Un cuento

B, C, D y F están sentados en un pasillo de la universidad, cuando llega G con la emoción en la punta de la lengua, e interrumpe su conversación con una frase que llama la atención de todos enseguida.

—Les tengo un cuento que se van a caer de culo.

—Desembucha, pues —se adelanta F a lo que hubiera dicho cualquier otro, menos tal vez D.

—Ayer me cogí a la mamá de H.

—¡Eso no es un cuento! —le reprocha C y niega con la cabeza.

—Pero, cómo que no es un cuento. —G se esfuerza por hablar con más histrionismo y la sonrisa no le cabe en la cara—. Claro que no es un cuento. ¡Es un cuentazo! Si yo les venía diciendo, que para mí que la tipa esa me tenía ganas. Y, fíjense, no me pelé.

—¿Qué tiene que ver el que nos hubieras advertido de nada con que esto sea un cuento? —replica de nuevo C, con cara de ¿en serio te lo tengo que explicar?—. Eso no es un cuento. Es un microcuento. Punto —dice C y, al decirlo, se cruza de brazos, como si ese fuera el pictograma del punto en su expresión corporal.

Minicuento, querrás decir —apunta B y remarca cada fonema de la palabra minicuento como si hablara en otro idioma… y se enorgulleciera de ello.

—Microcuento… minicuento… Es lo mismo.

—No es lo mismo. En la actualidad, el término que usan la mayoría de los que estudian la materia es minicuento.

—¿Ustedes son maricos o qué? —pregunta G sin entender el debate de B y C—. Les digo que me cogí a J, la mamá de H, la MILF más MILF de todas las MILF de este puto mundo, ¿y ustedes se ponen a hablar de eso?

—La verdad es que no hay ningún término que todos acepten —aclara F—. Yo, de hecho, prefiero minirrelato.

—Minirrelato es una de las palabras más estúpidas del mundo —reacciona B, y aprieta el puño en un gesto que nadie entiende ni le cree.

—La verdad es que todos ustedes están equivocados —sentencia D, que hasta el momento no había dicho palabra, como era su costumbre—. Eso no es ni un minicuento, ni un microcuento, ni un minirrelato, ni nada de eso. En un nanocuento, si bien debe haber una anécdota reducida, se deben vislumbrar los demás elementos de la narrativa, ya sea de forma explícita o implícita. Y la historia de G es solo anécdota. Nada más. No tiene ningún revés en lo narrativo. Yo diría que a lo sumo llega a textículo.

—Textículo fue lo que me lamió la mamá de H, cuando me le cuadré en la cocina mientras…

—¿En serio vas a darle más delimitaciones a un género ya de por sí tan difuso como este? —rechaza C y se encorva como si luchara contra un peso en su espalda—. Un microcuento es o no es. Si no es, no hay que ponerle más nombres a eso. Un mamut no es una novela, y nadie trata de distinguirlo de la novela con cualquier otro nombre compuesto… y de paso mal compuesto. Por ejemplo, Dolores Koch, en su artículo…

—Dolores es lo que debe tener la mamá de H en las rodillas, de agacharse a lamerme el textículo en el piso de la cocina, mientras me calentaba una…

—Confundes el carácter proteico del minirrelato con el que cualquier cosa pueda ser un minirrelato —puntualiza F, mientras suda frío y se le inflan los orificios de la nariz—. Es cierto que un minirrelato puede basarse en una lista de supermercado, pero no todas las listas de supermercado son minirrelatos. En Breve manual para reconocer minicuentos, de Violeta Rojo, ella explica que…

—Violeta fue que le dejé las nalgas a la mamá de H, de tanta nalgada que le di, y rojo le quedó…

—No has entendido nada de nada, F —arguye B levantándose y subiendo los hombros, para aumentar su tamaño ante F—. ¿De verdad tú pasaste preescolar o te dieron una beca por retraso mental? Cuando Violeta Rojo dice que el minicuento… mi-ni-cuen-to, ¿oíste? No minirrelato, que pareces una bestia cada vez que lo dices… cuando Violeta explica que el minicuento es desgenerado, se refiere a…

—Degenerada es la mamá de H —comenta al margen G mientras se muerde el labio y sobreactúa una excitación que ya no siente—. La tipa es toda una zángana. Tan santa que se la tira y si vieran todos los juguetitos que guarda en la gaveta de…

—¡Bravo, bravo! —fanfarronea C mientras le aplaude en la cara a B y frunce todo el rostro—. Debería darte una cachetada y mandarte a dormir solo por decir tamaña herejía. ¿El microcuento no será un género nunca y no importa que lo sea porque es autoexplicativo? De verdad tienen que faltarte neuronas para decir una cosa así. Piensa en el cuento por un momento, no en el microcuento, y recuerda el ensayo de Gustavo Luis Carrera, donde…

—Carrera fue la que tuve que pegar yo cuando el papá de H llegó a la casa. Me lancé por la ventana y tuve que correr en bolas hasta mi casa, todavía con el…

—¡Verga, ya! —grita D, después de uno de sus largos silencios en la conversación—. Parecen unos carajitos peleando por quién mea más lejos. Y además unos carajitos mongólicos. Porque no han recordado lo más importante. En el nanocuento el uso de cuadros se necesita para…

—Cuadro alérgico es lo que he tenido yo después de que me cogí a la mamá de H —musita G, porque piensa que ya nadie lo escucha, que es inútil seguir intentando contar su historia—. Toda la mañana me ha picado ese machete y lo tengo hinchado como un plátano morocho. Pero sarna con gusto no pica, ¿no es así? Con tal de que no vaya a ser un VPH o una vaina peor…

—¿VPH? —increpa B y remarca cada fonema de la palabra VPH como si hablara en otro idioma… y no le agradara para nada—. ¿A qué coño te refieres?

—¿Ahora sí quieren que hable, ah, rolos de maricos? Pero cuando quería contarles el cuento de mi vida no me querían escuchar. Pues ahora se…

—Deja de decir estupideces y explícate —explota D, mientras lo toma por la solapa y rompe el récord de cantidad de intervenciones por minuto de su historia.

—¿Qué te pasa, D? ¿Te tragaste un hombre? —escupe G y se saca al otro de la solapa mientras mira a los demás, analiza las miradas que lo escrutan y calcula que es mejor hablar— Bueno, nada. Que amanecí con el pipí blanco y con ronchitas, y que me pica burda. Ya a mí el K me había dicho que no me metiera con la mamá de H, que esa era una puta, que tenía sida, sífilis o una vaina por el estilo, y que por esa paja era que L se había mudado a Yonosedónde a recibir tratamiento. Pero eso debe ser paja. Esa tipa se veía sanita por todos lados. Bien sanita, si entiendes lo que quiero decir… —culminó G con una sonrisa, en busca de una complicidad que no llegó.

—¡Maldita sea! —pronuncia F en poco más que un susurro, mientras B se levanta y enciende un cigarro y C no reacciona en lo absoluto.

D se levanta también, se aparta del grupo y hace una llamada. A lo lejos se ve que bate los brazos como quien pide explicaciones. El cigarro de B se consume y enciende otro con la colilla. Los ojos se le ponen como vidrios. F repite sus maldiciones cada minuto y C todavía no muestra ninguna emoción. G los mira a todos y no entiende sus reacciones. Se rasca la entrepierna, los mira, se la vuelve a rascar y se confirma en que no comprende nada. Ignora que en dos minutos le llegará la revelación sobre el significado de esas reacciones, y que en cuatro días comprenderá que, gracias a ese cierre, gracias a las ronchas, los cigarros, la llamada, las maldiciones y el silencio, efectivamente su historia sí es un cuento. O un minicuento. Da igual.

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6 comentarios en “Un cuento

  1. Lo que pasa es que no lo dejaron echar bien el cuento. De seguro que era macromaxi 😀
    ¡Cuanto despliegue del lenguaje coloquial venezolano! jeje
    Pero es verdad, asi mismito hablamos. Me pareció muy gracioso.
    Saludos.

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    • Hola, Erika. Es correcto. Yo creo que lo que sus amigos querían decirle es que esa era una historia ya muy conocida y repetida como para considerarla cuento, minicuento, microrrelato o lo que sea. Jejeje. Pobre relato frustrado y pobres víctimas de sus hormonas y egos académicos. Gracias por pasar y leer… como siempre.

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