“La La Land” y el porno con argumento

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Tenía bastante tiempo sin escribir una reseña de cine y creo que este artículo no va a hacerle ningún favor a esta limitada sección de mi blog, porque dudo que lo que salga de aquí pueda considerarse una reseña. Es más bien un ejercicio de compresión que la multinominada película me ha inspirado y que aprovecho para colar por aquí, ya que es un tema tan en boga ahora. Y advierto una cosa más. No voy a hablar bien de la película. Probablemente tampoco mal. Insisto, no es una reseña. Voy a hablar de cosas que no conozco con el afán catequista del que lo sabe todo con certeza. Hechas las aclaratorias, pasemos, penosamente, a lo que toca:

Nunca me han gustado los musicales. Y quizás esta sea una afirmación extraña para alguien que dice que Across the Universe (2007), de Julie Taymor, es una de sus películas favoritas de todos los tiempos, y South Park: Bigger, Longer and Uncut (1999), de Trey Parker, es de las películas animadas con temática adulta que más ha disfrutado. Seguro habrá quien lea esto y piense: “¿Qué rayos estoy leyendo? ¿Este tipo siquiera sabe algo de cine? ¿South Park y un drama con canciones de The Beatles son su único referente del vastísimo universo de los musicales?”. Pues, sí, esos son mis referentes. Podría agregar un par más, pero estoy seguro de que la lista no mejorará, ni mucho menos la impresión que pueda generar como cinéfilo con ella. Dejémoslo, entonces, en que no me gustan los musicales. No los entiendo, ni los aprecio. Quizás es falta de conocimiento sobre la historia de la música, quizás falta de conocimiento sobre la historia del cine, o las dos cosas juntas. Pero lo cierto es que el género no me pasa.

Y he intentado mucho y trato de poner mi mejor sonrisa de disposición y mi mente abierta para ello. Porque se supone que un cinéfilo (y a veces me da por calificarme como tal) debe apreciar todo lo apreciable de este arte, y se supone que este género no es la excepción. He intentado con algunos clásicos, con los contemporáneos, con la aburrida Dancer in the Dark (2000), de una Björk que no me dejó de gustar por eso, pero de un Lars Von Trier monotemático que sí; y hace pocas semanas lo intenté con Córki dancingu (2015), de Agnieszka Smoczynska, un musical polaco de “terror” sobre un par de sirenas antropófagas, que se supone una adaptación libre del clásico de Andersen. Según entiendo, ese musical kitsch y semierótico, creo que feminista, me debería haber gustado, porque posee todo el espíritu indie del buen cine de bajo presupuesto, toda la estética, todo el… todo lo que yo no vi. Tal como no lo he visto en prácticamente ningún otro musical.

Al respecto, recuerdo una entrevista que le hicieron a Meryl Streep sobre el musical del 2008, Mamma mia!, de Phyllida Lloyd. Allí le preguntaron qué la motivó a hacer el papel de Donna y dijo, parafraseando, que había llegado a una edad donde tenía que empezar a hacer películas que avergonzaran a sus hijos. Y claramente lo dijo en broma, pero no pude estar más de acuerdo, e incluso llegue a pensar: “¿será que en secreto todos piensan igual que yo, pero no se atreven a decirlo más allá del chiste, del acto fallido, no sea que le acusen de incultos, de no entender lo que en realidad nadie entiende?”.

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Porque ver este musical horrible con canciones de ABBA me da una sensación de pena ajena inmediata. Meryl Streep no es mi madre y aún así siento que me pone en vergüenza apenas abre la boca para cantar. Y lo mismo el resto del reparto. Porque mi problema con los musicales es que siempre me he sentido estúpido cuando los veo (como viendo la escena de la imagen superior). Como cuando se ve telebasura y sabes que es telebasura. Y miras al panelista del top show halándole los pelos a un miembro del público porque lo insultó y te sientes atrapado frente a la pantalla como un idiota, y no sabes por qué estás mirando eso, por qué no lo cambias. Alguien podría entrar al cuarto en ese momento. ¿Cómo le explicarías que estás viendo Laura en América? ¿No se supone que eres un intelectual, que lees buena literatura, que sabes algo sobre buena televisión, buen cine, buen teatro? ¿Entonces qué hacen esas gitanas borrachas mal maquilladas casándose en el medio de tu pantalla? ¿Qué hace Honey Boo Boo comiendo sirope y haciendo un berrinche en tu televisor? Pues, justo así me siento viendo un musical. Como mirando un video bochornoso de alguien, que se filtró en YouTube: culpable, con ganas de cerrar los ojos, cerrar la pestaña del navegador, y ahorrarle al pobre incauto y a mí la vergüenza de que una persona más en el mundo lo vea hacer el ridículo.

Pero con la telebasura o los videos virales de Internet la cosa es fácil. El hombre culto sabe que lo que está viendo es basura y se siente con todo el derecho de cerrar la pestaña de Chrome para no quedar con la sensación de que es un idiota. O de ver el video hasta el final y decir con desparpajo: “sigo siendo un docto, así que me deben perdonar ese, mi pequeño placer culposo”. Pero con el cine no es tan fácil. Sobre todo cuando el título viene de un director que ha ganado premios, que guiña toda clase de películas de la llamada era dorada de Hollywood, etc. ¿Qué se supone que debemos hacer allí cuando nos sentimos como el que mira a Wendy Sulca pedir cerveza? ¿Confesarlo y que nos miren con cara de “no sabes nada de cine; vete a ver Los Vengadores“? Después de todo, el arte contemporáneo se ha basado en estafas como estas, ya criticadas por muchos: “este papel arrugado y mojado con mi flujo vaginal es arte y si no lo aprecias es porque eres un ignorante”. Pero al final del día muchos terminan cayendo en la trampa y diciendo: “sí, sí; es una excelente obra; la transgresión del mensaje de la autora se respira y se vive en cada arruga del papel, como un grito al vacío en una alegoría a…”. Supongo que ya entendieron la idea.

Por eso me he sorprendido a mí mismo disfrutando Across the Universe. El montaje general de la obra es tan espectacular, el juego de fusión de lo diegético con lo extradiegético (que todo musical requiere) es tan honesto y limpio, la composición musical está tan bien llevada, que no solo no me siento avergonzado cuando empieza cada número musical, sino que lo espero con ansias. Supongo que eso es lo que sienten los amantes del género con cualquiera de los grandes musicales que yo no tolero. Espero realmente que sientan eso. Necesito creerlo con toda mi fe. De otra forma no podría entender cómo alguien es capaz de valorar positivamente algo que le haga sentir tonto y avergonzado, que se supone no fue diseñado para eso.

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Pero, basta de preámbulos. Qué tiene que ver La La Land (2016), la peli de Damien Chazelle de la que todos hablan y que todos premian, con la pornografía. Después de todo, por algo debo haber titulado así este artículo. En algún momento debería ponerme a hablar de ello. Así que nada mejor que ahora mismo. Como en la película de Chazelle (SPOILER ALERT: sombrea el texto para leer), retrocedamos a un punto cercano al inicio y hagamos de cuenta por unos segundos que no escribí nada de lo anterior (FIN DEL SPOILER ALERT), y así podemos entender los musicales desde una explicación menos básica que la del “me hacen sentir tonto”.

El cine posee dos grandes códigos de lenguaje: el diegético y el extradiegético. El primero es el que se encarga de mostrarnos los estímulos que en realidad perciben los personajes. Un sonido diegético, entonces, es uno que escucha el personaje que aparece en cámara. Por ejemplo, alguien camina por la calle (el sonido de sus pasos es diegético) y un hombre toca el saxofón en una esquina (su música es diegética). Lo extradiegético es lo que existe únicamente para el espectador y los personajes no conocen. La banda sonora, en la mayoría de los casos, es extradiegética. Por ejemplo, la música con que ornamentan una persecución en auto por toda la ciudad.

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Visto así, parecería muy simple hacer la distinción entre uno y otro elemento. Pero el cine es un lenguaje complejo y lúdico, al cual le encanta experimentar con sus límites. La metaficción, y sus múltiples formas, permite darle más complejidad a estas herramientas en apariencia simple. Cuando un personaje escucha al narrador de la obra, el narrador sigue siendo extradiegético, porque se le hace un guiño metaficcional al espectador, haciéndole saber que al menos uno de sus personajes sabe que es ficticio (es decir, que forma parte de la diégesis). Cuando la cámara nos muestra el sueño de un personaje, este lo está experimentando, de modo que para él es diegético, pero para nosotros es extradiegético. O cuando menos es una diégesis dentro de otra si quisiéramos asumir que la representación audiovisual del sueño es perfectamente fidedigna, cosa absurda en la mayoría de los casos, porque el grueso de los sueños es simplemente irrepresentable en pantalla. Conforme más capas de realidad se vayan rompiendo, más difícil se hace la definición.

En los musicales, lo diegético y extradiegético se funden continuamente. Algunas canciones forman parte de la diégesis (piensen, por ejemplo, en las dos canciones de John Legend de La La Land, como la de la imagen superior) y otras se supone que solo existen para los espectadores. Mientras nosotros vemos en nuestras pantallas a Mia (Emma Stone) y a Sebastian (Ryan Gosling) cantar A Lovely Night (como en la imagen inferior), lo que se supone que ocurre en el mundo diegético es otra cosa; algo realista: conversar sobre lo bonita de la noche y la lástima de que no haya allí una pareja interesada en apreciarla. Es decir, hablan de lo mismo que habla la canción, pero sin cantar (como la gente normal). Por ende, esta canción es extradiegética; no existe para los personajes. Aunque hay musicales que juegan con el hecho de que la gente en realidad sí sabe que está cantando y haciendo una elaborada coreografía en medio de la calle. Eso es porque, dentro de la diégesis particular de esa historia, el que las personas se expresen cantando es normal. Otras, como Dancer in the Dark, tratan de encontrarle una justificación: todas las canciones son alucinaciones de Selma; es decir son una diégesis dentro de otra, pero, en principio, como en el caso de los sueños, deberían considerarse extradiegéticas.

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En la pornografía también es posible hacer estas distinciones. Un plomero llega a casa de la mujer en ropa interior, repara su grifería y esta le dice que no tiene dinero para pagarle. Hasta allí todo es diegético, por más alejado de nuestra realidad que parezca. Y la pareja empieza a tener sexo. Mientras están en su faena, concentrados en sus cuerpos, todo el acto es diegético (asumiendo que es un acto sexual medianamente realista); pero de pronto la mujer rompe el cuarto muro y mira directamente a la pantalla, mientras hace un gesto sensual que no va dirigido al plomero sino al espectador. Ese pequeño gesto es extradiegético. En la diégesis formal de la obra, la mujer nunca volteó a mirar a nadie más que a su semental. Ese gesto va dirigido a ti y, al igual que la música durante la persecución, tiene como objetivo emocionarte a ti.

Entonces, pensemos en una porno con argumento. De esas que duran dos horas y media, y hasta tres horas; con una trama con mayor o menor nivel de complejidad, desperdigada entre cuatro o cinco grandes escenas de sexo de veinte minutos o más cada una. Allí tenemos dos películas y dos intenciones completamente distintas. Una intención narrativa, diegética, que es la de contarte una historia, y una intención pragmática, extradiegética, que es excitarte, quizás para que alivies tu tensión sexual, solo o en pareja.

Al que se acerque a la porno en busca de la historia, las escenas de sexo le estorbarán, y al que se acerque en busca de excitarse, la historia le estorbará. Porque en este tipo de películas raramente existe un equilibrio adecuado entre historia y sexo, entre lo diegético y lo extradiegético. Porque muchas de estas obras, incluso, hacen esfuerzos por ser más o menos realistas en su componente narrativo, pero cuando llegamos a las escenas de sexo nos encontramos con acrobacias y niveles de resistencia que no se corresponden a la realidad, y que el espectador debe leer extradiegéticamente. Él sabe que, en la diégesis oficial de la historia, la pareja tuvo un coito corto y más o menos mediocre, como el de cualquier pareja del mundo, pero se nos presenta algo distinto. Como esa conversación cantada del musical, que nosotros sabemos que en realidad ocurre sin recurrir a ningún tipo de canto.

¿Y qué es lo que hace el que mira la porno con argumento con ganas de aliviar tensión? Salta la historia hasta llegar a la escena que le interesa. Pero cuando llega a la escena sexual, ¿la mira completa? La casi siempre grosera (narrativamente hablando) falta de elipsis con que se narra el acto sexual en una porno (que no se corresponde al nivel de elipsis usado en contar su parte argumental) no es compatible con lo que buscan todos los espectadores. Algunos gustan más de mirar los juegos previos, otros los saltan buscando las escenas más explícitas, y otros buscan posturas sexuales específicas o saltan otras que no les excitan. Si recordamos que esta parte de la historia sigue un fin pragmático, centrado en excitar más que en contar, entenderemos que ningún director de cine porno se ofenderá por que sus escenas sexuales sean vistas a saltos. Pero seguro le encantará saber que alguien valora la parte argumental completa, sin saltos de ningún tipo.

Pero volvamos al musical. Aquí también podríamos decir que tenemos dos historias, una diegética, contada a fuerza de diálogos y, con suerte, de alguna canción colada en la realidad ficcional de los personajes; y una extradiegética, contada a fuerza de canciones. En el mundo diegético la elipsis es necesaria. Pensemos, por ejemplo, en aquella escena  de La La Land donde Keith (el personaje de John Legend) le pregunta a Sebastian qué le pasa, al verlo claramente desconectado emocionalmente. Nosotros los espectadores sabemos lo que le pasa, y vemos cómo la escena se corta sin que Sebastian conteste. Eso se agradece y es una muestra de un simple pero buen trabajo de guion. A nuestros oídos deben llegar solo los diálogos estrictamente necesarios para contar la historia que se debe contar. Pero ¿qué pasa cuando cantan? ¿Se puede aplicar elipsis a una canción, hacerle skip después de la primera estrofa, cuando ya hemos entendido de lo que va, para pasar a la siguiente escena?

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En el bonito montaje inicial de La La Land (ver imagen superior) sabemos a los pocos segundos que nuestros cantantes son soñadores de esos que llegan a Los Angeles en busca del estrellato. Si esto nos llegara por medio de una conversación, tres o cuatro líneas de diálogo bastarían para dejar clara la idea y pasar a la siguiente escena. Pero la canción se extiende por varios minutos y, a diferencia de la porno, no parece tener tanto sentido adelantar las escenas. Porque a una porno con argumento se puede entrar por dos razones polares e incompatibles sin ningún problema. Pero si bien el musical puede entenderse como una película con dos códigos de lenguaje, uno entra a este para una sola cosa: para ver la obra completa. La grosera falta de elipsis durante las secuencias sexuales, el desatinado equilibrio entre lo diegético y lo extradiegético de la porno con argumento parecen permisibles porque su visionado puede permitirse el salto, la recomposición de las escenas y cualquier otro ejercicio de edición del espectador. Pero un musical no se puede permitir estos lujos.

En cierto momento de La La Land (que no diré cuál para evitar los spoilers) las canciones desaparecen por completo por un buen tramo de la película, y llega el punto en que logro olvidar que estoy viendo un musical. De hecho, es ese mi tramo favorito de la película. Pero cuando llega la canción, mi mente se resiste (es como que me obligaran a pensar en masturbarme cuando por fin empezaba a engancharme con el argumento de la porno) y la canción inmediatamente es rechazada. Y resulta que es una canción bonita, que el montaje está bien hecho, que la dirección de arte es estimulante visualmente; pero me encuentro deseando que ocurra una grandiosa elipsis y los cantantes callen, porque yo ya he entendido lo que querían decir, porque ya me empiezo a sentir un poco tonto, porque sí, yo sé que la canción es una ficción dentro de la ficción, que esos personajes en realidad están hablando; pero es que ya no quiero que canten. En una película no te debería quedar esa sensación jamás, a menos que precisamente ese sea el efecto que quieras causar, como en ciertos diálogos incómodos, pues la vida real también está llena de ellos.

Pero faltaría un aspecto comparativo más entre los musicales y las pornos con argumento. A diferencia de la literatura, donde los personajes conviven sin problema con la imagen que cree el lector de ellos, en el cine los personajes no son imágenes creadas por el espectador; son actores, muchas veces celebridades. Eso puede llegar a dificultar en algunos casos la inmersión en la ficción de la historia.

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Un director reconocido de Hollywood que justo ahora no recuerdo dijo en una entrevista que él no solía trabajar con actrices famosas porque él siempre exploraba la sexualidad en sus películas, y gustaba de las escenas explícitas, y sabía que si desnudaba en su película a una actriz de gran renombre (digamos Nicole Kidman), lo que representa su figura rompería la ficción de su obra inmediatamente se quitara la ropa. Mientras tuviera la ropa puesta, era el personaje Tal, pero una vez se viera su cuerpo desnudo, pasaría a ser Nicole Kidman desnuda. Por ello, y hablando de esta actriz, valoro tanto el trabajo de dirección de Steven Shainberg en Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006), quien logra desnudar a Nicole Kidman en una escena que es hermosa pero no de la forma convencional, y en todo momento sientes que estás viendo a Diane Arbus desnuda. Eso es realmente difícil de lograr. Por ejemplo, y a mi juicio, ni siguiera un gigante como Stanley Kubrick lo logra, con la misma actriz, en su no por ello menos genial Eyes Wide Shut (1999).

En la pornografía, el vínculo entre actor y personaje es tan pobre que raramente el espectador estará más concentrado en ver a la actriz como, por ejemplo, la policía, que como su persona real. Pero, ello es hecho adrede. Es parte del atractivo de la obra hasta el punto de que la obra misma es secundaria. Y en un musical puede pasar esto, sin necesidad de que se trate de las sirenas desnudas de Agnieszka Smoczynska. Porque aquí la ruptura de la ficción no proviene de los desnudos, sino de las voces: centro de toda la obra.

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En la primera canción de la película solo aparecen actores desconocidos (al menos desconocidos para mí). Verlos cantar no rompe la ficción más de lo que la canción misma hace por su cuenta. Pero en lo que Sebastian abre su boca para cantar por primera vez, inmediatamente el espectador pensará “Ryan Gosling canta bien”… o mal; da igual. Lo importante es que se rompe la ficción y no vemos a Sebastian, el personaje, sino al actor. Y esto va a pasar todas las veces. Encontrarnos con John Legend es romper todo pacto con la ficción, porque lo reconocemos más como cantante que como actor. Ver a J.K. Simmons haciendo un pasito de baile maltrecho nos pone a pensar en el actor, no en el personaje, con el que de paso la película no te permite identificar. Si la ficción no ha entrado lo suficiente en el actor como para borrarlo a él y que surja el personaje, verlo bailar o cantar es ver al actor, nunca al personaje. El pacto con la ficción que hace todo espectador al empezar a ver una película le exige más de lo habitual.

Una mala actuación saca al espectador de una ficción (piensen en la muerte de Marion Cotillard en su rol como Miranda en The Dark Knight Rises). ¿Y qué pasa con una mala voz? ¿O una voz que se nota manipulada por las trampas de la edición? Si es difícil elegir una actriz para una escena de un desnudo, imaginen cuán difícil es escoger un actor para un musical. Debe cantar bien, pero no debe ser tan conocido, para que te logres concentrar en el personaje. Evidentemente, el género hubiera muerto antes de empezar si los castings se hubieran hecho con esta premisa en mente. Pero lo menciono aquí solo como una dificultad más que tiene que sortear este género.

Por ello me quedo con Across the Universe. El equilibrio con lo diegético y lo extradiegético es perfecto (nunca pasas mucho tiempo sin canciones, ni todas las canciones se cantan hasta el final), el montaje musical es real o al menos no quedan en evidencia los trucos de edición y el pacto de ficción no se rompe al elegir un elenco poco conocido antes de esta obra. La La Land se equivoca al apostar por grandes estrellas incluso en roles que no pasan de cameos (véase el inteligente cameo de Joe Cocker en Across the Universe); no editar lo suficientemente las voces de sus estrellas para que parezca que cantan bien, pero lo suficiente para que sepamos que no son ellos los que están cantando; jugar a una elipsis salvaje en la parte diegética y un desgaste innecesario en la extradiegética. Y esto es lo mismo que sucede en la mayoría de los musicales.

Cuando se eliminan las escenas sexuales a una porno y todavía queda una película, quiere decir que teníamos una película, no una porno (o al menos teníamos ambas cosas). Porque, si dejamos solo las escenas sexuales, también nos queda algo. Pero si eliminamos la parte argumental de un musical solo nos queda una banda sonora audiovisual, mientras que si quitamos su parte musical (al menos la extradiegética), en la mayoría de los casos, y esto aplica casi a la perfección con La La Land, nos quedará una película intacta e inteligible. Desde esta perspectiva calculo que un buen musical es inseparable en sus dos grandes componentes. O cuando menos, se trata de una historia que no se podría contar mejor sin su componente musical; así como una porno con argumento es una historia que no se podría contar mejor sin sexo.

Pero, para mí, la mayoría de los musicales podrían contarse mejor si tradujéramos a diálogo todas esas canciones. Y así nos iríamos a casa sin sentir esa extraña vergüenza ajena, como cuando se mira una buena porno con argumento. Porque estamos cansados de fingir que no sabemos que la visita del plomero es una excusa vil para el sexo, y que el musical buscará cualquier excusa que esté a su alcance para romper los códigos de ficción y poner a sus personajes a cantar, aunque ello no tenga sentido y nos ponga a todos en ridículo.

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Todas las imágenes son propiedad de Black Label MediaTIK Films LimitedImpostor PicturesGilbert FilmsMarc Platt Productions, , y aquí solo se utilizan con fin ilustrativo.

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2 comentarios en ““La La Land” y el porno con argumento

  1. Cinéfilo Victor, he disfrutado tu reseña, no reseña, reseñeta y me he atrevido- ¿Por qué no, si tú empezaste?- a escribir unas cuantas barbaridades como para plasmar mi vagabundeo y excusar la procrastinación de mis tareas académicas con unas 200 (y pico) palabras.
    Recurro a Cortázar como muleta intelectual “El entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas.” Creo firmemente que esto pasa con los musicales, cuanto más les analizamos más se gasta el entusiasmo y nos abismamos en la vergüenza y la culpa y esas cosas que preciosamente señalaste. Me parece que se necesita la inocencia, o tal vez la simplicidad del gusto, del niño para apreciar este género sin malos sabores de boca, tal vez sea a éste, y no a otro arquetipo, al que esté dirigido estos numeritos musicales atravesados en un buen guión, por lo cual podría ser útil despojarse de la perversa adultez con sentido del gusto y de Lars Von Trier y del “debo apreciar todo lo apreciable de este arte” y si acaso apareciera el sentirse ridículo, la nebulosa vergüenza, explorarla a fondo y sumergirse en ellas, bailarlas, cantarlas.
    Quiero agregar que no he visto La La Land, ni me quita el sueño, ni hace que me crea más o menos cinéfila y al igual que a ti me pareció una delicia Across the Universe, sus fresas sangrientas, aunque esto lo atribuyo a una nostalgia pinkflobolesca que afloró en mí durante el desarrollo de la misma.

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    • Hola, Raquel. Gracias por tus palabras sobre el artículo. Creo que tienes razón. Ponerse demasiado sesudos con un musical, demasiado “adultos”, quizás, es como ponerse demasiado sesudos con una caricatura diseñada para niños de menos de 2 años. Lo ideal sería sumergirse en estos contenidos con un espíritu más infantil. Quizás por ello detesté tanto “Frozen”, pero de niño disfruté muchísimo de todas las películas animadas y musicales de Disney. Y quizás por eso de niño veía Sábado Sensacional sin el sentido de culpa y vergüenza que genera saber que estás viendo televisión basura. Porque no había madurado mi comprensión de ciertas claves narrativas y sobrevivía el entusiasmo en su estado puro. Y bailaba y cantaba mis vergüenzas como quizás debería seguir haciendo. El único problema es que yo creo que hay producciones que están conscientes de sus vergüenzas y por ello son genuinas y disfrutables, y otras que se venden como algo distinto y superior, como diciéndote “no puedes sentirte tonto viendo esto, seas niño o adulto, lego o inteligente, porque esto es arte puro, maduro y del bueno”. Y ahí es donde se me atraviesan los escalofríos de pena ajena y me provoca apagar el televisor y ponerme a ver videos de la Tigresa del Oriente, que al menos están hechos para avergonzar e incomodar con total y pleno sentido y consciencia.

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