El veredicto del dodo

Al finalizar la carrera, el dodo de Lewis Carrol declara: todo el mundo ha ganado. Todos deben tener premio. Al finalizar la temporada de fútbol, el dodo de la FIFA anuncia: todos han hecho cosas grandiosas y vergonzosas. Todos merecen el mismo fanatismo. Al finalizar el metaestudio sobre la efectividad de los diferentes modelos psicoterapéuticos, el dodo de la APA concluye: todos han contribuido a la salud mental y han cometido iatrogenias irreparables. Todos mantendrán su licencia. Al finalizar la Tercera Guerra Mundial, el dodo de la ONU repasa: todos han cometido atrocidades y buenas acciones. Todos podrán asumirse mártires y héroes.

Al finalizar la última canción cantada sobre la Tierra, la lectura del último libro escrito, la última pasarela de moda, la última película proyectada en medio alguno, la última manta arrugada y babeada por un bebé, el dodo omnipresente decide: todos han contribuido positiva y negativamente a la cultura mundial. Todos pasarán al Hall de la Fama. Y, de pronto, ya no hubo nada más sobre lo que ofrecer un veredicto, y el dodo descansó por un tiempo, mientras las personas avanzaban, detenidas, sin aliento vital, desprovistos de volición, sin moverse, hasta su propia muerte.

Al finalizar la expansión cósmica, el dodo deífico declama: todas las creencias han ganado y todas tendrán su premio.

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