al área iluminada del refrigerador, y quedando frente al carnicero. Le coloca la punta del lápiz muy cerca del ojo, y le quita la mordaza.

 

CARNICERO

¡Auxilio! ¡Aux..! ¿Quién demonios eres?

 

SEÑOR LÁPIZ

¿Carnicéria San Juan? ¿Ah, amigo? ¿CARNICÉRIA? ¿Con acento prosódico en la “e”, en ausencia del acento ortográfico en la segunda “i” cuya unión con la “a” subsiguiente forma un JUSTO HIATO, que los anormales ignorantes que dieron en cobrarte por escribir el cartel no pudieron buscar en el diccionario, para despejar dudas ortográficas, evidentemente necesarias? ¿Cómo se puede vivir en un mundo donde los carniceros no saben escribir la palabra única que describe a su rubro? ¡Contesta imbécil!

 

CARNICERO

(Llorando)

No sé de qué habla señor. No me haga daño. No me haga daño.

 

SEÑOR LÁPIZ

No pienso hacerte daño a ti… sino a la parte de ti que ignora el acento en la “i” y que coloca una “q” en “bistec”.

(Con las manos en la cintura, altivo)

Yo soy Señor Lápiz, y vengo a salvar a este mundo de la mala ortografía.

 

El Señor Lápiz abalanza su mano armada del lápiz envenenado sobre el ojo del carnicero, y todo queda en penumbras.

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Navidad en el Restaurante Chino

Publicado por Víctor Mosqueda Allegri el 12 noviembre, 2011
Posted in: Poesía, Proyecto 3 Variables. Tagged: Poesía, Proyecto 3 Variables. 6 comentarios

Salimos del restaurante de comida china

pensando en aquel poema

de Carlos Ochoa

 

“¿Será por eso que de este lado del mundo

toda comida que se precie termina en postre?”

 

¿Será por eso que de este lado del mundo

todo año que se precie termina empalagado

de pan con frutos secos

dulces de lechosa

promesas imbéciles

como niño arrepentido de tocarse los testículos

intercambios de regalo

de 50 bolívares fijo

de modo que mejor regalar billete

o no regalar nada

o regalar habitación barata de 50 bolívares

y secarse el sudor con los otros 50

o enrollarlo como dildo

o enrollarlo como hisopo

porque en la navidad el dinero debe usarse

para limpiar excrecencias

culpas

metas

tiempos

espacios

 

adornos plásticos

con formas de galletas de jengibre

en vez de estos tallarines

con jengibre y cebollín

que adornan nuestra mesa navideña

en el restaurante de comida china?

 

¿Será por eso

pregunta el cursi

que mi corazón se torna blando

y me lleno de

lugares

comunes

besos

comunes

abrazos

comunes

costras de cansancios

comunes?

 

Lo único común que me interesa

dice el sátiro

son las fosas

aunque prefiero la cremación

y que las cenizas

se boten en una papelera anónima

y que se las lleve luego el aseo urbano

o alguna patraña que les haya contado

 

¿Será por eso que de este lado del mundo

retoma otro comensal

toda vida que se precie, a la postre, debe terminar edulcorada

con acrósticos embadurnados de colorete

con cánticos tomados de las manos

con rezos sublimes

y buenos recuerdos?

 

Es 24 de diciembre

y pedimos al chino que nos atiende

el postre más exótico y menos occidental que tenga

 

Nos trae unas galletas agrias

con salsa picante de pulpo

y recordamos a Carlos Ochoa

y yo como él

trato de entender

por qué un sabor se transfiere al otro

pero sólo guardamos el último

no importa si dulce, agrio, salado, picante, barbudo o cónico

por qué un mes se transfiere al otro

pero sólo guardamos el último

no importa si mediocre, absurdo, tópico,

florido, pestañeante, adjetivado o sustantivo

por qué un año se transfiere al otro

pero el cáncer terminal, la fiebre delirante,

la encopresis, la risa desdentada, los olvidos

se nos quedan pegados como último sabor de boca

como último respiro

 

entonces la autocomplacencia

la vergüenza

la entonación aguda de las mentiras

el postre

la navidad

 

Salimos del restaurante de comida china

pensando en aquel poema

de Carlos Ochoa

con el picante de pulpo palpitando en los labios

sin el menor rastro dulce

que nos regresase

a contra voluntad

al infierno de nuestra infancia

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