Pobre diablo

Lanzar fuego por la boca, rayos láser por los ojos, escupir ácido de batería, destruir huesos con el pensamiento, volar a voluntad (no levitar ahí como un inerte, encima de un colchón)… esas sí me parecen rupturas de las leyes físicas de una posesión demoníaca digna de temer. Pero, ¿girar la cabeza 360 grados?, ¿hablar en lenguas muertas?, ¿vomitar mucho? Esas son meras estupideces. Tanto, que basta con un par de correas atadas a una cama y un poco de agua bendita (criptonita demasiado mediocre y abundante) para detener a cualquier poseso. Muchísimo menos de lo que se necesita para detener hasta al más tonto de los genocidas, que todo lo logra con sus simples cualidades humanas.

¿Qué daño le puede hacer a la humanidad una posesión, que nunca sale del círculo de una casa de pueblo o de una iglesia evangelista? Que el poseso salga a las grandes ciudades, que salga un pelotón de posesos y rompan todas las leyes rompibles, se vuelvan gigantes, como Godzillas de pieles verdes y llagadas, aplastando edificios y contagiando del virus satánico a quienes toquen; con cuerpos invulnerables a las balas, a los misiles, a las cruces y a las biblias. ¡Eso sí es un poseso al cual tenerle miedo! No una Linda Blair caminando por el techo y haciendo insinuaciones sexuales para horario todo público.

Creo que todos estos signos no son más que la burda representación teatral de un diablo que apenas y tiene poder para sorprender a viejas de llanto y desmayo fácil. De un diablo con un muy mal grupo de guionistas, que se quedaron encapsulados en los clichés del género, de cuando el mundo era mucho más inocente como para ignorar que un verdadero demonio digno de horror no era uno con el poder de destrucción y el designio de la lava y el dolor, sino uno con el poder de construir, y el designio del agua y el trueno. Uno que pudiera engendrar vida nueva a borbotones solo con el pensamiento, sin tanto pacto de sangre, violación sectaria y bebé de Rosemary. Uno capaz de dar vida a dos millones de asesinos seriales por minuto, sin mediar moldes de barro, ni infancias traumáticas. Uno cuyo soplido genere serpientes venenosas suficientes para llenar las casas de cada persona en este planeta, parásitos mortales para poblar las barrigas de cada niño nacido.

A ese demonio sí le temería, le lloraría y le suplicaría piedad; le rogaría que me dejara servirle. Pero a este… por ahora lo que me produce es lástima, verlo ahí esclavizado por su dios, obligado a recibir las almas que el otro considera pecadoras y proferirle los castigos que el otro diseñó, aunque en el fondo él solo quisiera festejarles y agazajarles por ser malvados, por separarse del camino del bien, que es justo como a él le gusta que sean las cosas. Pero nada puede hacer, allí, encerrado en su prisión, más que pinchar con su tridente a los villanos, mientras, en los descuidos de dios, los alienta diciéndole “en el fondo estoy contigo”, mientras regresa a su mal pagado y mal valorado trabajo antes de recibir la sanción del jefe. Y de vez en cuando mandar a un demonio a un pueblito, así, sin mucho público, de los que le están permitidos por contrato, y jugar un rato a poseer personas para saber qué se siente tener una vida.

Pobre diablo sin poder, relegado a un oficio indigno de su investidura, de su pellejo rojo y sus afilados cuernos. Lo veo ahí, día tras día, como deprimido, sin brillo ni maldad en su mirada, desahuciado de sí mismo, mientras recibo los castigos que me corresponden por mi pecaminosa existencia y siento que debo hacer algo. Pero, a diferencia de él, yo soy una simple alma humana, y llevo en mí la dualidad. Soy mucho más que él, que solo tiene una dimensión, que no puede aspirar a más de lo que le fue dado por quienes le creamos, para soportar el pánico que nos generaba saber lo que podíamos destrozar con nuestras propias manos; lo que podíamos hacer nacer con ellas. Yo, en cambio, he sido creado a imagen y semejanza del dios al que le di la espalda y por ello tengo el poder de crear dentro de mí.

Llevo días practicando en los pocos minutos libres que me quedan entre tortura y tortura y he logrado un avance. Ya he creado mi primera forma de vida: una rata. Me la he comido tan pronto la he visto surgir de la nada, para que nadie sospeche de mi plan. Pero sé que pronto podré dirigir un batallón de almas creadoras de vida y de nuestras bocas surgirán, como quien susurra una palabra, bestias indecibles, animales famélicos e indetenibles y humanos con el espíritu podrido y la sed de sangre inocente recorriéndolos.

Al principio dejaré que el diablo dirija a mi ejército de almas creadoras, para darle un sentido al final de su vida, para verle recobrar el brillo en su mirada, para pagarle por todo lo que en su momento me dio. Pero en algún punto le llegará su hora y tendrá que morir para que sea yo quien se alce como nuevo amo de los fuegos eternos. Ya basta de demonios unidimensionales. Ha llegado la hora del reinado del hombre en el infierno. Será un glorioso mundo de caos y sufrimiento el que crearé y todos serán mi serviles súbditos.

Mientras ningún hombre derroque a dios en el cielo, tengo la batalla más que ganada.

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