Abuso del vocativo

Cuando mi hija de 2 años y medio hace juego de roles, repite hasta el hartazgo el nombre del personaje ficticio en el que sea que me haya investido. Y me dice: “Hola, Papá Noel. Vamos a salvar la navidad, Papá Noel. Sígueme, Papá Noel, por aquí, Papá Noel”. Y yo le recuerdo que eso constituye un abuso del vocativo, que es un error de estilo espantoso, que no es necesaria la repetición del nombre del personaje una vez que la audiencia ya lo conoce, que eso le resta realismo al diálogo, y ella que sigue: “Hola, lobo amistoso. Vamos a la casa de los chanchitos, lobo amistoso, por aquí, lobo amistoso. Sígueme, lobo amistoso”. Y yo le insisto, y le agrego que el abuso del vocativo se torna más desagradable cuando se le incorpora un adjetivo, porque eso representa una sobreadjetivación, y solo un personaje patéticamente monodimensional se puede reducir a un único adjetivo, además adherido a su nombre. Y ella intenta un plot twist y me dice: “Hola, duende. Hay que buscar el tesoro, duende. Sígueme, duende, por aquí, duende”. Y yo empiezo a perder mi paciencia, porque además del abuso del vocativo sus historias empiezan a resultar evidentes y predecibles. Siempre hay un ser mágico, una búsqueda y un camino que ella marca y yo debo seguir. Y no hace falta ser muy inteligente para entender lo que esas historias simbolizan. Se trata de la dominación del niño por sobre el poder de sus padres, de trata de instrumentalizarme, de volverme un utensilio al servicio de sus necesidades egocéntricas, de reducirme a la imagen narcisista que ella ha construido de mí. Y no me molesta la revelación de que me quiera involucrar en su juego de poder, en el que yo siempre soy el patiño y ella la líder, en el que yo suplo las carencias de su cuerpo todavía pequeño e inútil. Ese es un deseo normal a su edad; es comprensible que no pueda ver más allá de sus pequeñas frustraciones existenciales. Lo que me irrita es que se delate tan fácil, que no haga un esfuerzo narratológico mínimo, y que cualquiera pueda notar cuál es su metáfora obsesiva. Porque se supone que un autor es interesante solo en la medida en que pueda ocultar al menos un poco el tema que recorre su obra, que solo tiene valor en tanto sea lo suficientemente plástico como para jugar con los límites de sus propios intereses y estirarlos tanto como sea posible. Y ella contraataca y me dice: “Hola, dragón. Vamos a rescatar al caballero, dragón. Por aquí, dragón. Sígueme, dragón”. Y yo estallo y le grito y la golpeo y la dejo sin merienda y la castigo sin televisión en su cuarto, por su bien, porque no quiero que cuando sea directora de cine cometa esos errores tan vergonzosos y la gente haga memes de sus películas, como hacen con Titanic, que abusa del vocativo con el maldito Jack y la maldita Rose, como si a alguien le fuera a interesar menos la historia solo porque los personajes dejan de llamarse por sus nombres al menos una puta vez, como si eso funcionara como niebla para que no nos diéramos cuenta de los otros miles de errores de la película. Y le muestro los memes en YouTube a mi hija para que vea que no es solo un capricho mío, sino una tendencia cada vez mayor en el gusto del consumidor, que desea productos de calidad, depurados, refinados. Y ella sigue llorando y yo no quiero que llore, porque la amo y porque si llora se le empaña la vista y no ve bien los vídeos. Así que lo retrocedo para que vuelva a ver el pedazo que sus lágrimas le ocultaron y, como para provocarme, ella estalla y me grita: “Ya basta, papá. Vete de mi cuarto, papá. Te odio, papá. Ya no te quiero más, papá, y no quiero ver ese video, papá”. Y yo trato de contenerme, porque soy el adulto, y le digo: “Retráctate. Pídeme que me vaya de tu cuarto y dime que me odias sin apelar al vocativo. A menos que quieras que el castigo sea ahora de un mes”. Y se ahoga en llanto y no puede hablar, pero trato de no hacerme ilusiones, de no pensar que ha optado por dialogar a través del silencio, de la acción dramática, que es, después de todo, el recurso dialógico final y más refinado. Porque ya son muchas decepciones en un solo día y no estoy seguro de que pueda aguantar una más. Por eso espero incólume a que las lágrimas bajen su caudal y despejen el camino de su garganta. Si aún así renuncia a hablar, sabré que en el fondo hay esperanzas, que es posible que de verdad escuche lo que le digo, que sea real esa inteligencia superior que le he visto desde que nació y que me ha llevado a intentar estimularla de la forma más propicia, para que tenga un futuro del tamaño de su brillantez, para que nadie pueda burlarse de sus películas, o sus novelas, o lo que sea que ella decida escribir, que tampoco se trata de prescribirle un destino, pero sí de garantizarle que podrá transitarlo por una ruta llena de éxito y admiración colectiva. Porque el abuso del vocativo no lleva a ningún lugar de valor. El silencio dialógico sí. Por eso espero, así, tan callado como ella, diciéndole cuánto la amo y de cuánto la protejo, con mi gesto firme y mi rostro serio, a la espera de algo, por pequeño que sea, y mejor si pequeño o incluso imperceptible, que me diga que esta conversación ha terminado.

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