Gina y Django

Fue odio a primera vista. Sus gustos y aversiones no podían diferir más y no soportaban siquiera mirarse a los ojos. Sus sistemas de valores se enfrentaban con cada palabra que cruzaran, y sus ideales y concepciones del mundo mostraban toda su polaridad con cada gesto y acción que realizaban. Sus fobias y sus parafilias eran incompatibles, sus patologías, opuestas, sus experiencias vitales, contrarias, sus modos de ganarse la vida, cada uno en un extremo distinto. Ni siquiera sus cuerpos calzaban en un esquema común, pero aun así su pasión surgió en medio del más incoherente de los besos. Y se hicieron el amor, se mudaron juntos, se casaron, y tuvieron hijos, una hipoteca y todo el paquete completo. Fueron infelices cada día de su vida, intentando atraer al otro a su lado de la realidad, a su forma de vivir y entender la vida. Envejecieron, convencidos de la inutilidad de volver a mirarse a los ojos, en cuartos separados, sin compartir cuando menos la mesa, sin saber que en su soledad se habían vuelto reflejos el uno del otro, que se habían hecho tan indistinguibles como dos gotas de agua. Murieron el mismo día, dedicándose el uno al otro exactamente el mismo pensamiento.

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