Dismembered Mannequins

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Esa mañana, los cadáveres de trescientos maniquíes amanecieron desmembrados y desperdigados por toda la ciudad de New York. Las primeras horas, solo silencio. Ya con el día en alza, era tendencia en las redes sociales, y cientos se fotografiaban junto a las víctimas. Para la tarde, la teoría de los medios de comunicación era que se trataba de la intervención urbana artística de algún nuevo colectivo. Pero nadie asumía la autoría de la obra. Para la noche, las fuerzas policiales empezaron a atar cabos. Trescientas denuncias de desapariciones ese mismo día. No podía ser la obra de un solo hombre. Las teorías emergentes hablaban ahora de un colectivo de asesinos seriales, de una secta, de un holocausto simbólico de la contemporaneidad, incluso de transmigraciones del alma humana a objetos inanimados.

A un año del evento, los desaparecidos continuaban como tal y parte de la sociedad se acomodaba sin prestarle mayor atención. Pero un movimiento social adolescente iba tomando cada vez más fuerza. Se hacían llamar “Dismann”, por Dismembered Mannequins o Maniquíes Desmembrados. Eran jóvenes que decían identificarse con aquellos maniquíes despedazados sobre la calle, anónimos y fríos, sin ninguna relevancia por sí mismos, hasta que se convertían en la representación de otras pérdidas, de otras derrotas humanas, aparentemente más reales para la sociedad. La mayoría solía maquillarse de colores pálidos todo el cuerpo visible, evitando vestir prendas llamativas o usar componentes que los distinguieran de otros dismanns. La premisa era difuminarse entre el colectivo como un solo sujeto anónimo e invisible. Como maniquíes. En Internet se conseguían manifiestos que indicaban desde la forma de caminar con monotonía mecánica hasta la forma de manejar la menor cantidad de expresiones faciales, pasando por el tono de voz que debía usar un verdadero maniquí desmembrado.

Algunos eventos de protesta colectiva empezaron a organizarse en distintas partes del mundo, a medida que el movimiento se fue haciendo global. Los dismanns se reunían y paraban el tráfico para quedarse inmóviles por horas. Algunos asumían posturas en el asfalto que rememoraban a los primeros maniquíes desmembrados. Por aquella época empezó a desarrollarse una movida musical propia de los dismembered mannequins. Curiosamente tuvo su inicio en la Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, y no en New York, que era la que arropaba a la mayor cantidad de dismanns. Era un rock oscuro y lento, sin adornos, y las letras estaban compuestas en su mayoría de musitaciones y letanías de gemidos leves, donde apenas se pronunciaban un par de palabras inteligibles. Cuando se volvió un fenómeno masivo, la industria musical intentó fichar a varias de las bandas líderes, pero estas no se vendieron, de modo que tuvieron que crear sus propios proyectos musicales y mercadearlos desde cero.

Los primeros estudios sociológicos llegaron unos tres años después del incidente en New York, cuando se hizo latente que se estaban resignificando algunos de los roles generativos más arraigados, pues la mayoría de los maniquíes desmembrados asumían una posición sobre su sexualidad que muchos asumieron al inicio de forma incorrecta como bisexual, pero que, cuando el movimiento empezó a hacerse más autoconsciente, definían como asexualidad integrativa. Y el rol andrógino que en un principio se les asignó por defecto fue definido por ellos mismos como arrol integrativo. Un maniquí no tenía sexo ni rol hasta que fuera vestido por otro. Mientras permaneciera en su zona gris no era nada, pero siempre era susceptible de ser sexualizado, de modo que en cada uno habitaban todos los sexos y ninguno, todos los géneros y ninguno. También decían en sus manifiestos que en ellos habitaban todas las maldades y defectos, las bondades y virtudes, las perfecciones y desperfectos, las culturas y lagunas de conocimientos, los arquetipos y estereotipos. En ellos estaba todo y nada en cada segundo. Pero su regla principal era permanecer en estado “nada” la mayor parte del tiempo, para ser contenedores del todo; ya que al asumir un “algo”, dejaban de ser nada y ser todo al mismo tiempo.

Los suicidios fueron parte del movimiento desde el inicio y siempre intentaban recrear el dramatismo de la escena originaria: miembros mutilados, exposición en medio de la vía pública. Pero se volvieron un problema de salud pública a unos diez años de iniciado el movimiento. Para entonces, los medios masivos se había adueñado del imaginario dismann y se había vuelto un cliché de la cultura pop. El rock dismann era una industria multimillonaria, sus estrellas ganaban premios de alto nivel, y cada vez más adeptos se sumaban al movimiento. Cuando sucedió el suicidio en masa más grande de la historia en una escuela norteamericana, con sesenta adolescentes que se encerraron en una cafetería para cortarse los unos a los otros, la sociedad dejó de verlos como el chiste que parecían.

Se trazaron planes de sensibilización colectiva, de información e incluso adoctrinamiento a adolescentes, uno más y otros menos realistas, se crearon cátedras en las universidades y los psicólogos tuvieron que especializarse. Pero era poco lo que desde afuera se podía hacer para que los maniquíes desmembrados dejaran de desmembrarse. Mucho más, después de la mañana que amaneció desmembrado el ícono más grande y la figura más poderosa del rock dismann. Antes de cumplidas las veinticuatro horas de su muerte, al menos un millar de suicidios más se generaron en el resto del mundo. Y otro millar más antes de cumplida la primera semana.

A los treinta años del evento que dio inicio a los dismembered mannequins, cuando la subcultura era ya un recuerdo amargo de una década atrás y solo unos pocos seguían intentando rescatar la filosofía de un movimiento que creían nunca debía morir, en una hacienda abandonada de Albany, New York, un poco de tierra se estremece debajo de un brote de maleza seca y muerta. Un golpeteo sordo se repite un par de veces, dos y tres veces más, hasta que una puerta trampa al fin se abre, encandilando a trescientos hombres y mujeres, que salían a la superficie por primera vez en tres décadas, convencidos de que eran los únicos sujetos vivos sobre la faz de la Tierra, los Santos Elegidos para repoblarla, tras un Apocalipsis que tuvieron la decencia de anunciar al mundo, a los Infieles Condenados, antes de su reclusión regeneradora, a través de la obvia y autoexplicativa puesta en escena, en calle, de trecientos maniquíes, rotos como quedarían ellos antes de su renacimiento desde la oscuridad como seres dignos de rehacer al mundo, de gobernar las almas y las naciones emergentes.

En esa mañana, mientras los Trescientos Santos Elegidos ajustaban sus pupilas al exceso de luz, el último dismann que moriría, un chico de doce años, se cortaba una pierna y un brazo con una segueta. Y mientras lo hacía no gemía, no gritaba, no lagrimaba. No emitía un solo gesto, pero por dentro, conteniendo todo el dolor que es posible soportar, se sentía al fin liberado.

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