Hablemos sobre: recursos simplistas para narrar

NOTA: Si quieres saber en qué consiste y cómo se organiza esta sección del blog (Hablemos sobre corrección literaria), visita este enlace, donde también encontrarás un índice con los artículos publicados y algunos de los próximos a publicar.

Para ponernos en contexto

Hoy abordaremos la corrección de una novela corta de misterio. Aunque su género y argumento no son relevantes para lo que ocupará nuestra atención. Estaremos hablando sobre recursos simplistas para narrar. Esos elementos que en ocasiones usamos porque son la salida más fácil, porque no nos requieren demasiado esfuerzo, no nos sacan de nuestra zona de comodidad o porque nos vimos en un callejón sin salida, tratando de expresar una idea por medio de recursos estéticos más adecuados y con afán preciosista, pero nunca supimos terminar de darle forma.

En el caso de este autor, eran tres los recursos simplistas que se repetían con cierta frecuencia a lo largo de la obra: 1. Dirigir las emociones del lector por medio de palabras de peso (apunte 24). 2.  Incorporar preguntas excesivas como forma de mostrar el aspecto reflexivo del texto (apunte 25). 3. Incorporar exclamaciones excesivas para mostrar sorpresa o entusiasmo (apunte 52).

Para ello, entonces, vamos a analizar dos trozos de texto, el primero de ellos que corresponde a las primeras oraciones de la novela (después de su prólogo ficcional), y el segundo ya en un punto más avanzado, pero todavía ubicado en la fase de presentación de la obra. Los dejo, entonces, con los textos a analizar.

Texto 1:

Hace una semana, me caí del sofá en medio de una siesta de mediodía y, al revisarme el golpe en el espejo, descubrí algo inaudito. Descubrí  con espanto que mi cara estaba cubierta por completo de tatuajes horribles. Inexplicablemente, nadie sino yo, hasta ahora, lo ha notado. ¿Cómo es posible que algo así suceda y nadie se dé por enterado? De verdad, lo ignoro.

Texto 2:

Anoche fuimos a ver el ballet en un teatro que queda a pocas cuadras de casa. Por eso fuimos a pie. El teatro estaba recién remodelado y esta obra fue la elegida para su estreno. Melinda pensó que me haría bien caminar. ¡Y no se equivocó!

Hablemos sobre recursos simplistas para narrar

Dirigir las emociones del lector por medio de palabras de peso

Apunte 24: Esta es una advertencia anticipada de algo que sé que ocurre mucho en la novela, de modo que aprovecho para mencionarlo ahora, en su inicio, aunque no sea su ejemplo más característico. Hablo del uso de palabras claves para incrustar emociones en el lector en vez de trabajarlas a partir del argumento o de otros recursos estéticos.

En este caso, usar la palabra “inexplicablemente” es una fórmula sencilla para conseguir que el lector se extrañe con lo que sigue a continuación. Y además viene precedida por la palabra “inaudito” apenas en la línea anterior. En la línea anterior se podría permitir (aunque si se puede sustituir, mejor), porque es el inicio de la novela y debes ser contundente a la vez que claro con lo que ocurre.

Decir en una primera línea que algo es inaudito sirve como introducción, pero luego hay que hacer que la trama luzca inaudita por sí misma, y no repetir constantemente que es inaudita o inexplicable para compensar lo poco inaudito de esta, o (peor) para señalar al lector qué es lo que se considera inaudito (como si este no pudiera notarlo si no se lo señalan).

Esto suele ser interpretado como una señal de flojera (“no elaboro un escenario porque puedo usar palabras directivas y de peso que me ahorran el proceso”), inseguridad (“si no lo digo, no se enteran o no lo entienden”) o limitación para escribir de forma literaria (“solo lo sé decir de esta forma”). Como supongo que no quieres que se considere que eres ninguna de esas tres cosas, lo conveniente es evitar estas palabras-comodines.

Porque hay un problema adicional: si fuerzas al lector, por medio de palabras directivas, a que sienta algo (por ejemplo, asombro), se sentirá mucho más decepcionado con el texto (y con el autor) si el texto global no le produce esa sensación. Es como que le digas ¿Verdad que es inaudito?, y él te conteste No, la verdad no me parece inaudito. Si en cambio describes un escenario, un personaje o unos eventos de la forma más inaudita posible, pero sin usar estos calificativos, el lector no se incomodará por no sentirlo de esa forma, porque tú no lo has presionado para que se sienta así. Tú solo te encargas de narrar, y él de sentir, que es como las cosas deben ser.

Incorporar preguntas excesivas como forma de mostrar el aspecto reflexivo del texto

Apunte 25: De forma análoga a lo dicho en el punto anterior, otro aspecto que usas con mucha frecuencia en la novela (y que no siempre funciona a favor de su calidad) es la incorporación de preguntas. Se supone que las preguntas (sobre todo las que uno se hace a sí mismo, como es el caso de las de este punto) son una de las señales más claras de que alguien está pensando, reflexionando. Así que es habitual que cuando un escritor sin mucha pericia quiere darle un tono reflexivo a su texto incorpore preguntas en él.

De nuevo, en literatura siempre hay cuando menos dos formas de transmitir algo (yo diría que hay infinitas formas), y por lo general hay una que es más fácil. Si yo quiero describir a alguien, tengo al menos dos opciones: 1. Usar adjetivos. 2. Crear imágenes poéticas complejas sobre este.

El adjetivo es lo más simple, pero también lo más repetido y, por lo general, lo menos estético. Si yo logro crear imágenes poéticas complejas y estéticas, poco importa si no usé un solo adjetivo. Voy a lograr el cometido de mi descripción, y de seguro con creces.

Y por supuesto que los adjetivos existen por una razón, de modo que no es correcto rechazarlos en todas las opciones o sustituirlos siempre por imágenes poéticas. Pero lo que es claro es que la opción fácil por lo general no es la mejor.

En el caso de los textos reflexivos, la incorporación de preguntas es como la incorporación de adjetivos en el ejemplo anterior. Es posible lograr que un texto tenga aire reflexivo sin usar ni una sola pregunta. Solo que es más difícil, porque hay que generar el escenario adecuado.

De nuevo, aquí esta pregunta podría estar bien (aunque si se logra sustituir por algo más complejo, o menos directivo, mejor), porque apenas estás empezando el texto y no has creado el escenario. Pero, en la medida de que tú mismo te abres terreno con esa primera pregunta, lo siguiente debería ser el usar recursos variados que lleguen al mismo puerto.

No te puedo decir cuáles son esas opciones, porque dependen del estilo del autor, pero sí puedo señalarte cuándo una pregunta se asoma como un intento obvio de poner al lector en estado reflexivo o hacer ver al texto como más reflexivo de lo que es, y en ese caso tu trabajo sería buscar cómo sustituirla por algo con más valor estético y narrativo.

En el caso de esta pregunta, se puede sustituir por la descripción de las reflexiones que ha llevado a cabo. Algo como: “Después de pasar, con el corazón acelerado, por la primera experiencia de dejarme ver por alguien y no encontrar su rostro desencajado por un grito, como deberían, como también debí gritar yo frente al espejo si no me hubiera quedado sin aire, y tras repetir la experiencia con media docena de amigos y familiares, tan desprovistos de reacción como el primero, he pasado el resto de la semana a merced de todas mis voces internas preguntando, debatiendo, teorizando, divagando, sin llegar a ningún norte, sobre estas marcas en mi rostro que solo yo puedo ver”.

Y aunque este es un ejemplo terrible e improvisado, puedes notar cómo aumenta la extensión del texto cuando nos rehusamos a utilizar la pregunta como resumen de todo un proceso reflexivo. Ahora se torna necesario ofrecer contexto al lector (¿alguien lo vio? ¿cuántas personas? ¿qué tan cercanas?) y trabajar la ambientación emocional adecuada para que la reflexión surja. Mucho más largo y complejo, pero más efectivo y menos directivo. Y esta es solo una de las muchísimas opciones posibles.

Incorporar exclamaciones excesivas para mostrar sorpresa o entusiasmo

Apunte 52: Tal como las frases que te marco con el número 24 o 25, hay ocasiones en las cuales usar signos de exclamación se vuelve una forma fácil de conseguir que el lector se entere de cierto entusiasmo sobre algún aspecto, o de una cuestión que resulta sorpresiva, que de otra forma requeriría entrar en manejos más complejos del lenguaje.

Este caso parece ser, para mí, uno de esos. De querer resaltar la sorpresa de esta revelación, podría hacerse sin necesidad de usar los signos de exclamación. Por ejemplo, diciendo: “Y definitivamente tuvo razón” o “Y no pudo acertarlo mejor”. Aquí la palabra “definitivamente” viene a sustituir el énfasis que en la oración original se logra con los signos de exclamación. Lo mismo ocurre con la expresión superlativa “Y no pudo acertarlo mejor”.

Pero es que ni siquiera son necesarias expresiones superlativas o palabras enfáticas para sustituir un par de signos de exclamación. A veces basta con dejar ver el entusiasmo en un gesto del personaje, o sencillamente en el contraste. Por ejemplo: “Para un rostro como el mío, que había pasado los últimos 20 días con la misma cara de perro muerto, esa ligera sonrisa relajada que esculpió la caminata era equivalente al beso que le da a la arena el náufrago que por fin toca la orilla”.

Como en los casos anteriores, hay cientos de alternativas, dentro de las cuales, el signo de exclamación es la más básica y menos efectiva. Meses después de haber leído una novela, es más probable que se recuerde una metáfora como la del náufrago que besa la orilla, que un “Y no se equivocó”, por más que se le coloque entre exclamaciones.

Lo cierto es que, en este punto, siento necesario hacer una aclaración. Cada tanto te menciono en el texto alguna oración que podría considerarse un lugar común, alguna pregunta que parecería estar de más o intentos de expresar con palabras muy condicionantes ideas que se podrían manejar con más soltura literaria. Eso es porque yo debo mencionarte todas las que veo, pero no necesariamente que tú debes eliminar todas, porque al final todo se reduce a lograr un buen equilibrio.

El truco es eliminar las que son más fáciles de eliminar, modificar las que puedan ser modificadas, y dejar tal cual las que parezcan para ti escritas en piedra. Después de todo, tú estás usando un personaje narrador que no es un escritor entrenado, de modo que el registro no puede ser absolutamente literario y son perfectamente bienvenidos uno que otro lugar común y demás detalles que te menciono aquí. Ahí radica el equilibrio.

Ideas finales: la fuerza de las metáforas

Quizás notaron que en la frase 1 que estuvimos analizando en la corrección de hoy, una palabra se repite, generando una sensación de reincidencia innecesaria o de bajo léxico. Hablo de la palabra “descubrí”, que la observamos así: “… descubrí algo inaudito. Descubrí  con espanto…”. Para resolver esto le planteé al autor dos alternativas, que suelen ser útiles en estos casos.

La primera es la más básica de todas: buscar un sinónimo para algunas de las dos palabras. Pero eso sigue generando el problema, y hasta podría empeorarlo, porque igual se nota que hay dos palabras con significado similar demasiado cerca, y se ve que el autor lo notó y lo trabajó con la técnica más perezosa. Fíjense: “… descubrí algo inaudito. Constaté con espanto…”. Claro que si se usan verbos más alejados del original (ej.: miré), el efecto negativo se diluye, pero aún así el recurso no enriquece al texto.

La segunda solución es separar más las dos palabras repetidas, incorporando texto extra en el medio. Podría servir adelantar alguna oración que sea posible adelantar (lo cual es difícil en la mayoría de los casos) o reforzar la primera idea, por medio de una metáfora, una imagen poética, un símil, una exageración o cualquier otro recurso estético. Y si a eso se le suma la primera alternativa, el texto final lucirá más rico en recursos.

Para este caso, como ejemplo, le ofrecí al autor una idea básica de reforzamiento por medio de una metáfora. Aclaro que no es la mejor metáfora del mundo, pero sirve para ilustrar la técnica, y en el caso de este artículo, para reforzar la idea que estuvimos hablando en el punto anterior sobre no usar palabras o signos ortográficos directivos, sino dejar fluir el lenguaje. Veamos la alternativa que ofrecí a modo de ejemplo:

… descubrí algo inaudito, como una granada invisible estallando en mi cara, del que esta confesión que hoy les hago es solo una de sus muchas esquirlas. Constaté con terror…

Sea que se repita o no la palabra “descubrí”, la distancia que agrega el texto intermedio permite que la lectura fluya con más comodidad. Pero de este ejemplo lo que me interesaba reseñar era el hecho de que, aunque estemos apenas en el primer párrafo de la novela, nada impide utilizar recursos más complejos y estéticos como el de la metáfora, que, bien usados (que no es el caso de mi ejemplo improvisado), pueden sustituir a esas palabras directivas.

Porque el texto final bien podría decir “… descubrí algo como una granada invisible estallando…”, y ya no sería necesaria la palabra “inaudito”, con lo cual nuestra simple metáfora pasaría a ser, ahora, una imagen poética en ley, y obligaría al lector a hacer una lectura más atenta y participativa.

Ya luego si el lector traduce la imagen de la granada como algo inaudito u otro calificativo no depende de nosotros, y no pasa nada con el hecho de que cada cual interprete el texto de una forma distinta. De hecho, esa es la gracia del arte en general: su apertura interpretativa. Y es por eso que debemos combatir la pereza, la inseguridad o la resignación, para evitar estos recursos simplistas al narrar y darle más vida a nuestros cuentos y novelas.

Que lo dicho tenga más peso por su belleza y simbolismo, y menos por su significado literal.

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