Hablemos sobre: diálogos realistas y buenos debates dialogados

NOTA: Si quieres saber en qué consiste y cómo se organiza esta sección del blog (Hablemos sobre corrección literaria), visita este enlace, donde también encontrarás un índice con los artículos publicados y algunos de los próximos a publicar.

Para ponernos en contexto

La corrección que abordaremos hoy es sobre una novela de aventuras de contenido místico y religioso, y el autor me contrató para que puliera su trabajo y que el resultado final apuntara a best-seller. La novela está llena de diálogos, pero en el borrador que me entregó hacía falta cierto naturalismo en los mismos. Se sentían bastante artificiales varios de ellos. Y en los casos en los que los personajes se enfrentaban en largos debates (la novela trata algunos temas polémicos), había un desequilibrio de fuerzas entre los personajes que apoyaban el punto de vista central de la novela y los que apoyaban el contrario. Casi siempre a los primeros les resultaba demasiado fácil ganarle a sus oponentes, que no exponían contraargumentos muy convincentes. Al autor se le sugirió equilibrar mejor estos debates y, en general, naturalizar más las líneas de diálogos.

 

En la línea de diálogo que estaremos analizando hoy, el protagonista (al que llamaremos Norman) se encuentra en una reunión informal de fin de año con los empleados de la empresa en la que trabaja, que se está realizando en casa de su mejor y quizás única amiga de la actualidad (a la que llamaremos Selma). Los demás nombres poco importan. La mayoría de los empleados están sumidos en conversaciones frívolas. Pero Norman, recién, un par de horas atrás, tuvo una conversación reveladora con un personaje que le era hasta ese momento desconocido y que le ha llevado a cuestionarse muchos asuntos personales y sociales, entre ellos la insensibilidad de la comunidad europea (Norman vive en Baja Austria).

Al ser interpelado por sus compañeros por una pregunta sobre farándula, se siente indignado y comienza a vociferar un largo discurso, donde expresa su repudio por la actitud de sus compañeros y expone las bases de su recién adquirida filosofía. La pregunta frívola con la que comienza la discusión es:

⸺Norman, ¿crees que es verdad que las cantantes de Pussycat Dolls eran prostitutas o es solo algo que se inventó la exmiembro esa?

Hablemos sobre diálogos realistas

Apunte 67: Esta línea de diálogo se puede decir de una manera menos artificial, pues no suena muy realista. Una forma más realista podría ser algo como “Norman, qué bueno que te asomas. Necesitamos tu voto para un desempate. Estábamos hablando sobre The Pussycat Dolls… sobre la supuesta acusación de que la banda era solo una pantalla para una red de prostitución. Ellos tres piensan que es real, y nosotros creemos que es un invento de la tipa que hizo la acusación. ¿Qué dices tú?”. Al hacerlo así (o similar) se compensan varias cosas de la línea de diálogo original, necesarias en casi cualquier conversación de características similares.

  1. Se hace una transición en la conversación para darle espacio al que llega, que es algo común.
  2. Se hace un esfuerzo por ponerlo en contexto, para que sepa de qué hablaban.
  3. Se demuestra que la conversación ya tenía vida antes de su llegada y no que pareciera que la conversación nació con su llegada.
  4. No se dan referentes de más sobre quiénes son The Pussycat Dolls (como en tu versión, donde acotas que son cantantes), porque se supone que esto es de conocimiento global, pero sí se aclara más sobre la situación de la red de prostitución, porque esto es más un chisme y alguien puede no conocerlo.
  5. Al hacer el diálogo más largo, y dejar entrever que se divierten hablando de la posible desgracia ajena, se refuerza el hecho de que es una conversación frívola.

En fin, sea como sea que lo hagas, vale la pena darle más naturalidad al diálogo, como ya te había conversado en otras partes del texto. No puede parecer que todas las conversaciones en las que participa Norman giran en torno a él, ni mucho menos que las intervenciones de los demás tienen como único objetivo darle a Norman la oportunidad de decir lo que tiene que decir. Eso convierte a los otros personajes en comodines para moldear la historia que realmente se desea contar, que es la de Norman, y eso baja la calidad general del texto.

Y fíjate que incluso con el ejemplo que te ofrezco, aunque se puede sentir menos artificial la línea de diálogo, sigue teniendo el problema de parecer incrustada a la fuerza, para que Norman pueda iniciar su gran discurso. Entonces, quizás convendría hacer la conversación previa un poco más larga, que vaya escalando en frivolidad, que Norman se muestre cada vez más incómodo, después de unas primeras respuestas a medias complacientes, y así tiene un poco más de sentido que explote y dé su gran discurso.

Hablemos sobre buenos debates dialogados

Apunte 70: Este es uno de los primeros puntos de peso en donde se puede trabajar el equilibrio en las conversaciones polémicas de la que te conversé en el informe de lectura. Norman acaba de decir algo que cualquiera podría refutar de muchas formas (acertadas o incorrectas, no importa demasiado). No todos tendrían por qué reaccionar con silencio o con balbuceos sin menor sentido. Eso deja ver a los otros personajes como blandos más que a los argumentos de Norman como irrebatibles.

Porque, ya que tu novela se construye desde la filosofía mística y espiritual que este personaje defiende, sería un grave problema que el lector encuentre argumentos válidos para refutar a Norman que no estén en boca de otro personaje. Eso le dejaría la sensación de que es más inteligente, no que Norman como personaje, sino que el autor que lo creó y que la filosofía que sustenta la obra. Y eso no es de lo que se habla cuando se aconseja hacer creer al lector que es más inteligente que tú. O en todo caso, esta es la cara contraproducente de ese consejo.

Podrías hacer ver, por ejemplo, que después de unos segundos de silencio, uno de los comensales rompe el hielo con un chiste más indolente aún (Ej.: “Creo que el amigo Norman está en el bando de los que creen que no son prostitutas porque guarda la secreta esperanza de casarse con alguna de las pussycat. Tranquilo, colega, que cuando vengan a Austria podrás cortejarla y serle fiel hasta la muerte”). Como reacción lógica, Norman debería molestarse más, pronunciar otro par de palabras que apunten a que pensaba dar otro discurso magistral y que alguien lo interrumpa con algunas frases contundentes, que muestren el otro lado de esta realidad.

Alguien podría acusarle, por dar otro ejemplo, de santurrón doble cara; recordándole la sarta de frivolidades que siempre han constituido sus temas predilectos de conversación, acusándole, sin llegar a decirlo con palabras claras, de que sus padres, y probablemente él también, son de extrema derecha; o ya de plano sacarle en cara que su familia provee buena parte de sus ingresos a la caridad, y que no lo hacen solo para derivar impuestos, si no por verdadera voluntad, y que recuerda una vieja conversación en otra fiesta donde Norman confesó que prefería pagar sus impuestos y que el Estado se encargara de derivarlo a donde le pareciera prudente, pues a él le daba pereza rebuscar entre distintas instituciones de caridad para ver dónde dejaba sus limosnas.

Alguien podría apoyar a este sujeto, haciéndole ver que a todos ellos les preocupan esos temas, que en su intimidad leen información, se alarman y se ofenden lo que haga falta, pero que a una fiesta se va a distraerse con temas tontos, que su actitud es absurda y ofensiva. Luego, podríamos suponer otro gran silencio incómodo, que rompería el mismo personaje cómico diciendo algo como “y si lo que te preocupa es que se bote comida mañana, despreocúpate que yo vine sin almorzar a propósito, para comerme todos esos xxx y esos xxx. Y si no me los como yo, se los come Fulano, que mira que en esa barriga caben dos docenas de xxx y tres de xxx”. Allí tendría mucho más sentido que Norman volviera a hablar, ahora con la guardia baja, excusándose por importunarlos con ese tema, y diciendo algo como “aunque no haya sido el sujeto más comprometido con lo social en el pasado, ahora pienso que en este mundo deberíamos preocuparnos…”, o no diciendo absolutamente nada (que puede ser lo idóneo en tanto que el silencio también habla). Con un esquema como este, por supuesto que hacia el lado que decidas apuntarlo, se logran varias cosas.

  1. Matizamos la versión o filosofía “oficial” de la novela, que interpreta al europeo promedio como un despreocupado, lo cual no calza necesariamente con todo el mundo. Es razonable que calce con muchos, pero otros serán contrarios a esta actitud o, con más probabilidad, se creerán contrarios aunque no lo sean y, de entre ellos, es lógico que haya al menos uno que sepa defender de forma creíble la mentira en la que cree, o su verdad objetiva.
  2. Pone a Norman, y su bondad aparente, en tela de juicio, lo que hace que el personaje no sea unidimensional. Está bien que sea bueno, pero un personaje complejo tiene más aristas, zonas oscuras, incongruencias de carácter y de pensamiento.
  3. Haría ver que Norman no convence inmediatamente a cualquiera que se le ponga al frente, lo cual es razonable, pues así funciona la vida real.
  4. Le da más realismo a la conversación.
  5. El lector concluye que el escritor no está tratando de venderle un panfleto con su filosofía, sino que ha construido un personaje que cree en esta, y él solo se ha dispuesto a presentarlo tal cual es, con sus luces y sus sombras, y presentar esa filosofía tal cual es, con sus aciertos y sus fallos.

Apunte 71: A pesar de su actitud positiva y comprensiva para con su amigo, también tiene sentido que, al menos al final, Selma se defienda un poco sobre la acusación global que hizo Norman en su perorata, donde ella también salió salpicada. Podría decirle, por ejemplo: “Lo único que me dolió un poco es que dijeras que yo boto comida o algo por el estilo. Tú más que nadie sabes que después de las fiestas yo soy capaz de durar hasta una semana comiéndome las sobras porque no me gusta perder comida”.

Allí Norman podría contestar con algo de humor de arrepentido diciendo algo como “Y te gusta mucho menos cocinar, así que te cae bien”, o con algo que muestre la fortaleza e historia de su amistad, como “Cierto. Y hace unos años, después de una noche de fiesta, nos reuníamos Lydia, tú y yo a ver películas, para terminar de comernos todas las sobras. Extraño esos días”, rematando en cualquiera de los casos (o cualquier otro que a ti se te ocurra) con unas sentidas disculpas que ella, por supuesto, aceptaría sin darle demasiada importancia, amigos íntimos como son.

Algo como esto terminaría de redondear de forma más realista las consecuencias que traen conversaciones tan polémicas como estas. Y le das un poco más de esperanza a la oscura descripción que haces del europeo promedio, mostrando que hay algunas personas de buen corazón entre la masa. Después de todo, los buenos diálogos y las buenas polémicas se construyen a partir del equilibrio de las fuerzas psicológicas (no solo argumentales) de los personajes. Así que no solo hay que poner palabras elocuentes en sus bocas, sino procurar que esas palabras y sus acciones (tanto más importante lo segundo que lo primero) dibujen una psicología por más pequeña que sea, para personajes secundarios como los compañeros de trabajo, y bien detallada, para los relevantes como Selma.

Ideas finales: cómo evoluciona nuestra capacidad de argumentación sobre un tema

Constantemente, los seres humanos nos vemos en la necesidad de defender nuestras posturas ante otros. Pero, muchas más veces de lo que nos gustaría aceptar, nos toca defender posturas personales que todavía no hemos terminado de madurar, entender o personalizar. Aunque nos toca defenderlas como si lleváramos años viviendo junto a una opinión definitiva, solidificada sobre el tema.

O al menos creemos que eso es lo necesario para quedar bien en una discusión, cuando lo que sucede es justamente lo contrario. Mientras más nos esforzamos por parecer convencidos de teorías personales que todavía no reflexionamos a profundidad, más probable es que quede en evidencia nuestra falta de preparación para abordar el tema. En muchas novelas, sin embargo, los personajes siempre parecen estar leyendo un apuntador que les dicta exactamente lo que deben decir para resultar convincentes en sus posturas. Cuando esto se hace demasiado, el texto pierde toda la credibilidad que puede llegar a tener y los diálogos se sienten sumamente falsos y amañados.

Por esta razón, es necesario hacer ver que nuestros personajes evolucionan no solo en su psicología, sino en su capacidad para expresar sus debates morales o intelectuales más intensos. Si en el primer capítulo de una novela el personaje ya es capaz de vender toda su filosofía con absoluta convicción y elocuencia, quedará poco o nada para debatir, para explorar en el resto de la obra. Es necesario, entonces, que no solo cada diálogo por sí mismo sea equilibrado y realista, sino que se trabaje la estructura dialógica de la obra como un todo. Poder ver, a través de esos diálogos, cómo cambia el discurso de los personajes, en forma y fondo, y cómo cada nueva conversación agrega algo nuevo a la base dramática que la obra explora.

En la novela que hoy nos compete, el autor plantea desde el inicio diálogos muy elaborados, aunque Norman (y otro puñado de personajes afines a él, como su amigo Luján) apenas se están iniciando en la reflexión sobre estos temas. No hay evolución en su discurso y eso le resta interés a la obra. En el apunte 90, en otro diálogo con características similares a las aquí exploradas, le conté a mi cliente una pequeña anécdota personal, que aprovecharé de usar como cierre para este artículo:

Yo creo en ideales muy similares a los de Luján, y por años preferí quedarme callado en conversaciones de este estilo, cuando veía a los otros dejar salir toda su desesperanza y resignación, porque no sabía cómo contestar a sus argumentos de que yo era un simple ingenuo. Y la verdad es que me considero un sujeto bastante elocuente en este tipo de conversaciones y nada me apasiona más que defender mi punto de vista. Pero sobre ese aspecto me costó muchísimo hacer valer mi visión, porque los argumentos de mis contrarios eran realmente buenos. Me tomó años madurar mi filosofía como para darle una respuesta valiosa y difícil de rebatir a estos sujetos. Y, aun así, me daban batalla y no quedaban convencidos. Pero al menos yo no quedaba con la sensación de no haber sabido defender mi punto de vista.

Creo que en tu vida, de hacer un repaso, podrías encontrar al menos una circunstancia similar que te ayude a notar cuánto cuesta hacer evolucionar a nuestro discurso, y cuántas conversaciones intrascendentes y hasta deprimentes median hasta lograr dar el gran discurso que calla bocas y deja a todos pensando. Y puede que nunca lleguemos a él, cosa terrible en la vida real, pero esplendorosa en la literatura, porque lo que no dice la obra debe trabajarlo la mente del lector. Y justo así lo queremos: trabajando, ahora sí más inteligente que nosotros, y agradado de serlo.

_____________________

 He publicado mi segundo libro de cuentos. Haciendo clic en la imagen puedes encontrar el enlace a Amazon. Y haciendo clic aquí, puedes saber más de él.

Póster-Promocional-1

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s