Urban inferno

Tenía la frente bañada en sudor, mientras afuera hacía infierno grados centígrados y la brisa declamaba la Divina Comedia. Virgilio le esperaba con las llaves del cacharro, sin aire acondicionado y dos horas de tráfico caraqueño por delante. Consiguieron puesto de estacionamiento en el séptimo nivel del sótano de Parque Central y ahora iniciaba el lento ascenso a tierra, entre autos abandonados y convertidos en viviendas precarias, casas de apuestas y cambios de divisas, centro de canje de secuestrados y burdeles de criaturas desdentadas. Se tomaron de la mano, tragaron hondo y empezaron a caminar, juntando todas sus fuerzas para no mirar atrás hasta que el sol capitalino los bañara de nuevo por completo. Antes de llegar a la superficie, uno de los dos se desvanecería para siempre.

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